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miércoles, 1 de enero de 2020

Tranquilos, vegetarianos: las plantas ni sienten, ni padecen

Un bosque arde y el crepitar de las llamas parece un lloriqueo. Un árbol cae y en el silencio del bosque el crujido de la madera suena lastimero. No se preocupe, ni el bosque llora ni el árbol se lamenta. Como tampoco siente miedo, ira, alivio o tristeza al desplomarse. Los árboles, como todas las plantas, ni sienten ni padecen. La conciencia, las emociones y la cognición son características animales.
En otro artículo publicado en The Conversation, el investigador de la Universidad de Lleida Víctor Resco de Dios escribía que las plantas pueden guardar alguna información sobre cambios ambientales, pero carecen de inteligencia. Suscribo su conclusión. La biología de las plantas es compleja y maravillosa, aunque difiere tanto de la de los animales que la llamada inteligencia vegetal es tan intrigante como insostenible.
La idea no es nueva. En 1973, un libro que afirmaba que las plantas eran seres sensibles que se emocionaban, preferían la música clásica al rock y podían responder a los pensamientos humanos, irrumpió como un torbellino en la lista de los libros más vendidos del New York Times. La vida secreta de las plantasmezclaba biología vegetal con una adoración a la naturaleza mística de las plantas. No es de extrañar que cautivara la imaginación del público en plena New Age.
Muchos de los argumentos científicos de ese libro han sido desacreditados. El problema es que se han rebatido en publicaciones científicas y no en superventas, así que el libro ha dejado su huella en la cultura pop. Por eso no resulta extraño que algún amigo cuente que conversa con sus plantas mientras las riega o que Mozart apasiona a sus geranios. Puede parecer inofensivo como otras tantas insensateces, porque siempre habrá cierto romanticismo en nuestras relaciones con las plantas.
La cosa fue a mayores cuando un artículo de investigaciónpublicado en 2006 en una revista científica tan seria como Cellutilizó por primera vez el término “neurobiología vegetal”. Este, nada más ser publicado, fue rechazado por otro grupo internacional de investigadores en la misma revista, lo que abrió un amplio debate dentro del ámbito de la biología.
Como tantas veces ocurre, la controversia se transformó en publicidad gratuita para el nuevo paradigma y convirtió a algunos de sus defensores más provocativos en objetos de deseo para muchos medios de comunicación un tanto cándidos o amarillistas, tal y como explica Michael Pollan en el New Yorker.
El obstáculo para la aceptación de la neurobiología vegetal fue el nombre. “Neurobiología” se refiere a la biología del sistema nervioso, del que las plantas carecen. Esta queja léxica se resolvió en cuanto quienes habían acuñado la equívoca denominación eliminaron el término del nombre de su grupo, que pasó a ser Sociedad de la Señal y Comportamiento de las Plantas, una denominación más aceptable.
Era un simple lavado de cara. La autoidentificación del grupo con la neurobiología y su terminología asociada continúa, y algunos de sus miembros siguen utilizando el polémico término en sus publicaciones en internet, donde cualquier insensatez encuentra cómodo asiento gracias a la falta de revisores.

Luis Monje, Author provided

Estirando la definición de inteligencia

La segunda disputa léxica se centró en el uso de la palabra “inteligencia” en relación con el comportamiento de las plantas. La resistencia inicial al término “inteligencia vegetal” se debió en gran parte a escuchar un término reservado para las facultades mentales de los humanos y otros vertebrados aplicado al mundo fotosintético.
Sin embargo, hoy existen al menos 70 definiciones de inteligencia, y términos como “inteligencia artificial” reinan por doquier. Por eso algunos consideran apropiado entender la inteligencia como la capacidad de recibir y procesar información del medio ambiente, algo que sí pueden hacer las plantas. De hecho, como las células vivas hacen precisamente eso, todos los organismos, con o sin un sistema nervioso, serían inteligentes. En el caso de las mitocondrias y los cloroplastos incluso se podría hablar de “orgánulos inteligentes”. No es de recibo.
La conciencia cognitiva es la facultad de un ser vivo para procesar información a partir de la percepción, el conocimiento adquirido (experiencia) y características subjetivas que permiten valorar la información. Consiste en procesos tales como el aprendizaje, el razonamiento, la atención, la memoria, la resolución de problemas, la toma de decisiones y los sentimientos. Requiere de un cerebro con cierto nivel de complejidad y por eso el ser humano tiene las capacidades enumeradas.
La neurobiología se refiere a los mecanismos biológicos a través de los cuales un sistema nervioso animal regula el comportamiento. Durante millones de años, los cerebros en diversas especies animales han evolucionado para producir comportamientos que los expertos identifican como inteligentes. Entre ellos se encuentran el razonamiento y la resolución de problemas, el uso de herramientas y el autorreconocimiento.
De acuerdo con una revisión  sobre la neurología de la conciencia, los únicos animales que cumplen con los criterios de comportamiento inteligente son los vertebrados (incluidos los peces), los artrópodos y los cefalópodos. Si otros animales que poseen sistemas nerviosos, pero carecen de cerebros complejos, no tienen sentido de conciencia, las posibilidades de que las plantas –que no tienen sistema nervioso– lo tengan, son nulas.
Si lo pensamos un poco, ¿para qué necesitarían la conciencia? A diferencia de los animales, que a la menor señal de peligro toman las de Villadiego, las plantas no pueden escapar del peligro. Invertir energía en un sistema corporal que reconoce una amenaza y puede sentir dolor sin poder hacer nada para evitarlo sería una estrategia evolutiva muy deficiente. Imagine, por ejemplo, la difícil situación de los árboles durante un incendio forestal. ¿Para qué necesitarían tener la conciencia y el dolor de quemarse vivos?
La inconsciencia es, con toda probabilidad, una ventaja evolutiva para las plantas. Pueden seguir comiendo ensalada sin temor: la lechuga no se quejará.

jueves, 31 de agosto de 2017

¿Pueden Oir las Plantas?


Hay quien afirma que la música acelera el crecimiento de las plantas, a pesar de las magras pruebas que avalan semejante aseveración pseudocientífica. Pero nuevas investigaciones indican que algunos vegetales podrían percibir sonidos, como el gorgoteo del agua a través de una tubería o el zumbido de los insectos.
En un estudio reciente, Monica Gagliano, bióloga evolutiva de la Universidad de Australia Occidental, y sus colaboradoras depositaron plántulas de guisante en frascos con forma de Y invertida. Uno de los brazos del frasco se apoyaba sobre una bandeja con agua o un tubo enroscado de plástico a través del cual circulaba el líquido elemento; el otro descansaba sobre tierra seca. Las raíces crecieron hacia el brazo del agua, tanto si esta era fácilmente accesible como si circulaba oculta por el tubo. «Sabían que el agua estaba allí, aunque lo único que podían percibir era el rumor a su paso por la tubería», asegura. Pero cuando se les dio la opción de escoger entre el tubo de agua y tierra húmeda, las raíces optaron por la segunda. Gagliano plantea la hipótesis de que las plantas se sirven de las ondas sonoras para detectar el agua en la distancia pero siguen el gradiente de humedad para alcanzar su objetivo cuando se hallan cerca.
La investigación, descrita hace unos meses en Oecologia, no es la primera en sugerir que los vegetales detectan e interpretan los sonidos. Un estudio de 2014 mostró que la crucífera Arabidopsis distingue el sonido causado por la masticación de una oruga y las vibraciones del viento: segregó más toxinas tras «escuchar» la grabación de los insectos comiendo. «Tendemos a subestimar las plantas porque nuestros sentidos no perciben bien sus respuestas. Pero las hojas han resultado ser unos detectores de vibraciones sumamente sensibles», asegura la investigadora principal del estudio Heidi M. Appel, ambientóloga radicada ahora en la Universidad de Toledo en EE.UU.
Otra pista sobre la capacidad auditiva de las plantas la aporta el fenómeno de la «polinización por zumbido», en la que cierta frecuencia del sonido del vuelo estimula la liberación del polen.
Michael Schöner, biólogo de la Universidad de Greifswald que no ha participado en esta novedosa investigación, cree que podrían poseer órganos capaces de captar sonidos. «Las vibraciones sonoras desencadenarían la respuesta de la planta a través de mecanorreceptores, que adoptarían la forma de estructuras filiformes muy delgadas, que podrían actuar como una membrana vibrátil», explica.
Esta investigación plantea dudas sobre si la contaminación acústica afectaría tanto a la flora como a la fauna, observa Gagliano: «El ruido podría bloquear canales de comunicación entre las plantas; por ejemplo, para advertir a sus iguales de la presencia de insectos fitófagos.» Así que la próxima vez que ponga en marcha el cortacésped o el soplahojas en su jardín, procure no molestar demasiado.