domingo, 17 de abril de 2016

¿Materia Oscura Supermasiva?

La mayoría de los modelos que intentan explicar la naturaleza de la materia oscura postulan que sus partículas deberían tener una masa no muy lejana de la de bosón de Higgs. En parte, ello se debe a que, de ser así, la materia oscura ayudaría a resolver uno de los grandes problemas conceptuales del modelo estándar: el llamado «problema de las jerarquías», o por qué la masa del bosón de Higgs (125 gigaelectronvoltios, o GeV) se encuentra tan alejada de la escala de Planck (1019 GeV). Este problema aparece porque, en general, los efectos cuánticos deberían «engordar» el bosón de Higgs y hacer que su masa se acercase a la escala a la que comenzasen a aparecer nuevos fenómenos físicos. Pero, si estos no surgen hasta la escala de Planck (la energía a la cual deberían empezar a observarse los efectos cuánticos de la gravedad), ¿por qué la masa del bosón de Higgs es casi un trillón de veces menor?
Así pues, los modelos tradicionales de materia oscura hacen encajar todas las piezas: por un lado, se sabe que el modelo estándar no puede proporcionar una descripción completa de la naturaleza porque, entre otras cosas, no explica la materia oscura; y, por otro, una partícula de materia oscura con una masa cercana a la del bosón de Higgs ayudaría a entender el propio modelo estándar. Dichos modelos cuentan además con otra gran ventaja: si las partículas de materia oscura no fuesen mucho más pesadas que el bosón de Higgs, tal vez podrían aparecer pronto en los grandes aceleradores de partículas, como el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del CERN.
Sin embargo, a pesar de todas las expectativas teóricas y de todos los argumentos basados en la «naturalidad» del modelo estándar, nada obliga a que la naturaleza funcione así. ¿Y si las partículas de materia oscura tuviesen una masa cercana a la escala de Planck? Hasta ahora, esta posibilidad ha sido poco explorada por los investigadores porque, de ser el caso, sería imposible producir partículas de materia oscura en el LHC o en cualquier otro acelerador futuro. Es decir, se trataría de modelos extraordinariamente difíciles de confirmar o refutar por medio de cualquier experimento.
En un artículo publicado hace unos días en Physical Review Letters, Mathias Garny, físico del CERN, y otros investigadores señalan que ese no tendría por qué ser necesariamente el caso. Los autores consideran un modelo muy sencillo en el que la materia oscura se compone de partículas con una masa muy cercana a la escala de Planck y que solo interaccionan con la materia ordinaria por medio de la gravedad. Aunque a primera vista parece que algo así sería imposible de contrastar por medio de las observaciones, Garny y sus colaboradores apuntan una interesante consecuencia: la producción de partículas tan masivas en el universo primitivo tendría que haber generado una gran cantidad de ondas gravitacionales. Y estas, a su vez, habrían dejado una impronta medible en el fondo cósmico de microondas.

Filamentos de materia oscura: Los astrónomos saben desde hace décadas que cerca del 85 por ciento de toda la materia existente en el cosmos no se compone de partículas ordinarias. Un nuevo trabajo ha argumentado que cierto modelo de materia oscura supermasiva, una posibilidad poco explorada hasta ahora por los investigadores, podría ser confirmado o refutado mediante un estudio detallado del fondo cósmico de microondas. [Stefan Gottloeber, Instituto Leibniz de Astrofísica de Potsdam; Chris Henze, NASA/Ames.]

Dicha huella sería del mismo tipo que la que hace dos años creyeron haber detectado los investigadores del experimento BICEP2, en la Antártida. Meses después de aquel famoso anuncio, la mayor parte de la señal observada por BICEP2 se demostró consecuencia de las emisiones del polvo galáctico, no de las ondas gravitacionales primigenias. Sin embargo, los expertos aún no han descartado por completo que en el fondo de microondas pueda subsistir una pequeña huella asociada a dichas ondas. En su artículo, Garny y sus colaboradores deducen que, si la materia oscura se compusiese de partículas con una masa cercana a la escala de Planck, la correspondiente señal debería aparecer muy pronto en los datos del fondo de microondas.
Más información en Physical Review Letters (el artículo técnico es de acceso libre) y Physics.
—IyC

¿Y si una civilización alienígena estuviese estudiando nuestro planeta?

Desde 2009, el telescopio espacial Kepler, de la NASA, ha descubierto más de mil planetas al cazarlos en el momento en que, vistos desde la Tierra, pasan por delante de su estrella. Ahora, un estudio ha propuesto darle la vuelta a la idea para buscar civilizaciones alienígenas y, en su caso, comunicarse con ellas.
René Heller, astrónomo del Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar de Gotinga, cree que la búsqueda de vida extraterrestre inteligente debería dirigirse hacia aquellos planetas desde los cuales la Tierra pueda verse pasando por delante del Sol. Al estudiar esos eclipses, conocidos en jerga técnica como tránsitos planetarios, otras civilizaciones podrían haber descubierto que nuestro planeta tiene una atmósfera cuya composición química ha sido alterada por la presencia de vida. «Tendrían buenas razones para querer contactar con nosotros, ya que nos identificarían con un planeta habitado», razona Heller.
En un trabajo que aparecerá publicado en el número de abril de la revista Astrobiology, Heller y Ralph Pudritz, astrónomo de la Universidad McMaster en Hamilton, calculan que, en una distancia de 1000 pársecs (3260 años luz), debería de haber unas 10.000 estrellas con capacidad para albergar mundos con tales características. Los investigadores abogan por que las futuras búsquedas de vida inteligente, como el proyecto Breakthrough Listen (un programa de 100 millones de dólares anunciado hace poco por el filántropo ruso Yuri Milner), se centren en tales estrellas, situadas en la región que resulta de extender el plano del sistema solar hacia nuestro entorno galáctico. Por ahora, el proyecto Breakthrough Listen no tiene previsto estudiar esa región del espacio, sino el centro y el plano galácticos, así como en otras franjas del cielo.
La idea de fijarse en aquellos mundos desde los que la Tierra pueda verse transitando por delante del Sol se remonta al menos a los años ochenta del pasado siglo. Ahora, sin embargo, los hallazgos del telescopio Kepler permiten reconsiderar la idea con más detalle, apunta Heller.
Más poblada de lo que parece
La zona del espacio desde la que la que la Tierra podría verse transitando por delante del Sol conforma un disco relativamente estrecho. Dicho disco resulta más fino aún si se restringe a aquellas posiciones desde las que nuestro planeta se vería pasar por delante del Sol a una distancia de su centro inferior a la mitad del radio aparente de la estrella. Tales condiciones deberían asegurar un tránsito fácil de estudiar para una civilización extraterrestre que dispusiera de un instrumento como Kepler.
En dicha zona, y a una distancia de 1000 pársecs o menos, Heller y Pudritz han hallado por el momento un total de 82 estrellas similares al Sol. La cifra procede de los datos obtenidos en su día por el satélite Hipparcos, un antiguo proyecto de la ESA. Sin embargo, los astrónomos aún no han descubierto todas las estrellas localizadas en la región. Al extrapolar los datos disponibles, Heller y Pudritz auguran que esta debería contener unas 10.000 estrellas. Heller sostiene que, si esos astros albergasen planetas y si en alguno de ellos habitase una civilización extraterrestre, hace tiempo que esta podría habernos localizado y comenzado a enviarnos señales.
De los astros conocidos en esa zona del espacio, uno de los más cercanos es la estrella de Van Maanen, una enana blanca (una estrella muerta) situada a tan solo 4 pársecs de distancia. Dicho astro podría tener o no planetas orbitando a su alrededor; pero, en caso de tenerlos, serían sin duda un lugar de primera fila para estudiar la Tierra. «Si una civilización hubiese sobrevivido a la muerte de la estrella, podrían vernos transitando nuestro propio Sol», apunta Heller.
En 2010, la Batería de Telescopios Allen, en Carolina del Norte, estuvo buscando durante cuatro días señales procedentes de la zona del espacio directamente opuesta al Sol, explica Seth Shostak, astrónomo del instituto SETI, un centro de Mountain View dedicado a la búsqueda de inteligencia extraterrestre. El objetivo de aquel rastreo era comprobar si una civilización alienígena podría estar enviando señales que llegasen a nuestro planeta en los momentos en que, para sus habitantes, la Tierra cruzase por delante del Sol. Pero aquella búsqueda resultó infructuosa, y por ahora no hay planes de retomarla. «Por desgracia, hay más buenas ideas para los experimentos de SETI que investigadores disponibles para llevarlas a cabo», comenta Andrew Siemion, astrónomo de la Universidad de California en Berkeley.
Heller calcula que, de aquí a unos cinco años, el satélite Gaia, de la ESA, debería haber localizado la mayor parte de las estrellas situadas en la zona en cuestión. Hasta entonces, él y Pudritz planean usar los datos de la misión K2, la prórroga de la misión Kepler, para buscar planetas en esa región del espacio y, con ello, posibles civilizaciones alienígenas que nos estén observando.
El artículo técnico ha sido aceptado para su publicación en la revista Astrobiology. Una versión preliminar se encuentra disponible en el repositorio arXiv.
—Alexandra Witze / Nature News para IyC

Analizan Atmósfera de Supertierra

Gracias a una serie de observaciones espectroscópicas efectuadas con el telescopio espacial Hubble, un equipo de astrónomos ha logrado analizar la atmósfera de 55 Cancri e, un planeta de unas ocho masas terrestres situado a 40 años luz del sistema solar. Los nuevos datos indican que este mundo, relativamente cercano, estaría envuelto por una atmósfera rica en hidrógeno, helio y con posible presencia de ácido cianhídrico, un compuesto de interés para los investigadores por cuanto constituye un indicador de ambientes ricos en carbono.
Los expertos han logrado obtener información sobre la composición atmosférica de 55 Cancri e al analizar la luz procedente de su estrella anfitriona cuando el planeta pasaba por delante. En tales situaciones, la atmósfera de un planeta actúa como un filtro cuyo «color» revela su composición química. Se trata además de la primera vez que se consigue analizar la atmósfera de una supertierra, nombre genérico por el que se conoce a aquellos planetas más masivos que el nuestro pero considerablemente menores que Urano o Neptuno. El artículo técnico, firmado por Angelos Tsiaras, de la Escuela Universitaria de Londres, y otros investigadores, fue aceptado hace unos días para su publicación en The Astrophysical Journal.
El planeta debe su nombre a la estrella en torno a la cual orbita, 55 Cancri. Situada en la constelación de Cáncer, se trata de una estrella similar al Sol aunque algo más pequeña, fría y tenue. 55 Cancri e se encuentra muy próximo a ella; tanto es así que apenas tarda 18 horas en completar una vuelta a su alrededor. Debido a la corta distancia que lo separa de su estrella madre, los astrónomos calculan que las temperaturas en la superficie del planeta podrían alcanzar los 2000 grados Celsius. De hecho, el nuevo estudio no ha obtenido ningún indicio de la presencia de vapor de agua en la atmósfera de 55 Cancri e, por lo que no se espera que este mundo pueda albergar ninguna forma de vida.
55 Cancri e ha recibido en el pasado el apodo de «planeta de diamante», ya que los modelos sobre su estructura apuntan a que se trataría de un astro anormalmente rico en carbono. En 2012, un estudio concluyó que el planeta podría tener una corteza de grafito y un interior compuesto de diamante, una forma de carbono puro creada cuando el elemento se somete a presiones muy elevadas, como las que se espera que reinen en el interior de este exótico mundo. En este sentido, si la presencia de ácido cianhídrico (HCN) en la atmósfera de 55 Cancri e se ve confirmada por futuras observaciones, el resultado apoyaría la hipótesis de que se trata de un planeta muy rico en carbono.
El artículo técnico ha sido aceptado para su publicación en The Astrophysical Journal. Una versión gratuita se encuentra disponible en el repositorio arXiv. Más información y material audiovisual www.spacetelescope.org.
—IyC 

El misterio de las «galaxias medusa»



Algunas galaxias parecen surcar el cielo del mismo modo que las medusas el mar. En los últimos años, se han descubierto varias galaxias espirales cuya forma recuerda a la de estos exóticos cnidarios, pues presentan largos tentáculos azulados compuestos de gas y estrellas jóvenes. Ahora, un estudio reciente ha aportado nuevas pistas sobre su origen.
A fin de localizar nuevas «medusas celestes», Conor McPartland y Harald Ebeling, de la Universidad de Hawái en Manoa, y otros astrónomos escudriñaron un total de 63 cúmulos de galaxias, descomunales agrupaciones cósmicas formadas por numerosas galaxias y gas caliente. Los investigadores ya sabían que las galaxias medusa se forman cuando una galaxia espiral cae en un cúmulo y el gas de este arranca el de aquella. En el proceso, se crean «tentáculos» donde, a su vez, se engendran nuevas estrellas, las más brillantes de las cuales emiten luz azul.
Los investigadores localizaron un total de nueve galaxias medusa nunca antes vistas. Sin embargo, no todo resultó ser como esperaban. «Había algo extraño», apunta Ebeling. «Las galaxias no se movían hacia el centro de los cúmulos.» Debido a la atracción gravitatoria ejercida por estos, las galaxias medusa deberían avanzar hacia su parte central, lo que quedaría reflejado en la orientación de los tentáculos. No obstante, las descubiertas por Ebeling y sus colaboradores parecían estar moviéndose de manera errática en todas direcciones. Además, su localización también era insólita, puesto que todas ellas se encontraban en la periferia de los cúmulos.
Tales observaciones sugieren que las galaxias medusa se formarían en colisiones de cúmulos de galaxias. Las galaxias de un cúmulo atravesarían el gas caliente del otro y, en el caos resultante, acabarían moviéndose en todas direcciones. Los resultados del estudio aparecieron publicados el mes pasado en la revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society.
Para confirmar su hipótesis, ahora los investigadores tienen previsto estudiar el gas de aquellos cúmulos que albergan galaxias medusa. En general, el gas de un cúmulo se encuentra tan caliente que emite rayos X. Pero, si Ebeling y sus colaboradores están en lo cierto, el de un cúmulo con galaxias medusa debería estar aún más caliente allí donde se produjo la colisión. Si las futuras observaciones en rayos X apoyan esta idea, las galaxias medusa acabarán siendo víctimas de la violencia cósmica. Nacidas como resultado de un descomunal choque, estarían destinadas a perder todo el gas hasta convertirse en galaxias elípticas, objetos anodinos carentes de gas y, por tanto, de los bellos brazos espirales en los que nacen nuevas estrellas.
Galaxia medusa situada a 220 millones de años luz. [Telescopio Espacial Hubble/NASA/ESA/Equipo para el Legado del Hubble (STScI/AURA)/M. Sun/Universidad de Alabama en Huntsville.]

Más información en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society. Una versión del artículo técnico se encuentra disponible en el repositorio arXiv.
—Ken Kroswell / Scientific American

domingo, 3 de abril de 2016

Encuentran un nuevo tipo de interacción entre dos virus

Un equipo de investigadores, que cuenta con la participación de la Universitat de València publica en la revista PeerJ un trabajo con aplicación en de aplicación en control de plagas y ecología en el que han hallado evidencias de un nuevo tipo de interacción entre dos virus. La relevancia del descubrimiento apunta a que esta interacción puede ser una herramienta eficaz para mejorar la supervivencia de determinados microorganismos virales en el ambiente y provocar la infección de nuevos huéspedes.

La prevalencia de este tipo de asociación en la naturaleza es desconocida aunque importantes parásitos de insectos sufren infecciones de baculovirus y probablemente de iflavirus, incluyendo muchos gusanos, y plagas de cultivos y bosques. La asociación entre el iflavirus y el baculovirus también puede influir en la relación entre poblaciones naturales de Lepidoptera (mariposas y polillas). 

Según apunta Salvador Herrero, profesor de Genética de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universitat de València y coordinador del estudio, "la eficacia de baculovirus, el cual actualmente es empleado en el control biológico de plagas agrícolas, se puede ver influenciada por la presencia de este virus parasítico, y al mismo tiempo también puede ser relevante para la dinámica y ecología de estos virus y sus insectos hospedadores en la naturaleza". Además, la investigación apunta que este tipo de interacción también se puede dar con otras combinaciones de virus, los cuales podrían infectar a otros organismos. 

El equipo valenciano está formado por Salvador Herrero y Agata K. Jakubowska, investigadora del departamento de Genética de la Universitat y de la Estructura de Investigación Interdisciplinar en Biotecnología y Biomedicina (ERI-Biotecmed). En el trabajo indican que este virus parasitario de ARN o ácido ribonucleico (sustancia presente en varias células y que es el único material genético de ciertos virus) puede completar su ciclo de manera autónoma, pero en determinadas circunstancias, como por ejemplo la infección de un huésped por otro virus (por ejemplo un insecto), un virus puede parasitar a otros y aprovecharse de su cubierta proteica. 

Partiendo del hecho que la transmisión parasitaria y la prevalencia de la infección definen el éxito reproductivo de los virus y que este tipo de interacción puede ocurrir también con otras combinaciones de virus, las ventajas de esta unión a uno de los virus son amplias, tal y como se explica al trabajo publicado, Iflavirus increases its infectivity and physical stability in association with Baculovirus (El Iflavirus incrementa su infectivitat y su estabilidad física asociado con el Baculovirus). 

Los virus que parasitan a otros (iflavirus) infectan insectos. Comprenden un genoma de ácido nucléico y una cubierta proteica. Estas partículas, de no más de 25 nanómetros, se ha observado que se asocian físicamente con las partículas de virus de insectos grandes con ADN (ácido nucléico, con las instrucciones genéticas del organismo), denominados baculovirus. Las partículas de estos están cubiertas por una estructura de proteínas de espesor, formando lo que se conoce como cuerpo de oclusión, y que permite a los microorganismos sobrevivir en un estado infeccioso por largos periodos de tiempos. 

Los baculovirus normalmente infectan orugas que comen follaje contaminado con sus cuerpos de oclusión, y las matan, a la vez que liberan de su cadáver millones de nuevos virus. Lo hacen desde el intestino de la oruga, donde fácilmente establecen una infección que se transmite con los virus por el mecanismo de padres a hijos. Este hecho se produce porque los dos tipos de virus, comunes en insectos, difieren en sus estrategias de transmisión. Así, los baculovirus a menudo matan sus anfitriones y liberan cuerpos de oclusión para la transmisión (horizontal), mientras que los iflavirus no matan a los anfitriones y se reproducen principalmente en la transmisión vertical (padres a hijos). 

PROTECCIÓN DE LOS FACTORES AMBIENTALES
Se podría resumir en que los iflavirus infectan insectos y se transmiten de padres a hijos, mientras que los baculovirus -cubiertos por un cuerpo de oclusión y que se transmiten horizontalmente- matan a sus huéspedes (insectos). En huéspedes infectados con los dos tipos de virus, los iflavirus se convierten en autoestopistas del cuerpo de oclusión de los baculovirus para conseguir la transmisión horizontal. Además, este cuerpo de oclusión protege a los iflavirus de los factores ambientales como por ejemplo la radiación solar y facilita el equilibrio viral ambiental. 

La investigación se inició observando que cuando el insecto se infectaba con el virus parasitado, mostraba grandes niveles de infección con el virus parasítico. Al analizar el inóculo inicial de baculovirus se observó que también estaba presente el virus parasítico (iflavirus). A continuación, se llevaron a cabo una serie de experimentos para confirmar dicha asociación. Por un lado se observó con técnicas de microscopia la presencia de una serie de partículas en el interior del virus parasitado que coincidían en tamaño con las del virus parasitado. 

A la vez, se confirmó que cuando el virus parasítico estaba asociado al parasitado, el primero era mucho más resistente a la temperatura y la luz ultravioleta y por lo tanto aumentaba su persistencia en campo (y por lo tanto, sus oportunidades para producir nuevas infecciones). También se observó que la interacción aumentaba la capacidad de infección del virus parasítico y disminuía la del parasitado. 

MECANISMOS MOLECULARES QUE REGULAN LA RELACIÓN ENTRE INSECTOS
Esta investigación se ha desarrollado por el grupo de Control Biotecnológico de Plagas de la ERI-Biotecmed de la Universitat de València. El estudio que dirige Salvador Herrero se centra en el estudio de los mecanismos moleculares que regulan la interacción entre insectos y sus patógenos virales y bacterianos para mejorar su uso para un control racional de las plagas agrícolas. 

Como investigador, Salvador Herrero ha desarrollado su carrera en prestigiosos laboratorios en los Países Bajos, Australia e Israel y ha participante en numerosos proyectos tanto nacionales como internacionales, relacionados con el uso de patógenos de insectos en el control de plagas. 


SINC

El hombre pudo ver unicornios sobre la Tierra

A veces, aunque no sea lo habitual, las leyendas cobran vida y parecen convertirse en realidad. Y a pesar de que su aspecto dista bastante de lo que cualquera de nosotros pudiera tener en mente, lo cierto es que el unicornio, o algo que se le parece mucho, existió realmente. Y no solo eso, sino que las últimas investigaciones de los científicos apuntan a que pudo coincidir en el tiempo con los humanos.
Durante décadas, los investigadores habían creído que el Unicornio siberiano, una especie de mamífero más parecido a un rinoceronte que a un caballo, se extinguió definitivamente hace unos 350.000 años. Es decir, muchísimo antes de que nuestros antepasados directos llegaran al continente europeo. Sin embargo, un cráneo exquisitamente conservado y aparecido recientemente en Kazajistán ha cambiado radicalmente las cosas. De hecho, y según acaba de publicarse en la revista American Journal of Applied Science, esta increíble criatura pudo sobrevivir, por lo menos, hasta hace 29.000 años. Y convivir, por lo tanto, con nuestra propia especie, Homo sapiens, que llegó a Europa hace cerca de 40.000.
En otras palabras, realmente hubo un "unicornio" paseándose por el viejo continente, y casi con toda seguridad fue visto en más de una ocasión por nuestros lejanos antepasados. Aunque, todo hay que decirlo, poco o nada tenía que ver con los unicornios que aparecen en las leyendas mitológicas. Su nombre científico es Elasmotherium sibiricum, era enorme y peludo, poseía un gran cuerno recto y puntiagudo y sus formas recuerdan a las de los rinocerontes modernos.
Según las primeras descripciones científicas, el Unicornio siberiano medía dos metros de altura, hasta 4,5 metros de largo y su peso rondaba las cuatro toneladas. Unas dimensiones que se acercan más a las del mamut que a las del caballo. A pesar de su impresionante aspecto, el Unicornio siberiano sólo se alimentaba de hierba. Es decir, que si queremos hacernos una idea real sobre el aspecto de esta criatura, deberemos pensar en una especie de rinoceronte, cubierto de pelo, pero con el rostro más parecido al de un caballo y un único y larguísimo cuerno sobresaliendo de su frente, en lugar de los dos cuernos cortos y rechonchos de los rinocerontes actuales. 

El refugio de un macho

El nuevo cráneo, extraordinariamente bien conservado, fue hallado en la región de Pavlodar, en Kazajistán. Y sus descubridores, un equipo de paleontólogs de la Universidad Estatal de Tomsk, en Rusia, lo han datado por medio de técnicas de radiocarbono, atribuyéndole una edad de cerca de 29.000 años. Basándose en las características del fósil, los científicos creen que se trata de un macho, aunque por ahora se desconoce cuál fue la causa de su muerte.
Pero la principal pregunta que se formulan los investigadores es cómo pudo esta especie de unicornio perdurar hasta varios cientos de miles de años después de que todos sus demás parientes se extinguieran. "Lo más probable -afirma Andrei Shpanski, uno de los miembros del equipo- es que el sur oeste de Siberia fuera un refugio en el que esta especie logró sobrevivir mucho más tiempo que el resto de sus congéneres. Otra posibilidad es que el Unicornio siberiano fuera capaz de migrar y de pasar largas temporadas en regiones mucho más al sur". 
Los investigadores esperan que su hallazgo pueda ayudar a comprender mejor cómo influyen los factores ambientales en la extinción de las especies, y cómo las migraciones a través de largas distancias pueden haber ayudado a algunas criaturas, como el Unicornio siberiano, a durar mucho más tiempo de lo que se pensaba.
El unicornio siberiano  - Archivo
Jose Manuel Nieves para ABC.es

En busca del Planeta X

Algo muy extraño parece estar ocurriendo más allá de Plutón. Los astrónomos saben desde hace más de dos décadas que este planeta enano no está solo en los confines del sistema solar: forma parte del cinturón de Kuiper, la extensa nube de cuerpos helados que se mueven más allá de Neptuno. Al igual que los planetas y los asteroides, los cuales orbitan entre Marte y Júpiter, la mayoría de los objetos del cinturón de Kuiper describen trayectorias más o menos circulares alrededor del Sol. Sin embargo, existe un pequeño grupo de ellos cuyas órbitas resultan ciertamente atípicas, mucho más alargadas de lo que cabría esperar.
Estos objetos anómalos —entre cuatro y una docena, dependiendo de quién cuente comparten otra peculiaridad orbital. Como ocurre con la mayoría de los objetos del cinturón de Kuiper (KBO, por sus siglas en inglés), sus trayectorias forman un ángulo con el plano en que se mueven los planetas: una parte del tiempo se elevan sobre él, luego lo atraviesan y después continúan por debajo. Pero, a diferencia de sus hermanos helados, estos objetos peculiares cruzan el plano de los planetas casi en el mismo momento en que más cerca se encuentran del Sol. O, usando un término que resulta arcano hasta para muchos astrónomos, tienen argumentos del perihelio muy similares.
«En circunstancias normales», explica Scott Sheppard, científico planetario de la Institución Carnegie para la Ciencia, «uno esperaría que los argumentos del perihelio se hubieran vuelto aleatorios en el transcurso de la historia del sistema solar». Que estos objetos terminasen con el mismo argumento del perihelio podría no ser más que una coincidencia: por pura casualidad, sucedería un pequeño porcentaje de las veces. La probabilidad es similar a la de lanzar una moneda y obtener diez caras seguidas. Poco habitual, pero ni mucho menos imposible.

Las extrañas órbitas de varios objetos del cinturón de Kuiper, más allá de Neptuno, sugieren la existencia de un gran planeta oculto en los arrabales del sistema solar. Esta recreación artística lo representa junto a su propia luna. [RON MILLER]
Sin embargo, esas diez caras también podrían indicar que la moneda está trucada. Lo mismo ocurre con los KBO anómalos: tal vez haya algo que explique su extraña configuración. Y, según algunos expertos, la causa podría ser un enorme planeta oculto en los confines del sistema solar: una supertierra (nombre genérico que reciben los planetas con una masa de hasta diez veces la terrestre). También conocido como «Planeta X», si este mundo lejano existiese, orbitaría al menos diez veces más lejos del Sol que Neptuno. Se encontraría tan distante y brillaría tan poco que ningún telescopio lo habría detectado hasta la fecha, pero su considerable masa ejercería efectos gravitatorios sobre el resto del sistema solar. Ello podría explicar las extrañas órbitas de algunos cuerpos transneptunianos.
«Aún no tenemos pruebas concluyentes de que en esa zona exista un objeto de masa planetaria», señala Nathan Kaib, experto en formación de planetas que también trabaja en la Institución Carnegie, «pero está pasando algo muy curioso que no entendemos». De hecho, cada vez hay más astrónomos que dan crédito a la idea, antes ridiculizada, de que hay una supertierra entre nosotros: el Planeta X.

En síntesis

Una serie de objetos helados y distantes que describen extrañas órbitas alrededor del Sol han llevado a algunos científicos a sospechar que en el sistema solar puede haber más planetas de los que conocemos.
Varios indicios apoyan la idea de que una o más «supertierras» (planetas con una masa de hasta diez veces la de la Tierra) podrían orbitar mucho más allá de Neptuno.
Esos astros serían demasiado tenues y distantes para observarlos con los telescopios actuales. Pero, si realmente existen, tal vez puedan detectarse en el futuro.
Michael Lemonick para Investigación & Ciencia