jueves, 1 de enero de 2026

URANO Y NEPTUNO PODRÍAN SER MÁS “ROCOSOS” DE LO QUE PENSÁBAMOS

 

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Durante décadas, Urano y Neptuno han llevado la etiqueta de gigantes heladoscasi por inercia: planetas grandes, lejanos, fríos y con interiores donde el agua y otros compuestos volátiles deberían estar en forma de “hielo” comprimido. El problema es que ese nombre suena más preciso de lo que realmente es. Un estudio publicado el 10 de diciembre en Astronomy & Astrophysics propone que sus interiores podrían contener bastante más roca de lo que suele asumirse, algo que abre la puerta a describirlos, en ciertos escenarios, como gigantes rocosos.

La idea no es que Urano y Neptuno sean “bolas de piedra” como la Tierra, sino que la proporción entre roca y agua en sus capas profundas podría estar más inclinada hacia materiales rocosos de lo que se ha popularizado. Esa matización importa porque, en planetología, el nombre condiciona las preguntas que hacemos: si damos por hecho que el “hielo” domina, buscamos explicaciones y modelos que encajen con esa premisa.

Lo que sabemos… y lo que seguimos adivinando

Neptuno es el planeta más distante del Sol, con una órbita media a unos 4.500 millones de kilómetros. A esas distancias, la temperatura ambiental favorece que gases como el agua, el amoníaco o el metano se encuentren en estados muy distintos a los que imaginamos en una nevera. Pero aquí viene la trampa: cuando hablamos del interior de estos planetas, “hielo” no significa un cubito. Allí dentro, las presiones y temperaturas son tan extremas que el agua puede comportarse como un fluido denso, una mezcla pastosa o incluso adoptar fases exóticas.

La otra limitación es casi histórica: buena parte de los datos directos que tenemos de Urano y Neptuno provienen de los sobrevuelos de Voyager 2 en los años 80, es decir, una fotografía científica valiosísima, pero tomada hace décadas y con instrumentos que no se diseñaron para resolver todas las dudas actuales. Con ese panorama, los modelos del interior planetario se convierten en un ejercicio de encajar piezas: gravedad, masa, radio, rotación, composición atmosférica conocida… y muchas suposiciones razonables.

Un modelo “híbrido” para evitar sesgos

El trabajo liderado por Luca Morf (Universidad de Zúrich) junto con Ravit Helled intenta sortear uno de los dilemas clásicos. Los modelos puramente físicos pueden ser muy potentes, pero dependen de supuestos iniciales: si arrancas pensando que hay mucha agua, es fácil que el resultado acabe pareciéndose a ese punto de partida. Los modelos basados sobre todo en observaciones, por su parte, pueden quedarse cortos porque el conjunto de observaciones es limitado.

La propuesta es un enfoque híbrido, diseñado para ser a la vez “físicamente consistente” y menos dependiente de preferencias del modelador. Dicho de forma cotidiana: como si quisieras reconstruir el relleno de un pastel viendo solo su forma exterior y su peso, y fueras probando recetas hasta que la balanza y el tamaño cuadran sin hacer trampas.

El proceso arranca con una hipótesis sobre cómo cambia la densidad del núcleo con la distancia al centro. Luego se ajusta el modelo para que reproduzca la gravedad del planeta. A partir de ahí, el equipo infiere temperatura y composición, genera un nuevo perfil de densidad y vuelve a alimentar el modelo con esos parámetros. Se repite el ciclo hasta que el interior “encaja” con los datos disponibles.

Ocho interiores posibles y una sorpresa: más roca, menos “hielo”

Con este método, el equipo obtuvo ocho configuraciones plausibles para los núcleos de Urano y Neptuno. Lo interesante es que varias de esas soluciones presentan una relación roca/agua alta. En otras palabras, el conjunto de datos actuales permite interiores menos dominados por agua de lo que sugiere el apodo de gigantes helados.

Este matiz no elimina la presencia de volátiles. Urano y Neptuno seguirían siendo planetas con una estructura compleja, con capas donde se mezclan materiales bajo condiciones extremas. La novedad es que el “menú” de interiores compatibles con las observaciones se amplía: no estamos obligados a un núcleo principalmente helado para que la física cuadre.

Si lo traducimos a una imagen mental, es como descubrir que una lasaña que creías “casi toda bechamel” podría tener mucha más carne entre capas sin que por fuera cambie su aspecto. Desde fuera se ve igual; por dentro, la proporción puede variar bastante.

El agua que se comporta como un “caldo eléctrico”

Uno de los puntos más llamativos del estudio es que, en todos los núcleos modelados, aparecen regiones convectivas donde existiría agua en fase iónica. Esa expresión suena técnica, pero la idea es fascinante: bajo presiones y temperaturas descomunales, las moléculas de agua se rompen y pasan a formar un medio con partículas cargadas, como protones (H+) y grupos hidroxilo (OH-). Es agua, sí, pero no “agua” como la conocemos; se parece más a una sopa de cargas eléctricas moviéndose.

Aquí entra un concepto clave: la convección. Cuando un fluido caliente asciende y uno frío desciende, se generan corrientes. En un medio que conduce electricidad, esas corrientes son una receta excelente para producir un campo magnético. En la Tierra, el campo magnético se genera por movimientos del hierro líquido del núcleo externo. En Urano y Neptuno, un “océano” iónico en capas profundas podría desempeñar un papel parecido, aunque con ingredientes distintos.

Campos magnéticos raros y más de dos “polos” como pista

Urano y Neptuno tienen campos magnéticos particularmente desconcertantes: no son dipolos limpios y bien centrados como el de la Tierra, sino que presentan inclinaciones grandes respecto al eje de rotación y estructuras complejas que se interpretan como multipolares. Dicho de manera simple, su imán interno parece menos “barra” y más “nudo”.

El estudio sugiere que esas capas de agua iónica convectiva podrían estar relacionadas con esa geometría extraña. También apunta a una diferencia interesante: el campo magnético de Urano podría generarse más cerca del centro que el de Neptuno, lo que encajaría con la idea de capas internas distintas pese a que ambos planetas suelen agruparse como si fueran gemelos.

El gran asterisco: materiales bajo condiciones que casi no podemos reproducir

El propio equipo reconoce un límite importante: todavía entendemos mal cómo se comportan muchos materiales en las condiciones “exóticas” del interior planetario. En laboratorio se pueden recrear presiones enormes durante instantes o en volúmenes minúsculos, pero no es sencillo medir propiedades con la precisión que estos modelos desearían. Ese desconocimiento puede mover la aguja del resultado.

Por eso, los autores plantean mejorar el modelo incorporando otras moléculas probables en el interior, como metano y amoníaco, que no solo afectan a la composición, sino también a la conductividad, la densidad y la dinámica interna. Es el tipo de detalle que, en una receta, cambia la textura final: no es lo mismo espesar con harina que con maicena.

Por qué todo esto apunta a misiones dedicadas

Ravit Helled resume el trasfondo con una idea incómoda: con los datos actuales no se puede distinguir con claridad si Urano y Neptuno son “más hielo” o “más roca” en términos de proporciones internas. En ciencia planetaria, eso se traduce en una conclusión práctica: hacen falta misiones espaciales dedicadas a estos mundos para medir con más detalle su gravedad, su campo magnético, su atmósfera y, si es posible, su estructura interna.

El valor del nuevo modelo computacional es que podría servir como herramienta relativamente “neutral” para interpretar futuros datos. Cuando llegue nueva información —de sondas, orbitadores o incluso mediciones remotas más avanzadas— habrá un marco listo para probar qué interior encaja mejor sin depender tanto de suposiciones heredadas.

Encuentran en el asteroide Bennu claves inesperadas del origen de la vida

 En 2023, una cápsula cayó suavemente en el desierto de Utah (Estados Unidos). Dentro viajaba algo más valioso que cualquier tesoro: polvo intacto de un asteroide llamado Bennu.

Tras meses de análisis, la comunidad científica ha confirmado un resultado sorprendente: en Bennu existen azúcares fundamentales como la ribosa y la glucosa. No son moléculas “dulces” sin más: la ribosa forma el esqueleto químico del ARN, una de las moléculas fundamentales para la vida, y la glucosa es una fuente universal de energía. Encontrarlas fuera de la Tierra es un descubrimiento sin precedentes. 

Esto nos lleva a plantearnos que quizá la vida en la Tierra no empezó “desde cero”, sino con moléculas que ya existían antes, fabricadas en entornos extraterrestres como Bennu.

Un hallazgo distinto a todo lo anterior

Durante décadas se han identificado compuestos con relevancia biológica en meteoritos que han caído a la Tierra. Aminoácidos, bases nitrogenadas e incluso indicios de azúcares. Pero siempre existía una duda razonable: ¿estaban ahí desde el principio o aparecieron después? Un meteorito pasa por agua, aire, microbios e incluso por nuestras manos, procesos que pueden “contaminarlo”. Descifrar qué es terrestre y qué es extraterrestre es muy complicado.

Sin embargo, esta vez es diferente. El estudio publicado en la revista Nature Geoscience hace escasos días, demuestra que estos azúcares no vienen de la Tierra. Estaban en el asteroide mucho antes de que la cápsula tocara suelo. Las muestras fueron recogidas directamente en el espacio por la misión OSIRIS-REx, selladas al vacío, traídas a la Tierra y manipuladas en laboratorios que funcionan como quirófanos para material extraterrestre. 

Sonda espacial en el desierto

















La sonda OSIRIS-REx de la NASA recolectó exitosamente muestras del asteroide Bennu, entregándolas a la Tierra en septiembre de 2023. NASA

Un universo químicamente más fértil de lo que creíamos

Los azúcares de Bennu apuntan a una conclusión importante: la química necesaria para construir moléculas biológicas no es exclusiva de la Tierra. Puede surgir de forma natural en cuerpos pequeños, siempre que haya agua, minerales y algo de tiempo. Y Bennu tuvo todo eso.

El cuerpo original del que procede este asteroide albergó agua líquida en sus primeros millones de años. En ese entorno, moléculas simples pueden reorganizarse y transformarse en compuestos cada vez más complejos. No se necesita vida para producirlos: basta un entorno geológico activo.

Esto significa que mientras la Tierra era magma, ya existían en el sistema solar lugares donde se formaban moléculas que hoy asociamos a procesos biológicos. Moléculas que, millones de años después, podrían haber llegado a nuestro planeta en forma de meteoritos.

Ribosa sí, ADN no

Entre todos los azúcares detectados, la ribosa es la que más llama la atención. Es la base estructural del ARN, una molécula capaz de almacenar información o realizar algunas funciones similares a las de las proteínas. Antes de que existiera el ADN, el ARN pudo haber sostenido toda la química necesaria para los sistemas vivos más primitivos

La ausencia de 2-desoxirribosa, el azúcar del ADN, es igual de interesante. Refuerza la idea de que el ADN no fue el protagonista en los primeros pasos de la vida, sino que apareció posteriormente. 

Bennu aporta una pista inesperada: si la ribosa es relativamente estable y puede formarse en entornos extraterrestres, es razonable pensar que el ARN fue la primera molécula en sostener procesos propios de la vida en la Tierra primitiva. Lo que antes era solo una hipótesis teórica empieza ahora a apoyarse en observaciones directas.

¿Quiere decir esto que la vida se originó en el espacio?

No. Nadie ha encontrado vida en meteoritos ni en asteroides. Pero este descubrimiento sí fortalece una idea intermedia, más realista: la Tierra pudo recibir un aporte constante de moléculas complejas fabricadas en otros lugares. Durante los primeros cientos de millones de años, nuestro planeta sufrió un intenso bombardeo de asteroides y cometas. Cada impacto podía liberar aminoácidos, bases nitrogenadas o azúcares formados en cuerpos como Bennu. 

Estas moléculas no generan vida por sí mismas, pero hacen que el paso entre química simple y química compleja sea más sencillo. Reducen la distancia entre “casi vida” y “vida”.

No se trata de panspermia en su versión clásica –vida viajando de un planeta a otro–, sino de algo más modesto y más compatible con la evidencia: un impulso químico que aceleró los procesos que ya estaban ocurriendo en la Tierra.

Bennu como cápsula del tiempo


























El momento de la aproximación de OSIRIS-REx al asteroide Bennu. NASACC BY

La Tierra ha borrado casi todos los rastros de su infancia química: la tectónica, la erosión y la propia vida han reescrito continuamente su superficie. Pero Bennu, por el contrario, conserva materiales que no han cambiado desde los orígenes del sistema solar. Estudiarlo es lo más parecido que tenemos a viajar atrás en el tiempo y observar cómo era la química antes de que existieran océanos y continentes.

Por eso estas muestras son tan valiosas. Permiten comparar hipótesis, eliminar incertidumbres y entender mejor cuáles eran las condiciones reales en los primeros millones de años del sistema solar. No nos dan respuestas definitivas, pero sí un marco más claro desde el que pensar.

De regreso al cosmos

Más allá de los resultados científicos, hay algo profundamente humano en este descubrimiento. Nos invita a reconsiderar nuestro lugar en el universo. Nos recuerda que quizás no somos una excepción afortunada, sino parte de un proceso químico más amplio que lleva ocurriendo desde antes de la existencia del planeta que habitamos.

Cuando observamos las muestras de Bennu, no estamos mirando solo polvo antiguo. Estamos viendo un fragmento de una historia que la Tierra no pudo conservar. Y con él, la posibilidad de que el primer paso hacia la vida no ocurriera aquí, sino en algún pequeño cuerpo oscuro que viajó durante millones de años hasta caer en un lugar que, con el tiempo, se convertiría en nuestro hogar.