lunes, 9 de noviembre de 2020

Carl Sagan, el defensor del pensamiento crítico

 “Mis padres no sabían casi nada de ciencia. Pero al iniciarme simultáneamente al escepticismo y hacerme preguntas, me enseñaron los dos modos de pensamiento fundamentales para el método científico”. Así recordaba su niñez el astrónomo, astrofísico y cosmólogo Carl Edward Sagan (1934-1996), uno de los mayores divulgadores científicos de la historia, quien a través de su serie de televisión Cosmos, en los años 1980, convirtió la ciencia en parte de la cultura de masas. Contagió a más de 400 millones de telespectadores su pasión por la astronomía y trató de inculcarles el poder de la lógica para el pensamiento escéptico.

A Carl Sagan le fascinó siempre el misterio de la vida en el Universo. Crédito: NASA/Cosmos Studies

Desde pequeño, a Sagan le fascinó el misterio de la vida en el Universo. Como investigador, comenzó su carrera en el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA, donde contribuyó a la misión de la sonda Mariner 2 que llegó a Venus en 1962 y confirmó las predicciones científicas de Sagan de que era un planeta seco con un calor abrasador. A pesar de su carácter de científico escéptico y riguroso, muchas de sus primeras publicaciones fueron sobre exobiología y en varias ocasiones especuló sobre la vida en Venus, Marte, Júpiter e incluso la Luna. Sagan no se autocensuraba a la hora de hacerse preguntas, aunque luego se diera cuenta de que sus hipótesis eran infundadas.

Su interés en refutar la pseudociencia le llevó a organizar dos simposios en la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS). El primero, en 1969, trató del estudio de OVNIs. Dos renombrados astrónomos, J. Allen Hynek y James McDonald defendían que los objetos voladores no identificados estaban visitando la Tierra y que, aunque no hubiese suficientes avistamientos para hacer un caso convincente sobre naves extraterrestres, el gran volumen de informes justificaba el examen y estudio del tema.

Carl Sagan con un modelo de la sonda Viking en el Valle de la Muerte. Crédito: NASA/Cosmos Studies

Por el contrario, Sagan enfatizó la poca fiabilidad de los testigos, la ausencia de pruebas físicas y las explicaciones que incluían autoengaños y alucinaciones. Apuntó que no existían casos simultáneos y fidedignos (informados por un gran número de testigos), que eran muy exóticos (no explicables en términos de fenómenos postulados razonablemente) y aplicó el estándar escéptico que más se asocia con su nombre: “afirmaciones extraordinarias requieren niveles extraordinarios de pruebas o evidencias”.

UN “DETECTOR DE CHORRADAS”

En 1970 Sagan se convirtió en profesor de la Universidad de Cornell, donde dirigió el Laboratorio de Estudios Planetarios y pasó la mayor parte de su carrera, dedicada a la investigación y a mejorar la comprensión pública de la naturaleza de la ciencia. Quería que cada ciudadano tuviese un “detector de chorradas” como defensa ante los farsantes del comercio y la política, así como de la ciencia.

Además de su éxito como divulgador en televisión, ganó el Premio Pulitzer en 1977 por uno de sus primeros libros: Los dragones del Edén, con el que quiso recorrer el camino de la evolución de la inteligencia humana. Y en paralelo siguió buscando el contacto con inteligencias alienígenas mediante los mensajes lanzados en la sonda espacial Pioneer 10 (1972) y en las Voyager (1977), y también a través del Instituto SETI, dedicado a buscar señales deinteligencia extraterrestre analizando las ondas que nos llegan del espacio.

En sus años finales, Sagan hizo las contribuciones más importantes en el combate contra la pseudociencia. En los años 1990, cuando la astrología, el debate sobre abducciones alienígenas, la medicina alternativa y otras terapias New Age se ponían de moda, el cosmólogo utilizó su columna semanal en la revista Parade para desacreditar a los “vendedores de humo” y promover la educación presentando al público los últimos descubrimientos científicos.

La sonda Mariner 2 llegó a Venus en 1962 y confirmó las predicciones de Sagan de que era un planeta seco con un calor abrasador. Crédito: NASA Jet Propulsion Laboratory (NASA-JPL)

Esos artículos sirvieron de base para tres libros finales, sobre todo para El mundo y sus demonios (1995)¸una defensa de la ciencia sobre la irracionalidad. En ese libro, Sagan enumera nueve reglas del pensamiento escéptico:

  1. Confirmar la realidad (independiente de los hechos).
  2. Debatir sobre la prueba con todos los puntos de vista posibles.
  3. No confundir experto y autoridad (“En la ciencia no hay autoridades, como mucho, hay expertos”, decía).
  4. Reconocer que siempre hay más de una hipótesis.
  5. No aferrarse a una hipótesis porque sea la nuestra.
  6. La cantidad numérica es clave para discriminar las hipótesis.
  7. En una cadena de argumentación, todos los eslabones deben funcionar.
  8. Lo más sencillo suele ser lo más probable.
  9. Las proposiciones que no pueden comprobarse ni demostrarse falsas no tienen mucho valor científico.

Hasta sus últimos días, Sagan aplicó esas reglas en su lucha contra la superstición y lo que llamaba “ciencia basura”, instando a la humanidad a mantener el espíritu crítico. “La pseudociencia llena las necesidades emocionales que la ciencia deja insatisfechas”, afirmó. Después de enfrentar durante dos años una enfermedad en la médula ósea, murió de neumonía a los 62 años. El 20 de diciembre de 1996, el cosmólogo se convirtió en polvo de estrellas.

Joana Oliveira

lunes, 2 de noviembre de 2020

¿Qué es una supernova?

 


Una supernova es la explosión de una estrella. Generalmente son estrellas muy masivas que al final de su vida terminan expulsando todo el material que estaba en su interior por medio de una onda choque y eso nos permite ver las diferentes capas que la componían.

Hay diferentes tipos de supernova que explotan de diferente forma. Las de tipo Ia son las que explotan de manera termonuclear. Básicamente son sistemas binarios, dos estrellas que orbitan juntas, en los que una de ellas, cuando es muy vieja, absorbe material de la compañera. Y hay un momento, cuando se supera un límite en el núcleo de la estrella, que ya no puede seguir acretando material y explota, todo sale esparcido al medio interestelar. Luego hay otro tipo de supernovas que se llaman supernovas de tipo II que son estrellas muy masivas que durante su vida mantienen un equilibrio de fuerzas entre la energía que producen que es centrífuga, hacia fuera, y la gravedad que es una fuerza hacia el interior de la estrella. Cuando el combustible de su núcleo se agota, la estrella empieza a colapsa sobre su núcleo lo que produce una onda de choque que hace que la estrella explote y el resto de capas exteriores salgan despedidas al espacio.

Las supernovas son eventos relativamente raros y difíciles de detectar. En nuestra propia galaxia, históricamente, se ha podido observar un número relativamente bajo, unas 2 o 3 supernovas de tipo II cada cien años. Estas de tipo II son 6 o 7 veces más frecuentes que las de tipo Ia. En la actualidad, lo que hacemos los astrónomos es monitorizar grandes extensiones de cielo. Usamos telescopios muy rápidos para monitorizar todo el cielo en todas las direcciones y así detectar cuando se produce un evento de este tipo, que no solo son raros sino que además duran poco. Primero hay una curva de aumento de brillo muy espectacular que se produce durante aproximadamente una semana y luego ese brillo decae y puede durar unos meses o un año. En algunos casos, después de esto puede quedar un remanente, las capas que se han dispersado de la estrella, y ser visible durante mucho más tiempo, incluso cientos de años.

Las supernovas son eventos raros porque la mayoría de las estrellas que hay en el universo, prácticamente el 90% de ellas, son de baja masa. Estrellas masivas o binarias que estén justamente en la fase de producir una supernova, lo que ocurre cuando la estrella tiene varios miles de millones de años, son la minoría. Y aunque sigue siendo un fenómeno muy raro, desde que monitorizamos todo el cielo es más frecuente observarlas en otras galaxias. Una de las más destacadas y recientes se detectó en 2006 en la galaxia NGC 1260, fue la segunda supernova más grande observada hasta la fecha. Además de esa, otras destacadas se produjeron en 2005 (la más brillante jamás observada, hasta ocho veces el brillo de la Vía Láctea), otra en 1987 en La Gran Nube de Magallanes y otra en 1885 en la Galaxia de Andrómeda.

La importancia de las supernovas, sobre todo de las de tipo Ia, es que nos permiten medir las distancias más grandes dentro del universo. Son lo que se llama candelas estándar que es una especie de indicador universal de las distancias a las galaxias y que se basa en que tienen siempre la misma intensidad de brillo. Gracias al estudio de las supernovas hemos comprobado no solo que el universo sigue expandiéndose sino que además esa expansión se está acelerando. Para hacer esas medidas nos basamos en la relación que existe entre la luminosidad de una estrella y su distancia, básicamente la luminosidad de una supernova disminuye con el cuadrado de la distancia a la galaxia. Utilizando esa relación que es universal se puede calcular muy fácilmente la distancia a la que está esa supernova. Como el brillo tiene que ser prácticamente el mismo en las supernovas del tipo Ia, puedes comparar su brillo con el de otras supernovas y así identificar a qué distancias están.

La importancia de las supernovas, sobre todo de las de tipo Ia, es que nos permiten medir las distancias más grandes dentro del universo

Desde la antigüedad, se han documentado descubrimientos de supernovas a simple vista. Por ejemplo, los astrónomos chinos documentaron varias, una de las más famosas es la que originó la actual nebulosa del Cangrejo, que se produjo en el año 1054. Esta nebulosa todavía es muy importante en la astrofísica actual porque se usa para calibrar algunos telescopios, por ejemplo los telescopios MAGIC de La Palma que estudian los fenómenos más energéticos del universo. La nebulosa del Cangrejo es el remanente de aquella supernova que se observó en el año 1054. Hay algunas que no dejan ningún residuo, otras como esta de la nebulosa del Cangrejo dejan una estrella de neutrones y las más masivas pueden originar un agujero negro.

Además de que nos permiten medir distancias, la otra gran oportunidad que nos ofrecen las supernovas es que hacen posible que podamos observar el interior de las estrellas. Cuando nosotros miramos las estrellas solo podemos ver su superficie pero gracias a la explosión, al pasar el tiempo, los espectros que tomamos nos muestran diferentes componentes y esto nos da información sobre los procesos nucleares que se han producido en el interior de esa estrella.

Olga Zamora es doctora en astrofísica e investigadora del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC).

Pregunta enviada vía email por Mayerly Legarda

¿Cuándo vendrán? Porque vendrán, seguro

El ser humano lleva siglos preguntándose acerca de la existencia de vida inteligente en otros lugares de nuestra Galaxia. Este interés, quizá deseo, de saber que no estamos solos se pone de manifiesto en la gran cantidad de obras cinematográficas de éxito que giran en torno al tema. De hecho, la mitad de las veinte películas más taquilleras de todos los tiempos están basadas en la premisa de que los alienígenas existen.

Es lógico pensar que no estamos solos en el universo. Basta con mirar al cielo una noche oscura para ver, a simple vista, miles de estrellas como la nuestra que, además, solo representan una mínima fracción de las, aproximadamente 250.000 millones de estrellas que contiene la Vía Láctea. Hace apenas 25 años todavía podíamos preguntarnos si la nuestra, por algún motivo, era especial, la única albergando planetas. Sin embargo, desde el descubrimiento del primer planeta extrasolar en el año 1995, se ha confirmado la existencia de 4.296 planetas y 3.188 sistemas planetarios. De hecho, hoy sabemos que las estrellas especiales son aquellas que no albergan planetas.

La mayor parte de las estrellas de nuestra Galaxia son considerablemente más viejas que nuestro Sol que, con una edad de 4500 millones de años, está atravesando el meridiano de su vida. Nuestro planeta se formó en la misma época, pero no fue pisada por nuestra especie hasta mucho después. Los restos más antiguos de Homo sapiens tienen tan solo 350.000 años y, en este período tan corto de tiempo, el ser humano ha pasado de perseguir el fuego a construir sondas espaciales que, como New Horizons, es capaz de traspasar los límites de nuestro Sistema Solar.

Esto nos lleva a plantearnos: si pese a la relativa juventud de nuestro planeta nuestra especie ha desarrollado tecnología capaz de recorrer una distancia de 5.500 millones de kilómetros, como la que separa a Plutón de la Tierra, deberían existir civilizaciones con la capacidad suficiente, no solo de escapar sus sistemas planetarios, sino de colonizar la galaxia entera.

Sabiendo que existen planetas de mucha edad, nos queda la alternativa de que las civilizaciones no puedan sobrevivir en ellos mucho tiempo

Sin embargo, no tenemos ninguna evidencia de la existencia de otras civilizaciones extraterrestres. Llevamos medio siglo buscando señales sin ningún resultado. Esta tensión entre la alta probabilidad de no estar solos en el universo y la ausencia de cualquier rastro de vida se conoce como la paradoja de Fermi, en honor a Enrico Fermi que, ya en 1950, se planteó esta pregunta.

Una posible solución a esta paradoja es que las premisas sean erróneas. En concreto, la premisa de que existan civilizaciones mucho más antiguas que la nuestra. Sabiendo que existen planetas de mucha edad, nos queda la alternativa de que las civilizaciones no puedan sobrevivir en ellos mucho tiempo. Esto, en principio, podría ser debido a una autodestrucción (el desarrollo podría estar ligado de manera inevitable a una destrucción de los recursos naturales), pero también puede estar ligados a fenómenos astrofísicos.

Una primera amenaza externa a nuestra civilización es que la Tierra sea golpeada por un asteroide o cometa. En 1994 observamos cómo la colisión del cometa Shoemaker-Levi con Júpiter produjo una serie de bolas de fuego enormes. Se cree que la colisión de un cuerpo bastante más pequeño con la Tierra, hace unos 65 millones de años, desencadenó la extinción de los dinosaurios. Algunos pequeños mamíferos primitivos sobrevivieron, pero cualquier organismo del tamaño de un ser humano habría sido aniquilado casi con seguridad. La mayor parte de los cometas que se acercan a la Tierra tienen su origen en la nube de Oort, una gigantesca esfera que podría albergar entre uno y cien billones de objetos de masas que pueden llegar hasta cinco veces la de la Tierra. Los objetos de la nube de Oort exterior se encuentran muy poco ligados gravitacionalmente al Sol y esto hace que perturbaciones debidas al paso de otras estrellas o nubes de gas de nuestra galaxia puedan afectarlos y provocar que salgan despedidos hacia el sistema solar interior.

Ahora mismo el paso de una estrella cerca del Sistema Solar es poco probable, ya que nuestro planeta se encuentra en una región con pocas estrellas, en el exterior de la galaxia, justo entre dos brazos espirales que son regiones con mayor densidad. Sin embargo, nuestra posición en esta zona tranquila de la galaxia no siempre ha sido ni será así. En particular, se estima que nuestro Sistema Solar se encuentra con un brazo espiral cada 100 millones de años aproximadamente. Cuando esto pase, tendremos muchas estrellas pasando a distancias relativamente cercanas, que “empujarán” cientos de miles de objetos procedentes de la nube de Oort hacia el centro del Sistema Solar. Es suficiente que uno de ellos impacte en nuestro planeta para acabar con nuestra civilización.

Por otro lado, en los brazos espirales es donde nacen y mueren la mayor parte de las estrellas de nuestra galaxia. Las estrellas de mayor masa mueren en impresionantes explosiones, llamadas supernovas, liberando una enorme cantidad de energía. Una sola explosión de supernova libera billones de billones de billones de veces más energía que el arma nuclear más potente jamás construida por el ser humano. Pues bien, en nuestra Galaxia una de estas explosiones tiene lugar, en promedio, cada diez años. Cierto, la mayor parte de los lectores llevan más de diez años en el planeta, pero claro, nuestra Galaxia es muy grande y cuando una supernova explota en el otro extremo no sentimos sus efectos. Con unos cálculos sencillos, podemos estimar que la distancia a la que tendría que explotar una supernova para destruirnos es de, aproximadamente, 30 años-luz. Podemos contar hasta 100 estrellas que, en la actualidad, se encuentran a esta distancia aunque, respiren tranquilos, ninguna de ellas acabará sus días como supernova, ya que solo las estrellas de más masa lo hacen. Sin embargo, cuando la Tierra se acerque a un brazo espiral, este número se incrementará enormemente.

Estos eventos son inevitables y sabemos que sucederán. De hecho, hace aproximadamente 10 millones de años una supernova explotó cerca de la tierra, a unos 100 años-luz. Podemos ver isótopos radioactivos en el fondo del océano que, claramente, proceden de esta explosión. Si esta supernova hubiese estado a una distancia tan solo tres veces menor de nuestro planeta, hubiese destruido su atmósfera y, junto con ella, la vida en él.

Estos son solo algunos de los peligros a los que se expone cualquier planeta de nuestra galaxia así que, cuando lleguen, no les recordemos que lo hacen tarde y démosles, en su lugar, una gran bienvenida.

Pablo G. Pérez González es investigador del Centro de Astrobiología, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (CAB/CSIC-INTA)

Patricia Sánchez Blázquez es profesora titular en la Universidad Complutense de Madrid (UCM)

Vacío Cósmico es una sección en la que se presenta nuestro conocimiento sobre el universo de una forma cualitativa y cuantitativa. Se pretende explicar la importancia de entender el cosmos no solo desde el punto de vista científico sino también filosófico, social y económico. El nombre “vacío cósmico” hace referencia al hecho de que el universo es y está, en su mayor parte, vacío, con menos de 1 átomo por metro cúbico, a pesar de que en nuestro entorno, paradójicamente, hay quintillones de átomos por metro cúbico, lo que invita a una reflexión sobre nuestra existencia y la presencia de vida en el universo.

 


Ilustración para el artículo titulado
Foto: Robin Smith (Getty Images)

El ornitorrinco es una extraña mezcla de la naturaleza. Si ya parecía media docena de animales diferentes en uno, ahora resulta que estaba escondiendo otra característica llamativa: PUEDE BRILLAR EN LA OSCURIDAD.

No es suficiente ser un mamífero que pone huevos, tiene un pico parecido a un pato y patas palmeadas, caza mediante electrorrecepción y empuña espuelas venenosas. El ornitorrinco también se ilumina en un tono verde bajo la luz ultravioleta. Por qué no. Los detalles de este descubrimiento inesperado se publicaron a principios de mes en la revista científica Mammalia.

El ornitorrinco se une así a un club muy exclusivo, ya que es uno de los únicos tres mamíferos biofluorescentes conocidos, siendo los otros dos las zarigüeyas y las ardillas voladoras. Dicho esto, el ornitorrinco es el único monotrema conocido, o mamífero que pone huevos, capaz de realizar este truco (los únicos otros monotremas existentes son cuatro especies de equidna). Por supuesto, la biofluorescencia se observa en muchos otros organismos, como hongos, peces, fitoplancton, reptiles, anfibios y al menos una especie de tardígrado

El mismo equipo involucrado en el nuevo estudio, dirigido por la bióloga Paula Spaeth Anich del Northland College, fue el que descubrió la biofluorescencia en las ardillas voladoras el año pasado. El descubrimiento ocurrió por accidente durante los reconocimientos nocturnos de líquenes. Sus observaciones de campo se confirmaron más tarde con especímenes de ardillas voladoras conservados en un museo.


Con esto en mente, los científicos decidieron probar suerte con otro mamífero crepuscular nocturno. Los ornitorrincos, como la ardilla voladora (y las zarigüeyas también), están activos durante las oscuras horas del amanecer, el anochecer y durante la noche. Para el nuevo estudio, el equipo analizó tres especímenes de ornitorrincos del museo (dos machos y una hembra) procedentes del Museo Field de Historia Natural de Chicago y el Museo Estatal de la Universidad de Nebraska (la Lista Roja de la UICN describe al ornitorrinco como una especie casi amenazada, y con una tendencia poblacional en declive).

El pelaje del ornitorrinco parece marrón a la luz visible, pero como muestra la nueva investigación, su pelaje se ilumina en verde o cian bajo la luz ultravioleta. Esto quiere decir que la piel del ornitorrinco absorbe longitudes de onda UV entre 200 y 400 nanómetros y luego emite luz visible entre 500 y 600 nanómetros, un proceso óptico que produce fluorescencia.

Como señala el artículo, tanto los machos como las hembras parecen exhibir este rasgo, aunque los autores aconsejan un poco de precaución, dado el escaso tamaño de la muestra. Pero los investigadores están “seguros de que la fluorescencia que observamos no es propiedad de las muestras de museo en general”.

La bioluminiscencia del ornitorrinco es probablemente una adaptación a condiciones de poca luz. Su pelaje brillante podría ser una forma de que las especies se vean e interactúen entre sí por la noche, cuando “la absorbancia y la fluorescencia de los rayos ultravioleta pueden ser particularmente importantes para los mamíferos”, escriben los investigadores.

El hallazgo también es interesante desde una perspectiva evolutiva. Los monotremas, marsupiales y mamíferos placentarios (euterios) se separaron de un ancestro común hace unos 150 millones de años, cuando el Triásico estaba llegando a su fin. Eso, queridos lectores, es hace muchísimo tiempo, ya que los descendientes de este divorcio evolutivo tuvieron que abrirse camino a través de los subsiguientes periodos Jurásico y Cretácico, sin mencionar la extinción masiva que acabó con todos los dinosaurios no aviares. Eso es mucho tiempo y posiblemente mucha evolución.

En un comunicado de prensa, Anich dijo que “era intrigante ver que los animales que eran parientes tan lejanos también tenían pelaje biofluorescente”. Los autores cierran su artículo con una pregunta relacionada: “¿Es la biofluorescencia un rasgo ancestral de los mamíferos?”

Difícil de saber. Si estos tres grupos de mamíferos muy dispares mantuvieron este rasgo después de 150 millones de años, significa que los genes responsables del pelaje biofluorescente están altamente conservados, en el lenguaje de los biólogos. No es imposible, pero otra explicación razonable es que estas tres especies —la zarigüeya, la ardilla voladora y el ornitorrinco— adquirieran su pelaje brillante de forma independiente como consecuencia de la evolución convergente. En la naturaleza, una buena idea es una buena idea, razón por la cual pueden aparecer rasgos comunes en especies no relacionadas.

Este último descubrimiento también podría significar que la bioluminiscencia en mamíferos no es tan rara como pensamos. Y, de hecho, es hacia donde se dirige el equipo, en su búsqueda para encontrar más mamíferos capaces de brillar en la oscuridad.


Por qué la inmunidad de grupo es una pésima idea

 Para detener la pandemia solo hace falta una cosa: que durante la ventana de tiempo en la que un infectado puede transmitir la enfermedad a otras personas, no lo haga. Sobre el papel, esta medida es sencilla; en el mundo real, es extremadamente compleja de implementar.

¿Cómo podemos conseguir ese objetivo, tan simple y a la vez tan difícil? De muchas maneras. Por ejemplo, limitando los contactos entre personas, como hicimos a través del confinamiento. También podemos reducir la probabilidad de contagio en las interacciones existentes, mediante mascarillas y distanciamiento. Una tercera vía es la inmunización, mediante vacunación o mediante la llamada inmunidad de grupo natural.

La inmunidad de grupo se basa en la idea (puramente estadística) de que cuando un número suficientemente alto de personas han superado la enfermedad, su transmisión se frena. Esto es así porque cada enfermo se encuentra con un número menor de personas susceptibles de ser contagiadas (porque muchas ya son inmunes).

¿Es viable esta estrategia? ¿Se puede implementar a nivel regional, nacional o incluso global? La idea no es nueva. Desde el inicio de la pandemia algunos países se opusieron a las medidas para frenar los contagios. Al final, el colapso sanitario de la primera ola les hizo cambiar de opinión.

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En las últimas semanas, sin embargo, parece que la memoria está empezando a flaquear. Probablemente debido a la amenaza de una crisis económica devastadora, la hipótesis de la inmunidad de grupo ha renacido de sus cenizas. 

Un grupo de expertos publicó el 4 de octubre la declaración de Great Barrington, en la que rechazan las medidas de confinamiento y distanciamiento por sus consecuencias sociales y económicas. Defienden que la mayor parte del mundo debería “vivir con normalidad” hasta alcanzar la inmunidad de grupo. La fracción de la población más vulnerable debería, según ellos, autoaislarse durante este período. A esta estrategia la han bautizado como “protección focalizada”.

Otro grupo de expertos respondió rápidamente en contra de esta declaración publicando el manifiesto John Snow, que toma su nombre del considerado padre de la epidemiología moderna. Para ellos, la búsqueda de la inmunidad de grupo es una pésima idea. 

Estos son los motivos:

- Morirían millones de personas

La letalidad del SARS-CoV-2 no se sabe a ciencia cierta y, además, depende del momento y la población observados. Aun así, estimaciones conservadoras rondan el 0,6 % de infectados fallecidos, lo que implicaría que, si la inmunidad de rebaño es del orden del 60-70%, morirían unas 200.000 personas en España. Zas, ¡Santander o Castellón eliminadas del mapa! Eso sin mencionar las secuelas de muchos de los pacientes que consiguen sobrevivir. 

Además, el colapso sanitario debido al alto porcentaje de enfermos que requiere hospitalización implicaría que no solo sufrirían los pacientes de Covid, sino también de otras patologías que no podrían recibir la atención necesaria. 

Esto acarrearía profundas consecuencias sociales y económicas. Incluso sin apelar a la inmunidad de grupo, la mortalidad colateral al Covid tendría dimensiones inadmisibles.

Por si esto fuera poco, tendríamos otro problema.

- No sabemos si alcanzaríamos la inmunidad de grupo porque no tenemos claro cómo funciona la inmunidad individual

Para que se consiga la inmunidad de grupo necesitaríamos entre un 60 y un 70 % de la población que sea inmune a la vez. No sólo que no enferme, sino que tampoco pueda transmitir el virus a otros. 

Sin embargo, no conocemos aún cómo funciona la inmunidad ni cuánto dura. Los anticuerpos, que son la parte de la respuesta inmune que más hemos estudiado, desaparecen a los pocos meses, sobre todo en los casos leves. 

Además, sabemos que las reinfecciones son posibles, lo que podría ser un obstáculo insalvable para la obtención de la inmunidad de grupo.

- La protección focalizada no solo es éticamente discutible: también tiene dificultades técnicas

Es extremadamente difícil aislar de manera efectiva a los ancianos y grupos vulnerables (¿No podrían recibir ninguna visita y estarían condenados a vivir en soledad? ¿Qué sucede con el personal de las residencias? ¿Cómo nos aseguraríamos de que ellos no lleven el virus a sus lugares de trabajo? ¿Los aislaríamos también?). 

Además, no es tan sencillo definir a la población vulnerable: muchos jóvenes, aparentemente sin patologías previas, han sufrido casos graves de Covid, y no tenemos ninguna manera de identificar a esta población en riesgo: podría ser cualquiera. De hecho, atendiendo a los datos de exceso de mortalidad, durante la primera ola el 25% de los excesos ocurrieron en personas menores de 65 años.

- Las estimaciones de inmunidad de grupo se basan en modelos matemáticos discutibles

Típicamente, la inmunidad de grupo se calcula como (1-1/R₀)x100), donde R₀ es otro concepto que ha entrado en nuestras vidas durante la pandemia: el llamado número reproductivo básico.
Pero estas estimaciones se basan en modelos simplificados que, no sólo no permiten hacer predicciones precisas, sino que ignoran el papel de los superpropagadores. 


Leer más: ¿Se puede predecir la evolución de una pandemia?


De tal modo que ni siquiera tenemos garantías de que si se infecta un 80 % la epidemia se detenga y no afecte al 20 % restante. 

Si estas claves son tan claras, ¿por qué resurge el apoyo a la inmunidad de grupo?

En la mayoría de los países se vive en un estado de restricción continua o bajo la sombra de un nuevo confinamiento masivo. Esta amenaza se suma a la impresión de que todo el esfuerzo realizado en los meses anteriores ha sido en vano, o a la angustia de puestos de trabajo perdidos o en riesgo. El deseo de recuperar la normalidad se ve alimentado también por una economía dañada que impone una presión cada vez más intensa para buscar soluciones alternativas.

Sin embargo, las consecuencias de dejar a la pandemia evolucionar sin control serían aún más devastadoras que el efecto de las medidas. Necesitamos diseñar estrategias racionales que protejan tanto la salud pública como la economía y nuestro estilo de vida. 

Esto solo puede hacerse mediante un debate ético sobre la responsabilidad individual, un clima de convivencia y comunidad, transparencia total sobre los datos de evolución de la pandemia) y los motivos que apoyan las decisiones tomadas. 

En resumen: datos, ciencia y prudencia. Debemos seleccionar las medidas que más se adecúen a nuestros objetivos, pero no imponer ninguna sería la peor idea de todas.

Se desarrolló vida extrema en el cráter del asteroide que mató a los dinosaurios

 


Un asteroide golpeó la Península de Yucatán, vista aquí desde la Estación Espacial Internacional, hace 66 millones de años, provocando un evento de extinción masiva.
Un asteroide golpeó la Península de Yucatán, vista aquí desde la Estación Espacial Internacional, hace 66 millones de años, provocando un evento de extinción masiva.
Foto: Tim Peake/ESA/NASA.

Una piscina gigantesca de magma emergió debajo de la superficie de la Tierra después del impacto que acabó con todos los dinosaurios no aviares. Una nueva investigación sugiere que esta cámara subterránea infernal albergaba un ecosistema biológico, un hallazgo que podría dar pistas sobre cómo surgió la vida durante los tumultuosos primeros días de la Tierra.

Cuando el asteroide golpeó nuestro desafortunado planeta hace unos 66 millones de años, creó un cráter de impacto de 180 kilómetros de ancho en lo que ahora es la Península de Yucatán. La evidencia presentada a principios de este año mostró que el impacto también produjo una gigantesca cámara de magma subterránea, que persistió durante cientos de miles de años, posiblemente incluso millones de años. Increíblemente, este sistema hidrotermal soportó todo un ecosistema microbiano, según una nueva investigación publicada en Astrobiology.

La vida en Venus se tambalea

 


Representación de la atmósfera  de Venus realizada por el Observatorio Austral Europeo (ESO).
Representación de la atmósfera de Venus realizada por el Observatorio Austral Europeo (ESO).ESO/NASA / REUTERS

Poco después de que estallase la noticia de la detección de un gas asociado a la vida en Venus, un astrónomo holandés hizo lo que todo científico debe hacer cuando se publica un hallazgo asombroso: intentar reproducirlo. ¿Era cierto que en la atmósfera de Venus hay fosfina, un gas que en la Tierra está asociado a los microbios? Después de hacer un reanálisis de los datos originales, el equipo de Ignas Snellen en el Observatorio de Leiden (Holanda) lo tiene claro: no se puede afirmar que el gas esté ahí.

“Es imposible mantener los resultados del estudio original”, explica Snellen a este diario. Su equipo publicó hace unos días los resultados de su estudio, que aún es preliminar, pues no ha sido evaluado por expertos independientes.

Al mismo tiempo, el equipo científico del radiotelescopio ALMA, en Chile, el más potente en su clase y cuyas observaciones fueron fundamentales en la detección de la fosfina, ha comenzado un reanálisis de los datos, que pueden haber quedado invalidados por un error de calibración de sus herramientas de análisis de la luz que llega de Venus.

Este telescopio es parte del Observatorio Austral Europeo, compuesto por 16 países europeos, incluida España, y que anunció el hallazgo original con un comunicado de prensa titulado: “Detectado un posible marcador de vida en Venus”. Ya en aquel momento muchos expertos fueron escépticos de que la vida fuese la explicación más plausible para la señal, si es que era real. Los responsables de ALMA no quieren decir si la señal se ha esfumado o no hasta que los autores del estudio original reanalicen los datos con las herramientas ya bien calibradas y comprueben si la señal de fosfina sigue ahí. La mayoría de expertos consultados, incluido el propio Snellen, lo ven casi imposible.

Las antenas del telescopio ALMA, en el desierto de Atacama (Chile).
Las antenas del telescopio ALMA, en el desierto de Atacama (Chile).BABAKTAFRESHI / ESO/B. TAFRESHI (TWANIGHT.ORG)

"La detección de fosfina en la atmósfera de Venus no se sostiene tras nuestro reanálisis de los datos”, concluye un equipo de casi 30 astrónomos de la NASA, la Universidad de Berkeley y otras instituciones, en un segundo estudio preliminar que asesta un hachazo casi mortal al estudio original. Sus responsables han vuelto a analizar los datos originales usando diferentes herramientas informáticas y llegan a la conclusión de que había un parámetro incorrecto en el estudio original. Sin ese parámetro, la observación de fosfina se desvanece.

Los autores de este trabajo mandaron sus resultados a Nature Astronomy, la revista que publicó el estudio original sobre la fosfina en Venus. La revista contactó al equipo responsable del estudio para que dé una respuesta. Esa respuesta puede tardar “semanas”, según explican los responsables del telescopio ALMA. Y hasta que se pronuncien, no habrá un veredicto definitivo.

La astrónoma del MIT Sara Seager y Jane Greaves, de la Universidad de Cardiff (Reino Unido), líderes del estudio original, han declinado comentar los dos estudios que cuestionan sus hallazgos. Greaves sí ha reconocido a este diario que están esperando a que ALMA termine la calibración de sus herramientas de análisis para volver a comprobar si la señal de la fosfina sigue ahí.

Gran parte del problema es que todos estos astrónomos afrontan un reto endiablado: detectar una molécula con una concentración de millonésimas en la atmósfera de un planeta infernal, muy desconocido y que está a más de 100 millones de kilómetros de la Tierra. Esto supone un reto tecnológico que solo instrumentos como ALMA, compuesto por 66 antenas instaladas en pleno desierto de Atacama, pueden afrontar. Y aún así es posible caer en un error.

Todo comienza con la imagen desnuda que se capta de Venus, la luz en bruto que despide su atmósfera y que está llena de ruido, de señales confusas que impiden saber qué es qué. Para aclararlo los astrónomos usan herramientas de software que han sido testadas en ambientes conocidos y que después aplican a entornos nuevos, como la atmósfera de Venus. Este planeta sufre un efecto invernadero tan salvaje que su superficie está a 400 grados. En cambio, las capas altas de la atmósfera pueden tener una temperatura similar a la de la Tierra. Es justo ahí donde el equipo detectó una señal de fosfina, un gas que en nuestro planeta está asociado a la presencia de vida: microbios. La señal original desnuda era complejísima, llena de líneas que se montaban unas sobre otras como en los mapas que representan cadenas montañosas.

El problema principal del estudio original es que el software de ALMA diseñado para analizar la imagen en bruto de Venus estaba mal calibrado, como muestra el reanálisis del equipo de la NASA. El equipo ha usado otros dos programas alternativos y con ellos la señal desaparece. Pero es que aunque hubiese señal, dicen, esta podría no ser fosfina, sino otro compuesto que emite una onda muy parecida: el tóxico dióxido de azufre que es ubicuo en el planeta. Además habría una inconsistencia entre la señal captada y la supuesta altura en la atmósfera a la que se detectó: la fosfina debería estar a más de 70 kilómetros de la superficie, pero el equipo la vio a unos 50.

El equipo de Snellen muestra además que el estudio original usó una función matemática para limpiar el ruido de la señal original de Venus que no era adecuada. Con la función, la señal de la fosfina es 15 veces más intensa que el ruido circundante, todo un descubrimiento. Pero usando otra función más convencional y aceptada en astronomía, la señal de la fosfina es solo dos veces más fuerte que el ruido, tan débil que no puede decirse que el compuesto esté ahí, explica Snellen. El responsable de este trabajo cree que el equipo de Greaves “cometió un error al analizar los datos, pero que no lo hicieron adrede”.

“Estoy decepcionado, pero no sorprendido”, explica Kevin Zahnle, científico de la NASA que actuó como experto independiente en la revisión del estudio original. “Yo fui partidario de la publicación de este trabajo porque quería ver si otros equipos lo confirmaban o lo refutaban, que es lo que ha pasado". El astrónomo no cree que el estudio original deba ser retirado. “Si cada caso de autoengaño como este fuese retractado habría que retirar el 49% de todos los estudios publicados en Science y Nature [las dos revistas científicas más prestigiosas]”, añade.

“Queda bastante claro que la detección no es correcta”, opina Víctor Rivilla, astrónomo del Centro de Astrobiología de Madrid que trabaja en la detección de fosfina como marcador de vida en objetos astronómicos mucho más lejanos. “El tipo de análisis de los datos que hicieron era muy sesgado; vieron fosfina porque era lo que querían ver”, resalta.

“Es poco probable que el descubrimiento original se sostenga, los dos grupos que lo cuestionan y sus argumentos son muy potentes”, opina Ignasi Ribas, astrónomo del Instituto de Ciencias del Espacio (IEEC-CSIC). “Aún así habrá que escuchar lo que tengan que decir los autores del estudio original. Esto no es un desprestigio ni nada fuera de lo normal, sino todo lo contrario. La ciencia avanza de esta forma y si no fuese así es que habría caído en el dogmatismo”, añade.

“Hay otros trabajos en marcha mirando en otras longitudes de onda buscando fosfina”, explica Miguel Ángel López-Valverde, del Instituto de Astrofísica de Andalucía. “Algunos ya están publicados y con resultados negativos, como el de Therese Encrenaz, y otros son trabajos teóricos también en marcha revisando los modelos de la química de las nubes, que será interesante examinar. Así que seguirá habiendo noticias sobre esa tentativa cada día más dudosa de detección de fosfina en Venus”, añade