Plutón es un planeta complejo y misterioso con montañas, valles, llanuras, cráteres y quizás glaciares. Descubierto en 1930, Plutón fue considerado durante mucho tiempo el noveno planeta de nuestro sistema solar. Pero después del descubrimiento de mundos intrigantes similares más profundos en el lejano Cinturón de Kuiper, el helado Plutón fue reclasificado como un planeta enano.
Tiene en órbita cinco lunas conocidas, la más grande de las cuales es Caronte. Caronte tiene aproximadamente la mitad del tamaño de Plutón, lo que lo convierte en el satélite más grande en relación con el planeta que orbita en nuestro sistema solar. Plutón y Caronte se conocen a menudo como un «planeta doble».
Plutón recupera la categoría de planeta
Plutón fue descubierto el 18 de febrero de 1930 por el astrónomo estadounidense Clyde William Tombaugh desde el Observatorio Lowell en Arizona, y fue considerado el noveno y más pequeño planeta del sistema solar durante décadas, pero su pertenencia al grupo de planetas del sistema solar fue siempre objeto de controversia entre los astrónomos.
Incluso, durante muchos años existió la creencia de que Plutón era un satélite de Neptuno que había dejado de ser satélite por el hecho de alcanzar una segunda velocidad cósmica. Sin embargo, esta teoría fue rechazada en la década de 1970.
Estoy aquí para decirles que, como administrador de la NASA, creo que Plutón es un planeta
En 2006, la Unión Astronómica Internacional, un grupo global de expertos en astronomía estableció una definición de planeta que requería que «limpiase» su órbita de otros objetos, o en otras palabras, que fuera la mayor fuerza gravitacional en su órbita. Como la gravedad de Neptuno influye en su vecino planeta Plutón, y Plutón comparte su órbita con gases congelados y objetos en el cinturón de Kuiper, eso significaba que Plutón estaba fuera de la definición de planeta.
El administrador de la NASA Jim Bridenstine (borrar DICE) anunció que Plutón recuperó la categoría de planeta: «Estoy aquí para decirles que, como administrador de la NASA, creo que Plutón es un planeta», dijo Bridenstine durante una conferencia magistral en el último día del Congreso Internacional de Astronáutica en Washington, D.C., el 25 de octubre de 2019.
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Potencial para la vida
La superficie de Plutón es extremadamente fría, por lo que parece poco probable que la vida pueda existir allí. A temperaturas tan frías, el agua, que es vital para la vida tal como la conocemos, es esencialmente como una roca. Sin embargo, el interior de Plutón es más cálido, y algunos piensan que incluso podría haber un océano en el interior.
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Cinco lunas
Plutón tiene cinco lunas conocidas: Charon, Nix, Hydra, Kerberos y Styx. Este sistema lunar podría haberse formado por una colisión entre Plutón y otro cuerpo de tamaño similar al principio de la historia del sistema solar.
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Atmósfera delgada
Plutón tiene una atmósfera delgada y tenue que se expande cuando se acerca al sol y colapsa a medida que se aleja, de forma similar a un cometa. El componente principal es el nitrógeno molecular, aunque también se han detectado moléculas de metano y monóxido de carbono.
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Gas de nitrógeno
Las llanuras más prominentes observadas en Plutón parecen estar hechas de gas nitrógeno congelado y no muestran cráteres. Estas llanuras muestran estructuras que sugieren convección (gotas de material que circulan hacia arriba y hacia abajo).
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Plutón
Plutón es un planeta enano que se encuentra en el Cinturón de Kuiper, un área llena de cuerpos helados y otros planetas enanos más allá de Neptuno. Plutón es muy pequeño, solo aproximadamente la mitad del ancho de los Estados Unidos y su luna más grande, Caronte, es aproximadamente la mitad del tamaño de Plutón.
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Superficie
Plutón tiene aproximadamente dos tercios del diámetro de la luna de la Tierra y probablemente tiene un núcleo rocoso rodeado por un manto de hielo de agua. Helados interesantes como el metano y la helada de nitrógeno cubren su superficie. Debido a su menor densidad, la masa de Plutón es aproximadamente un sexto de la de la luna de la Tierra.
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Diámetro
Con un radio de 715 millas (1.151 kilómetros), Plutón tiene aproximadamente 1/6 del ancho de la Tierra. Si la Tierra fuera del tamaño de una moneda de cinco centavos, Plutón sería casi tan grande como un grano de palomitas de maíz.
Restos de un cráneo aplastado en el nuevo yacimiento. Foto: Graeme Barker
Una nueva excavación en un conocido yacimiento de neandertales ha dejado al descubierto un nuevo esqueleto de neandertal que aun no había sido descubierto, junto con una prueba de que estos homínidos extintos pueden haber enterrado con flores a sus muertos.
En la década de 1950, el arqueólogo Ralph Solecki descubrió restos y herramientas de neandertales en la cueva de Shanidar, en el Kurdistán iraquí, un hallazgo extremadamente influyente en nuestra comprensión moderna de los neandertales. Uno de los individuos allí encontrados, llamado Shanidar 4, estaba rodeado de polen, y los arqueólogos se preguntaban si los neandertales habían enterrado su cuerpo y habían colocado flores en su tumba intencionadamente. Ahora, nuevas excavaciones con técnicas arqueológicas más modernas han descubierto otro esqueleto de neandertal que parece haber sido enterrado con flores intencionadamente.
“Es muy difícil tratar de inferir lo que realmente pensaban los neandertales”, dijo a Gizmodo Emma Pomeroy, autora del estudio y arqueóloga de la Universidad de Cambridge en Reino Unido. “Pero claramente hay un proceso de pensamiento significativo más allá de querer deshacerse de un cuerpo maloliente”.
La cueva de Shanidar es una gran cueva que hay en las estribaciones de las montañas Bradost en el Kurdistán iraquí. Aquí, de 1951 a 1960, el equipo de Solecki encontró 10 conjuntos de restos de neandertales, tanto de hombres, como de mujeres y niños. El descubrimiento cambió la forma en que pensamos sobre los neandertales; algunos parecían haber vivido con serias discapacidades, demostrando que habían recibido apoyo social y cuidados.
Aunque los restos de Shanidar 4 habían sido encontrados cerca de granos de polen, los arqueólogos cuestionaron la teoría de que el grupo había dado a sus muertos una especie de rito fúnebre: tal vez el polen fuese fruto de una contaminación más reciente (los arqueólogos transportaron los hallazgos de la excavación encima de un taxi), o algún roedor pudo arrastrare las plantas hasta ahí, dijo Pomeroy. Al fin y al cabo, si este grupo de neandertales vivían juntos en una cueva, deshacerse de un cadáver maloliente enterrándolo tiene sentido, sin tener que atribuirle ningún significado simbólico.
La cueva de Shanidar. Foto: Graeme Barker
Más tarde, en 2014, el Gobierno regional kurdo invitó a varios investigadores a excavar una vez más en dicha cueva, aunque la amenaza de ISIS retrasó el proyecto un año. Los investigadores esperaban comprender mejor cómo fueron encontrados los restos de Solecki en la cueva y determinar las fechas de los sedimentos de su alrededor. Lo que no esperaban encontrar era un nuevo neandertal justo al lado del yacimiento original de Shanidar 4.
Los restos comprendían la parte superior del cuerpo de un individuo, entre los que se incluían el cráneo, varias costillas y su mano izquierda, que probablemente seguían en la misma posición del individuo al morir. Los investigadores han determinado que los restos tienen unos 45.000 o 55,000 años de antigüedad, y debido a su colocación, probablemente pertenecía a uno de los neandertales de las excavaciones de Solecki, tal vez a Shanidar 6. También han supuesto que algunos de los huesos podrían pertenecer a otro individuo, según el artículo publicado en Antiquity.
Estos nuevos restos también tenían polen alrededor, y no había madrigueras de roedores cerca de los huesos que pudiesen indicar que habían sido ellos los que hubiesen arrastrado la vegetación. Estas evidencias sugieren, una vez más, que los neandertales de la cueva habían enterrado a sus muertos con flores intencionadamente.
Aun así, el análisis no ha hecho más que comenzar. Pomeroy ha dicho que su equipo espera estudiar la micromorfología del suelo (estudiar de cerca los restos de sedimentos para comprender mejor su contexto), así como hacer análisis más avanzados del polen e incluso análisis de ADN más antiguo.
Nunca sabremos con certeza exactamente qué pensaban los neandertales al enterrar a sus muertos. Pero investigaciones como estas sugieren que eran personas sensibles y artísticas, no torpes y brutos. Todavía hay muchos capítulos de la historia de los neandertales que nos quedan por descubrir.
Hace décadas que las instituciones trabajan para promocionar las vocaciones científicas entre el alumnado preuniversitario. Sin embargo, resulta curioso que la etapa de Educación Infantil (hasta los 6 años) quede fuera de esos esfuerzos. Existen muy pocas prácticas educativas e iniciativas que consideren a la infancia como sujetos de sus estrategias de divulgación.
Las razones son múltiples. Para empezar, el imaginario colectivo ha ido perfilando paulatinamente una idea distorsionada y empobrecida de la infancia, construyendo una percepción puerilizada de la misma: “Las criaturas no entienden nada”.
Este pensamiento está reforzado por el hecho de que la infancia no posee, a estas edades, un dominio instrumental de la lectura, la escritura y el cálculo, lo que supone una dificultad añadida para aprender ciencia. Es un tema que se considera demasiado complejo para las capacidades de aprendizaje del alumnado de Infantil. Por tanto, se aconseja abordarla en etapas posteriores.
Quienes piensan así olvidan que la ciencia es también método, pensamiento crítico e incluso valores. También olvidan que la neurociencia nos muestra la enorme plasticidad que tiene el cerebro a estas edades; revela que, según la estimulación que ofrezcamos a niños y niñas, tendrán una red neuronal más o menos rica. Una persona de 4 años no necesita entender en toda su complejidad la Teoría de la Relatividad General, pero sí es capaz de asumir que la ciencia es capaz de cambiar radicalmente la manera de pensar.
Si es poco frecuente hallar iniciativas de divulgación científica en la infancia, es mucho más difícil encontrar prácticas en las aulas infantiles que divulguen el trabajo de científicas desde una perspectiva de género.
Con esta finalidad, en el grupo de investigación Incide de la Universidad de Córdoba diseñamos el proyecto Infaciencia: de las niñas de hoy a las científicas de mañana, que se desarrolla desde 2017. Con él pretendemos:
Potenciar las vocaciones científicas de las niñas de 3 a 6 años.
Contribuir a crear una imagen de ciencia inclusiva desde la infancia.
Ofrecer referentes de mujeres científicas invisibilizadas y reflexionar sobre los obstáculos que debieron superar por su género.
En estos dos años hemos trabajado con una decena de centros de Educación Infantil, Primaria y Educación Especial, públicos y concertados, de Córdoba y Sevilla. Hemos logrado acercar la ciencia a 513 escolares de 3 a 6 años, y de Educación Especial. El total de participantes, si sumamos padres, maestros y profesores es de 951. Casi un millar de personas de todas las edades, procedentes de colegios, centros de formación del profesorado y la propia universidad, empeñadas en demostrar que se puede contar la ciencia nada más entrar en la escuela.
Nuestro experimento divulgativo ha permitido al alumnado investigar por sí mismo la vida y obra de 15 científicas de campos profesionales que van desde la primatología a la arqueología, pasando por la biología y la química. Tras eso, expusieron sus resultados en el libro gigante Las científicas con ojos de infancia.
Lo más importante es que nos ha permitido poner a prueba metodologías activas de aprendizaje con las maestras y los estudiantes en formación. Hemos obtenido evidencias de que experimentar la ciencia con las criaturas funciona.
Como conclusión, podemos afirmar que los niños y niñas de 3 a 6 años pueden y deben explorar la ciencia. Para ello pueden aprovechar su natural curiosidad y su particular manera de situarse en el mundo, imaginar alternativas creativas y explorar nuevas maneras de conquistar saberes desconocidos.
Hacer indagaciones científicas desde Educación Infantil permite a los más pequeños situarse de manera diferente ante el conocimiento. También adquirir confianza, al comprender que la investigación es una actividad humana, contextual y colectiva. Por tanto, asumirán desde edades tempranas que han de situarse no solo como consumidores del saber, sino que tienen el reto de generar nuevos conocimientos.
En estas edades, que es cuando están definiendo su identidad, no se les puede usurpar el derecho a forjar una concepción de ciencia inclusiva que incorpore el talento femenino. Deben estudiar el valor de las mujeres que han tenido que sortear múltiples obstáculos para ocupar un espacio en la ciencia, tradicionalmente reservado para los hombres. Ofrecer modelos científicos femeninos permitirá seducir a las niñas, al identificarse con mujeres apasionantes que actuarán como modelos. Así les abriremos ventanas para soñar con nuevos horizontes profesionales alejados de normas sociales sexistas.
María José Cocero / Docencia e investigación unidas
Maria José Cocero. Universidad de Valladolid.
Viví el cambio que se produjo con la entrada en vigor de la Ley de Reforma Universitaria, que me abrió la puerta de lo que podía ser la investigación como una vía de desarrollo personal de mis inquietudes. Lo que más me gusta de mi actividad profesional es estar rodeada de estudiantes, con su motivación e ilusión, que siempre tienen la misma edad. Me gusta seguirles en su actividad profesional y ver cómo llegan a desempeñar trabajos relevantes en empresas nacionales e internacionales, centros de investigación y universidades. No concibo que la actividad docente esté separada de la investigadora, pues la visión que te da la investigación permite dar una formación actualizada.
Gloria Rodríguez / El placer de aprender
Gloria Rodríguez Donoso. Universidad de Castilla-La Mancha.
Recuerdo el día en que estrenamos el laboratorio de química del nuevo colegio. Yo tendría 12 años y allí estaban las probetas, las pipetas, los tubos de ensayo y el matraz de Erlenmeyer. Aquel día solo dibujamos, pero creo que fue cuando decidí que iba a ser química. Siempre me gustó aprender y preguntarme cómo funcionaba todo lo que me rodeaba. Por eso cuando terminé la carrera y vi un anuncio para hacer el doctorado en un centro del CSIC no lo dudé. Allí me hablaron de la investigación, del estudio y de la experimentación, de viajar a otros laboratorios y, sobre todo, de aprender. Es cuando decidí que quería ser científica.
Lucía Hipólito / Gozar la ciencia
Lucía Hipólito. Universitat de València.
Ser científica es el mejor trabajo del mundo. En él cada día es diferente; evolucionas, aprendes, interaccionas con muchas personas de diferente procedencia y edad, trabajas en equipo, viajas, te emocionas con tus resultados y resuelves enigmas de la vida. También es un gozo que me hace sentir fenomenal. Mi ego se hincha cuando voy desgranando los porqués y cómos de la neurociencia. Cuando me acuesto y pienso en lo que he hecho a lo largo del día me siento bien. Esto no quiere decir que sea siempre maravilloso pero, ¿es que existe la perfección? Me gusta pensar que con la ciencia cada día estamos más cerca de ella.
Carmen Agustín / Disfrutar contando
Mari Carmen Agustín. Universitat de València.
En mi familia casi nadie tenía estudios universitarios, tal vez por eso mi madre fomentó que yo estudiara. Elegí ciencias porque me parecía (y todo el mundo me lo decía así) que tenía más salidas laborales. Me decanté por biología porque fue la asignatura que se me dio mejor en COU. La neurociencia me eligió a mí: me presenté al examen cinco horas tarde y, al subir al despacho del profesor –que luego sería mi director de tesis– para comprobar que ya no había nada que hacer, me dijo que se había fijado en que lo hacía muy bien y que estaría encantado de que pidiese una beca. Yo tenía 21 años, y aunque no tenía muy claro qué posibilidades tendría, tanto la asignatura como la lectura de Un antropólogo en Marte me habían convencido. La neuro era lo mío. Hoy en día, a mis casi 40 años, sigo disfrutando, como profesora universitaria, no solo de trabajar en ciencia, sino también de contarla.
María Luz Guenaga / Humildad y curiosidad
Maria Luz Guenaga Gómez. Universidad de Deusto.
Ser investigadora no es algo que tuviese planificado. Ha ido surgiendo en mi vida como una forma de trabajar, de hacer las cosas y de mirar el mundo. Para investigar ha sido necesario aprender de la experiencia, de los referentes que me rodean en el día a día y de los que he buscado y encontrado en mi camino. He aprendido que la actitud fundamental de la investigación es la humildad y la curiosidad. Humildad para aceptar todas las cosas que no sabemos y poner en duda aquellas que creemos saber. Curiosidad por querer saber, entender y aprender. La ciencia supone un reto constante que me estimula. También es importante trabajar con las emociones: la frustración porque el proceso es muy lento y el orgullo cuando las cosas avanzan. Soy científica porque me gusta despertarme para ir a trabajar y no saber lo que me espera.
Delfina Roca / Equipo, disciplina y esfuerzo
Delfina Roca. Universidad de Murcia.
Porque no hay mejor carrera para aplicar la creatividad. Soy curiosa por naturaleza y siempre me ha gustado afrontar los problemas e intentar solucionarlos. De eso trata la labor de investigación. Me encanta trabajar en equipo y tengo muy arraigados determinados valores necesarios para esta tarea, como la disciplina y el esfuerzo. Encuentro fascinante indagar para contribuir a que habitemos un mundo mejor. Creo firmemente que la ciudadanía será más libre y culta a medida que asimile y participe de los retos a los que la ciencia puede dar respuesta en la actualidad. Mi mayor vocación y satisfacción es incentivar a los demás, sobre todo cuando se trata de los más jóvenes. Me gusta motivarlos para que afronten desafíos de manera innovadora, así como dotarlos de herramientas para combatir la mediocridad, la demagogia, los estereotipos y las falsas creencias.
Ana María Abril / Pasión y duda
Ana María Abril Gallego. Universidad de Jaén.
La imagen de la investigación como generadora de una verdad única, irrefutable, incomprensible, lejana y sacrificada la aleja de los jóvenes y, sobre todo, de las jóvenes. Esta idea es la antítesis de la realidad. La investigación intenta generar modelos que expliquen el conocimiento que construyen grupos de personas, que dudan, pero que están unidas por la pasión por hacerse preguntas refutables. En la actualidad mi preocupación es dar a mis estudiantes una visión adecuada de la ciencia, porque cuando yo descubrí la naturaleza de la investigación científica fue cuando me apasionó. En ese momento nada me detuvo, ni siquiera escuchar que “estudiar biología no tiene salidas” o que “para qué vas a hacer la Tesis si después irás al paro”. Entender la ciencia como una actividad humana y abarcable fue mi gran motivación. No hay motivación mayor que apasionarte por intentar comprender lo que te rodea.
Marta Macho-Stadler / Investigar es compartir
Marta Macho-Stadler. Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea.
Investigar en matemáticas es un reto constante, un estímulo para seguir aprendiendo, una oportunidad para relacionar conceptos, una ocasión para avanzar en el conocimiento. Preguntarse sobre las posibles generalizaciones de un problema o intentar comprender un resultado desde otro punto de vista ayudan a descifrar los muchos matices que esconde cualquier enunciado matemático. No concibo la investigación sin colaboración. Investigar es compartir, aprender de las personas con las que trabajas, actuar siempre con la mente abierta y, por supuesto, con humildad. Como docente, entiendo que la investigación me ayuda a mejorar mi práctica en el aula, a razonar con mayor soltura, a completar mi cultura matemática y transmitir de esta manera las asignaturas que imparto con mayor perspectiva y rigor.