lunes, 6 de septiembre de 2021

Así es la paradoja de Fermi: ¿estamos o no estamos solos en el universo?

 Recientemente, el rover Curiosity de la NASA que se encuentra rastreando Marte desde 2012, ha detectado una fuente misteriosa de metano, un gas producido usualmente por microbios, es decir, seres vivos. Por lo que de demostrarse podría ser una de las primeras evidencias de que hubo vida en otros planetas. Esto sólo se ha encontrado en el planeta vecino, sin embargo, hemos de tener en cuenta que nos encontramos en una galaxia con alrededor 400.000 millones de estrellas, las cuales podrían tener uno o más planetas, y que existen otras 2 billones de galaxias, aproximadamente. 

Por tanto, podría resultar egocéntrico pensar que, de entre todas las galaxias, estrellas y planetas que existen en todo el universo, el ser humano esté completamente solo. Así se lo planteó Enrico Fermi, físico italiano y uno de los científicos más notables del siglo XX, que trató de responder a la pregunta “¿Somos los seres humanos la única civilización avanzada en el Universo?”.

El planteamiento comienza en pleno desarrollo del Proyecto Manhattan, con el que se pretendía crear la primera bomba atómica estadounidense. Enrico Fermi mantenía una conversación informal con varios amigos sobre los extraterrestres cuando le surgió la pregunta: “¿Dónde están?”. El científico se planteó esta cuestión al notar la evidente contradicción entre la posibilidad teórica de que existiera vida inteligente y la falta de evidencia de la misma. De hecho, una formulación más completa de la paradoja de Fermi es: 

“Las características del universo, en cuanto a tamaño y edad, sugieren que deberían existir muchas civilizaciones tecnológicamente avanzadas. Sin embargo, esta hipótesis contradice nuestras observaciones al no encontrar evidencia alguna de ellas.”

Unos años después, en 1961 concretamente, Frank Drake, que entonces era presidente del instituto SETI (Search for ExtraTerrestrial Intelligence), llevó más allá la paradoja de Fermi. Desarrolló una ecuación con la que pretendía estimar la cantidad de civilizaciones que existirían en la Vía Láctea, teniendo en cuenta factores biológicos, tecnológicos y astronómicos. Sin embargo, al no contar con parámetros precisos con los que llevar a cabo la Ecuación de Drake (el cálculo requiere conocer ciertas cifras como cantidad de planetas con vida inteligente o el número total de estrellas capaces de albergar planetas) no es posible resolver con exactitud la ecuación. Aún así, al existir rangos estimados de esas cifras, los físicos han sustituido los números exactos de los valores desconocidos de la ecuación por un rango, obteniendo como resultados diferentes aproximaciones teóricas. 

Soluciones a la paradoja de Fermi

Conocemos que existen aproximaciones, tanto optimistas como pesimistas, sobre la cantidad de civilizaciones que podrían existir en la galaxia. Pero entonces, regresando a la pregunta que se hizo Enrico Fermi, ¿por qué nunca hemos encontrado evidencias o señales de la existencia de otras civilizaciones inteligentes? Existen multitud de planteamientos que se han propuesto desde hace años y que podrían dar respuesta a esta paradoja. Algunas de esas soluciones son:

  • Realmente estamos solos. La ecuación de Drake no contempla la posibilidad de que las civilizaciones nacen y mueren y estas no tienen por qué solaparse en el mismo espacio y tiempo. Por esta razón, cabe la posibilidad de que las próximas civilizaciones inteligentes no se hayan creado o ya hayan muerto, por lo que estaríamos completamente solos en el universo.
  • La hipótesis del zoo. Los extraterrestres mucho más avanzados que nosotros existirían y nos estarían vigilando, pero no tendrían ningún tipo de interés en comunicarse con nosotros. Se trata de una hipótesis que contempla la posibilidad de que las civilizaciones inteligentes saben de nosotros pero se ocultan para no interferir en nuestro desarrollo. 
  • Se comunican con nosotros pero no les entendemos. Esta solución la propuso Edward Snowden, consultor tecnológico, en 2015, estableciendo la posibilidad de que existiría una civilización extraterrestre que estuviera intentado comunicarse con nosotros, pero el ser humano fuera incapaz de decodificar los mensajes.

Además de estas tres hipótesis, existen multitud de situaciones hipotéticas que podrían dar solución a la paradoja de Fermi y se desarrollarán muchas más con el paso de los años, hasta que una encaje científicamente y dé respuesta a la pregunta de Enrico Ferni: “¿Dónde están?”.

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El primer animal que habitó la Tierra, ¿unas esponjas de hace 890 millones de años?

 Unas esponjas marinas emparentadas con las que se usan en la ducha podrían ser los primeros animales que habitaron la Tierra. En una investigación publicada en la prestigiosa revista Nature datan los restos hallados en unas montañas del noroeste de Canadá en unos 890 millones de años. Esto supone anticipar la aparición de los metazoos (reino Animalia) en 350 millones. El hallazgo es cuestionado por unos, pero apoyado por otros.

La investigadora de la Universidad Laurentiana (Canadá) Elizabeth Turner lleva casi 30 años estudiando capas y capas de las Montañas Mackenzie, en el noroeste americano. Ahora están a casi 3.000 metros de altura, pero durante millones de años estuvieron debajo del mar. Su mayor interés lo ha puesto en la zona llamada Little Dal. Con un grosor de 500 metros y una decena de kilómetros de diámetro, lo que hoy parece piedra, eran en realidad unos arrecifes formados por calcimicrobios, microorganismos calcáreos fosilizados. Entonces, toda la vida que había en la Tierra eran microbios como estos y algas microscópicas.

Ahora, en los márgenes de estos arrecifes, Turner ha encontrado otro material fosilizado con una estructura que no le cuadraba con las bacterias y sí con otra nueva forma de vida. “No son como los habituales fósiles que uno podría ver en un museo, como conchas y exoesqueletos; no son partes duras mineralizadas creadas por los animales durante su vida. Al contrario, lo que se conserva son pequeñas masas que contienen una red microscópica de pequeños túbulos que se unen entre sí [anastomosis]. Es la complejidad de la malla tridimensional lo que resulta tan inusual y complejo para rocas de esa edad”, dice. “El patrón de ramificación y reunión de esta red es bastante distintivo: es diferente a los tipos de ramificación conocidos de otros tipos de organismos que podrían haber estado presentes, como bacterias, algas e incluso hongos. Pero es casi idéntico a las mallas que se han descrito de fósiles de esponjas más recientes y a los esqueletos esponjosos de las demosponjas actuales”, añade.

“El patrón de ramificación y reunión de esta red es diferente a los tipos de ramificación conocidos de otros organismos que podrían haber estado presentes, como bacterias, algas e incluso hongos. Pero es casi idéntico a las mallas que se han descrito de fósiles de esponjas más recientes”
ELIZABETH TURNER, AUTORA DEL ESTUDIO PUBLICADO EN 'NATURE'

Hay un elevado consenso científico sobre las esponjas marinas (poríferos) como los primeros animales que habitaron la Tierra. Como lo hay al considerarlas los ancestros de toda las formas de vida que hoy forman el reino Animalia, desde peces hasta aves, pasando por mamíferos, moluscos o reptiles. Pero no aparecen en el registro fósil hasta hace unos 540 millones de años. Así que el hallazgo de Turner implicaría retrasar el reloj de la emergencia animal en 350 millones de años, hasta la era neoproterozoica.

Pero la cosa no es tan sencilla. Lo recuerda Martin Dohrmann, biólogo evolutivo de la Universidad de Múnich (Alemania) cuando dice que “la interpretación de estas estructuras como esponjas es ciertamente controvertida y no será universalmente aceptada por la comunidad científica”. Pero de lograrlo, “también significaría que el antepasado de todos los animales modernos tenía una anatomía muy similar a una demosponja queratosa, lo que de hecho sería un hallazgo verdaderamente notable”, añade Dohrmann, para el que esto supondría que las demosponjas modernas “podrían considerarse como una especie de fósiles vivientes”. Sin embargo, el científico alemán insiste en que habría que descubrir “más y mejor conservadas estructuras como estas en diferentes localizaciones y estratos neoproterozoicos para determinar sus verdaderas afinidades”.

Aún más dudas tiene el biólogo de la Universidad de Lausana (Suiza) Jonathan B Antcliffe, cuya carrera científica está centrada en la aparición y evolución de las esponjas. “Su interpretación es incorrecta. Se trata de microbialitos [acumulación de material microbiano mineralizada y petrificada]. No ha demostrado ninguna de las características diferenciales de las esponjas. Y estos fósiles son tubos sin rasgos distintivos. Cualquier forma de vida puede hacer tubos sin características distintivas”, opina. “Los fósiles se encontraron con muchos fósiles microbianos, así que probablemente también lo sean”, añade. Entre esos detalles que echa en falta Antcliffe están la ausencia de espículas, como pinchos o ramitas que destacan de la estructura o huellas de los característicos poros de las esponjas.

“La interpretación de estas estructuras como esponjas es ciertamente controvertida y no será universalmente aceptada por la comunidad científica”
MARTIN DOHRMANN, BIÓLOGO EVOLUTIVO DE LA UNIVERSIDAD DE MÚNICH

A favor de las conclusiones de la investigación publicada en Nature está el investigador de la Universidad de Gotinga (Alemania) Joachim Reitner. Este geobiólogo se ha especializado en estudiar los microbialitos, como es el caso de los arrecifes de Little Dal. Reitner, que ha revisado el artículo de la científica canadiense antes de su publicación, está convencido de que “lo que ha encontrado Liz Turner son restos de esponjas keratosas”. Y añade: “Necesitaría todo un artículo científico para recoger todos los argumentos que me hacen creer que se trata de restos de demoesponjas”.

Así que la clave de la polémica no está en la datación, que es correcta, sino en saber si esas marcas de unas pocas micras fosilizadas (ver imagen arriba) son de las primeras esponjas. La propia Turner es muy prudente y reconoce tener sus propias dudas: “Sí, es posible que haya otra explicación, algo desconocido, que aún no hemos encontrado, así que no quiero dar a entender que esta es la última palabra. Pero creo que la similitud realmente sorprendente de la malla de 890 millones de años con la de los fósiles de esponja más recientes y las esponjas modernas es una analogía convincente”. Y concluye: “Mi propósito ahora que finalmente estaba lista para presentar este material era ofrecer una nueva perspectiva posiblemente interesante y posiblemente importante sobre la cuestión de la evolución inicial de los animales; ahora le toca a la comunidad científica discutir”.

Hallada la primera evidencia de vapor de agua en Ganímedes

La luna de Júpiter, Ganímedes, es la luna más grande y el noveno objeto de mayor tamaño del sistema solar. Este satélite joviano contiene más agua que todos los océanos de la Tierra, sin embargo, las temperaturas en él son tan frías que el agua en la superficie se congela situando sus océanos a aproximadamente unos 160 kilómetros por debajo de su corteza helada. Hasta ahora que sepamos, el agua es una condición indispensable para la vida tal y como la conocemos. Es por ello que la identificación de agua líquida en otros mundos es crucial en la búsqueda de planetas o satélites habitables más allá de la Tierra, y ahora, por primera vez, se ha encontrado evidencia de una atmósfera de agua sublimada en la luna helada Ganímedes.Todo comenzaría en el año 1998,cuando el Espectrógrafo de Imágenes del Telescopio Espacial Hubble-STIS-, tomó las primeras imágenes en el espectro ultravioleta -UV- de Ganímedes, las cuales revelaron un patrón particular en las emisiones observadas en la atmósfera de esta luna. Así Ganímedes mostraba unas bandas aurorales algo similares a las observadas en la Tierra y otros planetas con campos magnéticos. por lo que estas imágenes fueron una evidencia de que Ganímedes, al igual que planetas como el nuestro, poseía un campo magnético permanente

Por aquel entonces, en el año 1998, estas similitudes entre las dos observaciones en el ultravioleta se explicaron por la presencia de oxígeno molecular -O2- en ambas atmósferas. Del mismo modo, las diferencias se explicaron por la presencia de oxígeno atómico - O- en la luna joviana, el cual afectaría al color de su espectro.

Sin embargo en el año 2018, como parte de un gran programa de observación para apoyar la misión Juno de la NASA , Lorenz Roth, del KTH Royal Institute of Technology de Estocolmo, en Suecia, dirigió un equipo que se propuso capturar los espectros en el ultravioleta de Ganímedes con un nuevo instrumento instalado en el año 2009 en el telescopio espacial, el Espectrógrafo de Orígenes Cósmicos -COS-, y con el cual midieron de nuevo la cantidad de oxígeno atómico. Posteriormente llevaron a cabo un análisis combinado de los nuevos espectros tomados en 2018 por el COS y las imágenes de archivo del instrumento STIS tomadas en 1998 y 2010. Para su sorpresa, y en contraste con las interpretaciones originales de los datos de 1998, descubrieron que apenas había oxígeno atómico en la atmósfera de Ganímedes, lo que significaba que debía existir otra explicación para las aparentes diferencias entre las imágenes en ultravioleta de las auroras.

Agua en forma gaseosa en Ganímedes

La temperatura de la superficie de Ganímedes varía mucho a lo largo del día. De este modo, alrededor del mediodía, cerca del ecuador, la temperatura puede aumentar lo suficientemente como para que la superficie de esta luna de hielo libere pequeñas cantidades de moléculas de agua en un proceso físico conocido como sublimación, por el cual una sustancia cambia de estado sólido a gaseoso sin pasar por el estado líquido. De hecho, lo que el equipo de Roth descubrió, es que las diferencias percibidas entre los espectros ultravioleta de nuestro planeta y Ganímedes están directamente correlacionadas con el lugar donde se esperaría encontrar agua en la atmósfera de la luna joviana.

Ganímedes fotografiada en 1996 por el Telescopio Espacial Hubble

Ganímedes fotografiada en 1996 por el Telescopio Espacial Hubble

Foto: ESA/Hubble, NASA, J. Spencer

“Inicialmente solo se había observado el O2”, explica el científico. “Esto se produce cuando las partículas cargadas erosionan la superficie del hielo. El vapor de agua que ahora hemos medido se origina en la sublimación del hielo, causada por el escape térmico del vapor de H2O, es decir, la pérdida de gases hacía el espacio exterior debido a las altas temperaturas de las regiones cálidas y heladas”, añade.

Este hallazgo agrega nuevas expectativas a la próxima misiónJUpiter ICy moons Explorer -JUICE- de la Agencia Espacial Europea, la primera misión de gran calado de programa Cosmic Vision de la ESA para el periodo 2015-2025. Programado su lanzamiento para el año 2022 y con llegada a Júpiter en 2029, JUICE pasará al menos tres años realizando observaciones detalladas de Júpiter y tres de sus lunas más grandes, poniendo especial énfasis en Ganímedes como cuerpo planetario y potencial mundo habitable. De hecho, Ganímedes ha sido seleccionado para una investigación detallada debido a que se establece como un laboratorio natural para el análisis de la naturaleza, la evolución y la habitabilidad potencial de los mundos helados en general, así como por el papel que desempeña dentro del sistema de satélites galileanos, ya que sus interacciones magnéticas y de plasma con todo el sistema joviano -Júpiter y sus lunas- se muestran únicas.

"Nuestros resultados pueden proporcionar a los equipos de instrumentación de JUICE una información muy valiosa a la hora de refinar las futuras observaciones, y así optimizar el uso de la nave espacial", detalla Roth. "Comprender el sistema joviano y desentrañar su historia, desde su origen hasta la posible aparición de entornos habitables, nos proporcionará una mejor comprensión de cómo se forman y evolucionan los planetas gigantes gaseosos y sus satélites", continúa. Además, es de esperar que encontremos nuevos conocimientos sobre las condiciones para el potencial surgimiento de vida en sistemas exoplanetarios similares a Júpiter", sentencia.

El extraño núcleo de Saturno: enorme, fluido y constante en movimiento

 A partir de datos sismográficos de sus anillos, un estudio sugiere que su parte central ocupa un 60 % del radio del planeta, frente al 10 % o 20 % habitual. Además, tampoco posee la típica delimitación entre su parte líquida y sólida, por lo que se mueve constantemente. El de Júpiter podría ser similar

  • por Neel V. Patel | traducido por Ana Milutinovic
  • 30 Agosto, 2021

Con sus anillos masivos extendiéndose en un diámetro de 281.635 kilómetros, Saturno es un planeta único en su tipo en el sistema solar. Y ahora resulta que su interior también es bastante excepcional, según un estudio publicado en Nature Astronomy, que sugiere que el sexto planeta desde el Sol tiene un núcleo "difuso" que se mueve.

Se trata de un hallazgo bastante sorprendente. "La imagen convencional de la estructura interior de Saturno o Júpiter es la de un núcleo compacto de materia rocosa o helada, rodeado por una envoltura de menor densidad de hidrógeno y helio", explica el científico planetario de Caltech (Instituto de Tecnología de California, EE. UU.) y coautor del nuevo estudio Christopher Mankovich, junto con su colega Jim Fuller.

Lo que Mankovich y Fuller descubrieron "era básicamente una versión borrosa de esa estructura convencional". En vez de detectar una delimitación fija que divide las rocas más pesadas y el hielo de los elementos más livianos, encontraron que el núcleo oscilaba de tal modo que no había una separación única y clara.

Este núcleo difuso se extiende hasta aproximadamente el 60 % del radio de Saturno, una parte enorme frente a un núcleo tradicional, que ocuparía del 10 % al 20 % del radio del planeta.

Uno de los aspectos más fascinantes es que los hallazgos no se obtuvieron midiendo el núcleo directamente, algo que nunca hemos podido llevar a cabo. En cambio, Mankovich y Fuller recurrieron a datos sismográficos sobre los anillos de Saturno recopilados por primera vez por la misión Cassini de la NASA, que había explorado el sistema de Saturno entre 2004 y 2017.

"Saturno suena como una campana prácticamente en todo momento", afirma Mankovich. A medida que el núcleo se tambalea, crea perturbaciones gravitacionales que afectan a los anillos circundantes, generando "ondas" sutiles que se pueden medir. Mientras el núcleo del planeta oscilaba, Cassini pudo analizar el anillo C de Saturno (el segundo bloque de anillos desde el planeta) y medir el pequeño pero consistente "campanilleo" gravitacional causado por el núcleo.

Mankovich y Fuller observaron los datos y crearon un modelo para la estructura de Saturno que explicaría estas ondas sismográficas, y el resultado es un interior difuso. "Este estudio es la única evidencia directa hasta la fecha de una estructura central difusa en un planeta fluido", asegura Mankovich.

Mankovich y Fuller creen que la razón por la que la estructura se mueve es que las rocas y el hielo cerca del centro de Saturno son solubles en hidrógeno, lo que permite que el núcleo se comporte como un fluido en vez de un sólido. Su modelo sugiere que el núcleo difuso de Saturno contiene rocas y hielo que suman más de 17 veces la masa de toda la Tierra, por lo que hay una gran cantidad de material tambaleándose.

Un núcleo difuso podría tener algunas consecuencias importantes sobre el funcionamiento de Saturno. La más significativa es que estabilizaría parte del interior contra el calor convectivo, que de otro modo agitaría el interior de Saturno con turbulencias. De hecho, esta influencia estabilizadora da lugar a las ondas de gravedad internas que influyen en los anillos de Saturno. Además, el núcleo difuso explicaría por qué las temperaturas de la superficie de Saturno son más altas de lo que sugerirían los modelos convectivos tradicionales.

Aun así, Mankovich reconoce que el modelo está limitado en algunos aspectos importantes. No puede explicar lo que los científicos han observado sobre el campo magnético de Saturno, que es extraño en muchos sentidos(por ejemplo, presenta una simetría casi perfecta en su eje, lo cual es bastante inusual). Fuller y Mankovich esperan que las futuras investigaciones puedan definir el interior más claramente y dar pistas a los científicos sobre cómo el núcleo del planeta podría afectar su campo magnético.

También esperan que la misión Juno de la NASA pueda revelar un núcleo difuso similar dentro de Júpiter. Eso contribuiría considerablemente a aclarar las sospechas de que cuando se forman planetas gigantes, el proceso crea gradientes de material de forma natural en lugar de núcleos definidos y sólidos. Algunas investigaciones que utilizan los datos de gravedad recopilados por Juno también parecen apoyar esta idea.

Energía oscura:

 Aproximadamente, solo el 4 % de toda la materia del universo resulta visible para nosotros y está compuesta de protones, neutrones y electrones. Es decir, el tipo de materia que forma las estrellas, los planetas, los soles, los seres vivos… 

También forma toda la tabla de los elementos, y naturalmente, el hidrógeno, el elemento más abundante del Universo conocido, y el helio, que es el segundo. Sin embargo, hasta aquí, solo hemos explicado el 4 % del universo. ¿De qué está hecho el resto?

Energía y materia oscuras

Toda la materia restante, es decir, prácticamente todo el universo, es invisible. Nunca la hemos visto, nunca la hemos tocado, no sabemos dónde está, ni mucho menos tenemos una ligera idea de cómo llegar hasta ella. No sabemos qué aspecto tiene ni cómo se comporta. Ignoramos qué hace exactamente. Toda ella es pura conjetura. Concretamente, esta parte del universo está hecha de energía oscura (73 %) y materia oscura (23 %). 

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La energía oscura es una forma hipotética de materia que estaría presente en todo el espacio, produciendo una presión negativa y que tiende a incrementar la aceleración de la expansión del Universo, resultando en una fuerza gravitacional repulsiva. 

Es decir, casi todo el universo está hecho de algo que no entendemos demasiado. Solo sabemos que el universo se está expandiendo cada vez más deprisa, y que ello tiene que ser resultado de la energía oscura, tal y como sugieren las observaciones de supernovas muy lejanas realizadas por Supernova Cosmology Project en el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley. 

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La energía oscura es muy poco densa, y no interatúa con las fuerzas del universo, excepto con la gravedad. Acerca de su composición solo se dispone de un puñado de hipótesis. Algunos teóricos piensan que la energía oscura y la aceleración cósmica son un fallo de la relatividad general en escalas muy grandes, mayores que los supercúmulos. Pero un científico honesto, ante la pregunta «¿de qué está hecha la energía oscura?», debería sencillamente levantar los hombros.

La energía oscura puede convertirse en materia oscura cuando es golpeada por partículas bariónicas, conduciendo así a excitaciones como de partículas en algún tipo de campo dinámico, conocido como quintaesencia. La quintaesencia difiere de la constante cosmológica en que puede variar en el espacio y en el tiempo. 

La consecuencia más directa de la existencia de la energía oscura y la aceleración del universo es que este es más antiguo de lo que se creía. Si se calcula la edad del universo con base en los datos actuales de la constante de Hubble, se obtiene una edad de 10 000 millones de años, menor que la edad de las estrellas más viejas que es posible observar en los cúmulos globulares, lo que crea una paradoja insalvable

Los nuevos elementos químicos que quizá no existían cuando estudiaste la tabla periódica

 En la tabla periódica hay 118 elementos, de los cuales, 30, se pueden comprar en tiendas, como el helio o el hierro. Otros 12 se pueden obtener desmontando objetos cotidianos, como una pequeña muestra de americio en un detector de humo. 

En la parte inferior de la tabla periódica hay una gran cantidad de elementos raros llamados elementos transuránicos. Durante mucho tiempo, muchos de ellos tuvieron nombres de referencia como unununio, aunque poco a poco se les ha ido asignando nombres definitivos. 

La mayoría de estos elementos no existen de forma permanente y se generan en aceleradores de partículas. Muchos duran apenas unos pocos minutos antes de desaparecer. Por ejemplo, si tenemos 100.000 átomos de livermorio (elemento 116), transcurrido un segundo solo nos quedaría 1 átomo. Y más tarde, nada. 

4 nuevos hallazgos

Por eso es posible que, en una fecha tan reciente como 2014, se confirmara oficialmente la existencia de un nuevo elemento de la tabla periódica. Se bautizó como ununseptio y se ha convertido así en el elemento número 117. Es también el segundo elemento más pesado del mundo, un 40% más que el plomo.

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Última versión de la tabla periódica (en inglés), de enero de 2016.

El ununseptio ha sido sintetizado por un grupo de físicos del centro de investigación sobre iones pesados de Alemana GSI, en Darmstadt, empleando un acelerador lineal. Si bien en el año 2010 ya había sido sintetizado por investigadores rusos y norteamericanos de la Universidad de Dubna, cerca de Moscú, para ser reconocido e incorporado a la tabla periódica la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada (IUPAC) se exige que el nuevo elemento sea sintetizado, como mínimo, en dos laboratorios independientes. 

Para sintetizar en esta última ocasión el ununseptio se hizo colisionar núcleos de calcio-48 contra berkelio-249. Al fusionarse ambos núcleos se obtiene el elemento 117. Se encuentra en la penúltima columna de la tabla periódica, junto a los halógenos (flúor, cloro, bromo, yodo y astato). 

Luego llegó elemento número 118, el ununoctio, también llamado eka-radón. En 1999, investigadores del laboratorio Lawrece Berkeley creyeron haberlo encontrado. Más tarde, investigadores japoneses y alemanes no lograron reproducir el experimento, y uno de los quinces científicos de Berkeley que formaban parte del proyecto tuvo que admitir que se había inventado los datos iniciales. Así que el ununoctio se detectó por primera vez (ésta vez de verdad) en 2002, pero la segunda vez, en 2006, no resulta convincente del todo para la IUPAC, así que aún no se pudo incorporar a la tabla periódica. 

La razón de que el elemento sea tan elusivo es que resulta muy radiactivo e inestable. El ununoctio está en la misma columna que los gases nobles (helio, neón, argón, criptón, xenón y radón), pero no se sabe aún si es un gas noble: quizá pueda ser un sólido bajo condiciones normales de presión y temperatura. Lo más interesante es que el ununoctio es más pesado aún que el copernicio. 

Finalmente, el 30 de diciembre de 2015, la IUPAC anunció la verificación del oganesón. El nuevo elemento fue así llamado en español (con la terminación –ón tónica) siguiendo el criterio ortográfico de denominación de los gases nobles (neón, xenón…). Fue nombrado así en honor al físico ruso, Yuri Oganesián.

En total, pues, tenemos varios elementos nuevos aunque efímeros: el elemento 113, conocido también como «ununtrium», que, junto al 115 («ununpentium»), 117 («ununseptium») y 118 («ununoctium»), conforman los cuatro elementos descubiertos en años anteriores e incorporados a la tabla periódica a partir del 30 de diciembre de 2015.

El 113 pasaría a llamarse nihonio, que significa «la tierra del sol naciente», y tendría el símbolo (Nh). El 115 se llamaría moscovio (Mc) y el 117, tenesina (Ts). Por último, el elemento 118, como ya se ha dicho, se llama oganesón (Og).

Por qué tenemos los ojos negros, marrones, azules o incluso violetas:

 A pesar de la fascinación que nos causan los diferentes colores de los ojos humanos en realidad la explicación que subyace es bastante simple. El color de los ojos se debe a dos tipos de pigmento: eumelanina (marrón-negro) y fenomelanina (rojo). 

Así, en los ojos oscuros hay mucha eumelanina y en los claros, poca. Es decir, que si los ojos se ven azules es por las fibras de colágeno blanco en el tejido conectivo del iris, que dispersan la luz y hacen que el iris se vea azul. A su vez, las diferentes tonalidades de marrón, azul y verde son determinadas por el grosor y densidad del iris y el grado de acumulación de las fibras de colágeno blanco.

Herencia y genes

El concepto de «gen», que también le era desconocido a Charles Darwin, fue desarrollado por un monje de Moravia llamado Gregor Mendel, que por aquellas fechas (1856), inició una serie de experimentos en el jardín del monasterio agustino de St. Thomas de Brünn, actualmente en Brno, República Checa. Su título de padre fundador de la genética moderna no es nada exagerado si tenemos en cuenta que, de resultas de aquellos experimentos, Mendel fue capaz de concebir más de 29 000 especies de guisantes. 

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Para lograrlo, cruzó, por ejemplo, especies de guisantes que siempre producían semillas redondeadas con especies que producían semillas arrugadas o las plantas de tallos largos con las plantas de tallos cortos, y así con otras muchas características. 

Lo que descubrió Mendel es que, a diferencia de lo que creía Darwin, las características de los guisantes descendientes no era una mezcla de las características de los dos guisantes originales, sino que solo aparecía uno de los rasgos, que predominaba frente a los demás. 

También descubrió que algunas características que no aparecían en una generación podían aparecer en la siguiente. De este modo, Mendel concluyó que existían «factores» de emparejamiento dominantes y recesivos (lo que ahora conocemos como genes dominantes y genes recesivos). 

Pero ahora sabemos que las cosas son bastante más complicadas. Volvamos a los ojos: una pareja en la que ambos tengan ojos azules, por ejemplo, no tendrá necesariamente hijos con ojos azules, porque hay más de un gen dedicado a regular el cromatismo ocular. 

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El 75 por ciento depende de un gen llamado OCA2 (albinismo oculocutáneo tipo 2), responsable de controlar la cantidad de pigmento fabricada en el iris, amén de que la expresión de este gen depende de cambios en una única letra del ADN en tres regiones diferentes, y hay otras regiones específicas para el color verde y… en, fin, que toda esta enorme complejidad da como resultado un ojo con diferentes texturas y matices al que simplificadamente llamamos «ojos azules» u «ojos marrones» como si a un cuadro impresionista lo definiéramos como un montón de manchas.

La rareza de los ojos azules

Todas las personas de ojos azules en el planeta son descendientes de un único europeo que vivió hace unos 6 000 a 10 000 años, y que fue el primero en desarrollar una mutación específica que da cuenta de la coloración del iris, ahora generalizada. Originalmente, todos los seres humanos tenían los ojos marrones, aunque una variación genética en un gen llamado OCA2, que cambió la cantidad de pigmento encontrado en diferentes individuos, dio lugar a los diferentes tonos de marrón. 

Sin embargo, el color azul responde a otro gen, el HERC2. La alteración en HERC2 hace que el gen OCA2, que determina la cantidad de pigmento, ‘se apague’. Aunque la identidad del mutante inicial sigue siendo un misterio, los restos de la primera persona de ojos azules datan de hace 7 000 años, un esqueleto que fue descubierto en España: un hombre que vivía en una cueva y que era de piel oscura. 

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No conservamos sus ojos, obviamente, pero un análisis genético de sus huesos reveló que esa persona es, hasta la fecha, el humano con los ojos azules más primitivo de la historia. Ahora, el 10% de la población tiene los ojos azules. Son relativamente frecuentes en Europa, habiendo zonas en los países nórdicos y del este en las que la gran parte de la población tiene los ojos de este color. Sólo un 3% de la población mundial tiene los ojos verdes.

Así pues, todas las personas tenían ojos marrones hasta que una mutación genética en el gen OCA2 desencadenó un proceso que literalmente «apagó» la capacidad de producir el color marrón en el iris.

También hay personas con los ojos de color violeta, como los de la actriz de cine Liz Taylor. Este color, en realidad, se produce debido a una mezcla de tonos rojos con reflejos azules, que dan como resultado un "irreal" azul muy intenso. Es frecuente en personas afectadas de albinismo, aunque también se han dado casos en otras personas que no padecen esta condición.

Así de fascinante, además de pedestre, es el color de nuestros ojos: unos simples genes, una mezcla de pigmentos, y el resultado único en cada lienzo.