miércoles, 19 de diciembre de 2018

¿CÓMO SABEN LOS ASTRÓNOMOS EL TAMAÑO QUE TIENE UNA ESTRELLA?

Swarovski Star Raising For 2013 Rockefeller Center Christmas Tree
John Lamparski
Los científicos consiguen conocer esta magnitud aplicando la fórmula para calcular el área de la superficie de una esfera, 4πr2, donde r es el radio de la estrella. Parece fácil, pero requiere ser capaz de conocer dos datos: la distancia que nos separa del astro, para lo que se recurre a distintos métodos en función de su lejanía, y la temperatura de su superficie, una información que llega codificada en el color de su luz y que es vital (define cuánta luz emite el cuerpo celeste por unidad de superficie). 
Una vez que estos parámetros dejan de ser incógnitas, es posible calcular el brillo total del objeto a partir del que observamos en la Tierra, siempre que se conozcan las leyes físicas que dictan el ritmo con el que la luz se apaga en caminos tan largos. Como las estrellas son esféricas, una vez que se sabe el brillo total es posible conocer su superficie y utilizar la fórmula para hallar su radio. El método es extremadamente preciso y pone de manifiesto las enormes diferencias que existen en el tamaño de las estrellas. Por ejemplo, Próxima Centauri es una décima parte de nuestro Sol, y el radio de la estrella R136a1 es treinta veces mayor que el del astro rey.

La NASA descubre 'delfines' nadando en la superficie de Júpiter

Júpiter está dejando de ser un misterio para la NASA gracias a la sonda espacial Juno. Desde mediados de 2016, Juno está completando vueltas al planeta tomando datos y fotografías sobre el planeta más grande del Sistema Solar.
Durante su decimosexto giro alrededor del planeta, la sonda espacial ha obtenido una serie de imágenes sobre su atmósfera y las formaciones nubosas de su superficie que no han pasado desapercibidas para la propia NASA, que ha compartido en sus perfiles de redes sociales un peculiar detalle en varias de sus fotos.
Hace unas semanas se hacían públicas algunas de estas imágenes, en las que se podían observar con detalle las asombrosas tormentas de Júpiter, en concreto, el cinturón de clima templado del norte del planeta. Sin embargo, en esta ocasión la NASA ha publicado nuevas imágenes de la zona sur del planeta y ha destacado los 'delfines' que se pueden apreciar en las nubes.
"Durante su decimosexto giro en torno a Júpiter, la sonda ha capturado imágenes de formaciones nubosas a lo largo del hemisferio sur. Si miras fijamente, podrás observar una nube con la forma de un delfín nadando entre las nubes del cinturón templado de Júpiter", relata la agencia espacial en su publicación.

El segundo mensaje de la humanidad a los extraterrestres llega al espacio interestelar


El segundo mensaje de la humanidad a los extraterrestres llega al espacio interestelar

La sonda 'Voyager 2', lanzada en 1977, transporta un disco con música de mariachis a 18.000 millones de kilómetros

Proceso de fabricación de los discos enviados a bordo de las 'Voyager', en 1977. NASA/JPL-CALTECH
Por segunda vez en la historia, un objeto fabricado por el ser humano ha llegado al espacio interestelar, según ha anunciado hoy la NASA. La sonda Voyager 2, lanzada por la agencia espacial estadounidense el 20 de agosto de 1977, cruzó el pasado 5 de noviembre la heliopausa, el límite en el que el viento solar se une al viento estelar procedente de otras estrellas. La Voyager 1, que despegó días después que su hermana, rebasó esta frontera el 25 de agosto de 2012.
Ambas sondas llevan a bordo “una especie de cápsula del tiempo destinada a comunicar una historia de nuestro mundo a extraterrestres”, en palabras de la NASA. Son dos discos fonográficos de cobre cubiertos de oro, que transportan sonidos de aves y otros animales y 115 imágenes codificadas, como las fotografías de una mujer dando el pecho a un niño, de un atasco de coches en Tailandia y de la primatóloga Jane Goodall rodeada de chimpancés.
Fotografía codificada en el disco de las 'Voyager'.
Fotografía codificada en el disco de las 'Voyager'. NASA/JPL-CALTECH
El contenido del mensaje, elegido por un comité dirigido por el astrónomo estadounidense Carl Sagan, incluía saludos en 55 idiomas y una selección de canciones del mundo, como la mexicana El cascabel, interpretada por Lorenzo Barcelata y sus mariachis; Melancholy Blues, de Louis Armstrong; y la Quinta sinfonía de Beethoven.
La sonda Voyager 2 —diseñada inicialmente para una misión de cinco años a Júpiter y Saturno— se encuentra a unos 18.000 millones de kilómetros de la Tierra, pero sus mensajes siguen llegando a nuestro planeta, con un desfase de 16 horas y media. El aparato, a diferencia de la Voyager 1, lleva a bordo un instrumento operativo que detecta el viento solar a su alrededor. Desde el 5 de noviembre, la nave no ha observado este flujo en su entorno, por lo que los científicos de la misión asumen que ha salido de la heliosfera, la región del espacio bajo la influencia del viento solar. Las señales de la Voyager 2 se reciben en el Complejo de Comunicaciones con el Espacio Profundo de la localidad madrileña de Robledo de Chavela, además de en otras dos instalaciones en EE UU y Australia.
Ninguna de las dos Voyager ha salido del sistema solar, subraya la NASA en un comunicado. La agencia espacial estadounidense apunta que el límite del sistema solar se sitúa más allá de la Nube de Oort, un conjunto de objetos que todavía se encuentra bajo la influencia de la fuerza de gravedad producida por el Sol. La Voyager 2 tardará unos 300 años en llegar a la Nube de Oort y unos 30.000 años más en atravesarla.
“La nave espacial será encontrada, y el disco será reproducido, solo si hay civilizaciones avanzadas capaces de viajar por el espacio interestelar. Pero el lanzamiento de esta botella al océano cósmico lanza un mensaje esperanzador sobre la vida en este planeta”, declaró Carl Sagan hace ya cuatro décadas.

Descubierto el planeta más lejano dentro del sistema solar


Reconstrucción del planeta enano 2018 VG18. En vídeo, imágenes del nuevo planeta. ROBERTO MOLAR CANDANOSA/CARNEGIE
Un equipo de astrónomos ha descubierto el objeto más lejano dentro del sistema solar. Se trata de un planeta enano que es el primero que se ha observado a más de 100 veces la distancia entre el Sol y la Tierra. Si el promedio de separación entre estos dos cuerpos es de 150 millones de kilómetros —una unidad astronómica—, el nuevo objeto está 120 veces más lejos, a unos 18.000.000.000 kilómetros. Hasta ahora, el objeto más lejano conocido era Eris, a 96 unidades astronómicas, mucho más distante que Plutón, a 39,5.
El Centro de Planetas Menores de la Unión Astronómica Internacional ha anunciado hoy la existencia de este cuerpo. Su nombre oficial es difícil de recordar —2018 VG18— pero sus descubridores lo apodan Farout, que en inglés significa tanto distante como excéntrico, dos señas de identidad de este objeto en los confines del sistema solar.
Farout
Imagen del planeta enano tomada por el telescopio japonés Subaru, en Hawai. CARNEGIE
Los estadounidenses Scott Sheppard, de la Institución Carnegie, David Tholen, de la Universidad de Hawái, y Chad Trujillo, de la Universidad del Norte de Arizona, han descubierto el nuevo planeta por casualidad. Lo que realmente buscaban es un planeta varias veces mayor que la Tierra que sería el noveno conocido tras Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Aunque por ahora no se ha podido observar este planeta X, el equipo de astrónomos cree que existe por la supuesta influencia que ejerce su gravedad en otros cuerpos de menor tamaño, como El Duende, un planeta enano a 80 unidades astronómicas descubierto el pasado octubre.
El 10 de noviembre el telescopio japonés Subaru en la cima del volcán hawaiano Mauna Kea captó la primera imagen del planeta enano. La observación fue confirmada por otro telescopio en el Observatorio de Las Campanas, en Chile, este mismo mes.
“2018 VG18 está más lejos y se mueve más despacio que cualquier otro objeto del sistema solar, por lo que nos llevará años determinar cuál es su órbita", explica Sheppard en un comunicado de prensa. El planeta fue hallado “en un punto del cielo cercano al de otros de los cuerpos más lejanos conocidos, por lo que puede que tenga una órbita similar al resto. Las similitudes en las órbitas de muchos de estos objetos son la base para la posible existencia de un planeta masivo a varios cientos de unidades astronómicas que influye en sus órbitas a distancia”, resalta el astrónomo.
2018 VG18
Esquema de la ubicación de 'Farout' dentro del sistema solar. CARNEGIE
El nuevo planeta tarda más de 1.000 años en dar una vuelta al Sol. Por su brillo calculan que tiene unos 500 kilómetros de diámetro y un color rosado que generalmente delata la presencia de gran cantidad de hielo.
El astrónomo español Guillem Anglada-Escudé cree que probablemente se descubrirán más planetas enanos incluso más lejanos. “Tiene que haber decenas de ellos y cuando haya suficientes se podrá tener una mejor idea de la dinámica de estas órbitas lejanas, lo que es un registro fósil de la formación del sistema solar y debería ir afinando la existencia o ausencia del planeta X que, si las simulaciones son correctas, podría estar a 500 unidades astronómicas”, señala

Mujeres de ciencia: Gabriela González

Días después de que el experimento LIGO difundiera la primera detección de ondas gravitacionales, el 11 de febrero de 2016, Mauricio Macri, presidente de Argentina, saludó a su compatriota Gabriela González: “El honor es mío, hablo con la científica de la semana... o del año… o de varios años”. La agencia de noticias SINC habla con la investigadora que dio la bienvenida al comienzo de una nueva era.
Ni siquiera Einstein, que predijo hace un siglo la existencia de las ondas gravitacionales, creía que fuera posible detectarlas.
Medir la importancia de Gabriela González es difícil. Muchos la asociarán para siempre a uno de los más trascendentes hallazgos de la ciencia porque fue ella, como portavoz de LIGO, quien lo explicó oficialmente: “Es el comienzo de una nueva era”, dijo entonces en una rueda de prensa triunfal. Ni siquiera Einstein, que predijo hace un siglo la existencia de las ondas gravitacionales, creía que fuera posible detectarlas.
Pero González -Córdoba, Argentina, 1965- ha adquirido sin esperarlo un valor añadido. Tras el anuncio recibió “muchos mensajes de mujeres que son o que quieren ser físicas” –dice–, y tomó conciencia de su papel como modelo, que es doble: mujer e hispana.
En su opinión, “por supuesto” que hacen falta acciones positivas para combatir la desigualdad de género en ciencia. Ella, que no tuvo ni una sola profesora durante la carrera, se convirtió en 2008 en la primera catedrática de su departamento en la Universidad del Estado de Luisiana -Estados Unidos- donde sigue actualmente.
“Me encanta que ese 11 de febrero coincida con la primera vez que se celebró el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia”, dice. Dos años y seis detecciones de ondas gravitacionales después del histórico anuncio de 2016, la ya exportavoz de LIGO está inmersa en la mejora de la sensibilidad del instrumento, que iniciará su tercer periodo de operaciones el próximo febrero. Esta entrevista se ha hecho en Tenerife, donde González ha participado en el ciclo Enciende el Cosmos
Desde que se produjo la primera detección de ondas gravitacionales hasta que se anunció el hallazgo pasaron varios meses. Usted ayudó a que un millar de científicos, en Estados Unidos y Europa, guardaran el secreto. ¿Cómo lo consiguieron?
Cuando llegó la señal, al principio no nos lo creíamos. Los detectores estaban todavía en pruebas, ni siquiera habíamos empezado a tomar datos oficialmente. Lo que siguió fue un periodo de trabajo intensísimo para comprobar todo una y otra vez. Y hubo muchos rumores, pero creo que todos sabíamos lo que nos jugábamos si anunciábamos un hallazgo que resultaba ser falso. Éramos muy conscientes de la importancia de hacerlo bien, de estar seguros.
"Todos sabíamos lo que nos jugábamos si anunciábamos un hallazgo que resultaba ser falso"
LIGO ha tomado datos durante dos períodos de varios meses y se prepara ahora para el tercero. ¿Qué destacaría de lo hallado hasta ahora?
Para mí el sueño es tener muchas maneras de observar el universo: con ondas electromagnéticas, con partículas como los neutrinos, con ondas gravitacionales... En ese sentido ha sido un hito la detección de ondas gravitacionales tras la fusión de dos estrellas de neutrones, que detectamos con LIGO y con VIRGO, el detector situado en Italia. Eso fue impresionante.
Pudieron ver el mismo fenómeno con diferentes telescopios. ¿Cómo ocurrió?
Gracias a los datos de Virgo pudimos localizar el origen de la señal en el cielo con precisión suficiente como para decirles a los astrónomos dónde mirar. Se concentraron en ese área y, entre las decenas de galaxias que había, encontraron una donde se veía un puntito luminoso. Y ahí fue cuando los demás observatorios empezaron a tomar datos. Eso fue la misma noche que lo detectamos nosotros, apenas horas después.
Más de 70 observatorios apuntaron a esa región. ¿Por qué es tan importante observar con diferentes telescopios?
Cada telescopio es sensible a un tipo de emisión diferente y cada emisión se produce por fenómenos distintos, por eso podemos aprender tanto. Lo que se detectó casi a la vez que las ondas gravitacionales fue la explosión de rayos gamma; después hubo una explosión más isotrópica -como una burbuja, igual en todas las direcciones- que produjo las señales visibles; y casi diez días después se detectaron las emisiones de radio y rayos X. Estas observaciones han mostrado por primera vez cómo se expande la burbuja de material que queda tras la colisión de dos estrellas de neutrones y cómo en el proceso se crean elementos químicos como el platino y el oro.
"Muchos científicos decían que nunca veríamos colisiones de agujeros negros"
La primera detección les pilló por sorpresa. ¿Y si no hubiera habido más? ¿Era esperable que detectaran tantas ondas gravitacionales en poco tiempo?
Todo ha sido una sorpresa. Había muchos escenarios posibles, incluso algunos en los que los agujeros negros nunca forman sistemas binarios. Muchos científicos decían que nunca veríamos colisiones de agujeros negros; otros, que ya teníamos que haberlos detectado. Sabíamos qué sensibilidad necesitábamos para detectar estrellas de neutrones, pero no para agujeros negros, así que la primera detección fue una tremenda sorpresa. Después estábamos ansiosos por saber cuándo veríamos la segunda. Podíamos haber visto una de casualidad y después ya no más... La segunda llegó tres meses después, aún no habíamos acabado de analizar la primera

La mayoría de los agujeros negros que ha detectado LIGO tienen masas unas decenas de veces superiores a la del Sol. Y ninguna teoría preveía la formación de agujeros de esos tamaños. ¿Se sabe cómo se formaron?
Lo que no había era evidencias astrofísicas de agujeros negros de masa intermedia. Sí las había de agujeros negros más pequeños con masas similares a la del Sol, o muchísimo más grandes. Cuando interpretábamos los datos de la primera detección, preguntábamos a los astrofísicos si era posible que hubiera agujeros negros de 30 masas solares y nos decían que no lo creían, que no tenían observaciones. Claro, nosotros queríamos saberlo porque, ¿y si nuestros códigos estaban mal? Lo cierto es que ahora hay toda una controversia sobre cómo se forman los agujeros negros de masa intermedia.
¿Cómo se puede averiguar?
Comprobando sus predicciones. Las teorías solo se pueden admitir si hacen predicciones sobre nuevas observaciones. Ese es el método científico. No se trata solo de explicar las observaciones que ya se tienen. Por ejemplo, las teorías sobre formación de agujeros negros de masa intermedia hacen predicciones sobre cómo giran los agujeros negros antes de fusionarse, y eso lo podemos medir.
A todo esto, ¿cómo empezó a trabajar en LIGO?
Fui con mi esposo, el físico teórico Jorge Pullin, a Estados Unidos a hacer el doctorado en la Universidad de Siracusa; él iba a hacer una estancia posdoctoral. Yo era física teórica, pero en mi segundo año tenía que tomar cursos de laboratorio. Justo había entrado en la universidad un profesor que participaba en un proyecto rarísimo que iba a medir ondas gravitacionales. Era a principios de los 90, LIGO recién había sido aprobado. Empecé con un proyecto de seis meses que pasó a ser mi tesis. Me convertí en experimental, un cambio importante para mí, y tuve que aprender hasta a soldar… Pero me encantó. Realmente LIGO me encontró a mí.
La sensibilidad que se necesita para detectar ondas gravitacionales es tanta que debió de haber muchos escépticos respecto al éxito de LIGO.
Entre quienes trabajaban en el proyecto no, pero no en la comunidad sí, había muchos escépticos. Hay que medir distancias con una precisión de milésimas de protón; necesitamos detectar diferencias de ese orden en cuatro kilómetros. El desafío tecnológico es enorme. Yo pienso que en este momento a lo mejor no se aprobaría un proyecto como LIGO. Ahora hay que buscar mucho más la aplicación inmediata, no hay tanto anhelo de apostar por grandes réditos corriendo grandes riesgos.
"Las teorías solo se pueden admitir si hacen predicciones sobre nuevas observaciones"
¿Cómo se están preparando para la siguiente tanda de observaciones?
Estamos mejorando la sensibilidad, empezaremos a medir en febrero de 2019.Nos gusta medir la sensibilidad usando la distancia promedio a la que podemos ver fusiones de estrellas de neutrones. En la primera observación esa distancia era de 200 millones de años luz, en febrero esperamos llegar a unos 350 millones de años luz con los dos detectores de Ligo.
¿A qué distancia de la Tierra tendría que producirse una fusión de agujeros negros para que nosotros llegáramos a percibir el paso de la onda gravitacional?
La primera detección se debió a dos agujeros negros de 29 y 36 masas solares que se fusionaron a 1.300 millones de años luz de la Tierra. Para que la onda gravitacional generada por un fenómeno así tuviera efectos de una parte por millón, apreciables en los sistemas de telecomunicaciones o los sismógrafos terrestres, la fusión debería ocurrir a 40 segundos luz de distancia. Más o menos unas 40 veces la distancia a la Luna.
Sería muy peligroso tener agujeros negros tan cerca…
Bueno, si hubiera un agujero negro a esa distancia el sistema solar sería muy diferente, desde luego. ¡Todo orbitaría en torno a él! Pero no es que los agujeros negros sean peligrosos… Si el Sol se convirtiera de golpe en un agujero negro su fuerza de gravedad sería la misma, y los planetas seguirían rotando a su alrededor sin enterarse. Ahora eso sí, ocuparía mucho menos espacio.
¿Cuánto espacio?
El Sol sería mucho más pequeño, así que los satélites podrían acercarse mucho más, y claro, girarían mucho más rápido. En concreto, si el Sol se convirtiera en un agujero negro tendría 3 kilómetros de diámetro; se podría estar girando a su alrededor a 5 kilómetros, pero rapidísimo.

Imitar la seda de araña

La araña teje un hilo que es el sueño de cualquier ingeniero. La seda es fuerte como el acero, flexible, atóxica y biodegradable. Pero su artífice no se presta a una crianza sencilla: cada una produce una cantidad minúscula y algunas especies son caníbales. Hace décadas que se intentan reproducir las hebras plateadas para fabricar suturas, indumentaria deportiva o chalecos antibalas, pero las fibras sintéticas no han satisfecho las expectativas. Ahora un equipo ha modificado bacterias para que produzcan seda tan tenaz y elástica como la versión natural.
Los investigadores habían trasplantado antes segmentos del ADN productor de la seda de las arañas en bacterias, gusanos de seda, plantas y hasta en cabras, en su intento por fabricar en masa la sustancia. Sin embargo, hasta ahora las mejores fibras artificiales solo eran la mitad de resistentes que la natural. El secreto de la solidez del hilo de la araña radica en las grandes moléculas proteicas, compuestas por cientos de tiras de aminoácidos repetidos que son codificadas por secuencias de ADN repetitivas de longitud similar. Pero «en general, a la naturaleza no le gusta el ADN repetitivo y encuentra la manera de deshacerse de él», explica Fuzhong Zhang, profesor de ingeniería química, ambiental y energética en la Universidad de Washington en San Luis. Las arañas han sabido estabilizar el ADN grande, pero en otros seres vivos esas unidades repetidas son troceadas o modificadas.
A fin de eludir el problema, Zhang y sus colaboradores alteraron el ADN arácnido que interviene en la fabricación de las proteínas de la seda. Microbios portadores de este ADN modificado sintetizaron las moléculas proteicas de la seda incorporando en ellas un «adhesivo» único. Este une dos moléculas para formar la larga cadena deseada y después se desprende. Las proteínas resultantes son más largas que las naturales de mayor longitud. Acto seguido, los investigadores convirtieron esas proteínas en polvo y las mezclaron en una solución que puede ser hilada en fibras tan fuertes como las naturales, según dieron a conocer en septiembre en Biomacromolecules.
Según Zhang, la seda sintética puede convertirse en una alternativa sostenible a las fibras derivadas del petróleo, como el nailon. Ahora el reto estriba en fabricarla en cantidad suficiente a un coste económico. El nuevo método ha de superar aún ese problema, porque la solución de hilado se obtiene con un disolvente corrosivo y caro, matiza Gregory Holland, profesor de química y bioquímica en la Universidad Estatal de San Diego, que no ha participado en el proyecto. «El paso siguiente consistirá en trabajar con una solución [acuosa] para ver si es factible producir fibras con prestaciones similares», concluye el experto.

Flora de alta montaña

Las laderas superiores del monte Everest no son precisamente un lugar acogedor para la vida vegetal: la radiación ultravioleta incide con fuerza, la temperatura se desploma a diario por debajo del punto de congelación, y el suelo, pedregoso y helado, difícilmente puede ser calificado como fértil. Pero se acaban de descubrir tres nuevas especies capaces de sobrevivir en semejantes condiciones. Entre las plantas de alta montaña conocidas para la ciencia, estos especímenes (herborizados décadas atrás pero no estudiados hasta ahora) nos revelan adaptaciones únicas a la vida en el techo del mundo.
El 25 de mayo de 1952, una expedición suiza recolectó tres plantas en el Everest, a unos 6400metros de altura. (La cumbre, conquistada por primera vez al año siguiente, se alza a 8848 metros.) Los ejemplares desecados acabaron en un herbario de Ginebra, donde permanecieron olvidados hasta 2017, cuando Cédric Dentant, botánico del Parque Nacional de los Écrins, en los Alpes franceses, los redescubrió.
Dentant identificó varios rasgos de estas plantas diminutas (de escasos centímetros) que, con gran probabilidad, explicaban su capacidad para sobrevivir en tan hostil entorno, señalaba el octubre pasado en Alpine BotanyUna poseía tallos que se enterraban y la anclaban en el terreno inestable; otra mostraba una forma almohadillada que limitaba la pérdida de calor y agua; y dos de ellas, según las notas del equipo de alpinismo de 1952, crecían en hendiduras de las rocas iluminadas por el sol, por lo que permanecían más calientes que el gélido entorno.
La ciencia ha estado a punto de perder la ocasión de estudiar estas plantas de alta montaña, apunta Sonja Wipf, ecóloga de vegetación alpina en el Instituto de Nivología y Aludes (SLF, por sus siglas en alemán) del Instituto Federal Suizo de Bosques, Nieve y Paisaje (WSL, por sus siglas en alemán), en Davos. «Y no precisamente porque crezcan en cornisas inaccesibles, sino por haber permanecido “enterradas” en un herbario.»