martes, 31 de enero de 2023

El lóbulo parietal, un potencial aliado en la lucha contra el alzhéime

 Que el cerebro es un órgano fascinante no es un misterio. Para el médico y filósofo griego Hipócrates, era el “trono” de la inteligencia, la experiencia y la conciencia, y quizás estaba en lo cierto. Es la cuna del pensamiento, de la razón y del lenguaje. Es el titiritero que mueve los hilos para que ejecutemos acciones que nos resultan tan sencillas como comernos la entrañable paella de nuestra abuela o correr para coger el autobús. Nos ayuda a discriminar ciertas cualidades sonoras de nuestro entorno y, en definitiva, nos permite disfrutar de la vida.

Desafortunadamente, nada es para siempre y algunas de las áreas cerebrales, como el lóbulo parietal, sufren un deterioro en la enfermedad de Alzheimer. Este lóbulo es el encargado de procesar principalmente información somatosensorial, es decir, maneja datos sobre el tacto, el movimiento y la posición de nuestro cuerpo en relación al espacio. Además, también procesa información cognitiva y multimodal (que procede de distintas modalidades sensoriales).

El lóbulo parietal es tan importante que algunos investigadores señalan que la reducción de flujo sanguíneo en esta zona podría servir como biomarcador para detectar el alzhéimer en sus etapas más tempranas.

Neuroplasticidad en la pérdida de visión

A medida que la persona envejece, los problemas para seguir una conversación en un restaurante ruidoso o para detectar un olor o un sabor se tornan más acuciantes. Sin embargo, el déficit sensorial que se produce con la edad más comúnmente conocido es la pérdida de visión. Esto no es óbice para recordar que tanto los déficits de visión como la ceguera son problemas que se encuentran presentes en todas las edades y en todo el mundo.

En las personas con una discapacidad visual, el lóbulo parietal no se deteriora, sino que sufre un remodelado fruto de los mecanismos neuroplásticos cerebrales. Estos mecanismos no son otra cosa que la capacidad que tiene el tejido nervioso para reforzar sus conexiones y crear otras nuevas. Es bien sabido que esta plasticidad neuronal puede surgir tras una lesión y como consecuencia de la experiencia.

La neuroplasticidad nos ayuda a entender por qué las horas de práctica con el órgano hicieron de Johann Sebastian Bach un gran músico y compositor. Al fin y al cabo, nuestro cerebro no se queda quieto, no es estático, sino dinámico.

Pero ¿por qué sucede esto? ¿Cuál es la razón de que los lóbulos parietales de las personas con pérdida visual presenten ese despliegue neuronal? ¿Qué lo estimula? Pues bien, debemos pensar que las personas con una reducida capacidad de visión necesitan interactuar diariamente con su entorno sin la ayuda de su sentido de la vista. Por tanto, confían más en su sentido del tactopara reconocer objetos, practican la lectura de textos en braille y pueden desplazarse gracias al uso del bastón blanco

Todo lo anterior reforzaría sus conexiones neuronales a favor del lóbulo parietal. Así, se ha observado que en las personas con una pérdida visual las conexiones parietales con el lóbulo occipital se refuerzan, lo cual es una prueba de la denominada neuroplasticidad.

El papel del lóbulo parietal en el alzhéimer, a examen

Existen investigaciones que vinculan la pérdida visual con la aparición del alzhéimer, pero estas no estuvieron exentas de serias limitaciones metodológicas. Es aquí dónde surge una hipótesis alternativa cuyo personaje principal, la pieza que falta en el rompecabezas, sería el lóbulo parietal.

En nuestra investigación, publicada en Journal of Alzheimer’s Disease, partimos de la teoría de que los cambios adaptativos en el sistema nervioso y, más concretamente, en el lóbulo parietal, podrían hacer a las personas con diversidad funcional visual menos susceptibles de experimentar enfermedades neurodegenerativas que impliquen el deterioro de dicho lóbulo, como el alzhéimer.

Esta hipótesis podría suponer un avance en la forma de entender tanto el alzhéimer como los cambios cerebrales que siguen a la pérdida visual. Pues no solo es importante investigar en tratamientos curativos para las enfermedades neurodegenerativas, sino que también resulta de interés comprender su fisiopatología. Queda, por tanto, en manos de la ciencia desvelar esta incógnita e inclinar la balanza a favor o en contra de la hipótesis planteada.


Este artículo fue publicado previamente por la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI) de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Kharaysin o nuestra primera vez

  

Kharaysin

Una vez el escritor colombiano Gabriel García Márquez dijo o escribió en alguna parte una de las muchas frases célebres que circulan por la red: «Lo importante que es encontrar a alguien que, a estas alturas de la vida, te regale primeras veces». Aunque es difícil saber con certeza si realmente estas palabras pertenecen al autor de Cien años de soledad, lo que sí es cierto es que las primeras veces siempre son especiales e irrepetibles. La arqueología, la ciencia que estudia nuestro pasado y los cambios en las sociedades a través de los restos, es también la ciencia que estudia nuestras primeras veces. Hace casi once mil años, el yacimiento neolítico precerámico de Kharaysin, situado en las riberas del río Zarqa al norte de Jordania, fue testigo de una serie de acontecimientos extraordinarios que cambiaron por completo el curso de la historia. Allí, entre otras muchas cosas, construimos nuestra primera casa.

Los arqueólogos Juan José Ibáñez, investigador de la Institución Milá i Fontanals del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y Juan R. Muñiz, profesor de la Pontificia Facultad de San Esteban de Salamanca, codirigen un grupo multidisciplinar de investigadores españoles que desde 2014 excavan este yacimiento para reconstruir el universo que subyace bajo nuestros pies y que explica las claves de la mayor revolución de la historia de la humanidad. Y no es para menos. Lo que, en definitiva, estudian es cómo se construyeron las bases sobre las que se levantan las sociedades que conocemos hoy en día. En el Neolítico, por primera vez, el ser humano deja la vida nómada para vivir de manera sedentaria en un lugar fijo. Es también en este momento cuando el alimento ya no solo se consigue a través de la actividad de grupos de cazadores-recolectores, sino que proviene de los frutos de la domesticación de plantas y animales. Este es el comienzo de la agricultura y de la ganadería, y la semilla que más tarde se esparciría para germinaren lugares como Mesopotamia, Egipto, Grecia o Roma, cunas de las grandes civilizaciones de la Antigüedad. «Jordania, Siria, Palestina y todos los territorios que ocupaban la región histórica del Creciente Fértil fueron, en aquel momento, la luz del mundo», explica Juan José Ibáñez. 

Tras mes y medio de trabajo otoñal, este 2022 ha supuesto su octava campaña casi consecutiva en Kharaysin, con la excepción del 2020 por causa de la pandemia. Un proceso que se completa con meses previos de preparación logística minuciosa y un largo periodo posterior de análisis intelectual en laboratorio. Con la satisfacción de la labor bien hecha, llega el momento de repasar los hallazgos más importantes. Las piezas que componen el puzle de nuestros orígenes y que nos sitúan cara a cara con nuestras primeras veces. Para que sea posible el encaje, el material maleable del que están hechas cada una de ellas no se elabora únicamente a partir de datos rigurosos sino también de historias, producto de la interpretación de un observador experto. Así las piezas de las esquinas, las que podemos colocar con mayor facilidad en el tablero, nos hablan de una sociedad que no discrimina a los muertos de los vivos. «Acostumbraban a enterrar a sus muertos en el interior de las casas, en el suelo y a veces en las paredes, porque sentían que todos formaban parte de la misma historia», aclara Ibáñez. La separación entre muertos y vivos tardaría todavía muchos siglos en llegar. 

Por otro lado, una serie de piezas centrales del puzle y bien encajadas entre sí nos cuentan cómo fueron las primeras casas, subterráneas y con muros de refuerzo, y su transición desde formas ovales a disposiciones más cuadradas y espaciosas. La aparición de la esquina como elemento arquitectónico transgresor es un hecho fundamental. Esta transición entre casas ovales y cuadradas no había sido vista en Jordania hasta ahora. «En Jericó, por ejemplo, tenemos un horizonte de casas ovales y un horizonte de casas cuadradas, pero esta arquitectura intermedia no se conocía, lo que indica que en este yacimiento hubo un nivel de dinamismo cultural muy fuerte», subrayan los arqueólogos.

La pieza de la molinera es una de las más llamativas. Con una forma más irregular, presenta un reto tan complejo como apasionante a la hora de encontrar su lugar exacto en el conjunto. «Hemos encontrado una estructura monumental que tiene más de diez mil ochocientos años, es sin duda una de las primeras casas de la humanidad. La llamamos la casa de la molinera», resaltan. ¿Por qué? ¿Cómo habrá sido la vida de aquella afanosa molinera? El equipo de investigadores españoles tiene algunas pistas. En la casa hallaron la tumba de una mujer que contenía en su interior un mortero para moler el trigo, que había sido roto de manera voluntaria antes de depositarlo junto a los restos de su propietaria. «Seguramente se hizo así en señal de duelo. Es una muestra de los sentimientos que experimentaban aquellas personas, y que no son tan diferentes a los nuestros», comenta Muñiz.

Otro sector importante del puzle está hecho completamente de obsidiana, una roca volcánica de color negro que procede de Capadocia o de Anatolia Oriental, la actual Turquía. En Kharaysin se han encontrado herramientas cortantes hechas con este material que provenía de más de ochocientos kilómetros de distancia. Este es un hecho sorprendente, ya que el sílex, un material que podía ser empleado para fabricar útiles similares, era muy abundante en los alrededores del yacimiento. El uso de la obsidiana en esta zona es un indicio claro de que la actividad comercial entre grupos distantes empezaba a ser una realidad. Pero ¿cómo se traía la obsidiana? ¿Había poblados especializados en su comercialización? ¿Por qué era un material tan apreciado? Cada respuesta que obtenemos del pasado trae aparejado consigo un ramillete de nuevas preguntas, nuevas líneas de investigación que seguir estudiando para que darle forma al rompecabezas.  

Con la unión de las primeras piezas, el puzle del Neolítico nos deja entrever importantes escenas de los primeros pasos de la agricultura y la ganadería. Aunque han aparecido huesos de jabalí o de uro, el antepasado extinto del toro, la cabra parece ser uno de los primeros animales en ser domesticados. Lo sabemos mirando a través del microscopio las diferentes hipótesis que plantean los investigadores: huesos de cabra que aparecen en las tumbas y que implican una relación cercana entre la persona y el animal; huesos de la pata con protuberancias causadas por una lesión resultado de que la cabra ha estado atada por un largo tiempo; microrestos fecales depositados en el sedimento; o el desgaste de la dentadura, diferente en el animal doméstico que come lo que le dan y el animal salvaje que escoge a su gusto el alimento.

El estudio de las leguminosas ofrece también mucha información sobre cómo el ser humano aprendió a domesticar las plantas y a cultivar su propio sustento. Las semillas carbonizadas de habas, guisantes, garbanzos, lentejas y otras variantes que no han llegado a nuestros días encierran en su interior las claves de las primeras sociedades agrarias. La agricultura dio lugar a un excedente de alimento que tenía que ser conservado y esto, a su vez, nos lleva a otro descubrimiento: «Se pensaba que el gato había sido domesticado por primera vez en el antiguo Egipto, pero fue en el Neolítico, para proteger los excedentes de las cosechas del acecho de los roedores que también comienzan a multiplicarse en esta época», apuntilla el profesor Ibáñez. 

Todos estos cambios, y en esto Kharaysin ha abierto una ventana llena de claridad, no provenían del norte, del medio Éufrates o del sur de Turquía como se creía, sino que se dieron de forma simultánea en diferentes puntos y a gran distancia. ¿Cómo es posible que la gente cambiase al mismo tiempo de manera local y global? La respuesta es porque estamos ante un modelo de cambio cultural innovador. «Siempre se había planteado que las innovaciones surgen en un lugar y se extienden como una mancha de aceite hacia los pueblos vecinos, pero aquí lo que estamos viendo es que las cosas están sucediendo en una suerte de red compleja que comparte información, materiales y objetos». El Neolítico hizo aparecer un nuevo tipo de conectividad y de relaciones sociales que provocaron en pocos años un gran salto cultural a nivel multiregional y global. Es, como decíamos, la mayor revolución que ha protagonizado nuestra especie.

Pero si algo nos ha enseñado el pasado es que todo lo que empieza, acaba. En torno al 6800 a. C., concuerdan los expertos, los grandes poblados del Neolítico colapsan y se abandonan. Un desequilibrio entre población y recursos, cambios drásticos económicos y sociales, conflictos entre diferentes poblaciones, quizás una combinación de varios factores. No lo sabemos. Esas partes del puzle siguen todavía vacías. Otras las seguimos perfilando en nuestro 2022 actual para que, en un remoto mañana, los arqueólogos del futuro hagan conjeturas sobre los cambios que la pandemia del COVID-19 introdujo en nuestras sociedades posmodernas y estudien si quizás el confinamiento nos volvió todavía más sedentarios o si, por el contrario, de aquello salimos más bien nómadas digitales. 

Kharaysin

El último eslabón de la cadena

Kharaysin fue descubierto en 1986 por un equipo australiano que recorría las riberas del río Zarqa a la búsqueda de restos arqueológicos. Tiempo después el arqueólogo español Juan A. Fernández-Tresguerres hizo una prospección para identificar indicios de ocupación humana en la misma zona y recabar más información. Sobre esta base, ya en 2014, el equipo coordinado por Juanjo y Juan recogió el testigo para iniciar un estudio sostenido del yacimiento que llega hasta la actualidad. Hoy, son el eslabón más reciente de una larga cadena de relaciones entre España y Jordania en torno a la arqueología que dura ya sesenta y dos años, cuando en 1955 se crease la Casa de Santiago en Jerusalén y se iniciasen las primeras investigaciones alrededor de la arqueología bíblica. Desde entonces se han ido desarrollando numerosos proyectos, entre los que destacan los trabajos de excavación y la reconstrucción de la ciudadela de Amán que integra los periodos romano, abasida y omeya, una de las grandes joyas de la corona del patrimonio cultural jordano; o las excavaciones en las ruinas de Gerasa, antigua ciudad de la Decápolis del Imperio romano de Oriente.

Esta larga hilera de eslabones conectados entre sí está compuesta por muchas personas que han hecho el viaje de ida y vuelta entre España y Jordania a lo largo de las décadas. Pero también numerosas instituciones ofrecen su apoyo y su infraestructura para forjar la cadena y hacerla más fuerte para evitar que se rompa. En el caso concreto de la última campaña en Kharaysin ha contado con la financiación de la Fundación Palarq, del Ministerio de Cultura y Deporte y del Ministerio de Ciencia e Innovación de España. Además, han aunado esfuerzos un buen número de universidades y centros de investigación facilitando la participación de expertos en las múltiples disciplinas necesarias para el desarrollo del trabajo coral que implican las intervenciones arqueológicas. Entre ellas están el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la Universidad de Las Palmas (ULPGC), La Universidad de Cantabria (UC), la Universidad de Burgos (UBU), la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) o la Pontificia Facultad de San Esteban de Salamanca. A las que habría que añadir también el apoyo puntual de centros extranjeros, a través de la cesión de algunos especialistas, como el CNRS francés.

Kharaysin

Los guardianes entre los olivos 

El equipo de Ibáñez y Muñiz no está compuesto solamente por los más de veinte investigadores españoles, antropólogos físicos, especialistas en el estudio de los restos de semillas carbonizadas, topógrafos o científicos expertos en datación por carbono 14. También un grupo de obreros locales, algunos con décadas de experiencia a sus espaldas, comparten el día a día de las madrugadoras jornadas de trabajo en el yacimiento. Es el caso de Adnan Sgrigat, que lleva treinta y cinco de sus cincuenta años trabajando en misiones arqueológicas de distintos países que investigan los restos de las épocas y las culturas que dejaron su huella marcada en suelo jordano. Sus manos curtidas en mil batallas han removido los cimientos de las ruinas romanas de Jerash, en dónde se asomó por primera vez al mundo de la arqueología; de Qasr al-Bint (también conocido como el Palacio de la Hija del Faraón) en Petra, o del castillo omeya de Qasr al-Hallabat. Toda una vida dedicada a recomponer las piezas del pasado. «Lo llevo en la sangre», dice con la mirada entornada y una amplia sonrisa bajo su kufiya ajedrezadamientras muestra orgulloso el proyectil de una flecha, ras zene en árabe, que acaba de encontrar en la esquina de una de las primeras casas de la historia. 

Pero Adnan no es el único. Junto a él trabajan también jóvenes como AmerAbdel Aziz y Wadah, todos ellos en la veintena, primos entre sí y vecinos del municipio de Quneya, el más cercano al yacimiento. A algunos como Amer les viene por línea paterna. Su padre y su abuelo trabajaron muchos años en las excavaciones españolas. Durante la mayor parte del año, cuando el equipo de arqueólogos trabaja desde España en el análisis y en la interpretación de los hallazgos encontrados, acompaña muchas veces a su padre, Omar, para comprobar las vallas y vigilar que nadie haya entrado en la zona de trabajo. «Hay gente que piensa que puede haber oro o algún tesoro escondido», explica con una actitud más seria de lo que, a priori, admitiría la anécdota.

Tras un mes de intenso trabajo, cuando la campaña toca a su fin, los tres regresan a sus ocupaciones habituales en el campo, como temporeros en la recogida de la aceituna o, en el caso de Wadah, como mecánico en un taller de reparación de neumáticos. «Somos todo terrenos, auténticos multiusos», dice Abdel Aziz, mientras criba la tierra con un tamiz en busca de un diente, un trozo de sílex tallado o una laja de obsidiana que pudo haber sido parte de un cuchillo o algún utensilio. En la próxima campaña volverán a trabajar en el yacimiento porque es una fuente de ingresos importante para ellos, porque forma parte de sus vidas y porque en él están también enterradas sus raíces, a la sombra de los olivos que pueblan la pendiente de la que cuelga Kharaysin.

Kharaysin

Futuro imperfecto inclinado

El yacimiento se sitúa en una ladera del promontorio de Mutawwaq que además conserva en su cima otro yacimiento importante de la Edad de Bronce que recibe el nombre de Jabel Al-Mutawwaq, y que excavan en colaboración equipos españoles e italianos. Desde el terreno inclinado, Kharaysin lleva milenios divisando en silencio como va menguando el caudal del río Zarqa, que en el pasado atrajo a los hombres y a las mujeres del Neolítico a la vida sedentaria, y el lento paso de las horas en el horizonte ¿Qué ocurrirá con el yacimiento? ¿Cómo conjugar su futuro?

Lo cierto es que, por el momento, el terreno en el que se encuentran nuestras primeras veces está en manos privadas. El Ministerio de Turismo y Antigüedades de Jordania ha iniciado un proceso de negociación para que el yacimiento pase a ser propiedad pública, pero el camino que queda por delante promete ser largo e igual de sinuoso que el mismísimo río Zarqa que discurre por el valle. Lo que si podemos predecir es que el gran valor histórico de Kharaysin reúne todas las condiciones para conjugarse en futuro. El grupo de arqueólogos español coincide en qué, con el apoyo institucional y financiero suficiente, el sitio arqueológico podría, algún día, albergar un museo o un centro de interpretación que nos explicase cómo una vez, hace miles de años, dejamos la vida nómada para tener domicilio fijo y echar raíces. 


Este reportaje nace fruto de las intensas relaciones entre España y Jordania en materia de arqueología que toman un gran impulso, gracias a la colaboración del Departamento de Antigüedades de Jordania, a partir de la década de los 70 del siglo pasado, aunque las primeras excavaciones de la Misión Arqueológica Española se inician ya en 1961. Una gran parte de las investigaciones y del trabajo de campo desarrollado hasta la fecha ha contado con el apoyo de la Cooperación Española, que ha mantenido, desde los comienzos de su presencia en el país y en la región de Oriente Próximo, la preservación y el cuidado del patrimonio cultural como una de sus principales líneas de acción. La redacción de este texto ha sido posible gracias a la ayuda de la Oficina Técnica de Cooperación de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) en Jordania; a la disponibilidad y generosidad del equipo de arqueólogos e investigadores españoles, dirigido por Juan José Ibáñez y Juan R. Muñiz; a los obreros locales, sin cuyo trabajo la excavación de Kharaysin no saldría adelante, que se prestaron amablemente a participar en las entrevistas realizadas; y a la inestimable colaboración del profesor y traductor Moayad Shurrab en la interpretación.

Encuentran casi 100 nidos y 250 huevos de Titanosaurio en India

 El titanosaurio fue uno de los dinosaurios más grandes que existió, un saurópodo herbívoro que tenía un enorme cuello y en el Valle de Narmada en la India se descubrió un gran criadero de estos reptiles, casi 100 nidos y 250 huevos.

Según un estudio reciente de la Universidad de Delhi, India, publicado en PLOS One, un equipo de paleontólogos descubrió los sitios de anidación en la Formación Lameta, en el centro de la India y un semillero de fósiles de dinosaurios, especialmente del período Cretácico Tardío. 

«Junto con los nidos de dinosaurios de Jabalpur en el valle superior de Narmada en el este y los de Balasinor en el oeste, los nuevos sitios de anidación del distrito de Dhar en Madhya Pradesh (India central), que cubren un tramo este-oeste de unos 1000 km (aproximadamente 600 millas), constituyen uno de los criaderos de dinosaurios más grandes del mundo», dice el coautor y líder del equipo de investigación Guntupalli V.R. Prasad. en un comunicado de prensa.

Después de analizar los nidos, los autores del estudio identificaron seis especies diferentes de huevos de titanosaurio, lo que indica que puede haber habido una diversidad más amplia de titanosaurios en el área de lo que se pensaba, según los registros fósiles.

El diseño del nido indica que el titanosaurio pudo haber puesto sus huevos en pozos poco profundos, y luego los enterró como lo hacen los cocodrilos modernos. Sin embargo, también hubo evidencia del fenómeno de «huevo en huevo» llamado contracción de contraperistaltismo, una condición observada en pollos donde el huevo formado se retrae en el oviducto de una gallina solo para que el segundo huevo se forme a su alrededor.

Los investigadores también notaron que debido a la proximidad de los nidos, los titanosaurios adultos pueden haber dejado a las crías a su suerte.

Con estos hallazgos, los investigadores han obtenido información valiosa sobre estos dinosaurios masivos.

«Nuestra investigación ha revelado la presencia de un extenso criadero de dinosaurios saurópodos titanosaurios en el área de estudio y ofrece nuevos conocimientos sobre las condiciones de preservación del nido y las estrategias reproductivas de los dinosaurios saurópodos titanosaurios justo antes de que se extinguieran», dice Harsha Dhiman, autor principal del estudio en un comunicado de prensa.

¿Está justificada la mala fama del gran tiburón blanco?

 Si hay un animal que arrastra una leyenda negra, ese es el tiburón blanco. 

Carcharodon carcharias (que es como se denomina taxonómicamente) es un consumidor cuaternario o superdepredador. Eso implica que se sitúa en el nivel más alto de la cadena trófica al incluir en su alimentación a otros depredadores, rasgo que comparte con otros “comecarnívoros” como las águilas, los osos polares o las orcas. Sin embargo, es el gran blanco el que encabeza el pódium de la especie más temida. De ello es responsable, en gran medida, la magnífica película Jaws (doblada al español como Tiburón), del no menos genial director Steven Spielberg. 

La cuestión es: ¿merece de verdad esta especie esa temible fama?

El sexto sentido de los tiburones

Los escualos constituyen un grupo evolutivamente muy homogéneo y con un origen de lo más antiguo dentro de los vertebrados. En el cretácico (era mesozoica) ya existían representantes de prácticamente todos los grupos. Eso significa que han sobrevivido a lo largo de millones de años, compitiendo exitosamente con peces mucho más modernos gracias a que poseen caracteres anatómicos y fisiológicos bastante singulares.

Es de todos conocida la disposición multihilera de sus dientes, así como su extraordinaria sensibilidad olfativa. También es vox pópuli su forma de protraer las mandíbulas al atacar, hecho posible gracias a que su mandíbula superior (el cartílago palatocuadrado) no está soldada al cráneo. 

Shutterstock / Sergey Uryadnikov









Pero quizás no sean tan populares sus exclusivas ampollas de Lorenzini. Se trata de un sexto sentido (en la interpretación literal del término) que se abre al exterior en multitud de poros, especialmente distinguibles en su cabeza. Con ellas, y jugando con las concentraciones de calcio y potasio de forma muy específica y adaptativa, consiguen detectar algo impensable para nosotros: campos electromagnéticos. 

Este sentido lo usan para comunicarse durante sus interacciones sociales y reproductivas. Y, lo que es más fascinante, con él detectan presas incluso si están camufladas visualmente, permanecen estáticas o no emiten ningún olor. Como su umbral de detección es de un voltaje bajísimo (del orden de 5 nanovoltios/cm), detectan la presa simplemente por la alteración eléctrica de su latido cardíaco. 

Para rematar, las ampollas de Lorenzini funcionan como brújulas endógenas que les procuran orientación permanentemente. Recordemos que nuestro planeta, gracias a su núcleo de hierro, es un gigantesco dipolo. Los seláceos, que detectan los campos magnéticos que éste genera, siempre tienen claras sus referencias cardinales.

Estamos pues, ante un grupo de animales que navegan y detectan presas o enemigos mejor que cualquiera de nuestras modernísimas embarcaciones dotadas de sónar, radar y GPS. Asombroso.

Electrorreceptores en la cabeza de un tiburón. Wikimedia Commons / Chris_huh / Angelito7

Un tiburón bastante especial


















Todo lo que hemos expuesto hasta ahora lo comparten todos los elasmobranquios, desde el enorme tiburón ballena a la más humilde de las pintarrojas, pasando por los también temidos jaquetones (Carcharinus), tiburones tigre (Galeocerdo) o tiburones martillo (Sphyrna). Sin embargo, la fama se la lleva el tiburón blanco. ¿El motivo?

De entrada, pertenece a la familia de los lámnidos, un club selecto de cinco especies vivientes extraordinariamente hidrodinámicas, robustas, compactas, rápidas, grandes y con una dentición muy desarrollada. De todas ellas, Carcharodon carchariases la que puede alcanzar un mayor tamaño. Y claro, a la hora de depredar, el tamaño importa. 

Evitando todas las citas no contrastadas oficialmente de blancos de más de 7 metros, la mayor medición objetiva corresponde a una hembra de 6,3 metros de longitud total y 1,6 toneladas de peso. Interesante, especialmente si se trata de depredar sobre especies que, a su vez, son depredadoras, esto es, que pueden utilizar sus “armas” para su propia defensa.

Por otra parte, los grandes triángulos serrados que configuran las hileras de su dentadura, y que se orientan en varias direcciones simultáneamente, son eficientes sistemas de asegurar la captura y muerte de animales tan grandes como un león marino.


















Tiburón blanco cazando un lobo marino (Arctocephalus pusillus) en la Isla de las Focas, cerca de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica. Shutterstock / Alessandro De Maddalena

Gestión de la grasa

No queda ahí la cosa. El tiburón blanco posee un as en la manga que es básico para rentabilizar el proceso depredador. Antes de explicarlo es necesario recordar que, a diferencia de los osos o las orcas, hablamos de un pez, es decir, de un poiquilotermo o “animal de sangre fría”. Esto significa que su fisiología no le permitiría calentar lo que se está comiendo. 

Es importante porque las grasas, para ser procesadas, tienen que estar en estado líquido, es decir, deben “derretirse”. Cuando usted se toma un buen chorizo o una rebanada de pan con mantequilla, su calor corporal propio de animal homeotermo hace que la fracción grasa de lo ingerido se funda en el estómago. Así las puede emulsionar con las sales biliares (que llegan al duodeno desde el colédoco) y, una vez digeridas, su intestino puede absorber los necesarios y calóricos ácidos grasos. 

El tiburón blanco, en principio, no podría realizar este proceso por lo que de poco le serviría, en términos energéticos, la sabrosa y grasienta foca que se acaba de merendar. Pero la evolución lo ha dotado de un mecanismo espectacular: una rete mirabileextraordinariamente desarrollada. Se trata de una compleja red de arteriolas y vénulas muy cercanas entre sí que, por un sistema de contracorrientes, consigue dos efectos locales muy interesantes: elevar la presión parcial de oxígeno y aumentar la temperatura

Esto evita que el calor generado metabólicamente por el escualo se disipe hacia el agua circundante, como le pasa normalmente a los peces, consiguiendo elevar su temperatura interna hasta 15ºC en áreas anatómicas concretas. Las consecuencias son más que provechosas: puede aumentar su área de distribución por aguas frías, su contracción muscular es más eficiente y rápida, su cerebro procesa mejor la información y su digestivo asimila las grasas con una eficiencia impensable para un pez.

En suma, no es sólo un extraordinario depredador por su anatomía, sino por una práctica homeotermia fisiológica que le permite depredar eficaz y activamente presas de sangre caliente como las rápidas focas o los ágiles nadadores pinnípedos.

Su fama es, por tanto, merecida. Y no necesita de efectos especiales postizos. Los mediocres directores de películas que han intentado emular al genial Spielberg se podían haber ahorrado los inviables rugidos de tigre en un animal que no tiene pulmones, y por lo tanto, nunca podría emitir esos “aéreos” sonidos.


Este artículo ha surgido como consecuencia de la tutorización del Trabajo Fin de Grado de Jesús Ponce Pérez, alumno de la UMA.