miércoles, 18 de octubre de 2023

el primer atlas de las células del cerebro humano

 El cerebro, esa intrincada red de casi cien mil millones de neuronas y otro tanto de células no neuronales –astrocitos y oligodendrocitos, entre otros–, ha cautivado y desafiado a la comunidad científica durante siglos. 

Para entender cómo los circuitos neuronales permiten que nos emocionemos con el olor de un perfume, sintamos empatía o mostremos comportamientos complejos como la creatividad o la toma de decisiones éticas, primero debemos comprender la estructura y la función de los diferentes tipos de células cerebrales y su relación. 

Claro que, como podrán imaginar, identificar tantos miles de millones de células cerebrales es todo un reto científico y tecnológico, más aún si queremos caracterizar cada tipo de célula en particular. Pues bien, este monumental esfuerzo se acaba de llevar a cabo con éxito.

Al fin un censo de las células cerebrales

Para poder hacer realidad un proyecto tan ambicioso, en 2017 se creó la red de investigación para el censo de células cerebrales, llamada BICCN (por sus siglas en inglés). Esta red engloba a más de treinta laboratorios de diversas disciplinas. Su objetivo es identificar, caracterizar y mapear cada tipo de célula del cerebro en humanos, primates no humanos y ratones. 

Los estudios de la BICCN, gracias al empleo de las tecnologías más avanzadas que hasta ahora solo se aplicaban a modelos animales, han dado sus primeros frutos: han revelado la composición celular detallada del cerebro humano, tanto adulto como durante su desarrollo. Los hallazgos se detallan en una serie de veinticuatro artículos científicos, en su mayoría publicados en las prestigiosas revistas Science y Science advances

Y lo han hecho en tres diferentes niveles de estudio: el transcripcional, que nos indica la función de las células a través de la expresión de sus genes; el epigenético, que nos revela cómo se activan o desactivan estos genes por la edad y por factores ambientales; y el nivel funcional, que se refiere, por ejemplo, a si las neuronas excitan o inhiben a otras neuronas.

La integración de estos resultados muestra que, como cabía esperar, además de la variación entre regiones cerebrales, también la hay entre los cerebros de cada persona. Es decir, no existe un único prototipo de cerebro humano, sino un amplio rango genético y de respuesta al ambiente, tanto en individuos sanos como en diferentes estados de enfermedad.

Dos atlas y dos análisis comparativos

La enorme y compleja investigación a nivel de análisis de células individuales ha proporcionado resultados interesantísimos. En primer lugar se han generado dos atlas: uno de células individuales del cerebro humano adulto, y otro de células individuales de primates no humanos también adultos (macacostitíes).

Asimismo, se han presentado dos análisis comparativos, uno de células individuales entre cerebros humanos y de primates no humanos, y otro entre células individuales durante el desarrollo del cerebro tanto en humanos como en primates no humanos. 

Finalmente, se han analizado y modelizado la función y la distribución de los tipos celulares neuronales humanos y su comparación con los de ratón. Como dirían en mi tierra: “Casi ná”.

Descripción detallada de más de tres millones de células

Entre los resultados más importantes destaca la descripción detallada de más de tres millones de células cerebrales a nivel individual (entre las que se incluyeron más de dos millones de neuronas) de casi cien zonas diferentes del cerebro humano adulto. 


Los hallazgos indican que el cerebro no es nada homogéneo. Aunque todas las células del cerebro comparten el mismo ADN, cada una de ellas usa diferentes genes en distintas cantidades. Eso da lugar a un nivel de diversidad y especialización celular absolutamente asombroso. Cada área cerebral contiene un conjunto específico de tipos de células y en diferentes estados funcionales. Además de ayudarnos a entender cómo funciona el cerebro, conocerlos será de una gran utilidad clínica en relación con enfermedades cuya alteración cerebral puede ser diferente según la persona que lo sufra, como los tumores cerebrales, la epilepsia o la esclerosis múltiple, por citar algunas.

Curiosamente, las neuronas más singulares se encuentran en la corteza visual primaria (V1), que se ha convertido en el epicentro de fascinantes descubrimientos sobre cómo interpretamos y percibimos el mundo visual que nos rodea. Esta región cerebral no es solo un procesador de imágenes, sino también un mosaico impresionante de células que, en conjunto, crean el rico tapiz de nuestra experiencia visual, permitiéndonos discernir formas, colores y movimientos con asombrosa precisión.

Este trabajo sienta las bases para entender cómo las variaciones en la estructura celular pueden influir en nuestra capacidad para procesar información y realizar diversas funciones cognitivas.

Pequeñas pero significativas diferencias con nuestros parientes cercanos

Más aún, otra investigación revela también sorpresas en las células del cerebro humano cuando las comparamos con las de nuestros parientes más cercanos, los chimpancés y los gorilas. Aunque compartimos con ellos una estructura celular cerebral básica, nuestras neuronas utilizan diferentes genes para conectarse y formar circuitos en el cerebro. Este detalle indica que pequeños cambios en las conexiones neuronales podrían impulsar evolutivamente nuestras capacidades cognitivas, tales como el razonamiento complejo y la creación de lenguajes avanzados. 

Sumándose a estos resultados, el equipo desveló una interesante similitud neuronal entre chimpancés y gorilas, pese a que los chimpancés y los humanos comparten un ancestro más inmediato. Esto pone de relieve la excepcionalidad de la biología cerebral que nos hace humanos, desplegando un abanico de posibilidades como la invención de herramientas, la composición de majestuosas sinfonías y la percepción de la delicada sensibilidad en la poesía.

Implicaciones en trastornos del desarrollo como el autismo

En relación con el estudio del desarrollo de la corteza cerebral humana, que se despliega a través de nuestra etapa prenatal y continúa durante muchos años tras el nacimiento, se han analizado minuciosamente más de 700.000 células provenientes de 169 muestras de tejido de 106 donantes. 

Así, se han podido establecer cómo se desarrollan y se diferencian diversas células en el cerebro, incluyendo las neuronas que se encargan de emitir señales eléctricas, aquellas que las regulan, las células gliales que son las “cuidadoras” del entorno neuronal, y las células que conforman nuestros vasos sanguíneos cerebrales, siendo todas ellas piezas fundamentales en el majestuoso puzzle de nuestra maquinaria cerebral.

En cuanto a las implicaciones que estos hallazgos tienen en trastornos del desarrollo como el autismo, este trabajo nos presenta una perspectiva de cómo pequeños cambios en esta compleja danza de desarrollo celular pueden llevar a condiciones que afectan profundamente a la interacción social y comunicativa. Por ejemplo, al entender más acerca de cómo las neuronas y las células gliales se desarrollan y se comunican entre sí, podemos comenzar a desentrañar los misterios de por qué, en algunas personas, este proceso difiere y cómo esto puede impactar en la forma en la que perciben e interactúan con el mundo. 

Por si fuera poco, el estudio ilumina las sutiles pero significativas diferencias en la expresión génica entre niñas y niños respecto al autismo, proporcionando un prisma a través del cual poder examinar por qué este trastorno muestra diferentes tasas de incidencia y manifestación entre géneros.

Independientemente de la enorme valía de cada uno de los resultados publicados, el esfuerzo interdisciplinar aquí demostrado permite avanzar hacia el objetivo común de conocer el desarrollo y el funcionamiento del cerebro que nos hace humanos. Además de abrir las puertas a una nueva era de investigación en el origen de las enfermedades neurológicas.

martes, 10 de octubre de 2023

El Nobel de Química 2023 premia el desarrollo de los puntos cuánticos que revolucionaron la TV a color

 


El reconocimiento sobre el descubrimiento y síntesis de los puntos cunticos tardó casi 40 años.
El reconocimiento sobre el descubrimiento y síntesis de los puntos cuánticos tardó casi 40 años./PREMIO NOBEL

La Real Academia de las Ciencias de Suecia ha otorgado el Premio Nobel de Química 2023 a Moungi Bawendi, Louis Brus y Alexei Eikimov por su trabajo en el descubrimiento y síntesis de los puntos cuánticos. Estas partículas son los componentes más pequeños fabricados hasta ahora en el campo de la nanotecnología.

Los puntos cuánticos tienen dimensiones que apenas alcanzan unas pocas millonésimas de milímetro. Su tamaño determina el color de la luz que emiten cuando se exponen a la electricidad. Las partículas más pequeñas emiten luz de color azul, mientras que las de mayor tamaño e intermedias presentan tonalidades rojas y amarillas, respectivamente. Debido a su naturaleza, son especialmente útiles en la fabricación de televisores, lámparas LED, paneles solares y en ámbitos más serios como la biomedicina.

La investigación sobre los puntos cuánticos se remonta a 1980, gracias al trabajo del físico Alexei Ekimov. Desde entonces, la teoría sugería que las nanopartículas podrían tener efectos cuánticos directamente relacionados con su tamaño. Sin embargo, en aquella época resultaba imposible fabricarlas debido a las limitaciones técnicas. Una década más tarde, los químicos Louis E. Brus y Moungi Bawendi lograron perfeccionar el descubrimiento. Trabajando en equipo, los tres científicos consiguieron sintetizar en el laboratorio "átomos artificiales" que actualmente se utilizan en la representación visual de información. El reconocimiento a este invento ha tardado más de 40 años en llegar.

“Las partículas son capaces de confinar los electrones en regiones de tamaño minúsculo, miles de veces más pequeñas que el grosor de un cabello humano. En la naturaleza, los electrones están confinados dentro de los átomos, pero su manipulación es difícil y costosa. Gracias a los puntos cuánticos, se pueden atrapar los electrones para que su estudio sea mucho más sencillo”, explicó David Sánchez, investigador del Instituto de Física Interdisciplinar y Sistemas Complejos, en entrevista para Science Media Centre.

Los ganadores del premio Nobel de Química 2023 recibirán un premio de 11 millones de coronas suecas (alrededor de un millón de dólares) que será dividido en partes iguales.

Los humanos llegaron a América 7 000 años antes de lo que se pensaba

 Cuándo y cómo se asentaron los humanos por primera vez en el continente americano es un tema muy controvertido. En el siglo XX, los arqueólogos creían que los humanos llegaron a Norteamérica no antes de hace unos 14 000 años. 

Pero hemos descubierto algo diferente. Nuestro último estudioapoya la tesis de que ya había personas en América hace unos 23 000 años.

Los expertos del siglo XX pensaban que la aparición de los humanos había coincidido con la formación de un corredor libre de hielo entre dos inmensas capas de hielo a caballo entre lo que hoy es Canadá y el norte de EE. UU. Según esta idea, el corredor, provocado por el deshielo al final de la última Edad de Hielo, permitió a los humanos adentrarse desde Alaska en el corazón de Norteamérica. 

Poco a poco, esta idea se fue desmoronando. En las últimas décadas, las fechas de los primeros indicios de la presencia humana han retrocedido de 14 000 a 16 000 años. Esto sigue siendo coherente con el hecho de que los humanos no llegaran a América hasta el final de la última Edad de Hielo.

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En septiembre de 2021, publicamos un artículo en Science que databa las huellas fósiles descubiertas en Nuevo México en hace unos 23 000 años, el punto álgido de la última Edad de Hielo. Fueron hechas por un grupo de personas que pasaban por un antiguo lago cerca de lo que hoy es White Sands. El descubrimiento añade 7 000 años al registro de la presencia humana en el continente, reescribiendo la prehistoria americana. 

Si los humanos estaban en América en el apogeo de la última Edad de Hielo, o bien el hielo planteaba pocas barreras a su paso o llevaban allí mucho más tiempo. Tal vez llegaron al continente durante un periodo anterior de deshielo. 

Nuestras conclusiones fueron criticadas. Sin embargo, ahora hemos publicado pruebas que confirman las primeras fechas.

Datación del polen

Para mucha gente, la palabra polen evoca un verano de alergias y estornudos. Pero el polen fosilizado puede ser una poderosa herramienta científica. 

En nuestro estudio de 2021, llevamos a cabo la datación por radiocarbono de semillas de gramíneas comunes encontradas en capas de sedimentos por encima y por debajo de donde se hallaron las huellas. La datación por radiocarbono se basa en cómo una forma particular –llamada isótopo– del carbono (carbono-14) sufre una desintegración radiactiva en organismos que han muerto en los últimos 50 000 años.

Algunos investigadores afirmaron que las fechas de radiocarbono de nuestra investigación de 2021 eran demasiado antiguas porque estaban sujetas al llamado efecto “agua dura”. El agua contiene sales de carbonato y, por tanto, carbono. El agua dura es agua subterránea que ha estado aislada de la atmósfera durante algún tiempo, lo que significa que parte de su carbono-14 ya ha sufrido desintegración radiactiva. 

Según los críticos, las semillas de Ruppia maritima, una planta acuática común en las acequias, podrían haber consumido agua antigua, alterando las fechas de forma que parecieran anteriores.

Es muy acertado que plantearan esta cuestión. Esta es la forma en que la ciencia debe proceder, con afirmaciones y reconvenciones.

¿Cómo comprobamos nuestras conclusiones?

La datación por radiocarbono es robusta y bien entendida. Se puede datar de este modo cualquier tipo de materia orgánica siempre que se disponga de suficiente cantidad. Así que dos miembros de nuestro equipo, Kathleen Springer y Jeff Pigati, del Servicio Geológico de Estados Unidos, se dispusieron a datar los granos de polen. Sin embargo, los granos de polen son muy pequeños, de unos 0,005 milímetros de diámetro, por lo que se necesitan muchos.

Esto planteaba un enorme reto: se necesitan miles de ellos para obtener suficiente carbono para datar algo. De hecho, se necesitan 70 000 granos o más.

La ciencia médica aportó una solución extraordinaria a nuestro desafío. Utilizamos una técnica llamada citometría de flujo, que se utiliza más comúnmente para contar y tomar muestras de células humanas individuales, para contar y aislar polen fósil para la datación por radiocarbono. 

La citometría de flujo aprovecha las propiedades fluorescentes de las células, estimuladas por un láser. Estas células se mueven a través de una corriente de líquido. La fluorescencia hace que se abra una compuerta, lo que permite desviar, muestrear y concentrar células individuales en el flujo de líquido.

Ilustración de granos de polen.

















El polen puede ser una herramienta útil para datar pruebas de asentamientos humanos. Kateryna Kon / Shutterstock

Tenemos granos de polen en todas las capas de sedimentos entre las huellas de White Sands, lo que nos permite datarlas. La principal ventaja de disponer de tanto polen es que se pueden seleccionar plantas como los pinos, que no se ven afectadas por el agua antigua. Nuestras muestras se procesaron para concentrar el polen que contenían mediante citometría de flujo. 

Tras un año o más de laborioso y costoso trabajo de laboratorio, obtuvimos como recompensa unas fechas basadas en el polen de los pinos que validaban la cronología original de las huellas. También demostraron que los antiguos efectos del agua estaban ausentes en este yacimiento. 

El polen nos permitió asimismo reconstruir la vegetación que crecía cuando las personas dejaron las huellas. Obtuvimos exactamente los tipos de plantas que esperaríamos que hubieran existido durante la Edad de Hielo en Nuevo México. 

Un dato interesante es que utilizamos una técnica de datación diferente llamada luminiscencia ópticamente estimulada (OSL, por sus siglas inglesas) como comprobación independiente. La OSL se basa en la acumulación de energía en el interior de granos de cuarzo enterrados a lo largo del tiempo. Esta energía procede de la radiación de fondo que nos rodea.

Cuanta más energía encontremos, más antiguos podremos suponer que son los granos de cuarzo. Esta energía se libera cuando el cuarzo se expone a la luz, por lo que lo que se está datando es la última vez que los granos de cuarzo vieron la luz del sol.

Para tomar muestras del cuarzo enterrado se introducen tubos metálicos en el sedimento y se extraen con cuidado para evitar exponerlos a la luz. Se toman granos de cuarzo del centro del tubo, se exponen a la luz en el laboratorio y se mide la luz emitida por los granos. Esto revela su edad. Las fechas obtenidas mediante OSL corroboraron las que habíamos obtenido con otras técnicas.

Los diminutos granos de polen y una maravillosa tecnología médica nos ayudaron a confirmar las fechas en que se dejaron las huellas y, por ende, cuándo llegaron los humanos a América

Lanzan cientos de miles de veces monedas al aire para verificar el azar y resulta que el 51% cae igual que se lanzaron

 POR @ALVY — 10 DE OCTUBRE DE 2023

Intentan comprobar si lanzar monedas al aire es matemáticamente azaroso y resulta que el 51% cae igual que se lanzaron

Un grupo de decenas de matemáticos se han pegado la currada de lanzar 350.757 monedas al aire y anotar los resultados para comprobar de qué modo «aterrizan» y cuál es el efecto físico del asunto, frente a la predicción matemática de que deberían caer al 50%-50%. Pues bien: las monedas tienen una probabilidad del 51% de acabar igual que partieron de la mano, y un 49% de caer al revés. El resultado, que ahora han publicado en un trabajo con muchos detalles es contrario a la intuición y lo que aplicamos en los modelos matemáticos.

El asunto no debería sorprendernos, aunque lo hace porque desafía una de las reglas de justicia universal del azar que suponemos al mundo que nos rodea: en un proceso verdaderamente aleatorio como un lanzamiento cara/cruz los sucesos son equiprobables. Pero claro; el mundo no es un modelo matemático y lanzar una moneda es un proceso sujeto a las leyes de la física, el determinismo y todo lo que conlleva, así que cabría esperar que se comportara como un sistema caótico e impredecible… ¿O no?

Los 48 matemáticos lanzaron 350.757 veces las monedas –de 46 denominaciones y países– y grabaron todos los lanzamientos en vídeo para quien los quiera examinar. Obtuvieron una probabilidad de que saliera «la misma cara de la que partieron de la mano» del 0,508 (~51%) con un 95% de intervalo de confianza [0,506, 0,509]. De paso se confirmó la regla matemática de que si la cara inicial no se tiene en cuenta (es aleatoria) los resultados de «cara» o «cruz» se reparten al 50% (0,500). Las cifras de lanzamientos y voluntarios son récord, que se sepa. 

Hace décadas que el venerable matemático Persi Diaconis trabaja sobre esto, y ya explicó cómo encontró una explicación razonable:

Persi Diaconis amplió el modelo estándar de lanzamiento de monedas proponiendo que cuando las personas lanzan una moneda común introducen un pequeño grado de «precesión» u oscilación,consistente en un cambio en la dirección del eje de rotación a lo largo de la trayectoria de la moneda. Según este modelo, la precesión hace que la moneda pase más tiempo en el aire con la cara inicial hacia arriba. En consecuencia, la moneda tiene una mayor probabilidad de caer en el mismo lado en el que comenzó, lo que podría denominarse «sesgo del mismo lado».

Diaconis estimó ese ligerísimo sesgo o diferencia en el 51%, que ahora se ha confirmado con más datos experimentales. Eso sí: también advierten que puede haber sucedido que los sujetos del experimento fueran conscientes de la hipótesis que se estuviera intentando comprobar y se hayan vuelto «mejores lanzadores» exagerando el movimiento de oscilación, y eso haya influido en los resultados. Esto lo están investigando.

En cualquier caso, un 50,8% frente a al 50% teórico puede no parecer gran cosa, pero si se apuesta un euro a «cara o cruz» a lo largo de 1.000 lanzamientos, viendo la posición inicial de la moneda al salir de la mano, la diferencia promedio podría ser de unos 19 euros, que es más que lo que se gana en algunos juegos del casino. Así que ni tan mal.