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lunes, 10 de enero de 2022

¿Qué métodos de demostración matemática son válidos?

 


L.E.J. Brouwer (a la derecha) y Harald Bohr (a la izquierda) durante el Congreso Internacional de Matemáticos celebrado en Zúrich en 1932
L.E.J. Brouwer (a la derecha) y Harald Bohr (a la izquierda) durante el Congreso Internacional de Matemáticos celebrado en Zúrich en 1932

Desde los antiguos geómetras griegos, quien dice matemáticas dice demostración. Una demostración es un razonamiento que, a partir de unos principios o axiomas que se consideran correctos, permite deducir un resultado o teorema. Las demostraciones son el pegamento que mantiene unidas las matemáticas. Pero, ¿cuáles son los métodos de demostración válidos? Es decir, ¿de qué formas se puede llegar de los axiomas a los resultados? Esta cuestión experimentó un giro radical hace exactamente un siglo. En los felices años 20, dos matemáticos, David Hilbert y L.E.J. Brouwer, discutieron la validez de uno de los métodos de demostración en boga (llamado reducción al absurdo) y con ello se internaron en el terreno de la filosofía.

Todo había comenzado más de tres décadas atrás. En 1888, un joven Hilbert había dejado boquiabiertos a sus contemporáneos al solucionar un problema algebraico (el problema de Gordan) de un modo tan novedoso que hizo exclamar al propio Paul Gordan, quien había propuesto el problema: “¡Esto no son matemáticas! ¡Es teología!” En lugar de buscar la solución del problema, Hilbert demostró que no podía no tener solución. Su prueba no era constructiva. Era existencial. No ofrecía directamente la solución del problema, sino que demostraba de forma indirecta que si no la hubiera, se produciría una contradicción.

Se trataba de un razonamiento por reducción al absurdo. Para demostrar que una proposición matemática es verdadera, se prueba que si no lo fuera, se deduciría una contradicción (un absurdo), por lo que ha de ser verdadera. El método, ya empleado por Euclides, no era aceptado unánimemente por la comunidad matemática.

La disputa confrontaba dos formas del hacer matemático. Por un lado, la visión constructiva, típica del siglo XIX, que forzosamente pasaba por la construcción del objeto matemático cuya existencia se quiere demostrar. Por otro, la existencial, una tendencia que se impondría en el siglo XX, y donde la palabra existir no tiene más significado que estar exento de contradicción. Las demostraciones existenciales informan de que en el mundo hay un tesoro escondido, pero no descubren su localización.

Brouwer mantenía que esta clase de razonamiento era responsable de las paradojas que asolaban las matemáticas desde finales del XIX. El matemático neerlandés se percató de que las demostraciones existenciales por reducción al absurdo se basaban en un principio lógico incuestionado desde que lo formulara Aristóteles: el principio de tercio excluso. Este establece que, para cualquier proposición matemática, o bien esta es verdadera, o bien lo es su negación, puesto que cualquier tercera opción queda excluida.

Así, el método de reducción al absurdo deduce la verdad de una proposición a partir de que su negación no puede ser verdadera. Sin embargo, para Brouwer, este principio no era una verdad filosófica y demostrar la falsedad de la negación de un enunciado no garantiza que este sea verdadero, como si no hubiera otra opción. Porque hay otra posibilidad: existen enunciados que no son verdaderos ni falsos. Por ejemplo, como no sabemos si la expresión decimal del número π contiene veinte ceros seguidos, Brouwer diría que la proposición “el desarrollo decimal de π contiene veinte ceros seguidos” no es ni verdadera ni falsa. Para este matemático, afirmar la verdad de un enunciado es dar una prueba constructiva del mismo, de manera que, si no podemos probar que π contiene o no veinte ceros seguidos, la proposición no es verdadera ni falsa a día de hoy. El principio de tercio excluso puede ser válido para un ser superior, que conociese toda la secuencia decimal de π de un vistazo y sabe si la proposición es verdadera o falsa, pero no lo es para la lógica humana.

En la década de 1920, estas dos filosofías de las matemáticas –el intuicionismo de Brouwer y el formalismo de Hilbert– lucharon por el alma de cada matemático, al tiempo que sus promotores se enzarzaban en una cruda polémica no exenta de golpes bajos, y que Einstein denominó “guerra de sapos y ratones”.

En 1921, el matemático Hermann Weyl, discípulo de Hilbert, publicó un artículo titulado Sobre la nueva crisis de fundamentos de las matemáticas, donde profetizaba el advenimiento de una revolución en la forma de hacer matemáticas de la mano de Brouwer. Hilbert comparó el asunto con un golpe de Estado por parte de un filósofo disfrazado de matemático.

Brouwer intentó reconstruir la matemática sin apelar al principio de tercio excluso, pero el resultado tiraba por la borda múltiples teoremas clásicos. Este precio demasiado alto determinó que la mayoría de matemáticos, incluso Weyl, terminaran distanciándose de la matemática intuicionista. Como decía Hilbert, quitarle al matemático el método de demostración por reducción al absurdo es como prohibir al astrónomo emplear el telescopio o al boxeador usar sus puños.

Carlos M. Madrid Casado es investigador de la Fundación Gustavo Bueno.

Café y Teoremas es una sección dedicada a las matemáticas y al entorno en el que se crean, coordinado por el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT), en la que los investigadores y miembros del centro describen los últimos avances de esta disciplina, comparten puntos de encuentro entre las matemáticas y otras expresiones sociales y culturales y recuerdan a quienes marcaron su desarrollo y supieron transformar café en teoremas. El nombre evoca la definición del matemático húngaro Alfred Rényi: “Un matemático es una máquina que transforma café en teoremas”.

Edición y coordinación: Ágata A. Timón G Longoria (ICMAT).

jueves, 31 de agosto de 2017

Mucho antes de Pitágoras


Imagen de la tablilla Plimton 322.
Imagen de la tablilla Plimton 322. UNSW
¿Hay noticias de hace 3.700 años? Sí, en las matemáticas. Lee en Materia la última. Aprenderás allí cómo dos investigadores australianos han logrado mostrar el significado último de una tableta de arcilla que fue escrita por entonces. Se llama Plimpton 322, y fue hallada hace tiempo en la antigua ciudad de Larsa, la bíblica Ellasar, hoy 250 kilómetros al sur de la castigada Bagdad. Allí, entre los ríos Tigris y Éufrates, nació la civilización moderna, en las mismas tierras en que 7.000 años antes se había inventado la agricultura, y con ella los primeros asentamientos de una especie que llevaba 100.000 años vagando por el mundo en busca del almuerzo. No debería extrañarnos que también las matemáticas surgieran y arraigaran allí. Son las cosas que pasan cuando dejas pensar a la gente que sabe hacerlo.
La tableta Plimpton 322 es una lista de “tripletes pitagóricos”, como ya sospechaban algunos estudiosos y refuerzan ahora los científicos australianos. El primer triplete pitagórico es (3, 4, 5). Eso quiere decir que, si dibujas un triángulo con esos lados, la figura no tiene más remedio que ser un triángulo rectángulo (en el que uno de los tres ángulos es recto, o de 90º). Es una exhibición del teorema de Pitágoras en acción: 32 más 42 da 52, ¿no es cierto? Hay una lista inacabable de tripletes pitagóricos, o listas de tres números que conforman por necesidad un triángulo rectángulo –(5, 12, 13), (7, 24, 25), (21, 20, 29) y así hasta la saciedad—, y su cartografía genera asombrosos patrones geométricos y peculiaridades aritméticas. Ya no hay duda de que los babilonios le pisaron a Pitágoras el teorema.
Tal vez el gran logro de Pitágoras fue descubrir que el placer (o al menos el placer musical) tiene una base matemática
No es un caso único. Tal vez el gran logro de Pitágoras fue descubrir que el placer (o al menos el placer musical) tiene una base matemática. Las combinaciones de sonidos que nos satisfacen guardan las relaciones de longitud de onda más simples (la octava ½; la quinta 2/3; la cuarta ¾, etcétera). Y la escala natural, a menudo llamada pitagórica (do re mi fa sol la si do y vuelta a empezar), emerge de la aplicación reiterativa del algoritmo más simple (cortar a la mitad la longitud de la cuerda). Esta fue la base de la “armonía de las esferas”, la religión de Pitágoras y su secta que sostenía que el cosmos se basaba en los números naturales (1, 2, 3…) y sus fracciones. Otras tablillas encontradas en Mesopotamia demuestran que los babilonios, o como se llamaran en aquel tiempo, ya conocían la “escala pitagórica”. Nuestro Pitágoras leía más literatura antigua de la que nos dio a entender.
El teorema de Pitágoras es uno de los cimientos de nuestra comprensión matemática del mundo. Una de las pocas verdades que se han sostenido durante cuatro milenios. Pero de Pitágoras, lo que se dice de Pitágoras, no parece que fuera.
Javier Sampedro para EL País

sábado, 13 de febrero de 2016

El truco que adivina tu edad y tu talla de zapato no es magia, sino matemáticas


¿Saben aquel que dice que va un tío al adivino, toca el telefonillo y al oír "¿quién es?", responde "vaya mierda de adivino"? Pues esto es lo mismo, pero con matemáticas. Antes de que me pongáis a caldo en los comentarios: un truco matemático que en solo seis pasos "adivina" tu edad y la talla de zapato que usas y que empieza pidiendo la talla de zapato y acaba pidiendo el año de nacimiento NO ADIVINA nada de nada.
Como puede que no sepas de qué estoy hablando, este es el truco que quizás hayas visto en redes:
1. Piensa, escribe o apunta en la calculadora de tu móvil tu talla de zapato (para el caso puede ser la de tu pareja o la del abuelo, de hecho, cualquier número natural puede valer).
2. Multiplica el número anterior por 5.
3. Súmale 50.
4. Multiplica por 20.
5. Súmale 1015.
6. Resta el año de nacimiento.
El número resultante tendrá cuatro cifras y, si tienes menos de 100 años y gastas una talla de zapato normal, las dos primeras corresponderán a la talla del zapato y las dos siguientes a la edad que tienes.
El truco será algo más efectivo si le pides a alguien que apunte en un papel lo que tú vas a adivinar, mientras el otro se encarga de hacer las operaciones. Pero antes de eso conviene que ensayes un poco.
¿Quieres saber cómo funciona? En los cuatro primeros pasos en realidad estás multiplicando tu talla de zapato (X) por 100 y añadiéndole 1000. En el quinto, añadimos un sospechoso 1015, obteniendo 100·X + 2015. Cuando a eso le restes tu año de nacimiento obtendrás 100·tu talla de zapato + "tu edad" (¡salvo que ya hayas cumplido años en lo que llevamos de año!).
Ejemplo: imagina que X tenía dos cifras (probable si es la talla del zapato de un humano), yo por ejemplo gasto el 48, 4 decenas y 8 unidades. Como las vamos a multiplicar por 100, se convertirán en 4800, dejando dos cifras libres para añadir la diferencia entre 2015 y el año de nacimiento, que es la edad.
Observa que los pasos que van de 1 a 6 se podían haber abreviado en "piensa un número, multiplícalo por 100, súmale 2015, réstale el año en que naciste y tendrás el número seguido de tu edad". Pero tendría aún menos gracia.
Hemos utilizado X para expresar una cantidad desconocida (bueno, más o menos desconocida), eso es un procedimiento de álgebra. Aunque no hemos generado ninguna ecuación, sino sólo lo que llamamos una expresión algebraica.
Este tipo de trucos de "Matemagia" se utilizan en el aula de secundaria, y gustan bastante a los chicos, son muy útiles para introducir precisamente la X como cantidad desconocida. Sirven además para darle un sentido al álgebra "si sabes álgebra, podrás quedarte con la peña".
Voy a contarte otro que es "más mágico" que el de la talla del zapato. Empieza contigo apuntando en un papel "-1". Guarda el papel. Busca un voluntario, que siga los siguientes pasos:
1. Piensa un número.
2. Multiplícalo por 5.
3. Súmale 1.
4. Multiplica el resultado por 2.
5. Réstale 12.
6. Divide el resultado por 10.
7. Réstale a lo que ha resultado, el número inicial.
8. Enséñale tú el "-1", a ver qué le parece.
Fíjate cómo hemos multiplicado el número por cinco y por dos, eso es multiplicarlo por diez, cosa que deshacemos al dividir entre 10 y restarle el número original. Va a resultar menos uno empecemos por donde empecemos. Este truco lo he sacado de la fantástica página de Ana García Azcárate, Juegos y Matemáticas. Muy recomendable.
Joseángel Murcia
ELPAís.com