¿Qué es un virus? La mera definición de estas entidades biológicas, situadas en la frontera de la vida, ya entraña un problema peliagudo. En las lecciones introductorias de Virología, se establece que los virus son agentes infecciosos de naturaleza particulada y organización acelular, sólo visibles por microscopía electrónica. Carecen de metabolismo propio, siendo todos ellos parásitos intracelulares obligados y, en consecuencia, dependientes de un hospedador vivo para poder replicarse.
La simple y enigmática estructura de un virus
La estructura básica de la partícula viral es muy simple. Consiste en una cápsida proteica externa que encierra en su interior el ácido nucleico viral, ADN o ARN, pero no ambos simultáneamente. La desazón que provocan los virus entre la comunidad científica es tan grande, que el reputado premio Nóbel André Lwoff acuñó la expresión “un virus es… un virus”. Una muestra de lo insondable de estos peculiares agentes, cuyo carácter vital se discute.
La angustia actual por la catástrofe apocalíptica debida al coronavirus SARS-CoV-2 es, por el momento, la última de una larga serie ininterrumpida de plagas virales que han asolado la tierra. Sólo en el siglo XX están bien documentadas varias pandemias de gripe. Comenzando por la tristemente famosa “gripe española” que durante la Primera Guerra mundial causó una mortalidad superior a la derivada de la lucha bélica industrial.
Desde entonces, se han registrado al menos cinco grandes brotes mundiales de gripe, el último en 2009. Mención especial merece la terrible pandemia de sida, causada por el retrovirus VIH, que desde 1980 ha tenido efectos devastadores sobre la vida humana, hasta convertirse actualmente en una enfermedad crónica. En décadas recientes hemos asistido a sucesivos focos virales de Ébola, Zika, Dengue o virus Chikungunya, que difieren en su modo de transmisión, sintomatología, áreas geográficas de distribución o tasas de morbilidad y mortalidad.
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¿Por qué no podemos prevenir las pandemias causadas por virus?
Resulta paradójico que nuestro profundo conocimiento de la organización viral no haya permitido prevenir y controlar tan terribles pandemias. Analizando los sofisticados sistemas científico-técnicos de que disponemos, debería ser relativamente sencillo detectar, investigar y, por tanto, impedir infecciones causadas por partículas tan elementales como los virus. Sin embargo, en esa singular estructura viral reside gran parte de la dificultad.
De hecho, los virus no pueden ser tratados con procedimientos eficaces contra otros patógenos infecciosos, incluyendo la terapia con antibióticos. Al infectar a sus células diana, los virus bloquean el metabolismo y utilizan la maquinaria celular en beneficio propio, sintetizando las subunidades estructurales de la cápsida y replicando su ácido nucleico. Todo ello sin que las células hayan encontrado un antídoto biológico eficaz para neutralizar esta infección.
Se da la circunstancia singular de que muchos virus patogénicos, con independencia de su simetría (icosaédrica o helicoidal), poseen una envoltura externa que procede de la membrana plasmática celular. Sobre ella se insertan glicoproteínas virales (las famosas espículas o “alfileres”) que tienen un papel crucial en el reconocimiento y unión específica a receptores de células susceptibles, facilitando su diseminación.
Por otra parte –y quizá no por casualidad–, numerosos virus infecciosos contienen sólo una cadena de ARN y no ADN bicatenario como material genético (polio, gripe, rabia, sida, Ébola, coronavirus…), lo que implica una tasa de mutación muy superior.
Esa estrategia les permite sortear más fácilmente la vigilancia celular. De hecho, los denominados virus ARN(+) o con polaridad de mensajero (coronavirus), pueden leer directamente su código genético en los ribosomas celulares sin necesidad de recurrir a la maquinaria transcripcional de la célula. Recordemos que la transcripción es proceso esencial para copiar el mensaje genético desde el ADN al ARN mensajero.
La portentosa capacidad de escape y recombinación viral
Otro obstáculo difícil de resolver reside en la capacidad de numerosos virus para saltar la barrera de especie y pasar desde su hospedador natural al hombre y los mamíferos. Este “don” sumado a su prodigiosa potencialidad recombinativa, permite a dos virus de distinto origen juntarse en un hospedador intermediario. Y, mediante su intercambio de material genético, ensamblar una partícula viral nueva, inmunológicamente inédita y dotada de un enorme poder infectivo.
En ese sentido, la gripe es un ejemplo palmario. En algunas pandemias de gripe A (los famosos subtipos H1N1), un virus de procedencia aviar y otro humano intercambian sus fragmentos de ARN en un hospedador intermedio (cerdo), generando un tercer virus con alta virulencia.
Es previsible que los denodados esfuerzos desplegados en la obtención de vacunas y nuevos antivirales eficaces sirvan para controlar la covid-19 en un plazo razonable. No obstante, un análisis riguroso de la terrible catástrofe planetaria que sufrimos debería enseñarnos que es imprescindible una preparación a conciencia para la siguiente pandemia viral que, sin duda, ha de venir. Aunque es poco probable que hayamos aprendido la lección.
Volviendo al principio, entre las numerosas acepciones de virus, me quedo con ésta: “un virus es básicamente una cubierta de proteínas que envuelve un sinfín de problemas… tal vez de imposible solución”.
A medida que los días se vuelven más fríos y aparecen las primeras escarchas, árboles y arbustos de hoja caduca comienzan el despliegue otoñal de tonos rojos, amarillos, púrpuras y marrones que caracterizan a los bosques templados de ambos hemisferios. Para comprender el proceso de diseño del fantástico espectáculo otoñal de los caducifolios es importante entender qué son y para qué sirven los pigmentos.
La magia química y lumínica de los pigmentos
Las plantas son expertas en capturar la energía de la luz y utilizarla para crear azúcares mediante la fotosíntesis. Este proceso comienza con la absorción de luz mediante moléculas orgánicas especializadas, los pigmentos, que se encuentran en los cloroplastos y en las vacuolas celulares (Figura 1).
Figura 1. Los pigmentos, unas moléculas orgánicas especializadas, se encuentran en los cloroplastos celulares y en las vacuolas.Luis Monje
La luz es una forma de radiación electromagnética, un tipo de energía que viaja en ondas. En conjunto, todos los tipos de radiación conforman el espectro electromagnético, cuyas longitudes entre 400 y 700 nm constituyen la luz visible para el ojo humano (Figuras 2A y 2B). Cada partícula, llamada fotón, tiene una cantidad fija de energía que puede excitar un pigmento (Figura 2C).
Un pigmento excitado es inestable y tiene varias opciones disponibles para llegar a ser más estable. En las plantas, la energía de los fotones se usa para dividir moléculas de agua dentro de los cloroplastos. Además de oxígeno, en el proceso se liberan electrones e iones de hidrógeno. Estos electrones e iones se utilizan para generar energía en forma de adenosin trifosfato (ATP), que se usa en el ciclo de Calvin, cuyo objetivo es tomar CO₂ y utilizar la energía generada para transformar las moléculas de carbono en cadenas de moléculas orgánicas.
Únase y apueste por información basada en la evidencia.
Figura 2. (A) La luz es una forma de radiación electromagnética, un tipo de energía que viaja en ondas. En conjunto, todos los tipos de radiación conforman el espectro electromagnético. (B) El espectro visible para el ojo humano es la radiación cuya longitud de onda está aproximadamente entre 400 y 700 nm. Se pueden ver los diferentes colores cuando la luz blanca atraviesa un prisma y la apreciamos como un arcoiris. (C) Solo un fotón con la cantidad justa de energía para subir un electrón entre orbitales puede excitar un pigmento.Luis Monje
El color de un pigmento es el resultado de la longitud de onda reflejada. El color verde de las hojas se debe a la presencia de las clorofilas, unos pigmentos que se encuentran dentro de los cloroplastos, que absorben la mayoría de las radiaciones del espectro visible, y reflejan los verdes (Figura 3). Cuando abunda en las células, como sucede durante la temporada de crecimiento de primavera e inicios de verano, el color de la clorofila domina y enmascara los colores de cualquier otro pigmento que pudiera existir en la hoja.
La clorofila tiene una función vital: captura los rayos solares y utiliza la energía resultante en la fabricación de los alimentos de la planta: azúcares simples. Durante la temporada de crecimiento, la clorofila, que se deteriora con la exposición a la luz solar, se elabora, se degrada y se reemplaza constantemente en las hojas, fabricantes incansables de nueva clorofila durante la pujante estación de crecimiento.
El ciclo vital de los caducifolios
Como la mayoría de las plantas, los ritmos circadianos de los caducifolios son sensibles al fotoperiodo, es decir, a la duración del período diario de oscuridad. A finales del verano, los días comienzan a acortarse y las noches son más largas. Como la hora de inicio de todo el proceso depende de la duración de la noche, los colores otoñales aparecen aproximadamente a la misma hora cada año en un lugar determinado, sin que importe demasiado que las temperaturas sean más frías o más cálidas de lo normal.
Cuando las noches alcanzan un valor umbral y son lo suficientemente largas, las células que se encuentran en el punto de unión del peciolo de la hoja y el tallo que la sustenta se dividen rápidamente, pero no se expanden. Se forma así una capa de abscisión de callosa, es decir, una capa impermeable de células que poco a poco va obturando el floema y, con ello, bloqueando el transporte de savia de la hoja a la rama. También bloquea el xilema y, por tanto, el flujo de minerales desde las raíces hacia las hojas.
Figura 3. Superposición de espectros de las clorofilas a y b, el beta-caroteno y la enina, una antocianina típica. Mientras que las clorofilas y el beta caroteno absorben en las partes azul y amarillo/rojo del espectro visible, la enina absorbe principalmente en la parte verde del espectro, donde las clorofilas no absorben nada.Luis Monje
Conforme se desarrolla esta capa, la cantidad de clorofila en la hoja comienza a disminuir. A medida que las clorofilas se degradan, se revelan los pigmentos ocultos de unos derivados oxigenados de los carotenoides, las xantofilas amarillas, y los betacarotenos naranjas (Figura 3). Estos pigmentos están presentes durante todo el año en el interior celular, pero los pigmentos rojos, las antocianinas, se sintetizan de novo una vez que se ha degradado aproximadamente la mitad de la clorofila.
Aunque existan en las hojas durante todo el año, los colores amarillo-anaranjados de los carotenoides permanecen enmascarados por la clorofila verde. A medida que se acerca el otoño y el suministro total de clorofilas va disminuyendo gradualmente, el efecto de enmascaramiento se desvanece lentamente. Cuando eso sucede, comienzan a verse las coloraciones amarillas, pardas, naranjas y muchas tonalidades intermedias que proporcionan los carotenoides.
Los carotenoides son el pigmento dominante en la coloración de aproximadamente el 15-30 % de las especies de árboles. Sus amarillos y naranjas brillantes tiñen las hojas de nogales, fresnos, arces, álamos, abedules, cerezos, plátanos de paseo y alisos, entre otros muchos.
Los rojos, los púrpuras y sus combinaciones provienen de otro grupo de pigmentos celulares, las antocianinas. Hay dos diferencias importantes entre estos pigmentos y las clorofilas y los carotenoides. La primera es que no se encuentran en los cloroplastos. Son pigmentos solubles en agua que se almacenan en las vacuolas. La segunda es que, a diferencia de los carotenoides, no existen en la hoja durante la temporada de crecimiento, sino que se producen activamente hacia el final del verano.
Otoño en el hayedo de Urbasa, Navarra.Luis Monje
Cuando se acerca el otoño, las antocianinas se elaboran a partir de la savia acumulada en las células. Su síntesis de novo depende de la descomposición de los azúcares en presencia de luz intensa a medida que se reduce el nivel de fosfato en la hoja. Durante la temporada de crecimiento de verano, el nivel de fosfato es alto, porque juega un papel vital en la descomposición de los azúcares fabricados por la clorofila. En otoño, el fosfato, junto con otros nutrientes, se moviliza desde la hoja al tallo de la planta. Cuando eso sucede, el proceso de descomposición del azúcar cambia, lo que lleva a la producción de pigmentos de antocianina. Cuanto más brillante sea la luz durante este período, mayor será la producción de antocianinas y más luminoso será el color resultante.
En las regiones de clima templado, las antocianinas están presentes en aproximadamente una de cada diez especies de árboles aunque en algunos lugares hasta el 70 % de las especies de árboles pueden producir el pigmento. En los bosques otoñales tiñen a arces, robles, cornejos, cerezos y ciruelos. Estos mismos pigmentos a menudo se combinan con los colores de los carotenoides para crear los naranjas más intensos, los rojos vivos y los bronceados típicos de muchas especies de madera dura.
A medida que avanza el otoño, las células de la capa de abscisión se encallecen más y más. Como la clorofila, los otros pigmentos se degradan con la luz o cuando se congelan. Los únicos pigmentos que quedan son los taninos acumulados en las paredes celulares, que son marrones. Las conexiones entre las células se debilitan y las hojas acaban por caer.
Ha llegado el invierno y con él cae el maravilloso telón multicolor de la temporada otoñal que, en esencia, como toda la vida que nos rodea, está literalmente construida desde cero por la partícula que encumbró a Einstein: el fotón. Bastante increíble, ¿no está de acuerdo?
Agua, vapor y cubitos de hielo. De todos los estados de la materia, estos tres (líquido, gaseoso y sólido) son los más fáciles de entender. Sobre todo, porque los tenemos al alcance de la mano. El plasma (cuando un gas se calienta tanto que los constituyentes mismos de los átomos se separan y se convierte en un caos ultracaliente de partículas subatómicas) es algo también bastante conocido, pero sunémesisfísica,el condensado de Bose-Einstein es, en cambio, casi desconocido en la cultura popular.
¿Condensado de Bose-Einstein? En términos generales, un BEC es un estado de la materia que "se forma cuando un gas de bosones se enfría cerca del cero absoluto". A esa temperatura tan bajísima los átomos "se convierten en una entidad única con propiedades cuánticas". Como señalaKozo Okazaki de la Universidad de Tokio, "la materia resultante se comporta como una sola entidad con nuevas propiedades de las que carecían los estados sólido, líquido o gaseoso anteriores, como la superconducción".
Lo que ocurre es que, como también nos dice Okazaki, "Hasta hace poco, los BEC superconductores eran puramente teóricos, pero ahora lo hemos demostrado en el laboratorio con un material novedoso basado en hierro y selenio". Es la primera vez que se ha verificado experimentalmente que un BEC funciona como superconductor. Es decir, que es la primera vez que se ha comprobado que un circuito eléctrico pierde su resistencia y se vuelve extremadamente eficiente bajo estas condiciones.
¿Esto no es la superconductividad de toda la vida? No exactamente. Es cierto que los superconductores a menudo trabajan a muy baja temperatura, pero en casos como los que dibuja la teoría BCS (Bardeen-Cooper-Shrieffer) lo que ocurre es que los los átomos se ralentizan e alinean facilitando que los electrones circulen rápidamente. Es decir, más allá de unas temperaturas demencialmente altas, no tienen mucho que ver.
Punto intermedio Por eso, muchos investigadores han reflexionado sobre la necesidad de encontrar puntos intermedios entre las dos aproximaciones para poder encontrar una comprensión global de la superconductividad. En este sentido, Okazaki explica que "demostrar la superconductividad de las BEC era un medio para lograr un fin; realmente esperábamos explorar la superposición entre las BEC y las BCS".
Y lo han conseguido. El trabajo sugiere que existe "una transición suave entre estos dos grandes modos de superconductividad". En el fondo, lo que buscaban eran un asidero experimental que permitiera pensar "una teoría subyacente más general detrás de la superconducción". Dicho y hecho. Ahora queda lo más importante, construir esa nueva visión y ver dónde nos lleva.
La novelaThe martian, de Andy Weir, tiene mucho de ficción y algo de ciencia. El texto, adaptado al cine por Ridley Scott (Marte), narra la odisea de un astronauta obligado a sobrevivir en el planeta rojo mientras espera su rescate. Su principal prioridad fue garantizar el alimento mediante cultivos en un planeta hostil. La apuesta firme de las agencias espaciales internacionales por la colonización de la Luna y Marte conlleva una estrategia similar. Llevar un kilo de tomates (o de cualquier otro producto) al satélite de la Tierra cuesta un millón de euros, por lo que comer una ensalada en el espacio puede ser el lujo más caro. Ya hay seleccionadas 3.400 propuestas para cultivar en tierras lunares o marcianas. Una de ellas es española y cuenta con el aval del grupo chino que consiguió hacer crecer por primera vez una planta de algodón en el satélite.
La reciente confirmación “inequívoca” de la existencia de agua en la Luna ha dado alas a los proyectos de asentamientos humanos tanto en el satélite como en Marte. Este recurso es esencial y el cuerpo celeste más cercano lo acumula en unos 40.000 kilómetros cuadrados.
Solo un día después de que se ratificara la existencia de agua en la Luna, el director general de la Agencia Espacial Europea (ESA), Jan Wörner, firmaba el acuerdo con la NASA (Memorándum de entendimiento, MoU) para la colaboración en la conquista del espacio. Europa participará con el proyecto Gateway, un módulo orbital “que permitirá la exploración sostenible alrededor y sobre la Luna, al tiempo que facilitará la investigación y experimentación de las tecnologías y los procesos necesarios para llevar a cabo una futura misión a Marte”.
Una recreación de un invernadero en la superficie de Marte. Las plantas crecen con la ayuda de barras de luz LED rojas, azules y verdes y en un sistema de cultivo hidropónico, un método que utiliza disoluciones minerales en vez de suelo agrícola. Las raíces reciben un compuesto nutritivo disuelto que incluye los elementos químicos esenciales para su desarrollo en un medio inerte.
Diseño propuesto de un invernadero en Marte que, además de utilizar plantas para la producción de alimentos, también sirve para apoyar el control ambiental y los sistemas de soporte vital.
Representación de la NASA de una futura base en Marte con un invernadero. Las cúpulas a modo de "casas de hielo" están hechas de células llenas de agua congelada. Forma parte de un plan integral para construir un invernadero de este tipo que permita la una misión con presencia de astronautas durante dos años. (Instituto Nacional de Aeroespacial).
“Este Memorándum de Entendimiento marca un punto crítico en la trayectoria europea: confirma que vamos hacia la Luna, no solo en términos de equipamiento y tecnología, sino también con nuestra gente”, afirma Wörner.
VAMOS HACIA LA LUNA, NO SOLO EN TÉRMINOS DE EQUIPAMIENTO Y TECNOLOGÍA, SINO TAMBIÉN CON NUESTRA GENTE
JAN WÖRNER, DIRECTOR GENERAL DE LA AGENCIA ESPACIAL EUROPEA
Estos dos elementos -la existencia de agua y el compromiso internacional para la conquista del espacio- obligan a pensar en cómo consolidar los asentamientos y asegurar la mayor autonomía. La clave es que los recursos propios tanto de la Luna como Marte eviten la dependencia de los costosos traslados de material desde la Tierra. Y el más prioritario es la alimentación.
El Mapa Geológico Unificado de la Luna permite identificar dónde. Según Jesús Martínez Frías, jefe del Grupo de Investigación de Meteoritos y Geociencias Planetarias del CSIC y responsable del Laboratorio de Geociencias de Lanzarote, por la información que aporta la cartografía, el polo sur lunar es la zona más susceptible para futuros asentamientos, no solo por la presencia de agua sino también por su composición mineral -rica en hierro y titanio-, y por la luminosidad.
Para la obtención de oxígeno se podría también contar con materiales ígneos (como ilmenita, anortita y olivino) que contienen entre el 40% y el 50% de este elemento en forma de óxidos.
GRAVEDAD Y RADIACIÓN CÓSMICA
Pero los desafíos para la agricultura espacial van más allá de la composición de la tierra más adecuada y la posibilidad de obtener oxígeno y agua. El cultivo se tiene que desarrollar en unas condiciones de gravedad una sexta parte inferiores a las existentes en la Tierra y a la radiación cósmica. Una investigación publicada en Science Advances, concluyó que una dosis de radiación diaria en la superficie lunar es entre 200 y 1.000 veces superior a la que se recibe en nuestro planeta en el mismo periodo de tiempo.
En superar todas las barreras trabajan más de 3.000 equipos del mundo y uno de los más avanzados es el español Green Moon Project, nacido en la Universidad de Málaga y liderado por el joven ingeniero andaluz de 27 años José María Ortega Hernández, por ahora afincado en el Reino Unido, donde trabaja para Bentley.
El equipo, ya presentado a la NASA y su programa Artemisa, que prevé la vuelta de astronautas a la Luna, ha firmado un acuerdo con elCentro de Exploración Espacial de la Universidad de Chongqing para experimentar con cultivos en el espacio después de que lasonda china Chang’e 4 se posara en enero del pasado año en la cara oculta de la Luna y consiguiera que brotara una semilla de algodón, la primera planta que ha crecido en el satélite. Ortega se puso en contacto con los investigadores chinos, a los que convenció de que España cuenta con los recursos suficientes para abrir el camino a la agricultura espacial.
EL REGOLITO [CAPA DE MATERIALES NO CONSOLIDADOS] BASÁLTICO DE LANZAROTE ES MUY SIMILAR AL DE LA LUNA
JOSÉ MARÍA ORTEGA HERNÁNDEZ, LÍDER DE GREEN MOON PROJECT
El proyecto Green Moon Project, en el que participan Cabildo y Geoparque de Lanzarote, Instituto de Geociencias y Red Española de Planetología y Astrobiología, ya ensaya en la isla canaria. “El regolito [capa de materiales no consolidados] basáltico de Lanzarote es muy similar al de la Luna”, explica Ortega. Con esta tierra y otras alteradas con mayor y menor concentración de metales investigan “cómo obtiene la planta los nutrientes para crecer”. Además, Lanzarote aporta tubos de lava similares a los de la Luna y que supondrían uno de los mejores espacios para los huertos espaciales, ya que así se protegerían de la radiación cósmica.
Prototipo de invernadero de Green Moon Project para ensayar los cultivos que irán a la Luna con una misión china.GRENN MOON PROJECT
En 2022 prevén enviar con una misión china las primeras unidades para experimentar dentro de la cápsula, unos metros por encima del suelo lunar, como crecen las primeras plantas, privilegio al que aspiran ejemplares de tomate, lechuga, lenteja, pepino y pimiento.
“La menor gravedad, como hipótesis, permitiría a la planta un desarrollo más rápido al ser más fácil el transporte de nutrientes, pero esto no se sabrá hasta que se experimente. Puede que no sea así”, explica Ortega.
El material lunar puede servir para fabricar escudos frente a la radiación generada por protones de emisiones solares e iones pesados de la radiación cósmica galáctica
Para evitar al máximo la radiación cósmica cuando la experimentación permita ya el desarrollo de invernaderos, además de recurrir a su implantación en tubos de lava, se recurrirá a la utilización de regolitos para su construcción. Martínez Frías ya ensaya en Lanzarote el uso de este material para la fabricación de escudos frente a la radiación generada por protones de emisiones solares y iones pesados de la radiación cósmica galáctica.
Los invernaderos deben contar con sistemas que garanticen la luz necesaria para la fotosíntesis, temperatura, humedad, dióxido de carbono, presión media equivalente a la existente al nivel del mar y oxígeno. La investigación incluye el estudio de la reutilización del oxígeno que emiten las propias plantas.
Laboratorio instalado en el tubo de lava de La Corona para el proyecto PANGAEA-X en Lanzarote.ROBBIE SHONE
En los trabajos también participa Innoplant, una empresa andaluza galardonada y especializada en la investigación de la adaptación de suelos a los cultivos. Ortega cree que a mediados de siglo se podrán ver los primeros invernaderos en la Luna, un paso fundamental para la explotación del satélite y para el siguiente reto: Marte.
RÉPLICAS DE SUELO MARCIANO
Investigadores estadounidenses de la Universidad de Georgia (UGA) han comenzado a investigar con mezclas artificiales de suelo que imitan los materiales existentes en Marte para determinar su fertilidad, según ha informado la institución académica tras un nuevo estudio publicado en la revistaIcarus.
“Los nutrientes, la salinidad o el pH [acidez o alcalinidad] son parte de lo que hacen un suelo fértil y entender dónde están los suelos de Marte en ese espectro es clave para saber si son viables o si hay soluciones factibles que se pueden”, explica a la UGA Laura Fackrell, geóloga y autora principal del estudio.
La superficie de Marte, según los investigadores, puede contener la mayoría de los nutrientes esenciales para una planta, incluyendo nitrógeno, fósforo y potasio, pero se desconoce si se encuentran en concentraciones que permitan su desarrollo
La atmósfera de Marte es muy tenue, con una presión media de la superficie de solo 6,1 milibares (la presión media de la superficie de la Tierra es de 1013 milibares) y el planeta está sometido a frío extremo y bajas concentraciones de oxígeno. Sin embargo, la superficie de Marte, según los investigadores, puede contener la mayoría de los nutrientes esenciales para una planta, incluyendo nitrógeno, fósforo y potasio, pero se desconoce si se encuentran en concentraciones que permitan su desarrollo.
Para conseguirlo, los científicos de Georgia están experimentando con réplicas de suelo marciano y sometiéndolas a procesos de lavado e inoculación de microorganismos adaptados a entornos extremos, hongos y bacterias beneficiosas. “La cuestión de si podemos usar el suelo de Marte para proporcionar alimentos contribuirá en gran medida a determinar la viabilidad de las misiones tripuladas”, concluye Fackrell.
En noviembre de 2019, durante la premiere de The Mandalorian en un cine de Los Ángeles, una periodista se acercó al cineasta y actor alemán Werner Herzog (que interpreta al Cliente, el gran villano de la primera temporada) y le preguntó si había tenido ocasión de ver a Baby Yoda con sus propios ojos.
Ojalá pudiera decirle que Herzog se revolvió, como hacían antiguamente los intelectuales cuando les decían paridas. Ojalá pudiera decirle que el hombre que escribió y dirigió Fitzcarraldo y Aguirre, la cólera de Dios soltó una traca de consonantes en alemán y mandó a la mierda a la reportera por preguntarle si conocía a un muñeco en persona. A Herzog, por el contrario, se le dibujó una sonrisa tontorrona en la cara, como a los abuelos cuando hablan de sus nietos, y respondió que sí, que había visto a Baby Yoda, y en menos de cincuenta segundos dijo que era todas estas cosas: «heartbreaking», «heartbreakingly beautiful», «phenomenal technical achievement», «heartbreaking» otra vez, «absolutely convincing» y, por último, «it make you cry when you see it».
Poco después de aquello, durante la rueda de prensa celebrada tras la proyección, el productor ejecutivo de la serie, Dave Filoni, reveló que tanto él como el showrunner, Jon Favreau, sí habían sufrido la furia teutona de Herzog. Ocurrió cuando decidieron grabar dos versiones de una misma escena, una con el muñeco robótico de Baby Yoda y otra sin él. La segunda toma era por seguridad, por si acaso la marioneta no estaba quedando bien bajo la iluminación concreta de aquel set y al final había que recrearla digitalmente durante la postproducción de la serie. A Herzog aquello le pareció inaceptable, montó en cólera y les dijo:
—You are cowards. Leave it.
Es decir: que les llamó cobardes en toda su jeta y les dijo que dejaran la marioneta, que no crearan el personaje con CGI. Al día siguiente de revelar aquello, las cabeceras de medio mundo, incluyendo muchas prestigiosas, salieron con titulares que decían que Herzog había salvado (sic) a Baby Yoda de Disney y que el actor y cineasta había llorado al ver la marioneta, así era de mágica y heartbreaking. Ninguna de las afirmaciones era cierta y la segunda ni siquiera lo era remotamente, pero estamos en 2020, a fin de cuentas. La verdad es lo de menos.
Perros, lobos, cerdos y jabalíes
Los perros y los lobos comenzaron a divergir anatómicamente hace solo treinta mil años, pero los perros ya han adquirido un músculo del que carecen sus parientes más cercanos: el levator anguli oculi medialis o músculo elevador del ángulo medial del ojo. Se trata de un resorte que mueve la parte interior de la ceja y consigue dos efectos: uno, que los ojos adquieran un tamaño aparente mayor, con una forma menos almendrada y más redondeada, confiriendo a la expresión del perro un aspecto infantilizado; y dos, que el animal exprese tristeza tal y como lo hacemos las personas, dibujando un ángulo descendente sobre el ojo.
El año pasado, un estudio científico dirigido por Juliane Kaminski, de la Universidad de Porstmouth, Reino Unido, logró demostrar que, además, este músculo está más hipertrofiado cuanto más reciente sea la raza del perro y que las razas más antiguas, como los husky siberianos, apenas lo tienen desarrollado. Eso parece indicar que los perros con un mayor levator anguli oculi medialis han tenido más éxito reproduciéndose o, por expresarlo con exactitud, siendo criados por nosotros, los seres humanos. Es pertinente reseñar que, en otro estudio científico publicado en 2013, estos mismos investigadores probaron que los perros capacitados para ejecutar expresiones faciales puramente humanas tienen más probabilidades de ser adoptados en las perreras y gozan, en general, de mucha más aceptación entre las personas.
La neotenia (la retención de rasgos juveniles durante la edad adulta) de los perros es algo bien documentado desde hace tiempo. El primero que se dedicó a hacerlo exhaustivamente fue Konrad Lorenz, etólogo austríaco y ganador del Premio Nobel de Medicina, que escribió sobre ello en su clásico Cuando el hombre encontró al perro(1950) y en su prólogo para Los cánidos salvajes (Michael W. Fox, 1974). Hoy tenemos claro que esta clase de transformación evolutiva no está ligada necesariamente a la convivencia con el hombre (de hecho, existen multitud de ejemplos de neotenia entre los anfibios, los insectos y los crustáceos), pero sí que la domesticación es el factor que desencadena esta metamorfosis anatómica con mayor rapidez. También que, entre los mamíferos domesticados por el ser humano, la neotenia conduce a un cierto grado de convergencia evolutiva, haciendo que todos adquieran rasgos parecidos entre sí y, a su vez, a los las personas.
Cambios en la morfología de la cabeza del perro respecto al lobo y del cerdo respecto al jabalí. Fotografías: Freepik.
Y eso constituye un enigma. Pongámonos como ejemplo los cambios sufridos por el perro respecto al lobo y por el cerdo respecto al jabalí. Ambos han adquirido ojos más expresivos y redondeados, orejas mayores y menos firmes y hocicos más achatados que sus predecesores. Ahora bien, ¿por qué los seres humanos habríamos premiado estas mismas características a la hora de seleccionarlos para la cría, si ejercen roles sumamente distintos? Los perros han servido históricamente como pastores y cazadores. La necesidad de comunicarnos con ellos podría explicar que hayamos favorecido la aparición de atributos faciales parecidos a las nuestros, a lo que también contribuiría nuestra estrecha relación emocional con ellos. Pero, ¿los cerdos? Se crían solamente como alimento, ni siquiera como ganado de ordeño. Además, ambas especies han adquirido complexiones corporales que se ajustan claramente a los roles que desempeñan. Entonces, ¿por qué han sufrido ambos la misma transformación en lo concerniente a la cara?
La respuesta la dio, en parte, el famoso programa de domesticación de zorros puesto en marcha por el soviético científico soviético Dmitri Beliáyev en 1959. Aunque Beliáyev y su equipo seleccionaron a los ejemplares para la cría únicamente en función de su mansedumbre, los descendientes empezaron a sufrir progresivamente las mismas transformaciones fisiológicas adicionales que vemos en los animales domésticos: hocicos chatos, orejas caídas, pelaje más claro, colas más cortas… Beliáyev solo tuvo que completar el silogismo: si nos proponemos cambiar la conducta de los animales y al hacerlo cambia su fisionomía irremediablemente, incluso cuando no nos proponemos que ocurra, entonces estamos alterando algo que interfiere con ambas cosas, conducta y fisonomía. Y ese algo, por supuesto, son las hormonas.
Hoy conocemos las hormonas mejor que en los tiempos de Beliáyev y podemos tener claro algo que él solamente intuyó: que cada clase de hormona cumple distintos propósitos, a veces muy distintos entre sí, y que aquellas asociadas a la agresividad y la mansedumbre (como la endorfina, la adrenalina y varias otras) también intervienen en el crecimiento y desarrollo anatómico y sexual. Al inhibirse una cosa, se inhibe la otra. Al domesticar animales hemos seleccionado en ellos las características que más nos interesaban y de ese modo hemos interferido con su constitución genética, obtenido cerdos más gordos que los jabalís y perros de carreras más rápidos y esbeltos que los lobos; pero hay algo que se premia indistintamente en todas las especies domesticadas, sean perros, cerdos, zorros o abejas melíferas: la docilidad. Y, al modularla, hemos interferido con su crecimiento, haciendo que todas las especies experimenten un cambio físico menor entre su estado juvenil y su estado adulto. Por eso los animales domésticos sufren cambios corporales cada cual en un sentido, pero todos han adquirido, en mayor o menor medida, rasgos faciales que recuerdan a los humanos.
La fábrica de sueños neotenia
En 1980, el biólogo y paleontólogo Stephen Jay Gould incluyó un capítulo dedicado a Mickey Mouse en su libro El pulgar del panda. Puede leerse aquí. Su tesis era que el personaje, creado por Walt Disney en 1928, había sufrido un proceso neoténico a lo largo de su vida. Había empezado siendo más mamporrero y gamberro, pero, a medida que el siglo progresaba, el personaje se había ido volviendo más calmado y más amable. Al hacerlo, también se había ido transformando físicamente. Sus ojos se agrandaron poco a poco, su cabeza adquirió progresivamente mayor volumen y más redondez, su hocico se fue achatando…
La evolución de la morfología facial de las princesas de Blancanieves (1937), La Cenicienta (1950), La bella durmiente (1959), La Bella y la Bestia (1991), Enredados (2010) y Frozen (2013). Imágenes: Disney.
Gould, que incluso pormenorizó con un gráfico la transformación del cráneo del ratón, llamaba la atención sobre la rigurosidad con la que este proceso se ajustaba al modelo de neotenia propuesto por Lorenz unas décadas antes, aunque aportaba algunas conclusiones más modernas que las del austríaco. La primera y más evidente, que debemos pensar en la neotenia como algo que los seres humanos sencillamente desencadenamos a nuestro alrededor, que no es algo que tenga efecto solamente en el contexto de biología. Y la segunda, que las criaturas neoténicas, hablando estrictamente, no adquieren aspecto humano. Adquieren aspecto infantil. Y si los seres humanos asociamos ese aspecto con nosotros mismos es porque nosotros mismos somos una especie neoténica. El ser humano, ya lo sabrá usted, es la primera especie domesticada de todas.
Stephen Jay Gould murió en 2002, el mismo año en el que se estrenó Star Wars: Episodio II – El ataque de los clones. Es una lástima. Eso que había descrito en Mickey Mouse y que más tarde se contrastó con multitud de ejemplos más (las muñecas Barbie, las princesas de Disney, Los Simpson… la lista es interminable) todavía no había empezado a ocurrir en la saga creada por George Lucas. Eso empezó después, a partir de 2012, cuando Disney compró Lucasfilm y se propuso amortizar su precio desorbitado haciendo una película al año. Desde entonces, las nuevas criaturas de la Star Wars, tanto droides como seres vivos, tienden presentar estas mismas características: ojos cada vez más grandes, cabezas cada vez más redondeadas y voluminosas y cuerpos cada vez más empequeñecidos. Están sufriendo neotenia. Cada vez se parecen más y más a los bebés.
Algunos de los personajes incorporados a la saga de Star Wars en el curso de la trilogía más reciente. Fotografías: Disney.
Quizá recuerde usted lo que pasó en noviembre de 2019, cuando el mundo tenía menos problemas que ahora, y Baby Yoda apareció por sorpresa en el primer capítulo de la primera temporada de The Mandalorian. Quizá esté de acuerdo con nosotros en que aquello no puede calificarse como éxito, porque fue más que eso. Fue un auténtico delirio. Y quizá este pequeño vistazo al asunto de la neotenia le ayude a comprender que eso, a fin de cuentas, no debe extrañar tanto. Baby Yoda no es, siquiera, lo que ocurre después de sufrir un proceso de neoténico; es lo que se obtiene de aplicarlo a un bebé, de rascar con denuedo el fondo del barril. Orejas inmensas, ojos gigantescos y un cuerpecito chiquitín, chiquitín, envuelto invariablemente en un hábito que tiene aspecto de mantita. Hasta vive en un huevo. Abra Instagram, busque un filtro de esos que confieren rasgos de niño a los adultos y utilícelo para hacer una foto a un bebé disfrazado de abeja emergiendo de un repollo en una fotografía de Anne Geddes. Eso es Baby Yoda.
Si todo esto es bueno o malo, eso ya usted dirá. Nosotros vamos a esperar un poco más antes de poner el Funko en la estantería. Preferimos esperar a que progrese The Mandalorian (que es una serie estupenda, pero todavía no ha eclosionado) y descubrir si Baby Yoda deja de ser un instrumento de extorsión emocional y se convierte en un auténtico personaje. Usted es libre de trazar ya sus propias conclusiones, solo faltaba, y si son al favor del muñeco, un consejo: no se culpe demasiado. Tiene de su parte a la etología, a la antropología y, más importante todavía, a Werner Herzog.