jueves, 12 de marzo de 2026

Descubren más de un centenar de fósiles de reptil volador del Jurásico en Teruel

 El equipo de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis ha documentado nuevos hallazgos de fósiles de reptil volador en el yacimiento 'El Pozo', situado en el municipio de El Castellar (Teruel), y eleva la cifra a más de un centenar. Este descubrimiento convierte a este enclave en uno de los registros más destacados de pterosaurios en la Península Ibérica.

Este yacimiento es conocido por la presencia de huellas producidas por varios tipos de dinosaurios; actualmente se contabilizan en torno a 1.000 icnitas de saurópodos, ornitópodos y terópodos, principalmente. Sin embargo, ahora presenta otro foco de interés tras el hallazgo de huesos de pterosaurios -popularmente conocidos como reptiles voladores-.

Los pterosaurios son un grupo de animales que habitaron nuestro planeta durante gran parte de la era Mesozoica y que desarrollaron el vuelo activo antes que las aves y los murciélagos. Durante los últimos meses el equipo de la Fundación está llevado a cabo un intenso trabajo que combina la excavación paleontológica con labores de preparación y consolidación en el laboratorio de estos fósiles de pterosaurios.

Estas tareas han propiciado el hallazgo de nuevos huesos, elevando la cifra amás de un centenar de elementos esqueléticos craneales y postcraneales. En concreto, por el momento se han identificado fragmentos de mandíbula, diferentes vértebras, húmero, y falanges alares, así como una escápula-coracoide, entre otros.

La excepcionalidad del hallazgo radica en la combinación de varios factores: la notable concentración de fósiles en un área reducida, la extrema fragilidad de los huesos y el contexto geológico. Los trabajos de laboratorio están requiriendo un proceso especialmente delicado debido a esa fragilidad, ya que los huesos de los pterosaurios son "huecos" y ligeros, lo que les facilitó el vuelo.

Además, se han realizado varios moldes de las fósiles in situ. El registro de huesos de pterosaurios del Jurásico Superior en la Península Ibérica es extremadamente escaso. En este contexto, los de 'El Pozo' representan la primera evidencia sólida de pterosaurios jurásicos en el centro-este peninsular.

El estudio detallado aumentará la información sobre los ecosistemas costeros del este de Iberia de hace unos 145-150 millones de años, así como sobre laevolución y distribución de los pterosaurios en el entonces archipiélago europeo. De hecho, parte de estos avances han sido presentados recientemente en el congreso internacional Paleo-NE 2025/7th IMERP celebrado en Brasil y asignan algunos de los restos al grupo de los pterodactiloideos.

El trabajo, titulado First Late Jurassic pterodactyloid remains from eastern Iberia (Teruel, Spain), es firmado por Borja Holgado del Museu de Paleontologia Plácido Cidade Nuvens y por Sergio Sánchez Fenollosa, Josué García Cobeña, Ana González y Alberto Cobos de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis. Las investigaciones continúan y se esperan nuevos hallazgos en las continuas campañas de excavación en este yacimiento que fue declarado Bien de Interés Cultural por el Gobierno de Aragón en el año 2004. 

La misión DART de la NASA no solo logró desviar a Dimorphos, sino también al asteroide Didymos

 

Didymos, con un diámetro de 780 metros, es mucho más grande que Dimorphos, que mide 160. Ambos forman un sistema binario en el que este último orbita alrededor del primero

El LICIACube de la Agencia Espacial Italiana viajó junto a la nave DART de la NASA y tomó esta imagen de ambos asteroides, momentos después del impacto.
El LICIACube de la Agencia Espacial Italiana viajó junto a la nave DART de la NASA y tomó esta imagen de ambos asteroides, momentos después del impacto. ASI/NASA.

El origen de los anillos de Saturno siempre ha sido un misterio: un choque de lunas hace 100 millones quiere resolverlo

 Pocos planetas del sistema Solar son tan reconocibles como Saturno y sus característicos anillos. Puede que no se distingan tanto a simple vista, pero a su alrededor tiene también una impresionante cifra de 274 lunas. Pues bien, según un estudio reciente del SETI Institute, anillos y lunas podrían estar vinculados por un mismo evento: una colisión colosal hace 100 millones de años que dejó el entorno de Saturno tal y como lo conocemos.

Contexto. La primera vez que nos acercamos a Saturno fue en 1979 con el Pioneer 11 de la NASA. Pocos años más tarde, las Voyager 1 y 2 lo sobrevolaron. Fue la sonda Cassini en una misión de 13 años la que arrojó algo de luz sobre este planeta, sus anillos y sus lunas. Cassini descubrió tres anomalías que no encajaban con los modelos propuestos por la astronomía:

  • Los anillos tienen unos 100 millones de años, son mucho más jóvenes de los miles de millones que esperaban (friendly reminder: el sistema solar tiene 4.600 millones de años)
  • Varias lunas tenían órbitas extrañas, asimétricas y desequilibradas.
  • La masa interna de Saturno está más concentrada en el centro de lo que predecían. 

La hipótesis previa. En 2022 un equipo de profesionales de la astronomía estableció una hipótesis para explicar estas anomalías: la explicación podría estar en que Saturno hubiera perdido una luna hace unos 100 millones de años, precisamente la fecha en la que se formaron los anillos más jóvenes.

El hallazgo. Tomando como base la hipótesis anterior y tras varias simulaciones, llegaron a la explicación de que donde hoy orbita Titán había dos lunas: un Proto-Titán y un Proto-Hipérion más pequeño. En algún momento colisionaron y el Proto-Titán absorbió al otro. Lo que no quedó integrado se reagrupó formando el deforme y asmétrico Hipérion actual.

Este proceso explica que Titán no tenga cráteres en su superficie y su órbita excéntrica, heredada de las perturbaciones previas al impacto. Por culpa de esa órbita irregular, Titán desestabiliza las lunas interiores de Saturno, echándolas hacia el exterior y provocando así colisiones en cascada entre ellas.

Resumiendo: los anillos de Saturno serían la cicatriz de ese proceso, no la característica original del planeta, sino el resultado de una reacción de destrucción en cadena originada por el choque entre dos lunas primitivas.

Pia03550https://science.nasa.gov/resource/saturns-rings-2/Diagrama de los anillos de Saturno de la NASA

Por qué es importante. Porque los anillos de Saturno dejan de verse como una curiosidad estética para convertirse en lo que verdaderamente son: fósiles de eventos cósmicos. Además, obliga a revisar los modelos propuestos por la comunidad científica hasta ahora para ampliar el conocimiento sobre la formación planetaria en general. Sin ir más lejos, aporta más información sobre sistemas similares, como el de la Tierra y la Luna, cuyo origen también se atribuye a una colisión primordial.

Por otro lado, Titán tiene una importancia estratégica en los planes espaciales de la humanidad: es uno de los candidatos más interesantes en la búsqueda de vida gracias a características como su atmósfera densa o sus océanos de metano. Conocer su origen no es solo una cuestión histórica: es entender qué condiciones lo hicieron posible y si algo parecido podría repetirse en otros mundos.

Cómo lo hicieron. A partir de la hipótesis de 2022, aplicaron simulaciones  por ordenador para comprobar si una luna adicional podría acercarse lo suficiente a Saturno como para formar anillos. El objetivo era recrear el sistema solar durante miles de iteraciones hasta que los resultados coincidieron con el entorno de Saturno que conocemos. 

El equipo del SETI Institute, liderado por Matija Ćuk, llegó hasta aquí tras introducir una luna inestable adicional que acababa siempre igual: con Hipérion desapareciendo una y otra vez. Era la señal de que una premisa era incorrecta, así que plantearon algo nuevo: ¿y lo que había eran dos lunas extra?

Sí, pero. Aunque este estudio ofrece una explicación plausible del entorno de Saturno actual, no deja de estar basado en simulaciones. No hay datos físicos directos de Titán. De hecho, el propio equipo reconoce que necesitan más datos. 

Ahí entra la misión de Dragonfly de la NASA, que podría aportar más datos esenciales para entender por qué se formaron los anillos. Este drone de la agencia espacial norteamericana aterrizará en Titán en 2034 para analizar la composición química de su superficie, lo que podría revelar huellas del impacto primordial y confirmar (o no) que Titán es realmente el resultado de una fusión.


jueves, 26 de febrero de 2026

La Luna está encogiendo

 Si al mirar al cielo nocturno la Luna parece más pequeña, la impresión no es engañosa. Un nuevo estudio ha confirmado que nuestro satélite natural se está encogiendo.

Investigadores del Centro de Estudios de la Tierra y Planetarios del Museo Nacional del Aire y el Espacio han identificado más de 1.000 grietas que hasta ahora eran desconocidas en la superficie lunar. En concreto, el equipo descubrió 1.114 nuevas formaciones, lo que eleva el total detectado en la Luna a 2.634. Según los expertos, estos hallazgos evidencian que la Luna continúa contrayéndose y remodelando su superficie.

Desde 2010, los científicos saben que la Luna se reduce gradualmente a medida que su interior se enfría. Ese enfriamiento provoca la contracción de su estructura interna y, como consecuencia, la superficie también se comprime.

Grietas jóvenes en una Luna dinámica

El proceso de encogimiento ya había dado lugar a unas estructuras características conocidas como “escarpes lobulados”, localizadas en las tierras altas lunares. Estas formaciones se producen cuando la corteza se comprime y las fuerzas resultantes empujan material hacia arriba y sobre la corteza adyacente a lo largo de una falla, creando una especie de cresta.

Sin embargo, el nuevo estudio ha identificado grietas en una región distinta: los mares lunares, las amplias llanuras oscuras visibles desde la Tierra. Estas nuevas estructuras han sido denominadas “pequeñas crestas de los mares” (SMRs, por sus siglas en inglés).

“Desde la era del Apolo, sabemos de la presencia generalizada de escarpes lobulados en las tierras altas lunares, pero esta es la primera vez que los científicos documentan la presencia extendida de características similares en los mares lunares”, explicó Cole Nypaver, autor principal del estudio.

En promedio, las SMRs tienen una antigüedad aproximada de 124 millones de años, mientras que los escarpes lobulados datan de hace unos 105 millones de años. Aunque estas cifras puedan parecer elevadas, en términos geológicos se trata de algunas de las formaciones más jóvenes de la Luna.

“Nuestra detección de crestas pequeñas y jóvenes en los mares, y nuestro descubrimiento de su causa, completa una imagen global de una Luna dinámica y en contracción”, señaló Tom Watters, quien identificó por primera vez este tipo de grietas en 2010.

El riesgo de los terremotos lunares

Más allá del interés científico, el fenómeno tiene implicaciones prácticas. Los investigadores advierten de que la contracción lunar puede estar relacionada con terremotos lunares superficiales.

“Estamos en un momento muy emocionante para la ciencia y la exploración lunar”, afirmó Nypaver. “Los próximos programas de exploración lunar, como Artemis, proporcionarán una gran cantidad de nueva información sobre nuestra Luna. Un mejor entendimiento de la tectónica y la actividad sísmica lunar beneficiará directamente la seguridad y el éxito científico de esas y futuras misiones”.

La posible actividad sísmica preocupa especialmente a la NASA, que planea llevar astronautas a la superficie lunar en 2028 con la misión Artemis III. Según el estudio, publicado en The Planetary Science Journal, “la distribución de las SMRs también puede ser relevante para cualquier asentamiento lunar a largo plazo debido a los riesgos que los terremotos lunares superficiales suponen para la infraestructura humana”.

Así, mientras la ciencia avanza en la comprensión del pasado y la evolución térmica de la Luna, el encogimiento del satélite se convierte también en un factor clave para la seguridad de las futuras misiones tripuladas.

Luz y color: una visión cuántica

 Lo que conocemos coloquialmente como “el color de las cosas” es el resultado de varios procesos cuya naturaleza es, en la mayor parte de los casos, intrínsecamente cuántica. El fenómeno es producto de eventos simultáneos en ambos protagonistas: el observador y lo observado. Así, encontramos un nexo insospechado entre nuestra experiencia cotidiana del color y los principios cuánticos subyacentes responsables. 

Visión histórica

Nuestra concepción de la luz y el color tiene una historia larga y sinuosa. En sus orígenes, estuvo fuertemente condicionada por los caprichos de la experiencia visual subjetiva. Actualmente distinguimos sus aspectos físicos (la luz como fenómeno electromagnético y fundamentalmente cuántico), fisiológicos (su detección en el ojo y comunicación al cerebro) y psicológicos (su interpretación en términos de color). Sin embargo, en la antigüedad no estaba claro en absoluto.

Empédocles (siglo V a. e. c.) propuso una teoría integral de la luz y la visión que combinaba dos ideas: la luz es una emanación que viaja y la visión implica un rayo que sale del ojo. Es la idea de la extramisión, hoy en día equiparable a un terraplanismo óptico y que puede rastrearse en películas como El hombre con rayos X en los ojos o Superman. Por contraparte y en la misma época, Leucipodefendió tempranamente la idea de intromisión, según la cual los objetos emiten efluvios recibidos por el ojo, permitiendo la visión.

En el siglo XI, Alhacén explicó (con argumentos que lo acercan a la ciencia moderna) que la visión es debida a la luz reflejada en los objetos y dirigida a los ojos. Quedó pendiente, sin embargo, la discusión acerca de la naturaleza misma de la luz que, en siglos posteriores, involucró a Isaac Newton (siglos XVII-XVIII, defensor de la teoría corpuscular) y Christiaan Huygens (siglo XVII, promotor de la teoría ondulatoria), entre otros más excéntricos como el jesuita Athanasius Kircher (siglo XVII) y el poeta Johann Wolfgang von Goethe (siglos XVIII-XIX), quienes reparaban ante todo en la experiencia sensorial del color.

Luz y materia

A principios del siglo XIX, el científico inglés Thomas Young demostró que la luz era un fenómeno ondulatorio mediante una serie de experimentos de interferencia, ya clásicos, con una doble rendija. La luz consistía en ondas, ¿pero ondas de qué?

Estudios posteriores establecieron que la luz es una oscilación del campo electromagnético que se propaga en el vacío a una velocidad de aproximadamente 300 000 km/seg. La llamada luz visible, la que percibimos con nuestros ojos, no es más que una diminuta fracción de un espectro que va desde las suaves ondas de radio a los muy energéticos rayos gamma, invisibles a esos mismos ojos (pero no a otros órganos, como la piel, donde las radiaciones infrarrojas son percibidas como calor y las ultravioletas dejan su impresión en el bronceado).

Únase y apueste por información basada en la evidencia.

Los distintos colores que observamos al descomponer la luz visible con un prisma corresponden, por tanto, a distintas frecuencias de oscilación de esas ondas. Una característica notable de la teoría electromagnética es que vincula decisivamente la luz a sus fuentes: las cargas eléctricas en movimiento. 

Las radiaciones electromagnéticas son producidas por cargas eléctricas aceleradas que forman la materia misma, como los electrones o los protones, ya sea en una antena (ondas de radio o microondas), en una bombilla o un led (luz visible), en un tubo de rayos X o en un núcleo atómico que se desintegra (rayos gamma). En definitiva, luz y materia están asociadas de modo fundamental: las cargas eléctricas pueden perder o ganar energía emitiendo o absorbiendo ondas electromagnéticas. Ahora bien, ¿cómo sucede esto?

Pequeños paquetes de energía

Hacia 1900, el desafío tecnológico de convertir la iluminación de gas en eléctrica impulsó a la comunidad científica a estudiar los mecanismos de emisión de luz en los cuerpos incandescentes. En un intento por reproducir su espectro de emisión y evitar la llamada “catástrofe ultravioleta” (una emisión exagerada de radiaciones muy energéticas, predicha por la teoría clásica del electromagnetismo, que no se cumple en la práctica), Max Planckdescubrió que este fenómeno requería una nueva construcción teórica en la que las ondas lumínicas fueran emitidas en pequeños paquetes de energía.

De este modo, la energía total emitida debía ser múltiplo de una cantidad mínima indivisible, que dependía exclusivamente de la frecuencia de oscilación de la luz (o, en otras palabras, de su “color”). Planck denominó “cuanto” a cada uno de estos paquetes de energía, y ya nada volvió a ser igual.

Lo que para Planck fue un artificio matemático, en manos de Einstein se convirtió en una pieza fundamental del puzle de la naturaleza. Comprendió que los cuantos permitían explicar el efecto fotoeléctrico, una respuesta singular a la absorción de luz en metales según su frecuencia, que la teoría electromagnética clásica no podía explicar.

En el campo de la espectroscopía atómica –conjunto de técnicas analíticas que estudian la interacción de la radiación electromagnética con los átomos para determinar la composición elemental de una muestra–, los cuantos de luz (finalmente denominados “fotones”) explicaban las líneas de emisión y absorción como transiciones de energía bien definida entre los estados electrónicos en los átomos. Más importante aún: estos fenómenos revivieron la interpretación corpuscular de la luz, pero sin desplazar sus características ondulatorias previamente establecidas. Son hallazgos centrales para entender la relación entre luz y cuántica, como veremos a continuación.

Raíces cuánticas del color

De acuerdo a lo anterior, cuando un haz de luz incide sobre un material (lo observado), los fotones que lo componen solo pueden ser absorbidos si su energía coincide con el escalón energético existente entre dos niveles electrónicos del material. Cuando esto ocurre, los electrones que se encuentran en el nivel de energía más bajo, conocido como “fundamental”, pasan a un nivel superior, el estado “excitado”. 

Estos electrones, transcurrido un tiempo (típicamente, del orden de la milmillonésima de segundo), pueden relajarse y volver a su estado fundamental, ya sea a través de vibraciones de los átomos o moléculas que forman el material o emitiendo fotones de menor energía.

La energía inicialmente absorbida puede, por tanto, devolverse al entorno en forma de calor (disipación) o de luz (luminiscencia). Todos estos procesos tienen lugar entre estados discretos (es decir, escalonados: sistemas o variables que solo pueden tomar valores fijos y separados, como encendido/apagado, 0 o 1) de las partículas involucradas, ya sean fotones, electrones o vibraciones, cuyas propiedades vienen establecidas por la mecánica cuántica.

Sin embargo, ¿qué ocurre con la luz incidente cuya energía no coincide con ningún salto entre niveles electrónicos del material? Simplemente, no es absorbida y, por tanto, los fotones que la componen son necesariamente reflejados o transmitidos. Son precisamente estos fotones los que llegan hasta nuestros ojos (los del observador) y determinan el color de los objetos que observamos.

Ojos cuánticos

Después de atravesar córnea, pupila, cristalino y humor vítreo, los fotones reflejados, transmitidos o emitidos por el objeto de nuestra observación, llegan a la retina. Allí, a su vez, excitan unos receptores denominados conos que contienen pigmentos encargados de absorber los fotones de los distintos colores. Esta captura se produce mediante un proceso similar al descrito para la absorción de luz que tiene lugar en el objeto observado, es decir, intrínsecamente cuántico.

Los conos convierten la señal luminosa que reciben en eléctrica y esta viaja por el nervio óptico hacia el cerebro hasta llegar a la corteza visual, que interpreta, invierte y da sentido a dicha señal. Así, los distintos colores que percibimos dependen tanto del catálogo de niveles energéticos de los objetos observados –ya que estos determinan la energía de los fotones que serán reflejados, transmitidos o emitidos– como del buen funcionamiento de los receptores en nuestra retina.

Un fallo en la detección por alguno de estos receptores (cianopsina para el azul, cloropsina para el verde, eritropsina para el rojo) da lugar a la disfunción cromática conocida como daltonismo. Tanto en lo observado como en el observador, los procesos involucrados en el fenómeno del color solo pueden describirse adecuadamente gracias a la teoría cuántica elaborada inicialmente por Einstein y Planck para explicar el espectro de emisión de objetos tales como lámparas o estrellas.

Colores clásicos

Una puntualización final. Si bien toda luz es de origen cuántico, así como lo son la mayor parte de fenómenos responsables del color, hay muy significativas excepciones. El blanco de las nubes, el brillo tornasolado de un escarabajo, el reflejo iridiscente de una pompa de jabón… son todas ellas expresiones del fenómeno del color que pueden explicarse considerando únicamente la naturaleza ondulatoria de la luz, ya descrita con precisión en el siglo XIX en el marco de la física clásica, sin necesidad de involucrar ningún concepto cuántico.

En todos estos casos, el color que observamos es el resultado de la forma en la que se encuentra estructurada la materia en escalas de longitud del orden de la micra (una millonésima de metro). En lugar de la absorción o emisión de luz debidas a saltos de los electrones entre niveles de energía bien definidos, indispensables en física cuántica, los procesos relevantes en estos ejemplos son la dispersión, interferencia y difracción de la luz. Estos dependen no tanto de la estructura electrónica de los materiales, como de la manera en que varía la propagación de las ondas lumínicas al atravesar regiones de distinto índice de refracción.

Se trata de un fenómeno conocido como color estructural, que produce algunos de los colores más llamativos de la naturaleza. La física subyacente en estos casos es, si bien conceptualmente menos compleja que la cuántica, igualmente fascinante.

Una versión de este artículo se publicó en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.

HOY SE HABLA DE China Nintendo Switch 2 Tim Cook NASA Fallout Ozempic iPhone 17 IA OpenAI Frío Durante años culpamos a la testosterona de que los hombres vivieran menos. Ahora sabemos que el culpable es un cromosoma

 Durante décadas, la biología ha observado un hecho demográfico incontestable: las mujeres viven más que los hombres. A menudo se ha culpado al estilo de vida, a la testosterona o a la mayor propensión masculina a las actividades de riesgo. Sin embargo, la ciencia ha encontrado a un culpable mucho más sutil y genético que llevamos en todas nuestras células y que literalmente empezamos a perder a medida que envejecemos

Una clase de genética. De manera muy general, hay que recordar que toda nuestra información genética está recogida en 46 cromosomas que se encuentran dentro de los núcleos de nuestras células en forma de pares. Pero hay una parte de todos estos cromosomas que nos define como hombres o mujeres: la presencia de dos cromosomas X define a las mujeres y la presencia de un cromosoma X con uno Y define a los hombres. 

Aunque hay una gran complejidad genética detrás de algo tan redundante como un par de cromosomas, lo que nos interesa en este caso es que la ciencia ha visto un efecto llamado mLOY, que es literalmente la pérdida del mosaico del cromosoma Y en los hombres. Y los diferentes artículos científicos sugieren que no es un simple efecto secundario de hacerse mayor, sino que es un "asesino silencioso" que explica gran parte de la brecha de longevidad entre sexos.

El cromosoma fugitivo. Durante mucho tiempo, el cromosoma Y fue considerado el "hermano pequeño" del genoma. Pequeño, con pocos genes y encargado casi exclusivamente de determinar el sexo masculino sin más funciones conocidas, recayendo casi todas en el cromosoma X de un tamaño considerable. Pero la verdad es que estábamos equivocados, y el cromosoma Y tiene una gran importancia en la vida adulta de los hombres. 

El fenómeno mLOY. Este ocurre cuando las células que están encargadas de fabricar los elementos de la sangre, como los eritrocitos, las plaquetas, o los linfocitos, sufren errores al dividirse y pierden el cromosoma Y. Algo que genera un "mosaico" en nuestro cuerpo, es decir, algunos glóbulos blancos tienen el cromosoma Y mientras que otros no. 

Pero lo inquietante es la frecuencia con la que ocurre, ya que, según los datos revisados, esto es algo que se ha detectado en el 40% de los hombres a los 60 años y en el 70% de los hombres a los 90 años. 

Hay daños. Hasta hace poco, se creía que perder este cromosoma era algo benigno y normal, una simple "cana genética". Pero la evidencia acumulada entre 2022 y 2025, incluyendo estudios masivos del Biobanco del Reino Unido y el reciente estudio alemán LURIC, ha hecho saltar las alarmas: perder el cromosoma Y no es inocuo y tiene importantes efectos secundarios. 

El corazón. Uno de estos efectos secundarios está precisamente en la insuficiencia cardiaca, que es una enfermedad muy prevalente en la tercera edad. Aquí la ciencia ha podido ver que, al eliminar el cromosoma Y en ratones, los animales desarrollaban rápidamente fibrosis cardiaca. Es decir, sus corazones se llenaban de tejido cicatricial, volviéndose rígidos y, por tanto, con mucha dificultad para poder bombear la sangre. 

Pero no es la única enfermedad que se presenta, puesto que en el Biobanco del Reino Unido, los hombres con mLOY en más del 40% de sus glóbulos blancos tenían un 31% más de riesgo de morir por causas cardiovasculares. E incluso el estudio LURIC publicado el año pasado, realizado sobre 1.700 hombres, halló que el efecto mLOY aumentaba en casi el 50% el riesgo de infarto mortal. 

Más enfermedades. Más allá del corazón, el impacto de perder el cromosoma Y afecta también al sistema de defensa de nuestro organismo para poder combatir diferentes amenazas. Entre ellas tenemos el cáncer, puesto que el sistema inmune necesita el cromosoma Y para vigilar eficazmente las células tumorales que van surgiendo. Su pérdida se asocia con un peor pronóstico en cáncer de vejiga y otros tumores sólidos, puesto que es como si los guardias de seguridad de nuestro cuerpo se hubieran quedado parcialmente ciegos.

Además del cáncer, también se ha visto que la frecuencia de mLOY es hasta 10 veces mayor en los pacientes que tienen Alzheimer, con estudios que muestran un riesgo casi 3 veces superior de desarrollar la enfermedad. 

El COVID. Durante la pandemia vimos que los hombres mayores morían mucho más que las mujeres sin entender muy bien el porqué. Ahora sabemos que la pérdida del cromosoma Y eleva 54% el riesgo de letalidadpor estar infectado de COVID en ancianos, ofreciendo por fin una explicación biológica a ese sesgo.

¿Hay solución? Puede parecer deprimente saber que una parte de nuestro ADN decide abandonarnos y causarnos tantos problemas, pero en realidad, es un hallazgo esperanzador. Y es esperanzador, puesto que, al ver que la pérdida de cromosoma Y es causa directa de una enfermedad, se abren puertas terapéuticas

En los experimentos con ratones se ha visto que con el tratamiento con un fármaco antifibrótico se lograba revertir el daño cardiaco causado por la pérdida del cromosoma. Esto significa que el efecto mLOY se puede usar como marcador en un análisis de sangre, como ocurre con el colesterol, para predecir el riesgo cardiaco de un paciente y poder poner tratamientos preventivos para retrasarlo y mejorar la calidad de vida del paciente.