martes, 10 de marzo de 2020

¿Dónde se esconden los extraterrestres?

¿Es la especie humana la única especie inteligente del universo? No parece que haya ninguna razón para pensar que así sea. Si la vida y la inteligencia son el fruto de un proceso fortuito producido por millones de años de evolución, como defiende la mayoría de científicos, este proceso podría (y debería) haberse repetido en diferentes puntos del universo. 
Según Christian de Duve, Premio Nobel de Medicina en 1974, la vida debe surgir casi necesariamente en un planeta si se producen unas condiciones físicas similares a las que tenía la Tierra hace 4 000 millones de años. 
Existen miles de millones de estrellas del mismo tipo que nuestro Sol (tipo G) en la Vía Láctea, y la nuestra es tan solo una entre las más de diez mil millones de galaxias del universo observable. 
Además, nada impide que la vida pueda desarrollarse en planetas que giren alrededor de otras estrellas que no sean de tipo G, aunque probablemente esta vida sería muy diferente de la vida que conocemos.

Sin agujeros de gusano, sólo nos quedan los vecinos próximos

Lo cierto es que no debería importarnos demasiado la posibilidad de existencia de vida extraterrestre inteligente en otras galaxias, ya que lo más probable es que jamás consigamos establecer contacto con esos seres. 
La Vía Láctea tiene un diámetro de cien mil años luz. Esto quiere decir que, si recibiésemos una señal procedente de seres extraterrestres del otro extremo de la galaxia (nosotros estamos en uno de sus brazos espirales), esa señal habría sido enviada hace cien mil años, y nuestra respuesta tardaría otros cien mil años en llegar a su destino. No parece una buena forma de mantener una conversación. 
Sería todavía más complicado establecer algún tipo de comunicación con seres de otras galaxias. La más cercana, Andrómeda, está a dos millones de años luz de nosotros. Es decir, necesitaríamos cuatro millones de años para escuchar a alguien que nos dijese “hola” y que ese alguien recibiese nuestra respuesta. 
En definitiva, la comunicación con seres extraterrestres solo podría producirse con criaturas que viviesen en un sistema planetario situado a unos pocos años luz del nuestro. A menos, claro, que la física que conocemos esté equivocada y la velocidad de la luz no sea un límite insalvable, o que aprendamos a construir agujeros de gusano y descubramos cómo enviar señales de radiofrecuencia a través de ellos. Y de paso, aprendamos a viajar en el tiempo.
Galaxia de Andrómeda. Boris Štromar/Wikimedia Commons, CC BY

Civilizaciones que se autodestruyen

En 1950, el gran físico Enrico Fermi enunció lo que se conoce como la paradoja de Fermi: “Hay una contradicción entre la probabilidad de la existencia de vida extraterrestre y el hecho de que no hayamos tenido ningún contacto con ella”. 
La respuesta de Fermi a la paradoja, probablemente influenciada por su participación en el proyecto Manhattan, donde trabajó en el diseño de la primera bomba atómica, fue que todas las civilizaciones inteligentes desarrollan una tecnología con la capacidad de destruir la propia civilización, y la utilizan.

¿Puede una civilización colonizar la galaxia?

El tiempo necesario para que una civilización inteligente se desarrolle y colonice una galaxia es muy inferior a la edad de la Vía Láctea. Por lo tanto, desde que existe la Vía Láctea ha habido tiempo suficiente para que sea colonizada muchas veces por diferentes civilizaciones. 
Una civilización capaz de colonizar una galaxia debe ser de tipo 3, según la escala de Kardashov. Esta escala clasifica las civilizaciones en función de cuánta energía de su entorno son capaces de aprovechar. 
Una civilización de tipo 3 debería ser capaz de aprovechar toda la energía disponible en una galaxia. Las civilizaciones de tipo 2 son capaces de aprovechar toda la energía de un sistema planetario, y las de tipo 1 toda la energía de un planeta. Nuestra civilización aún no es ni siquiera de tipo 1, y le quedan más de 100 000 añospara ser de tipo 3. Justo el tiempo que tardaría un mensaje nuestro en llegar a la otra punta de la galaxia. Si lanzásemos un mensaje ahora, probablemente llegaríamos antes que él (si no nos autodestruimos ates, claro)
El Telescopio Allen del SETI y la Universidad de California busca signos de inteligencia extraterrestre. Seth Shostak/SETI Institute

¿Cuántas civilizaciones inteligentes hay en la Vía Láctea?

En 1961 Frank Drake, famoso radioastrónomo y presidente del instituto SETI, presentó una ecuación para responder a esta pregunta. 
Según la ecuación de Drake, el número de civilizaciones presentes en nuestra galaxia con capacidad de comunicarse con otras civilizaciones es el producto de siete factores: 
  • El ritmo anual de formación de estrellas que son adecuadas para la vida en la galaxia.
  • El porcentaje de estas estrellas que tienen un sistema planetario.
  • El número de planetas de este sistema que orbitan dentro de la zona de habitabilidad de la estrella. 
  • El porcentaje de estos planetas en los que se ha desarrollado la vida inteligente.
  • El porcentaje de planetas donde la vida inteligente ha desarrollado una tecnología capaz de comunicarse con otra civilización extraterrestre e intenta usarla.
  • El tiempo durante el que puede existir una civilización inteligente que intenta comunicarse con otras civilizaciones.
Actualmente no disponemos de datos suficientes para asignar valores específicos a los siete factores de la ecuación de Drake, pero numerosos científicos han tratado de calcularlos para resolverla, obteniendo resultados muy dispares. El propio equipo de Drake, por ejemplo, obtuvo que el número de civilizaciones que podríamos detectar en nuestra galaxia es de 10. 
Michael Shermer estableció valores distintos para algunos parámetros, y calculó que actualmente debería haber 4 975 civilizaciones detectables en todo el universo. El número de civilizaciones de nuestra galaxia sería solo de 0,000000014, que es equivalente a la existencia de una civilización cada 70 millones de años. 
Si se usa la teoría de Olduvai para calcular alguno de los factores, el número de civilizaciones de nuestra galaxia es aún menor: 0,0000000008. Esto significa que en la Vía Láctea habría existido una civilización tecnológica cada 1 240 millones de años, y en todo el universo observable habría 282 civilizaciones emitiendo señales de radio en este mismo momento. Aunque ya sabemos que las civilizaciones de fuera de nuestra galaxia no llegarán nunca a contactar con nosotros sin agujeros de gusano. 
Otros científicos han calculado valores tan dispares como que existe una única civilización o que hay diez millones. Todo depende de los criterios que se usen para estimar los diferentes parámetros.
La ecuación de Drake tiene siete incógnitas y algunas de ellas solo pueden ser estimadas, no medidas. Además, la evolución tecnológica y nuestro propio conocimiento del universo podrían hacer que los valores asignados a cada una de estas variables cambien considerablemente. Por eso, la ecuación de Drake es un ejercicio intelectual de dudosa aplicación práctica. 
Otros autores han hecho propuestas similares a la ecuación de Drake. Por ejemplo, Sara Seager propuso en 2013 una ecuaciónpara estimar el número de planetas habitables de la galaxia (aunque no viva en ellos una civilización tecnológicamente avanzada). 
Recreación de un estallido de rayos gamma. ESO/L. Calçada

¿Son los estallidos cortos de rayos gamma la respuesta?

En el año 2001 tuve la oportunidad de asistir a una conferencia del profesor Matteo Cavalli-Sforza (que actualmente trabaja en el Institut de Física d'Altes Energies) sobre la posibilidad de que exista inteligencia extraterrestre. Una charla, celebrada con motivo del 33 aniversario de la película 2001, una odisea en el espacio, de la que extraje algunas ideas que luego utilicé en mi novela de ciencia ficción Odisea.
El profesor Cavalli-Sforza sugería que los estallidos cortos de rayos gamma explican el gran silencio, como se denomina al hecho de que en ningún radiotelescopio de la Tierra se haya conseguido captar jamás ninguna señal extraterrestre.
Los estallidos cortos de rayos Gamma son los fenómenos que emiten más energía en todo el universo observable. Los astrofísicos piensan que se producen por el colapso de dos estrellas de neutrones. Estos destellos podrían generar radiaciones, a escala galáctica, capaces de interferir en la vida de los planetas destruyendo, por ejemplo, su capa de ozono.
Actualmente se estima que se produce un colapso de estrellas de neutrones cada 100 o 200 millones de años, pero en el pasado, cuando el universo era más joven, estas explosiones eran mucho más frecuentes. 
Según el profesor Cavalli-Sforza, algunas hipótesis sugieren que una civilización inteligente con capacidad tecnológica no puede desarrollarse hasta que el intervalo entre dos colapsos de estrellas de neutrones es suficiente para permitir esta evolución. 
Tal vez sean necesarios al menos 100 millones de años para conseguir el grado de evolución necesario para que se desarrolle una civilización tecnológica en nuestra galaxia. Tal vez, si esta teoría es cierta, no haya extraterrestres en ninguna parte y estemos solos en el universo.

Las EER

Imaginemos a un tal Mauricio, un treintañero natural de uno de los pueblos de la llamada “España vaciada” y adicto al tabaco. Dejó de fumar hace más una década porque “le faltaba el aire”. Insuficiente. Porque en ese tiempo sus síntomas no han hecho más que empeorar. Visita un médico tras otro, pero ninguno da con la solución. Su situación empieza a ser desesperada.
Repasemos la historia de Mauricio. Su infancia en el pueblo había sido tranquila y feliz. Con comida sana y aire limpio. Bueno, aire limpio casi siempre, porque en el bar la gente fumaba demasiado y a menudo el humo inundaba todo el local. Su padre también fumaba, tanto en casa como en el coche. 
En la adolescencia decidió seguir los pasos de su progenitor. Al principio era solo eso de “algún cigarrito los fines de semana”. Pero a los 21 ya consumía más de un paquete diario. “Mira Carrillo -decía a los que le reprochaban el hábito-, toda la vida pegado al cigarro y ahí sigue, con más de ochenta tacos”. Hasta que en el invierno de 2009, tras una fuerte gripe invernal, algo cambió para siempre. La tos matutina que lo acompañaba desde hacía un par de años no desaparecía y empezó a toser durante todo el día. 
Así fue como empezó su periplo médico. Primero fue su médico de cabecera, que le recetó “algo contra la tos” y le recomendó dejar de fumar. Como el remedio no funcionaba, visitó al neumólogo, que le diagnosticó EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica). Pero algo no cuadraba. Porque la EPOC solía darse en personas mayores, y él tenía treintaypocos. Y porque se suponía que si dejaba de fumar podría vivir con una calidad de vida aceptable varias décadas más, mientras que él en solo dos años había empeorado tanto que no podía subir unas escaleras sin asfixiarse.
Tras visitar varios hospitales públicos y privados, ingresar repetidas veces por neumonía, y pedir segundas, terceras y hasta cuartas opiniones, al fin dio con la tecla. Uno de los profesionales que consultó acababa de llegar de un congreso en el que se había hablado de una enfermedad rara que tenía los mismos síntomas que la EPOC y que se daba en pacientes jóvenes. “Es hereditaria”, añadió, “y se diagnostica con un análisis de sangre”. La analítica no dejó lugar a dudas: padecía déficit de alfa-1 antitripsina (DAAT).
Se sentó frente al ordenador y tecleó DAAT en Google. Un mundo nuevo se abrió ante él. Había abundante información. La pérdida de capacidad respiratoria estaba directamente relacionada con el hábito tabáquico. Y la prensa escrita se había hecho eco de la enfermedad porque se decía que Michael Jackson podría haberla padecido. Mauricio no pudo evitar sentir una enorme impotencia. Porque había tratamiento. Y por culpa de un diagnóstico tardío, Mauricio había perdido diez años y sus pulmones estaban bastante perjudicados. 

Patologías minoritarias

Esta historia, aunque parcialmente ficticia, refleja la realidad a la que se enfrentan cada día los pacientes con enfermedades raras (EERR) o minoritarias. El término surgió en los años 70 del siglo XX para designar un conjunto de enfermedades metabólicas hereditarias con baja prevalencia y sintomatología muy variada. En Europa una enfermedad se considera rara cuando la sufren menos de 5 de cada 10 000 individuos. 
La mayoría de las EERR son graves (algunas mortales) y afectan significativamente a la calidad de vida de los pacientes. A pesar de que el número de pacientes de cada enfermedad es muy pequeño, el hecho de que se hayan descrito entre 6 000 y 8 000 EERR hace que, en términos globales, el número de pacientes con estas patologías sea muy elevado. 
Se estima que hay alrededor de 300 millones de pacientes con EERR en el mundo. Solo en la Unión Europea suman 30 millones, de los que 3 millones se encuentran en España. Las EERR son, por tanto, un problema de salud pública y social.

Infradiagnosticadas

El infradiagnóstico y el retraso diagnóstico son algunos de los problemas a los que tienen que hacer frente los pacientes con enfermedades raras. Muchas de ellas presentan síntomas muy parecidos a enfermedades más comunes, lo que explica que el especialista piense inicialmente en la enfermedad de mayor prevalencia. Lo habitual es que, como nuestro imaginario Mauricio, los pacientes tengan que visitar varios médicos y esperar años antes de dar con un diagnóstico definitivo. Con lo que la eficacia de cualquier tratamiento (si acaso existe) se ve muy mermada. 
Todo esto implica también una gran dificultad para obtener recursos destinados a la investigación, por lo que las causas de muchas de las EERR se desconocen. Y resulta sumamente complicado conseguir un número suficiente de pacientes que garanticen resultados concluyentes que permitan el desarrollo de tratamientos seguros y eficaces. La pescadilla que se muerde la cola.
Sin embargo, no todo está perdido. En los últimos años las autoridades sanitarias europeas y españolas han lanzado programas destinados a solucionar estos problemas. La colaboración conjunta de médicos, investigadores, farmacéuticas, medios de comunicación, pacientes y sus asociaciones han permitido mejorar no solo la investigación sobre EERR sino también la información y los recursos disponibles sobre las mismas. 
En este sentido es de vital importancia el papel que están desempeñando las asociaciones de pacientes. Sobre todo porque colaboran cada vez más con las distintas agencias gubernamentales, con la industria farmacéutica y con los investigadores clínicos y académicos para promover y financiar proyectos de investigación sobre su enfermedad.
Por otra parte, las EERR son una oportunidad, ya que sirven como modelos de enfermedades de gran prevalencia. Hay numerosos ejemplos. Sin ir más lejos, la investigación en hipercolesterolemia familiar ha contribuido al desarrollo de las estatinas, fármacos utilizados diariamente por millones de personas en el todo el mundo para disminuir los niveles elevados de colesterol y prevenir el desarrollo de enfermedades cardiovasculares.
En conclusión, aunque hay datos que permiten ser optimistas aún queda un gran camino por recorrer en el campo de las EERR. Aspectos como el infradiagnóstico, el retraso diagnóstico y la falta de tratamientos y el acceso desigual a los mismos cuando estos están disponibles siguen sin estar resueltos.

Este artículo ha sido escrito en colaboración con María Mercedes Navarro García, periodista de la Unidad de Formación y Cultura Científica del IIS INCLIVA.

¿Cómo responden las plantas a la sequía?

Los resultados de un estudio de la URJC podrían ser útiles para desarrollar programas de mejora de las variedades cultivadas ante el aumento de la aridez asociado al cambio climático
Las poblaciones de una misma especie suelen presentar diferentes valores en sus características según el ambiente en el que viven. Estas diferencias pueden deberse a su genética, a su plasticidad fenotípica, es decir, a cómo se expresan los genes de forma diferente según el ambiente, o una combinación de ambas. Analizar esta variación y sus causas es particularmente interesante para los parientes silvestres de cultivos, que son aquellas plantas emparentadas con especies que tienen un impacto directo en las actividades del ser humano.
En este sentido, investigadores del área de Biodiversidad y Conservación de la URJC, pertenecientes a los grupos AdAptA y Gypsevol, a cargo de José María Iriondo y Silvia Matesanz respectivamente, han estudiado poblaciones silvestres de altramuz azul (Lupinus angustifolius L.), cuya variedad cultivada se originó a partir de unas pocas poblaciones naturales y tiene por tanto baja diversidad genética. “En nuestro estudio hemos examinado la respuesta de esta especie a la sequía para conocer si hay características diferentes entre individuos que crecen sin limitación de agua e individuos que crecen en condiciones de sequía”, explica Silvia Matesanz, autora principal del estudio. Además, en este trabajo, publicado recientemente en un número especial de la revista científica AoB PLANTS, han analizado si existe variación genética en esta especie según la región de la que proceda un individuo.
Los resultados obtenidos muestran que las plantas en condiciones de sequía mostraron valores de rasgos típicos de la limitación de agua: crecieron menos, tuvieron una actividad fotosintética menor, produjeron hojas más pequeñas y gruesas, se reprodujeron antes y formaron semillas de mayor tamaño. Además, los investigadores han observado que los valores de los rasgos de las plantas estresadas fueron similares a los de las plantas de las poblaciones del sur. “Esto significa que la plasticidad presente en nuestra especie tiene un valor adaptativo, es decir, contribuye a asegurar la supervivencia y reproducción de las plantas tanto si están expuestas a un ambiente húmedo como a uno seco”, subraya la investigadora del grupo Gypsevol de la URJC.
Programas de mejora de las variedades cultivadas
Para llevar a cabo este estudio, los investigadores han recolectado semillas de dos poblaciones situadas en el norte de Salamanca, donde el clima es más frío y húmedo, y dos poblaciones del sur de Badajoz, donde el clima es más cálido y seco. Las cuatro poblaciones fueron sembradas en las instalaciones de la URJC en el Campus de Móstoles. “Este tipo de experimento, en el que plantas de distintas poblaciones se cultivan bajo unas mismas condiciones ambientales, se conoce como jardín común y es muy útil para detectar diferencias genéticas y fenotípicas”, expone Silvia Matesanz. Durante el tiempo que duró el experimento, la mitad de las plantas recibieron riego suficiente para mantener el suelo siempre húmedo, mientras que para la otra mitad se simularon condiciones de sequía que podrían sufrir en una localidad cálida como Badajoz. Finalmente, se hicieron distintas mediciones sobre las variables de crecimiento, actividad fotosintética, forma de las hojas, floración y producción de frutos.
“Nuestros resultados demuestran que en L. angustifolius, tanto la variación genética como la plasticidad fenotípica, son mecanismos complementarios que ayudan a los individuos a enfrentarse a situaciones de sequía”, apunta la investigadora de la URJC. Esta conclusión principal abre la posibilidad de desarrollar programas de mejora de las variedades cultivadas a partir de las poblaciones del sur, ya que aumentarían su diversidad genética y su capacidad para producir buenas cosechas tanto en años húmedos como secos, lo que es especialmente importante ante el aumento de la aridez asociado al cambio climático.

Referencia bibliográfica:
Matesanz, S., Ramos-Muñoz, M., Moncalvillo, B., Rubio Teso, M. L., García de Dionisio, S. L., Romero, J., & Iriondo, J. M. (2020). Plasticity to drought and ecotypic differentiation in populations of a crop wild relative. AoB PLANTS. Special issue 'The ecology and genetics of population differentiation in plants'.  https://doi.org/10.1093/aobpla/plaa006

La posible primera "proteína extraterrestre" ha sido descubierta dentro de un meteorito

Por primera vez en la historia unos científicos han descubierto lo que parece ser la primera proteína completa proveniente del espacio. Este componente clave para la vida, fue encontrado dentro del meteorito Acfer 086, que llegó a la Tierra en 1990 cayendo en Argelia. Nuevos estudios corroborarán si realmente estamos antes un hallazgo único en la historia de la biología.
La nueva proteína, que ha recibido el nombre de 'hemolithin', fue encontrada en pequeños rastros dentro de la roca proveniente del espacio. El hallazgo ha sido publicado en detalle en un paper de arXiv y puede tener grandes implicaciones para entender mejor el origen de la vida en la Tierra y en el resto del Universo (si es que existe).

Analizando meteoritos durante décadas

Como muchas veces ocurre, los avances de la ciencia se ven limitados por las herramientas que la tecnología es capaz de proveer en cada momento. Si bien Acfer 086 fue descubierto hace tres décadas, ha tenido que ser en estos últimos años, con mejores herramientas de análisis, cuando se ha descubierto la posible proteína completa. 
hemolithinRepresentación de la molécula hemolithin. 
Se sabe desde hace tiempo que los meteoritos contienen aminoácidos, compuestos orgánicos que componen proteínas. Pero para averiguar si los meteoritos pueden contener proteínas completas el equipo de investigadores analizó de nuevo las muestras del meteorito haciendo uso de espectrometría de masas. Fue así como descubrieron que había una cantidad del aminoácido glicina mayor de la detectada en un análisis previo. Pero además venía acompañado de más elementos como el litio y el hierro. Tras analizar mejor los resultados se dieron cuenta que la glicina no estaba aislada, sino que era parte de una proteína.
De todos modos, hay que ser prudentes, ya que aún no se puede verificar al 100% de que se trata de una nueva proteína. Es la teoría principal de los investigadores, estimando que se formó hace más de 4.600 millones de años. No obstante, también puede ser un polímero según explican.
El estudio aún debe ser corroborado por la comunidad científica. Es decir, otros investigadores deben repetir los pasos para confirmar que no se ha cometido ningún error y efectivamente se trata de una nueva proteína. Si sus resultados pueden ser replicados, será la primera proteína identificada que no se originó aquí en la Tierra.
El siguiente paso por lo tanto será repetir el proceso por equipos de investigadores diferentes para ver si se obtienen los mismos resultados. También se va a intentar replicar artificialmente la construcción de esta proteína. Donde mejor se puede conseguir eso es en la Estación Espacial Internacional, pues se dan condiciones similares de gravedad que las que supuestamente tiene esta proteína descubierta. 
La fotografía principal no corresponde al meteorito Acfer 086.
Vía | Science Alert
Más información | arXiv

revolución neandertal en una cueva asturiana

conocer a nuestros antepasados es fascinante, pero a la vez es sumamente complicado. Los restos que han llegado hasta nuestros días son muy escasos, están cubiertos de tierra, fragmentados y, por si fuera poco, es muy complicado conocer con exactitud de qué época datan. Por eso yacimientos como El Sidrón son de suma importancia para la paleoantropología, pues el descubrimiento de los restos de varios individuos en un excelente estado de conservación ha permitido a los científicos dar un salto de gigante a nivel de conocimientos. Desde el año 2003, el Grupo de Paleoantropología del Museo Nacional de Ciencias Naturales-CSIC, dirigido por Antonio Rosas, ha estudiado los fósiles neandertales (Homo neanderthalensis) de El Sidrón y su trabajo ha obtenido importantes avances en el estudio de esta especie humana extinta, hasta el punto de haber sido publicados en las revistas científicas de mayor prestigio del mundo, como Nature o Science,e incluso recibir las ayudas otorgadas por la Fundación Palarq.
De entre las novedades fruto de esta investigación destaca el análisis del ADN mitocondrial (un material genético que sólo se hereda de la madre), mediante el cual se han establecido las relaciones de parentesco de doce miembros de este grupo fósil. A su vez, estos resultados han llevado a formular la hipótesis (aceptada por la comunidad científica internacional) de que la sociedad neandertal seguiría el modelo llamado de patrilocalidad: las mujeres cambiarían de residencia durante la adolescencia, mientras que los varones permanecerían en el territorio de sus padres. Pero no ha sido ésta la única novedad fruto del trabajo de los paleontólogos en El Sidrón. Ni mucho menos.
Miembros del grupo de Paleoantropología MNCN-CSIC con Antonio Rosas  a la cabeza, estudian los restos de esqueleto del Juvenil 1 de El Sidrón.
Miembros del grupo de Paleoantropología MNCN-CSIC con Antonio Rosas a la cabeza, estudian los restos de esqueleto del Juvenil 1 de El Sidrón.
Foto: Grupo de Paleoantropología MNCN-CSIC

LA VIDA DIARIA

Los investigadores también han desvelado comportamientos como el canibalismo, el uso de plantas medicinales, el empleo de palillos dentales y de hierbas para la higiene bucal, o la división del trabajo por sexo y por clases de edad. Además, gracias al trabajo de estos científicos, numerosas incógnitas referentes a la estatura, peso, patologías que sufrían o cómo era el desarrollo esquelético y nervioso de esta especie humana han obtenido respuesta. Todos esos descubrimientos han permitido analizar las diferencias con otras comunidades de neandertales y han convertido el yacimiento de El Sidrón en un referente no sólo en la península ibérica, sino también a nivel mundial.
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DIETA NEANDERTAL

Un buen ejemplo de esta importancia internacional es la investigación publicada en 2017 por la prestigiosa revista Nature en la que se ponía de manifiesto que los homínidos de El Sidrón llevaban una dieta variada muy rica en plantas, en la que también entraban los piñones, las setas o el musgo. En ese momento, los investigadores analizaron el material genético preservado en el sarro –una placa dental calcificada– de dos neandertales y obtuvieron resultados muy significativos para explicar el modo de vida de la especie en la cueva asturiana: no se encontraron evidencias de consumo de carne, pero sí de que conocían los poderes de la medicina. Uno de los especímenes estudiados en 2017 mostraba restos de ADN de antibióticos naturales como el hongo Penicillium y rastros de álamo, una planta curativa rica en ácido salicílico.
A día de hoy, en El Sidrón se han descubierto hasta 2.500 restos humanos fósiles, con los que se ha logrado identificar a trece individuos: siete adultos (tres varones y cuatro mujeres), tres adolescentes, dos individuos juveniles y uno infantil. El cuerpo del Juvenil El Sidrón J1, uno de los trece identificados, permitió reconstruir su patrón de crecimiento gracias a la obtención parcial de su esqueleto, otro de los grandes avances publicado en la revista Science.

PALEONTOLOGÍA ESPAÑOLA

La colección de fósiles encontrados en esta cueva asturiana también ha llenado un vacío para la paleoantropología española, pues hasta el momento no existía un colección de restos neandertales tan abundante, rica y bien conservada como la hallada aquí. De hecho, la colección de fósiles de El Sidrón es la más completa de neandertales de la península ibérica y, sin duda, una de las mejores del mundo.
En El Sidrón se han descubierto hasta 2.500 restos humanos fósiles, como estas tres mandíbulas de ejemplares adultos.
En El Sidrón se han descubierto hasta 2.500 restos humanos fósiles, como estas tres mandíbulas de ejemplares adultos.
Foto: Grupo de Paleoantropología MNCN-CSIC

UN MÉTODO INNOVADOR

Pero lo interesante del yacimiento no es solo lo que han descubierto los investigadores, sino también el sistema único utilizado de extracción de las muestras. El conocido como Protocolo de Excavación Limpia es un proceso pensado para evitar la contaminación de la excavación con ADN moderno y preservar intacto el material genético. Una novedosa metodología de excavar para hacer posible la extracción de material genético antiguo que ha revolucionado el mundo de la paleontología. Realizar la excavación y la extracción bajo unas condiciones tan estrictas y rigurosas ha supuesto un salto cualitativo en cuanto a la información sobre los neandertales como organismos, llegando al nivel de resolución del gen.
La excelente preservación del ADN de estos fósiles y las nuevas técnicas de excavación han cambiado el modo de entender el mundo neandertal en España, y se han convertido en una verdadera revolución para situar a esta especie humana, tan lejana y a la vez tan próxima, en su lugar de la historia.

Saturno está perdiendo sus anillos, y lo hace mucho más rápido

Extendiéndose a más de 280 000 km de Saturno, sus anillos son lo suficientemente anchos como para alojar 6 Tierras en fila. Pero Saturno no siempre se verá de esta manera, porque sus anillos están desapareciendo.
Además, lo está haciendo mucho más rápido de lo que se había pensado al principio. En este mismo instante, está perdiendo 10 000 kilogramos por segundo. Lo suficientemente rápido como para llenar una piscina olímpica en media hora.

¿Por qué?

Los anillos de Saturno están formados principalmente por trozos de hielo y roca. Y continuamente reciben la radiación ultravioleta del Sol y el impacto de pequeños meteoritos. Cuando tienen lugar estas colisiones, las partículas heladas se vaporizan, formando moléculas de agua cargadas que interactúan con el campo magnético de Saturno; finalmente, caen hacia Saturno, donde se queman en la atmósfera.
Se conoce este fenómeno, esta suerte de lluvia de anillos de Saturno, desde la década de 1980, cuando la misión Voyager de la NASA registró el evento. En aquel entonces, los investigadores estimaron que los anillos se agotarían en 300 millones de años. 
Sin embargo, las observaciones de la antigua nave espacial Cassini de la NASA dan un pronóstico más pesimista. Las nuevas observaciones han permitido estimar que a los anillos solo les quedaban 100 millones de años de vida. 
Tampoco será tan extraño: Saturno, la mayor parte de su vida, no ha tenido anillos: los ha tenido desde hace unos 200 millones de años. Es decir, que si algunos dinosaurios hubiera sido capaces de examinar Saturno a través de un telescopio, lo habrían contemplado desnudo, como la Tierra. 
Los anillos de Saturno son un sistema de 6 anillos, anillos planetarios que rodean a ese planeta y fueron observados por primera vez en julio de 1610 por Galileo Galilei. Los anillos de Saturno pudieron haberse formado cuando una luna enorme con un manto helado y núcleo rocoso se dirigió contra el planeta naciente.

El agujero negro más antiguo y distante jamás descubierto es tan pesado como 1.000 millones de soles

Los 'blazar' son magníficos, una de las formaciones más extrañas, potentes y violentas que existen en el Universo. Mastodontes agujeros negros en el centro de las galaxias que devoran y posteriormente expulsan todo lo que se les acerque. Y ahora hemos encontrado uno de los primeros que se formó tras el Universo, disparando su radiación directamente hacia nosotros.
Los núcleos activos de las galaxias son una enorme concentración de energía con un agujero negro en su centro. Por la actividad del agujero negro va recogiendo y tragando el polvo cósmico y otros astros que orbnitan a su alrededor. Pero con el tiempo también expulsan de vuelta al espacio en forma de radiación (y a veces generan explosiones mastodónticas). Esta expulsión es bidireccional mediante dos chorros de energía (como se muestra en la imagen inferior). Si se produce esta formación se le conoce como 'cuásar' y si la radiación que expulsa va dirigida hacia la Tierra, recibe el nombre de 'blazar'.
BlazarRecreación de un blazar con el agujero negro en el centro, el horizonte de sucesos alrededor y los dos chorros de energía que se expulsan desde el agujero negro. Si uno de ellos apunta hacia la Tierra es un blazar, si ninguno lo hace es un cuásar. 

Enviando luz desde el borde del Universo

Un grupo de investigadores de la Universidad de Insubria (Italia), ha descubierto el que parece ser el blazar más alejado de la Tierra. Desde prácticamente el borde del Universo está enviándonos una potente cantidad de energía que se produjo hace 12.800 millones de años. Eso quiere decir también que se encuentra a 12.800 millones de años luz de la Tierra. 
Teniendo en cuenta que se estima la formación del Universo hace casi 14.000 millones de años, calculan que este blazar se formó apenas unos 1.000 millones de años después del Universo. Las cifras son enormes, pero relativamente "pequeñas" en términos astronómicos. 
BlazarLo que el blazar realmente nos envía: multitud de ondas en determinados espectros. 
Ahora bien, ¿cómo se calculan estas cifras? Los astrónomos analizan el espectro de radiación. A medida que un objeto que emite energía está más lejos, sus ondas son más largas (y de diferente color). Según la longitud y el color de su onda es posible analizar a qué distancia se encuentradicho objeto. En el caso del blazar PSO J030947.49+271757.31 (nombre con el que se le ha bautizado), se encuentra a una distancia de aproximadamente 12.800 millones de años luz. En consecuencia, también vemos cómo era hace 12.800 millones de años, por lo que puede que ahora haya disminuido su actividad.
Por la cantidad de energía emitida, calculan que su masa es de aproximadamente mil millones de veces la de nuestro Sol. En términos astronómicos siempre es mejor usar comparaciones para entender la grandeza de estos números, en este caso el agujero negro supermasivo del centro de la Vía Láctea tiene tan sólo cuatro millones de veces la masa del Sol.
¿Qué nos aporta conocer el blazar más alejado y antiguo del Universo descubierto hasta la fecha? Luz, literal y metafóricamente. Los blazar son más fáciles de detectar que los cuásar normales ya que apuntan directamente hacia la Tierra y por lo tanto recibimos más informacíon. Con ello podemos analizar los orígenes de los agujeros negros así como la evolución del Universo y la formación de las galaxias. Este nuevo blazar nos está enviando información sobre cómo era el Universo en "sus primeros años de vida".
Vía | PHYS