jueves, 26 de febrero de 2026

La Luna está encogiendo

 Si al mirar al cielo nocturno la Luna parece más pequeña, la impresión no es engañosa. Un nuevo estudio ha confirmado que nuestro satélite natural se está encogiendo.

Investigadores del Centro de Estudios de la Tierra y Planetarios del Museo Nacional del Aire y el Espacio han identificado más de 1.000 grietas que hasta ahora eran desconocidas en la superficie lunar. En concreto, el equipo descubrió 1.114 nuevas formaciones, lo que eleva el total detectado en la Luna a 2.634. Según los expertos, estos hallazgos evidencian que la Luna continúa contrayéndose y remodelando su superficie.

Desde 2010, los científicos saben que la Luna se reduce gradualmente a medida que su interior se enfría. Ese enfriamiento provoca la contracción de su estructura interna y, como consecuencia, la superficie también se comprime.

Grietas jóvenes en una Luna dinámica

El proceso de encogimiento ya había dado lugar a unas estructuras características conocidas como “escarpes lobulados”, localizadas en las tierras altas lunares. Estas formaciones se producen cuando la corteza se comprime y las fuerzas resultantes empujan material hacia arriba y sobre la corteza adyacente a lo largo de una falla, creando una especie de cresta.

Sin embargo, el nuevo estudio ha identificado grietas en una región distinta: los mares lunares, las amplias llanuras oscuras visibles desde la Tierra. Estas nuevas estructuras han sido denominadas “pequeñas crestas de los mares” (SMRs, por sus siglas en inglés).

“Desde la era del Apolo, sabemos de la presencia generalizada de escarpes lobulados en las tierras altas lunares, pero esta es la primera vez que los científicos documentan la presencia extendida de características similares en los mares lunares”, explicó Cole Nypaver, autor principal del estudio.

En promedio, las SMRs tienen una antigüedad aproximada de 124 millones de años, mientras que los escarpes lobulados datan de hace unos 105 millones de años. Aunque estas cifras puedan parecer elevadas, en términos geológicos se trata de algunas de las formaciones más jóvenes de la Luna.

“Nuestra detección de crestas pequeñas y jóvenes en los mares, y nuestro descubrimiento de su causa, completa una imagen global de una Luna dinámica y en contracción”, señaló Tom Watters, quien identificó por primera vez este tipo de grietas en 2010.

El riesgo de los terremotos lunares

Más allá del interés científico, el fenómeno tiene implicaciones prácticas. Los investigadores advierten de que la contracción lunar puede estar relacionada con terremotos lunares superficiales.

“Estamos en un momento muy emocionante para la ciencia y la exploración lunar”, afirmó Nypaver. “Los próximos programas de exploración lunar, como Artemis, proporcionarán una gran cantidad de nueva información sobre nuestra Luna. Un mejor entendimiento de la tectónica y la actividad sísmica lunar beneficiará directamente la seguridad y el éxito científico de esas y futuras misiones”.

La posible actividad sísmica preocupa especialmente a la NASA, que planea llevar astronautas a la superficie lunar en 2028 con la misión Artemis III. Según el estudio, publicado en The Planetary Science Journal, “la distribución de las SMRs también puede ser relevante para cualquier asentamiento lunar a largo plazo debido a los riesgos que los terremotos lunares superficiales suponen para la infraestructura humana”.

Así, mientras la ciencia avanza en la comprensión del pasado y la evolución térmica de la Luna, el encogimiento del satélite se convierte también en un factor clave para la seguridad de las futuras misiones tripuladas.

Luz y color: una visión cuántica

 Lo que conocemos coloquialmente como “el color de las cosas” es el resultado de varios procesos cuya naturaleza es, en la mayor parte de los casos, intrínsecamente cuántica. El fenómeno es producto de eventos simultáneos en ambos protagonistas: el observador y lo observado. Así, encontramos un nexo insospechado entre nuestra experiencia cotidiana del color y los principios cuánticos subyacentes responsables. 

Visión histórica

Nuestra concepción de la luz y el color tiene una historia larga y sinuosa. En sus orígenes, estuvo fuertemente condicionada por los caprichos de la experiencia visual subjetiva. Actualmente distinguimos sus aspectos físicos (la luz como fenómeno electromagnético y fundamentalmente cuántico), fisiológicos (su detección en el ojo y comunicación al cerebro) y psicológicos (su interpretación en términos de color). Sin embargo, en la antigüedad no estaba claro en absoluto.

Empédocles (siglo V a. e. c.) propuso una teoría integral de la luz y la visión que combinaba dos ideas: la luz es una emanación que viaja y la visión implica un rayo que sale del ojo. Es la idea de la extramisión, hoy en día equiparable a un terraplanismo óptico y que puede rastrearse en películas como El hombre con rayos X en los ojos o Superman. Por contraparte y en la misma época, Leucipodefendió tempranamente la idea de intromisión, según la cual los objetos emiten efluvios recibidos por el ojo, permitiendo la visión.

En el siglo XI, Alhacén explicó (con argumentos que lo acercan a la ciencia moderna) que la visión es debida a la luz reflejada en los objetos y dirigida a los ojos. Quedó pendiente, sin embargo, la discusión acerca de la naturaleza misma de la luz que, en siglos posteriores, involucró a Isaac Newton (siglos XVII-XVIII, defensor de la teoría corpuscular) y Christiaan Huygens (siglo XVII, promotor de la teoría ondulatoria), entre otros más excéntricos como el jesuita Athanasius Kircher (siglo XVII) y el poeta Johann Wolfgang von Goethe (siglos XVIII-XIX), quienes reparaban ante todo en la experiencia sensorial del color.

Luz y materia

A principios del siglo XIX, el científico inglés Thomas Young demostró que la luz era un fenómeno ondulatorio mediante una serie de experimentos de interferencia, ya clásicos, con una doble rendija. La luz consistía en ondas, ¿pero ondas de qué?

Estudios posteriores establecieron que la luz es una oscilación del campo electromagnético que se propaga en el vacío a una velocidad de aproximadamente 300 000 km/seg. La llamada luz visible, la que percibimos con nuestros ojos, no es más que una diminuta fracción de un espectro que va desde las suaves ondas de radio a los muy energéticos rayos gamma, invisibles a esos mismos ojos (pero no a otros órganos, como la piel, donde las radiaciones infrarrojas son percibidas como calor y las ultravioletas dejan su impresión en el bronceado).

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Los distintos colores que observamos al descomponer la luz visible con un prisma corresponden, por tanto, a distintas frecuencias de oscilación de esas ondas. Una característica notable de la teoría electromagnética es que vincula decisivamente la luz a sus fuentes: las cargas eléctricas en movimiento. 

Las radiaciones electromagnéticas son producidas por cargas eléctricas aceleradas que forman la materia misma, como los electrones o los protones, ya sea en una antena (ondas de radio o microondas), en una bombilla o un led (luz visible), en un tubo de rayos X o en un núcleo atómico que se desintegra (rayos gamma). En definitiva, luz y materia están asociadas de modo fundamental: las cargas eléctricas pueden perder o ganar energía emitiendo o absorbiendo ondas electromagnéticas. Ahora bien, ¿cómo sucede esto?

Pequeños paquetes de energía

Hacia 1900, el desafío tecnológico de convertir la iluminación de gas en eléctrica impulsó a la comunidad científica a estudiar los mecanismos de emisión de luz en los cuerpos incandescentes. En un intento por reproducir su espectro de emisión y evitar la llamada “catástrofe ultravioleta” (una emisión exagerada de radiaciones muy energéticas, predicha por la teoría clásica del electromagnetismo, que no se cumple en la práctica), Max Planckdescubrió que este fenómeno requería una nueva construcción teórica en la que las ondas lumínicas fueran emitidas en pequeños paquetes de energía.

De este modo, la energía total emitida debía ser múltiplo de una cantidad mínima indivisible, que dependía exclusivamente de la frecuencia de oscilación de la luz (o, en otras palabras, de su “color”). Planck denominó “cuanto” a cada uno de estos paquetes de energía, y ya nada volvió a ser igual.

Lo que para Planck fue un artificio matemático, en manos de Einstein se convirtió en una pieza fundamental del puzle de la naturaleza. Comprendió que los cuantos permitían explicar el efecto fotoeléctrico, una respuesta singular a la absorción de luz en metales según su frecuencia, que la teoría electromagnética clásica no podía explicar.

En el campo de la espectroscopía atómica –conjunto de técnicas analíticas que estudian la interacción de la radiación electromagnética con los átomos para determinar la composición elemental de una muestra–, los cuantos de luz (finalmente denominados “fotones”) explicaban las líneas de emisión y absorción como transiciones de energía bien definida entre los estados electrónicos en los átomos. Más importante aún: estos fenómenos revivieron la interpretación corpuscular de la luz, pero sin desplazar sus características ondulatorias previamente establecidas. Son hallazgos centrales para entender la relación entre luz y cuántica, como veremos a continuación.

Raíces cuánticas del color

De acuerdo a lo anterior, cuando un haz de luz incide sobre un material (lo observado), los fotones que lo componen solo pueden ser absorbidos si su energía coincide con el escalón energético existente entre dos niveles electrónicos del material. Cuando esto ocurre, los electrones que se encuentran en el nivel de energía más bajo, conocido como “fundamental”, pasan a un nivel superior, el estado “excitado”. 

Estos electrones, transcurrido un tiempo (típicamente, del orden de la milmillonésima de segundo), pueden relajarse y volver a su estado fundamental, ya sea a través de vibraciones de los átomos o moléculas que forman el material o emitiendo fotones de menor energía.

La energía inicialmente absorbida puede, por tanto, devolverse al entorno en forma de calor (disipación) o de luz (luminiscencia). Todos estos procesos tienen lugar entre estados discretos (es decir, escalonados: sistemas o variables que solo pueden tomar valores fijos y separados, como encendido/apagado, 0 o 1) de las partículas involucradas, ya sean fotones, electrones o vibraciones, cuyas propiedades vienen establecidas por la mecánica cuántica.

Sin embargo, ¿qué ocurre con la luz incidente cuya energía no coincide con ningún salto entre niveles electrónicos del material? Simplemente, no es absorbida y, por tanto, los fotones que la componen son necesariamente reflejados o transmitidos. Son precisamente estos fotones los que llegan hasta nuestros ojos (los del observador) y determinan el color de los objetos que observamos.

Ojos cuánticos

Después de atravesar córnea, pupila, cristalino y humor vítreo, los fotones reflejados, transmitidos o emitidos por el objeto de nuestra observación, llegan a la retina. Allí, a su vez, excitan unos receptores denominados conos que contienen pigmentos encargados de absorber los fotones de los distintos colores. Esta captura se produce mediante un proceso similar al descrito para la absorción de luz que tiene lugar en el objeto observado, es decir, intrínsecamente cuántico.

Los conos convierten la señal luminosa que reciben en eléctrica y esta viaja por el nervio óptico hacia el cerebro hasta llegar a la corteza visual, que interpreta, invierte y da sentido a dicha señal. Así, los distintos colores que percibimos dependen tanto del catálogo de niveles energéticos de los objetos observados –ya que estos determinan la energía de los fotones que serán reflejados, transmitidos o emitidos– como del buen funcionamiento de los receptores en nuestra retina.

Un fallo en la detección por alguno de estos receptores (cianopsina para el azul, cloropsina para el verde, eritropsina para el rojo) da lugar a la disfunción cromática conocida como daltonismo. Tanto en lo observado como en el observador, los procesos involucrados en el fenómeno del color solo pueden describirse adecuadamente gracias a la teoría cuántica elaborada inicialmente por Einstein y Planck para explicar el espectro de emisión de objetos tales como lámparas o estrellas.

Colores clásicos

Una puntualización final. Si bien toda luz es de origen cuántico, así como lo son la mayor parte de fenómenos responsables del color, hay muy significativas excepciones. El blanco de las nubes, el brillo tornasolado de un escarabajo, el reflejo iridiscente de una pompa de jabón… son todas ellas expresiones del fenómeno del color que pueden explicarse considerando únicamente la naturaleza ondulatoria de la luz, ya descrita con precisión en el siglo XIX en el marco de la física clásica, sin necesidad de involucrar ningún concepto cuántico.

En todos estos casos, el color que observamos es el resultado de la forma en la que se encuentra estructurada la materia en escalas de longitud del orden de la micra (una millonésima de metro). En lugar de la absorción o emisión de luz debidas a saltos de los electrones entre niveles de energía bien definidos, indispensables en física cuántica, los procesos relevantes en estos ejemplos son la dispersión, interferencia y difracción de la luz. Estos dependen no tanto de la estructura electrónica de los materiales, como de la manera en que varía la propagación de las ondas lumínicas al atravesar regiones de distinto índice de refracción.

Se trata de un fenómeno conocido como color estructural, que produce algunos de los colores más llamativos de la naturaleza. La física subyacente en estos casos es, si bien conceptualmente menos compleja que la cuántica, igualmente fascinante.

Una versión de este artículo se publicó en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.

HOY SE HABLA DE China Nintendo Switch 2 Tim Cook NASA Fallout Ozempic iPhone 17 IA OpenAI Frío Durante años culpamos a la testosterona de que los hombres vivieran menos. Ahora sabemos que el culpable es un cromosoma

 Durante décadas, la biología ha observado un hecho demográfico incontestable: las mujeres viven más que los hombres. A menudo se ha culpado al estilo de vida, a la testosterona o a la mayor propensión masculina a las actividades de riesgo. Sin embargo, la ciencia ha encontrado a un culpable mucho más sutil y genético que llevamos en todas nuestras células y que literalmente empezamos a perder a medida que envejecemos

Una clase de genética. De manera muy general, hay que recordar que toda nuestra información genética está recogida en 46 cromosomas que se encuentran dentro de los núcleos de nuestras células en forma de pares. Pero hay una parte de todos estos cromosomas que nos define como hombres o mujeres: la presencia de dos cromosomas X define a las mujeres y la presencia de un cromosoma X con uno Y define a los hombres. 

Aunque hay una gran complejidad genética detrás de algo tan redundante como un par de cromosomas, lo que nos interesa en este caso es que la ciencia ha visto un efecto llamado mLOY, que es literalmente la pérdida del mosaico del cromosoma Y en los hombres. Y los diferentes artículos científicos sugieren que no es un simple efecto secundario de hacerse mayor, sino que es un "asesino silencioso" que explica gran parte de la brecha de longevidad entre sexos.

El cromosoma fugitivo. Durante mucho tiempo, el cromosoma Y fue considerado el "hermano pequeño" del genoma. Pequeño, con pocos genes y encargado casi exclusivamente de determinar el sexo masculino sin más funciones conocidas, recayendo casi todas en el cromosoma X de un tamaño considerable. Pero la verdad es que estábamos equivocados, y el cromosoma Y tiene una gran importancia en la vida adulta de los hombres. 

El fenómeno mLOY. Este ocurre cuando las células que están encargadas de fabricar los elementos de la sangre, como los eritrocitos, las plaquetas, o los linfocitos, sufren errores al dividirse y pierden el cromosoma Y. Algo que genera un "mosaico" en nuestro cuerpo, es decir, algunos glóbulos blancos tienen el cromosoma Y mientras que otros no. 

Pero lo inquietante es la frecuencia con la que ocurre, ya que, según los datos revisados, esto es algo que se ha detectado en el 40% de los hombres a los 60 años y en el 70% de los hombres a los 90 años. 

Hay daños. Hasta hace poco, se creía que perder este cromosoma era algo benigno y normal, una simple "cana genética". Pero la evidencia acumulada entre 2022 y 2025, incluyendo estudios masivos del Biobanco del Reino Unido y el reciente estudio alemán LURIC, ha hecho saltar las alarmas: perder el cromosoma Y no es inocuo y tiene importantes efectos secundarios. 

El corazón. Uno de estos efectos secundarios está precisamente en la insuficiencia cardiaca, que es una enfermedad muy prevalente en la tercera edad. Aquí la ciencia ha podido ver que, al eliminar el cromosoma Y en ratones, los animales desarrollaban rápidamente fibrosis cardiaca. Es decir, sus corazones se llenaban de tejido cicatricial, volviéndose rígidos y, por tanto, con mucha dificultad para poder bombear la sangre. 

Pero no es la única enfermedad que se presenta, puesto que en el Biobanco del Reino Unido, los hombres con mLOY en más del 40% de sus glóbulos blancos tenían un 31% más de riesgo de morir por causas cardiovasculares. E incluso el estudio LURIC publicado el año pasado, realizado sobre 1.700 hombres, halló que el efecto mLOY aumentaba en casi el 50% el riesgo de infarto mortal. 

Más enfermedades. Más allá del corazón, el impacto de perder el cromosoma Y afecta también al sistema de defensa de nuestro organismo para poder combatir diferentes amenazas. Entre ellas tenemos el cáncer, puesto que el sistema inmune necesita el cromosoma Y para vigilar eficazmente las células tumorales que van surgiendo. Su pérdida se asocia con un peor pronóstico en cáncer de vejiga y otros tumores sólidos, puesto que es como si los guardias de seguridad de nuestro cuerpo se hubieran quedado parcialmente ciegos.

Además del cáncer, también se ha visto que la frecuencia de mLOY es hasta 10 veces mayor en los pacientes que tienen Alzheimer, con estudios que muestran un riesgo casi 3 veces superior de desarrollar la enfermedad. 

El COVID. Durante la pandemia vimos que los hombres mayores morían mucho más que las mujeres sin entender muy bien el porqué. Ahora sabemos que la pérdida del cromosoma Y eleva 54% el riesgo de letalidadpor estar infectado de COVID en ancianos, ofreciendo por fin una explicación biológica a ese sesgo.

¿Hay solución? Puede parecer deprimente saber que una parte de nuestro ADN decide abandonarnos y causarnos tantos problemas, pero en realidad, es un hallazgo esperanzador. Y es esperanzador, puesto que, al ver que la pérdida de cromosoma Y es causa directa de una enfermedad, se abren puertas terapéuticas

En los experimentos con ratones se ha visto que con el tratamiento con un fármaco antifibrótico se lograba revertir el daño cardiaco causado por la pérdida del cromosoma. Esto significa que el efecto mLOY se puede usar como marcador en un análisis de sangre, como ocurre con el colesterol, para predecir el riesgo cardiaco de un paciente y poder poner tratamientos preventivos para retrasarlo y mejorar la calidad de vida del paciente. 

jueves, 19 de febrero de 2026

Hay una subespecie de "hormiga española" y está sometiendo sexualmente al resto de Europa para expandirse

 La naturaleza nos ha dado muchas formas de reproducirnos. Desde el mecanismo más simple (la clonalidad) a sistemas realmente muy elaboradas de reproducción sexual: donde algunas especies generan machos y hembras, otras producen toda una enorme cantidad de 'morfos' dependiendo de la estación, la densidad de población o la casta social. 

Pero en todo esos casos, incluso en los más complejos, "los fenotipos producidos por una hembra pertenecen invariablemente a la misma especie". O eso creíamos. Porque las hormigas españolas han hehco saltar esa "restricción aparentemente universal" por los aires y lo están aprovechando para domesticar otras especies a su antojo.

¿Que están haciendo qué? Como suena: tras examinar más de 120 poblaciones y secuencias a casi 400 individuos distintos, unos investigadores de la Universidad de Montpellier llegaron a la conclusiónde que las reinas de Messor ibericus están clonando machos de Messor structor para crear obreras híbridas que les permiten su expansión por progresiva por toda Europa.

Evidentemente, aunque esas obreras híbridas se usan como fuerza laboral del hormiguero, no estamos hablando de un sistema de esclavitud de otras especies análogo a los sistemas humanos de la edad antigua. No obstante, es divertido y muy interesante. 

sdfsdfsdfsdfJuvé y cols. (2025)

¿Por qué ocurre esto? Cuando hablamos de insectos cociales, las colonias funcionan casi como si fueran fábricas: si no hay obreras, no hay nido, ni alimentos ni reproducción viable. Lo que ocurre en este caso, es que (según indican los investigadores) las reinas de las Messor ibericus no pueden sacar obreros viables sin el aporte genético de otras especies. 

¿Por qué es importante? Por muchos motivos, pero sobre todo porque abre un melón increíble: devuelve a la mesa de debate el significado real de "ser una especie". Además nos obliga a replantearnos lo que sabemos sobre la reproducción sexual y nos permite entender las colonias como 'superorganismos' mucho más complejos de lo que creíamos hasta ahora. 

Entonces... ¿podemos hablar realmente de domesticación sexual? En este contexto, 'domesticación sexual' aparece como una metáfora visual de un proceso complejo. Sin embargo, no cabe duda de que la aparición de colonias con 'ganado' reproductivo interno cambia las reglas del juego. Y no solo a nivel científico: el hecho de que estén ganando terreno en todo el continente muestra que le estrategia es exitosa. Muy exitosa.  

Hacia una hegemonía europea de la hormiga española... No, no. Tmapoco podmeos decir eso. Hoy por hoy, todas las hormigas del continente están viviendo una invasión real: la de las hormigas argentinas o roja de fuego. Esta sí es una invasión biológica vinculada a la globalización. 

En este caso, lo que está ocurriendo es que al liberarse de la dependencia de las M. structor (porque puede producir reservas de su material genético sin necesitar colonias de esta especia), las M. ibericus pueden moverse con total libertad y eso hace que estén moviéndose a territorios nuevos e inexplorados. 

Pero la batalla completa, frente a la hormiga del fuego, está aún por llegar. Y ya la están perdiendo.

Descubren el primer Spinosaurus en más de un siglo en el Sáhara:

 El Spinosaurus está catalogado como uno de los dinosaurios más grandes que han vivido en la Tierra y sus gigantescos restos se habían encontrado hasta ahora en lugares próximos a la costa. No obstante, un equipo internacional de investigadores ha encontrado una nueva especie (que han bautizado como Spinosaurus mirabilis) en una región remota del desierto del Sáhara en Níger, según un estudio publicado este jueves en la revista Science.

Se trata del primer descubrimiento del popular Spinosaurus en más de un siglo. El lugar donde se han encontrado los restos refutaría la hipótesis acuática, que lo describía como un animal capaz de sumergirse en aguas abiertas en un entorno marino y que atrapaba a sus presas nadando, lo que sería incompatible con el hábitat continental donde han hallado al nuevo dinosaurio.

El trabajo ha sido coordinado por científicos de la Universidad de Chicago, dirigidos por el paleontólogo estadounidense Paul Sereno y el español Daniel Vidal. En el mismo han participado centros de investigación de numerosos países, y entre ellos de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), de la Universidad de Málaga o de la Universidad de Valencia. 

El análisis de varias de las medidas, como el cráneo, el cuello o las extremidades traseras, sitúan a los gigantes espinosáurios cercanos a aves zancudas como las garzas. Los investigadores han sugerido que su evolución se produjo a lo largo de tres fases durante un periodo que se prolongó durante 50 millones de años en una región geográfica restringida alrededor del mar de Tetis (anterior a la aparición del océano Índico y del Mediterráneo).

Un nuevo y "maravilloso" espinosáurio

El Spinosaurus mirabilis (Espinosaurio maravilloso) pertenecería a la tercera y última fase de la evolución de esta familia de dinosaurios, tenía una enorme cresta en forma de cimitarra (como un sable de hoja curva) y una estructura dental que actuaba de trampa para peces, ya que sus dientes entrelazados impedían que las presas resbalaran de su boca.

Los restos de la nueva especie se han localizado en el Sáhara Central, en la remota región de Jenguebi (Níger), en las expediciones que se han sucedido desde el año 2019, cuando se descubrieron los primeros indicios de que se trataba de una especie desconocida, que vivió en esa zona hace unos 90 millones de años -entonces un entorno fluvial y boscoso-.

El paleontólogo Daniel Vidal, investigador de la UNED y de la Universidad de Chicago, ha subrayado la trascendencia de los descubrimientos. Así, ha apuntado que tanto la especie nueva como "su hermano del norte" (el (Spinosaurus aegyptiacus) desarrollaron una especialización en sus mandíbulas que revelan que fue probablemente el dinosaurio carnívoro con una mayor adaptación a una alimentación basada sobre todo en peces.

Vidal ha explicado que los descritos en Níger fueron los últimos de un linaje de dinosaurios (los espinosáurios) que estaban ya en decadencia y que pronto iban a sufrir el destino de la extinción cuando la Tierra registró abruptas subidas del nivel del mar y de las temperatura. Ha precisado que el descubrimiento de esta especie pone de manifiesto que los últimos supervivientes de su linaje estaban extremadamente especializados y restringidos geográficamente, lo que probablemente los hizo vulnerables a esos cambios ambientales

jueves, 12 de febrero de 2026

Un fósil hallado en China muestra que algunos dinosaurios tenían espinas huecas

 Las defensas externas marcaron la diferencia entre vivir o caer en las fauces

Héctor Farrés

12 de febrero de 2026 18:30 h 

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Las formas que cubren el cuerpo de un animal pueden decidir si sobrevive a un ataque o si logra escapar a tiempo. Las estructuras de defensa en dinosaurios adoptaron soluciones muy distintas, desde armaduras pegadas al dorso hasta prolongaciones que sobresalían de la piel y alteraban la silueta del animal.

En algunos casos actuaban como barrera física frente a mordiscos, y en otros añadían volumen que hacía más difícil agarrarlos. También podían influir en la temperatura corporal cuando estaban huecas o muy irrigadas, porque ofrecían superficie para liberar calor. Esa variedad obliga a fijarse en cómo estaban hechas por dentro para entender qué problema resolvían exactamente.

Las espinas pudieron frenar ataques y también ayudar a refrescar el cuerpo

En ese marco de adaptaciones, un equipo internacional identificó en el este de China a Haolong dongi, un iguanodóntido juvenil que vivió hace unos 125 millones de años y que conserva en la piel unas púas huecas nunca descritas en otros dinosaurios. El ejemplar apareció en sedimentos del Cretácico temprano y su estudio muestra tejidos blandos fosilizados con un nivel de detalle microscópico poco habitual.

Las espinas no proceden del hueso, sino de la propia epidermis, y su presencia obliga a revisar la idea de que las innovaciones cutáneas estaban limitadas a otros linajes. El hallazgo abre una revisión sobre cómo evolucionaron estas cubiertas corporales en este grupo herbívoro.

La primera función que se plantea para esas púas es la protección frente a depredadoresHaolong dongi era más pequeño que otros miembros posteriores de su grupo y compartía entorno con carnívoros activos de menor tamaño, por eso una superficie cubierta de espinas rígidas podía disuadir un ataque.

La tecnología actual permitió ver células atrapadas desde hace millones de años

Las comparaciones con mamíferos actuales indican que no hacía falta una agresión activa para que resultaran útiles, bastaba con que el mordisco acabara en heridas dolorosas o en infecciones para que el riesgo dejara de compensar. Además, el hecho de que fueran huecas sugiere que también podían ayudar a disipar calor en climas cálidos, y su conexión con la piel abre la posibilidad de que transmitieran vibraciones cuando algo se acercaba.

El análisis de estas estructuras fue posible gracias a escaneos por rayos X y a cortes histológicos de alta resolución aplicados al fósil. Esa combinación permitió observar capas cutáneas completas y hasta células individuales atrapadas en el proceso de fosilización.

Las púas presentan una arquitectura interna hueca que recuerda a materiales formados por queratina en animales actuales, y eso confirma que no eran placas dérmicas como las de los anquilosaurios ni cuernos óseos como los de los ceratópsidos. Se trata de una adaptación distintadentro del repertorio conocido hasta ahora en dinosaurios.

La juventud del ejemplar abre dudas sobre cómo cambiaban estas estructuras al crecer

El ejemplar estudiado corresponde a un individuo joven, y ese dato complica la interpretación. No está claro si los adultos de Haolong dongi mantenían esas espinas, si las perdían con la edad o si las desarrollaban aún más al crecer.

El Museo Geológico de Anhui impulsa una revisión de antiguos fósiles a la luz de nuevas técnicas

En animales actuales las defensas cambian entre etapas de crecimiento, por eso surge la duda de si estas púas eran una estrategia propia de juveniles en un entorno hostil o una característica permanente de la especie que aún no se ha documentado en ejemplares adultos. Cada nuevo fósil responde preguntas y a la vez abre otras sobre desarrollo y supervivencia.

El fósil se conserva y analiza en el Museo Geológico de Anhui, en la ciudad de Hefei, una institución que ha ganado proyección internacional por la calidad y variedad de sus colecciones. La publicación científica que describe a Haolong dongi marca un punto de inflexión en el estudio de la piel de los dinosaurios, porque hasta ahora se asumía que muchas innovaciones aparecieron más tarde o estaban restringidas a grupos muy concretos.

Este caso obliga a revisar colecciones antiguas y a examinar restos que pudieron interpretarse de forma incompleta cuando no se disponía de técnicas de imagen tan precisas como las actuales.