jueves, 16 de abril de 2026

La increíble historia del vacío: del ‘horror vacui’ a la física cuántica

 ¿Está vacío el vacío? La respuesta depende del nivel de sofisticación de la física al que recurramos. 

Si nos limitamos a la física cotidiana del tocar, mirar u oler, podríamos decir que a nuestro alrededor no hay nada. El aire es invisible y, en ese sentido, parece “vacío”. Sin embargo, nuestra propia respiración desmiente esa intuición: el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono en los pulmones depende de un fenómeno físico bien conocido, la difusión, mediante el cual las moléculas se mueven desde regiones donde están más concentradas hacia otras donde lo están menos. Nuestra fisiología explota el hecho de que sí hay algo donde a primera vista no vemos nada.

Algo parecido ocurrió en el largo camino hacia la comprensión del vacío.

La naturaleza aborrece el vacío

Durante siglos, el pensamiento occidental estuvo influido por la idea de Aristóteles de que la naturaleza aborrece el vacío (el llamado horror vacui). Según esta concepción, si en algún lugar apareciera un vacío, la materia se apresuraría a ocuparlo inmediatamente. La idea parecía razonable: en la vida cotidiana no encontramos espacios completamente desprovistos de materia.

Pero la física comenzó a abandonar la especulación puramente filosófica cuando empezó a apoyarse en experimentos cuantitativos.

En el siglo XVII, Galileo Galilei se interesó por un problema práctico: elevar agua desde pozos profundos mediante bombas de succión. Este problema era crucial para el drenaje de minas y el riego agrícola. Sin embargo, Galileo observó un límite intrigante: el agua no podía elevarse más allá de unos 10 metros mediante succión. ¿Por qué existía ese límite?

Su discípulo Evangelista Torricelli, con la colaboración de Vincenzo Viviani, ideó en 1643 un experimento que proporcionó una pista decisiva.

El peso de la atmósfera

Torricelli llenó un tubo de vidrio de aproximadamente un metro de longitud con mercurio, lo tapó y lo invirtió sobre un recipiente que contenía el mismo metal. Al retirar el tapón, el mercurio descendió parcialmente, pero no vació el tubo. Se estabilizó formando una columna de unos 760 milímetros de altura al nivel del mar.

Por encima del mercurio quedó una región transparente aparentemente vacía: el llamado “vacío de Torricelli”.

Torricelli comprobó además que la altura de la columna no dependía de la forma del tubo ni del volumen del espacio superior. Esto indicaba que el fenómeno no se debía a una “succión” desde el interior, sino a una presión ejercida desde el exterior.

La explicación era revolucionaria: el mercurio se sostenía porque el aire que nos rodea tiene peso. La atmósfera ejerce presión sobre la superficie del mercurio del recipiente, empujándolo hacia el interior del tubo.

Había nacido el primer barómetro.

En busca del vacío

El resultado fue confirmado pocos años después por Blaise Pascal. En 1648, su cuñado Florin Périer ascendió al Puy de Dôme, en el centro de Francia, con un barómetro. Observó que la altura de la columna de mercurio disminuía a medida que aumentaba la altitud.

La interpretación era clara: cuanto mayor es la altura, menor es la cantidad de aire sobre nosotros y, por tanto, menor es la presión atmosférica.

La columna de mercurio estaba sostenida por el peso de la atmósfera. El experimento confirmó la existencia de la presión atmosférica y una idea sorprendente: el espacio en la parte superior del tubo podía estar realmente vacío de materia ordinaria.

Las bombas de vacío

Pero el estudio sistemático del vacío requirió instrumentos más sofisticados: las bombas de vacío.

El ingeniero alemán Otto von Guericke construyó en 1650 una de las primeras bombas capaces de extraer aire de un recipiente. Su experimento más célebre tuvo lugar en 1654 en Magdeburgo: unió dos hemisferios metálicos huecos, extrajo el aire de su interior y pidió a dos equipos de caballos que tiraran en direcciones opuestas. Los animales no lograron separarlos. Así mostró de manera espectacular la enorme fuerza ejercida por la presión atmosférica.


















Grabado de Gaspar Schott del experimento de Otto von Guericke de los hemisferios de Magdeburgo.Wikimedia commonsCC BY

Pasaron algunos años, y los científicos Robert Boyle y Robert Hooke perfeccionaron el diseño de las bombas de vacío, permitiendo realizar experimentos más controlados.

Boyle observó varios fenómenos reveladores. Dentro de una cavidad sin aire hizo tañir una campana, y vio que no sonaba. Puso una vela ardiendo, y vio que se apagaba. Y por terquedad o por curiosidad metió distintos animales, observando que a un insecto alado le era imposible volar. También notó que a un ratón o un pájaro le era imposible respirar. El vacío tomaba consistencia, y la idea saltaba del ámbito científico a la cultura popular.




La fascinación por estos experimentos trascendió el ámbito científico. El cuadro Experimento con un ave en la bomba de vacío, del británico Joseph Wright of Derby, representa una demostración pública de los efectos del vacío sobre un ave, símbolo del impacto cultural de estos descubrimientos.

La base de los rayos X

El vacío desempeñó también un papel crucial en el descubrimiento de los rayos X por Wilhelm Conrad Röntgen en 1895. Los tubos de rayos catódicos utilizados en estos experimentos requerían un vacío muy elevado. Si quedara demasiado gas en el interior, los electrones perderían energía al chocar con las moléculas del aire antes de alcanzar su objetivo metálico.

El desarrollo de mejores técnicas de vacío permitió avances decisivos en la física atómica y electrónica.

Sin embargo, la sorpresa mayor llegaría con la física cuántica del siglo XX.

El vacío cuántico no está vacío

En la física clásica, el vacío se entiende como la ausencia de materia. Pero la teoría cuántica de campos lo describe como el estado de menor energía posible de los campos fundamentales que llenan el universo.

Incluso en ausencia de partículas reales, estos campos experimentan fluctuaciones inevitables debidas al principio de incertidumbre. Estas fluctuaciones pueden interpretarse como la aparición efímera de pares de partículas y antipartículas llamadas partículas virtuales.

No pueden detectarse directamente –si pudiéramos hacerlo dejarían de ser virtuales– pero sus efectos sí son medibles.

Un ejemplo notable es el efecto Casimir, predicho en 1948 por Hendrik Casimir y medido con precisión en 1997 por el equipo de Steve K. Lamoreaux.

Si colocamos dos placas metálicas extremadamente próximas en el vacío (separadas por distancias del orden de micrómetros o nanómetros), las fluctuaciones cuánticas permitidas entre ellas son menos numerosas que en el exterior. Esta diferencia genera una pequeña presión neta que empuja las placas entre sí.

Una analogía útil es la vibración de una cuerda de violín: las condiciones en los extremos determinan qué notas son posibles. De manera similar, las placas restringen los modos de vibración del campo cuántico.

El vacío cuántico posee propiedades físicas medibles.

Un vacío lleno de física

Hoy sabemos que el vacío está ligado a algunos de los conceptos más profundos de la física moderna como el campo de Higgs, responsable de la masa de muchas partículas elementales; la constante cosmológica, asociada a la energía del vacío y a la expansión acelerada del universo, y la electrodinámica cuántica, una de las teorías más precisas jamás comprobadas experimentalmente.

El recorrido histórico muestra una ironía interesante: Aristóteles estaba equivocado en los detalles, pero acertó en el espíritu. El vacío nunca resultó ser una simple nada.

jueves, 12 de marzo de 2026

Descubren más de un centenar de fósiles de reptil volador del Jurásico en Teruel

 El equipo de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis ha documentado nuevos hallazgos de fósiles de reptil volador en el yacimiento 'El Pozo', situado en el municipio de El Castellar (Teruel), y eleva la cifra a más de un centenar. Este descubrimiento convierte a este enclave en uno de los registros más destacados de pterosaurios en la Península Ibérica.

Este yacimiento es conocido por la presencia de huellas producidas por varios tipos de dinosaurios; actualmente se contabilizan en torno a 1.000 icnitas de saurópodos, ornitópodos y terópodos, principalmente. Sin embargo, ahora presenta otro foco de interés tras el hallazgo de huesos de pterosaurios -popularmente conocidos como reptiles voladores-.

Los pterosaurios son un grupo de animales que habitaron nuestro planeta durante gran parte de la era Mesozoica y que desarrollaron el vuelo activo antes que las aves y los murciélagos. Durante los últimos meses el equipo de la Fundación está llevado a cabo un intenso trabajo que combina la excavación paleontológica con labores de preparación y consolidación en el laboratorio de estos fósiles de pterosaurios.

Estas tareas han propiciado el hallazgo de nuevos huesos, elevando la cifra amás de un centenar de elementos esqueléticos craneales y postcraneales. En concreto, por el momento se han identificado fragmentos de mandíbula, diferentes vértebras, húmero, y falanges alares, así como una escápula-coracoide, entre otros.

La excepcionalidad del hallazgo radica en la combinación de varios factores: la notable concentración de fósiles en un área reducida, la extrema fragilidad de los huesos y el contexto geológico. Los trabajos de laboratorio están requiriendo un proceso especialmente delicado debido a esa fragilidad, ya que los huesos de los pterosaurios son "huecos" y ligeros, lo que les facilitó el vuelo.

Además, se han realizado varios moldes de las fósiles in situ. El registro de huesos de pterosaurios del Jurásico Superior en la Península Ibérica es extremadamente escaso. En este contexto, los de 'El Pozo' representan la primera evidencia sólida de pterosaurios jurásicos en el centro-este peninsular.

El estudio detallado aumentará la información sobre los ecosistemas costeros del este de Iberia de hace unos 145-150 millones de años, así como sobre laevolución y distribución de los pterosaurios en el entonces archipiélago europeo. De hecho, parte de estos avances han sido presentados recientemente en el congreso internacional Paleo-NE 2025/7th IMERP celebrado en Brasil y asignan algunos de los restos al grupo de los pterodactiloideos.

El trabajo, titulado First Late Jurassic pterodactyloid remains from eastern Iberia (Teruel, Spain), es firmado por Borja Holgado del Museu de Paleontologia Plácido Cidade Nuvens y por Sergio Sánchez Fenollosa, Josué García Cobeña, Ana González y Alberto Cobos de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis. Las investigaciones continúan y se esperan nuevos hallazgos en las continuas campañas de excavación en este yacimiento que fue declarado Bien de Interés Cultural por el Gobierno de Aragón en el año 2004. 

La misión DART de la NASA no solo logró desviar a Dimorphos, sino también al asteroide Didymos

 

Didymos, con un diámetro de 780 metros, es mucho más grande que Dimorphos, que mide 160. Ambos forman un sistema binario en el que este último orbita alrededor del primero

El LICIACube de la Agencia Espacial Italiana viajó junto a la nave DART de la NASA y tomó esta imagen de ambos asteroides, momentos después del impacto.
El LICIACube de la Agencia Espacial Italiana viajó junto a la nave DART de la NASA y tomó esta imagen de ambos asteroides, momentos después del impacto. ASI/NASA.

El origen de los anillos de Saturno siempre ha sido un misterio: un choque de lunas hace 100 millones quiere resolverlo

 Pocos planetas del sistema Solar son tan reconocibles como Saturno y sus característicos anillos. Puede que no se distingan tanto a simple vista, pero a su alrededor tiene también una impresionante cifra de 274 lunas. Pues bien, según un estudio reciente del SETI Institute, anillos y lunas podrían estar vinculados por un mismo evento: una colisión colosal hace 100 millones de años que dejó el entorno de Saturno tal y como lo conocemos.

Contexto. La primera vez que nos acercamos a Saturno fue en 1979 con el Pioneer 11 de la NASA. Pocos años más tarde, las Voyager 1 y 2 lo sobrevolaron. Fue la sonda Cassini en una misión de 13 años la que arrojó algo de luz sobre este planeta, sus anillos y sus lunas. Cassini descubrió tres anomalías que no encajaban con los modelos propuestos por la astronomía:

  • Los anillos tienen unos 100 millones de años, son mucho más jóvenes de los miles de millones que esperaban (friendly reminder: el sistema solar tiene 4.600 millones de años)
  • Varias lunas tenían órbitas extrañas, asimétricas y desequilibradas.
  • La masa interna de Saturno está más concentrada en el centro de lo que predecían. 

La hipótesis previa. En 2022 un equipo de profesionales de la astronomía estableció una hipótesis para explicar estas anomalías: la explicación podría estar en que Saturno hubiera perdido una luna hace unos 100 millones de años, precisamente la fecha en la que se formaron los anillos más jóvenes.

El hallazgo. Tomando como base la hipótesis anterior y tras varias simulaciones, llegaron a la explicación de que donde hoy orbita Titán había dos lunas: un Proto-Titán y un Proto-Hipérion más pequeño. En algún momento colisionaron y el Proto-Titán absorbió al otro. Lo que no quedó integrado se reagrupó formando el deforme y asmétrico Hipérion actual.

Este proceso explica que Titán no tenga cráteres en su superficie y su órbita excéntrica, heredada de las perturbaciones previas al impacto. Por culpa de esa órbita irregular, Titán desestabiliza las lunas interiores de Saturno, echándolas hacia el exterior y provocando así colisiones en cascada entre ellas.

Resumiendo: los anillos de Saturno serían la cicatriz de ese proceso, no la característica original del planeta, sino el resultado de una reacción de destrucción en cadena originada por el choque entre dos lunas primitivas.

Pia03550https://science.nasa.gov/resource/saturns-rings-2/Diagrama de los anillos de Saturno de la NASA

Por qué es importante. Porque los anillos de Saturno dejan de verse como una curiosidad estética para convertirse en lo que verdaderamente son: fósiles de eventos cósmicos. Además, obliga a revisar los modelos propuestos por la comunidad científica hasta ahora para ampliar el conocimiento sobre la formación planetaria en general. Sin ir más lejos, aporta más información sobre sistemas similares, como el de la Tierra y la Luna, cuyo origen también se atribuye a una colisión primordial.

Por otro lado, Titán tiene una importancia estratégica en los planes espaciales de la humanidad: es uno de los candidatos más interesantes en la búsqueda de vida gracias a características como su atmósfera densa o sus océanos de metano. Conocer su origen no es solo una cuestión histórica: es entender qué condiciones lo hicieron posible y si algo parecido podría repetirse en otros mundos.

Cómo lo hicieron. A partir de la hipótesis de 2022, aplicaron simulaciones  por ordenador para comprobar si una luna adicional podría acercarse lo suficiente a Saturno como para formar anillos. El objetivo era recrear el sistema solar durante miles de iteraciones hasta que los resultados coincidieron con el entorno de Saturno que conocemos. 

El equipo del SETI Institute, liderado por Matija Ćuk, llegó hasta aquí tras introducir una luna inestable adicional que acababa siempre igual: con Hipérion desapareciendo una y otra vez. Era la señal de que una premisa era incorrecta, así que plantearon algo nuevo: ¿y lo que había eran dos lunas extra?

Sí, pero. Aunque este estudio ofrece una explicación plausible del entorno de Saturno actual, no deja de estar basado en simulaciones. No hay datos físicos directos de Titán. De hecho, el propio equipo reconoce que necesitan más datos. 

Ahí entra la misión de Dragonfly de la NASA, que podría aportar más datos esenciales para entender por qué se formaron los anillos. Este drone de la agencia espacial norteamericana aterrizará en Titán en 2034 para analizar la composición química de su superficie, lo que podría revelar huellas del impacto primordial y confirmar (o no) que Titán es realmente el resultado de una fusión.