domingo, 17 de abril de 2016

Analizan Atmósfera de Supertierra

Gracias a una serie de observaciones espectroscópicas efectuadas con el telescopio espacial Hubble, un equipo de astrónomos ha logrado analizar la atmósfera de 55 Cancri e, un planeta de unas ocho masas terrestres situado a 40 años luz del sistema solar. Los nuevos datos indican que este mundo, relativamente cercano, estaría envuelto por una atmósfera rica en hidrógeno, helio y con posible presencia de ácido cianhídrico, un compuesto de interés para los investigadores por cuanto constituye un indicador de ambientes ricos en carbono.
Los expertos han logrado obtener información sobre la composición atmosférica de 55 Cancri e al analizar la luz procedente de su estrella anfitriona cuando el planeta pasaba por delante. En tales situaciones, la atmósfera de un planeta actúa como un filtro cuyo «color» revela su composición química. Se trata además de la primera vez que se consigue analizar la atmósfera de una supertierra, nombre genérico por el que se conoce a aquellos planetas más masivos que el nuestro pero considerablemente menores que Urano o Neptuno. El artículo técnico, firmado por Angelos Tsiaras, de la Escuela Universitaria de Londres, y otros investigadores, fue aceptado hace unos días para su publicación en The Astrophysical Journal.
El planeta debe su nombre a la estrella en torno a la cual orbita, 55 Cancri. Situada en la constelación de Cáncer, se trata de una estrella similar al Sol aunque algo más pequeña, fría y tenue. 55 Cancri e se encuentra muy próximo a ella; tanto es así que apenas tarda 18 horas en completar una vuelta a su alrededor. Debido a la corta distancia que lo separa de su estrella madre, los astrónomos calculan que las temperaturas en la superficie del planeta podrían alcanzar los 2000 grados Celsius. De hecho, el nuevo estudio no ha obtenido ningún indicio de la presencia de vapor de agua en la atmósfera de 55 Cancri e, por lo que no se espera que este mundo pueda albergar ninguna forma de vida.
55 Cancri e ha recibido en el pasado el apodo de «planeta de diamante», ya que los modelos sobre su estructura apuntan a que se trataría de un astro anormalmente rico en carbono. En 2012, un estudio concluyó que el planeta podría tener una corteza de grafito y un interior compuesto de diamante, una forma de carbono puro creada cuando el elemento se somete a presiones muy elevadas, como las que se espera que reinen en el interior de este exótico mundo. En este sentido, si la presencia de ácido cianhídrico (HCN) en la atmósfera de 55 Cancri e se ve confirmada por futuras observaciones, el resultado apoyaría la hipótesis de que se trata de un planeta muy rico en carbono.
El artículo técnico ha sido aceptado para su publicación en The Astrophysical Journal. Una versión gratuita se encuentra disponible en el repositorio arXiv. Más información y material audiovisual www.spacetelescope.org.
—IyC 

El misterio de las «galaxias medusa»



Algunas galaxias parecen surcar el cielo del mismo modo que las medusas el mar. En los últimos años, se han descubierto varias galaxias espirales cuya forma recuerda a la de estos exóticos cnidarios, pues presentan largos tentáculos azulados compuestos de gas y estrellas jóvenes. Ahora, un estudio reciente ha aportado nuevas pistas sobre su origen.
A fin de localizar nuevas «medusas celestes», Conor McPartland y Harald Ebeling, de la Universidad de Hawái en Manoa, y otros astrónomos escudriñaron un total de 63 cúmulos de galaxias, descomunales agrupaciones cósmicas formadas por numerosas galaxias y gas caliente. Los investigadores ya sabían que las galaxias medusa se forman cuando una galaxia espiral cae en un cúmulo y el gas de este arranca el de aquella. En el proceso, se crean «tentáculos» donde, a su vez, se engendran nuevas estrellas, las más brillantes de las cuales emiten luz azul.
Los investigadores localizaron un total de nueve galaxias medusa nunca antes vistas. Sin embargo, no todo resultó ser como esperaban. «Había algo extraño», apunta Ebeling. «Las galaxias no se movían hacia el centro de los cúmulos.» Debido a la atracción gravitatoria ejercida por estos, las galaxias medusa deberían avanzar hacia su parte central, lo que quedaría reflejado en la orientación de los tentáculos. No obstante, las descubiertas por Ebeling y sus colaboradores parecían estar moviéndose de manera errática en todas direcciones. Además, su localización también era insólita, puesto que todas ellas se encontraban en la periferia de los cúmulos.
Tales observaciones sugieren que las galaxias medusa se formarían en colisiones de cúmulos de galaxias. Las galaxias de un cúmulo atravesarían el gas caliente del otro y, en el caos resultante, acabarían moviéndose en todas direcciones. Los resultados del estudio aparecieron publicados el mes pasado en la revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society.
Para confirmar su hipótesis, ahora los investigadores tienen previsto estudiar el gas de aquellos cúmulos que albergan galaxias medusa. En general, el gas de un cúmulo se encuentra tan caliente que emite rayos X. Pero, si Ebeling y sus colaboradores están en lo cierto, el de un cúmulo con galaxias medusa debería estar aún más caliente allí donde se produjo la colisión. Si las futuras observaciones en rayos X apoyan esta idea, las galaxias medusa acabarán siendo víctimas de la violencia cósmica. Nacidas como resultado de un descomunal choque, estarían destinadas a perder todo el gas hasta convertirse en galaxias elípticas, objetos anodinos carentes de gas y, por tanto, de los bellos brazos espirales en los que nacen nuevas estrellas.
Galaxia medusa situada a 220 millones de años luz. [Telescopio Espacial Hubble/NASA/ESA/Equipo para el Legado del Hubble (STScI/AURA)/M. Sun/Universidad de Alabama en Huntsville.]

Más información en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society. Una versión del artículo técnico se encuentra disponible en el repositorio arXiv.
—Ken Kroswell / Scientific American

domingo, 3 de abril de 2016

Encuentran un nuevo tipo de interacción entre dos virus

Un equipo de investigadores, que cuenta con la participación de la Universitat de València publica en la revista PeerJ un trabajo con aplicación en de aplicación en control de plagas y ecología en el que han hallado evidencias de un nuevo tipo de interacción entre dos virus. La relevancia del descubrimiento apunta a que esta interacción puede ser una herramienta eficaz para mejorar la supervivencia de determinados microorganismos virales en el ambiente y provocar la infección de nuevos huéspedes.

La prevalencia de este tipo de asociación en la naturaleza es desconocida aunque importantes parásitos de insectos sufren infecciones de baculovirus y probablemente de iflavirus, incluyendo muchos gusanos, y plagas de cultivos y bosques. La asociación entre el iflavirus y el baculovirus también puede influir en la relación entre poblaciones naturales de Lepidoptera (mariposas y polillas). 

Según apunta Salvador Herrero, profesor de Genética de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universitat de València y coordinador del estudio, "la eficacia de baculovirus, el cual actualmente es empleado en el control biológico de plagas agrícolas, se puede ver influenciada por la presencia de este virus parasítico, y al mismo tiempo también puede ser relevante para la dinámica y ecología de estos virus y sus insectos hospedadores en la naturaleza". Además, la investigación apunta que este tipo de interacción también se puede dar con otras combinaciones de virus, los cuales podrían infectar a otros organismos. 

El equipo valenciano está formado por Salvador Herrero y Agata K. Jakubowska, investigadora del departamento de Genética de la Universitat y de la Estructura de Investigación Interdisciplinar en Biotecnología y Biomedicina (ERI-Biotecmed). En el trabajo indican que este virus parasitario de ARN o ácido ribonucleico (sustancia presente en varias células y que es el único material genético de ciertos virus) puede completar su ciclo de manera autónoma, pero en determinadas circunstancias, como por ejemplo la infección de un huésped por otro virus (por ejemplo un insecto), un virus puede parasitar a otros y aprovecharse de su cubierta proteica. 

Partiendo del hecho que la transmisión parasitaria y la prevalencia de la infección definen el éxito reproductivo de los virus y que este tipo de interacción puede ocurrir también con otras combinaciones de virus, las ventajas de esta unión a uno de los virus son amplias, tal y como se explica al trabajo publicado, Iflavirus increases its infectivity and physical stability in association with Baculovirus (El Iflavirus incrementa su infectivitat y su estabilidad física asociado con el Baculovirus). 

Los virus que parasitan a otros (iflavirus) infectan insectos. Comprenden un genoma de ácido nucléico y una cubierta proteica. Estas partículas, de no más de 25 nanómetros, se ha observado que se asocian físicamente con las partículas de virus de insectos grandes con ADN (ácido nucléico, con las instrucciones genéticas del organismo), denominados baculovirus. Las partículas de estos están cubiertas por una estructura de proteínas de espesor, formando lo que se conoce como cuerpo de oclusión, y que permite a los microorganismos sobrevivir en un estado infeccioso por largos periodos de tiempos. 

Los baculovirus normalmente infectan orugas que comen follaje contaminado con sus cuerpos de oclusión, y las matan, a la vez que liberan de su cadáver millones de nuevos virus. Lo hacen desde el intestino de la oruga, donde fácilmente establecen una infección que se transmite con los virus por el mecanismo de padres a hijos. Este hecho se produce porque los dos tipos de virus, comunes en insectos, difieren en sus estrategias de transmisión. Así, los baculovirus a menudo matan sus anfitriones y liberan cuerpos de oclusión para la transmisión (horizontal), mientras que los iflavirus no matan a los anfitriones y se reproducen principalmente en la transmisión vertical (padres a hijos). 

PROTECCIÓN DE LOS FACTORES AMBIENTALES
Se podría resumir en que los iflavirus infectan insectos y se transmiten de padres a hijos, mientras que los baculovirus -cubiertos por un cuerpo de oclusión y que se transmiten horizontalmente- matan a sus huéspedes (insectos). En huéspedes infectados con los dos tipos de virus, los iflavirus se convierten en autoestopistas del cuerpo de oclusión de los baculovirus para conseguir la transmisión horizontal. Además, este cuerpo de oclusión protege a los iflavirus de los factores ambientales como por ejemplo la radiación solar y facilita el equilibrio viral ambiental. 

La investigación se inició observando que cuando el insecto se infectaba con el virus parasitado, mostraba grandes niveles de infección con el virus parasítico. Al analizar el inóculo inicial de baculovirus se observó que también estaba presente el virus parasítico (iflavirus). A continuación, se llevaron a cabo una serie de experimentos para confirmar dicha asociación. Por un lado se observó con técnicas de microscopia la presencia de una serie de partículas en el interior del virus parasitado que coincidían en tamaño con las del virus parasitado. 

A la vez, se confirmó que cuando el virus parasítico estaba asociado al parasitado, el primero era mucho más resistente a la temperatura y la luz ultravioleta y por lo tanto aumentaba su persistencia en campo (y por lo tanto, sus oportunidades para producir nuevas infecciones). También se observó que la interacción aumentaba la capacidad de infección del virus parasítico y disminuía la del parasitado. 

MECANISMOS MOLECULARES QUE REGULAN LA RELACIÓN ENTRE INSECTOS
Esta investigación se ha desarrollado por el grupo de Control Biotecnológico de Plagas de la ERI-Biotecmed de la Universitat de València. El estudio que dirige Salvador Herrero se centra en el estudio de los mecanismos moleculares que regulan la interacción entre insectos y sus patógenos virales y bacterianos para mejorar su uso para un control racional de las plagas agrícolas. 

Como investigador, Salvador Herrero ha desarrollado su carrera en prestigiosos laboratorios en los Países Bajos, Australia e Israel y ha participante en numerosos proyectos tanto nacionales como internacionales, relacionados con el uso de patógenos de insectos en el control de plagas. 


SINC

El hombre pudo ver unicornios sobre la Tierra

A veces, aunque no sea lo habitual, las leyendas cobran vida y parecen convertirse en realidad. Y a pesar de que su aspecto dista bastante de lo que cualquera de nosotros pudiera tener en mente, lo cierto es que el unicornio, o algo que se le parece mucho, existió realmente. Y no solo eso, sino que las últimas investigaciones de los científicos apuntan a que pudo coincidir en el tiempo con los humanos.
Durante décadas, los investigadores habían creído que el Unicornio siberiano, una especie de mamífero más parecido a un rinoceronte que a un caballo, se extinguió definitivamente hace unos 350.000 años. Es decir, muchísimo antes de que nuestros antepasados directos llegaran al continente europeo. Sin embargo, un cráneo exquisitamente conservado y aparecido recientemente en Kazajistán ha cambiado radicalmente las cosas. De hecho, y según acaba de publicarse en la revista American Journal of Applied Science, esta increíble criatura pudo sobrevivir, por lo menos, hasta hace 29.000 años. Y convivir, por lo tanto, con nuestra propia especie, Homo sapiens, que llegó a Europa hace cerca de 40.000.
En otras palabras, realmente hubo un "unicornio" paseándose por el viejo continente, y casi con toda seguridad fue visto en más de una ocasión por nuestros lejanos antepasados. Aunque, todo hay que decirlo, poco o nada tenía que ver con los unicornios que aparecen en las leyendas mitológicas. Su nombre científico es Elasmotherium sibiricum, era enorme y peludo, poseía un gran cuerno recto y puntiagudo y sus formas recuerdan a las de los rinocerontes modernos.
Según las primeras descripciones científicas, el Unicornio siberiano medía dos metros de altura, hasta 4,5 metros de largo y su peso rondaba las cuatro toneladas. Unas dimensiones que se acercan más a las del mamut que a las del caballo. A pesar de su impresionante aspecto, el Unicornio siberiano sólo se alimentaba de hierba. Es decir, que si queremos hacernos una idea real sobre el aspecto de esta criatura, deberemos pensar en una especie de rinoceronte, cubierto de pelo, pero con el rostro más parecido al de un caballo y un único y larguísimo cuerno sobresaliendo de su frente, en lugar de los dos cuernos cortos y rechonchos de los rinocerontes actuales. 

El refugio de un macho

El nuevo cráneo, extraordinariamente bien conservado, fue hallado en la región de Pavlodar, en Kazajistán. Y sus descubridores, un equipo de paleontólogs de la Universidad Estatal de Tomsk, en Rusia, lo han datado por medio de técnicas de radiocarbono, atribuyéndole una edad de cerca de 29.000 años. Basándose en las características del fósil, los científicos creen que se trata de un macho, aunque por ahora se desconoce cuál fue la causa de su muerte.
Pero la principal pregunta que se formulan los investigadores es cómo pudo esta especie de unicornio perdurar hasta varios cientos de miles de años después de que todos sus demás parientes se extinguieran. "Lo más probable -afirma Andrei Shpanski, uno de los miembros del equipo- es que el sur oeste de Siberia fuera un refugio en el que esta especie logró sobrevivir mucho más tiempo que el resto de sus congéneres. Otra posibilidad es que el Unicornio siberiano fuera capaz de migrar y de pasar largas temporadas en regiones mucho más al sur". 
Los investigadores esperan que su hallazgo pueda ayudar a comprender mejor cómo influyen los factores ambientales en la extinción de las especies, y cómo las migraciones a través de largas distancias pueden haber ayudado a algunas criaturas, como el Unicornio siberiano, a durar mucho más tiempo de lo que se pensaba.
El unicornio siberiano  - Archivo
Jose Manuel Nieves para ABC.es

En busca del Planeta X

Algo muy extraño parece estar ocurriendo más allá de Plutón. Los astrónomos saben desde hace más de dos décadas que este planeta enano no está solo en los confines del sistema solar: forma parte del cinturón de Kuiper, la extensa nube de cuerpos helados que se mueven más allá de Neptuno. Al igual que los planetas y los asteroides, los cuales orbitan entre Marte y Júpiter, la mayoría de los objetos del cinturón de Kuiper describen trayectorias más o menos circulares alrededor del Sol. Sin embargo, existe un pequeño grupo de ellos cuyas órbitas resultan ciertamente atípicas, mucho más alargadas de lo que cabría esperar.
Estos objetos anómalos —entre cuatro y una docena, dependiendo de quién cuente comparten otra peculiaridad orbital. Como ocurre con la mayoría de los objetos del cinturón de Kuiper (KBO, por sus siglas en inglés), sus trayectorias forman un ángulo con el plano en que se mueven los planetas: una parte del tiempo se elevan sobre él, luego lo atraviesan y después continúan por debajo. Pero, a diferencia de sus hermanos helados, estos objetos peculiares cruzan el plano de los planetas casi en el mismo momento en que más cerca se encuentran del Sol. O, usando un término que resulta arcano hasta para muchos astrónomos, tienen argumentos del perihelio muy similares.
«En circunstancias normales», explica Scott Sheppard, científico planetario de la Institución Carnegie para la Ciencia, «uno esperaría que los argumentos del perihelio se hubieran vuelto aleatorios en el transcurso de la historia del sistema solar». Que estos objetos terminasen con el mismo argumento del perihelio podría no ser más que una coincidencia: por pura casualidad, sucedería un pequeño porcentaje de las veces. La probabilidad es similar a la de lanzar una moneda y obtener diez caras seguidas. Poco habitual, pero ni mucho menos imposible.

Las extrañas órbitas de varios objetos del cinturón de Kuiper, más allá de Neptuno, sugieren la existencia de un gran planeta oculto en los arrabales del sistema solar. Esta recreación artística lo representa junto a su propia luna. [RON MILLER]
Sin embargo, esas diez caras también podrían indicar que la moneda está trucada. Lo mismo ocurre con los KBO anómalos: tal vez haya algo que explique su extraña configuración. Y, según algunos expertos, la causa podría ser un enorme planeta oculto en los confines del sistema solar: una supertierra (nombre genérico que reciben los planetas con una masa de hasta diez veces la terrestre). También conocido como «Planeta X», si este mundo lejano existiese, orbitaría al menos diez veces más lejos del Sol que Neptuno. Se encontraría tan distante y brillaría tan poco que ningún telescopio lo habría detectado hasta la fecha, pero su considerable masa ejercería efectos gravitatorios sobre el resto del sistema solar. Ello podría explicar las extrañas órbitas de algunos cuerpos transneptunianos.
«Aún no tenemos pruebas concluyentes de que en esa zona exista un objeto de masa planetaria», señala Nathan Kaib, experto en formación de planetas que también trabaja en la Institución Carnegie, «pero está pasando algo muy curioso que no entendemos». De hecho, cada vez hay más astrónomos que dan crédito a la idea, antes ridiculizada, de que hay una supertierra entre nosotros: el Planeta X.

En síntesis

Una serie de objetos helados y distantes que describen extrañas órbitas alrededor del Sol han llevado a algunos científicos a sospechar que en el sistema solar puede haber más planetas de los que conocemos.
Varios indicios apoyan la idea de que una o más «supertierras» (planetas con una masa de hasta diez veces la de la Tierra) podrían orbitar mucho más allá de Neptuno.
Esos astros serían demasiado tenues y distantes para observarlos con los telescopios actuales. Pero, si realmente existen, tal vez puedan detectarse en el futuro.
Michael Lemonick para Investigación & Ciencia

¿Se ha encontrado el Planeta Nueve?

El pasado mes de enero, en un artículo publicado en The Astronomical Journal, los investigadores de Caltech Konstantin Batygin y Michael Brown propusieron la existencia de un noveno planeta en el sistema solar. En su trabajo, los autores intentan explicar las extrañas órbitas de algunos objetos situados en el cinturón transneptuniano. Tras ejecutar en un potente ordenador una serie de simulaciones, habrían conseguido reproducir las órbitas de seis de esos cuerpos al introducir en su modelo un planeta con una masa de al menos diez veces la terrestre. Ese hipotético astro, al que han llamado Planeta Nueve, se movería en una órbita muy elíptica, con un semieje mayor de unas 700 unidades astronómicas (UA), y tardaría unos 15.000 años en completar una vuelta al Sol. Si bien se trata de una hipótesis interesante, la propuesta no es nueva y deja varias preguntas abiertas.
Desde el descubrimiento del primer objeto transneptuniano (aparte de Plutón) en 1992, se han hallado casi 1500 de estos cuerpos. Muchos de ellos exhiben características peculiares. Algunos siguen órbitas muy inclinadas con respecto al plano eclíptico (el que contiene al resto de los planetas); otros presentan órbitas muy elípticas. Varios de ellos, los de mayor tamaño, tienen superficies que reflejan en grado extremo la luz solar —más que los mejores espejos—, mientras que otros muestran un aspecto muy oscuro, similar al del carbón.
El tamaño típico de los objetos transneptunianos descubiertos hasta ahora oscila entre los cientos y los miles de kilómetros. Algunos de ellos, como Plutón, Eris o Makemake, son considerados planetas enanos, ya que presentan una forma esférica mantenida por su propia gravedad. Casi todos los que se encuentran entre las 30 y las 50 UA del Sol se ven afectados por la influencia gravitatoria de Neptuno. Otros, sin embargo, escapan a ella. Así ocurre con Sedna, un objeto muy peculiar cuya órbita lo lleva a alejarse hasta 937 UA del Sol.
Órbitas de los seis objetos transneptunianos analizados por Batygin y Brown (blanco) y del hipotético Planeta Nueve (rojo). [DE: «UNSEEN PLANET MAY LURK NEAR SOLAR SYSTEM'S EDGE», A. WITZE EN NATURE, VOL. 529, PÁG. 266, 21 DE ENERO DE 2016; FUENTE: «EVIDENCE FOR A DISTANT GIANT PLANET IN THE SOLAR SYSTEM», K. BATYGIN Y M. BROWN EN THE ASTRONOMICAL JOURNAL, VOL. 151, 20 DE ENERO DE 2016.]

Pablo Santos para Investigación Y Ciencia

Fuentes naturales de hidrógeno

Hace poco más de dos años, un comunicado de prensa del antiguo Instituto Francés del Petróleo, ahora IFP Nuevas Energías, causó cierto revuelo mediático en el mundo de la divulgación científica: se había descubierto que el hidrógeno no se emite únicamente en determinadas cadenas montañosas y en el fondo de los océanos —como ya se sabía desde la década de los setenta gracias a los estudios del Instituto Francés de Investigación para la Explotación del Mar—, sino también en medio de los continentes. Además, se habían hallado yacimientos de este gas combustible de forma casual, sin haberlos buscado, por lo que la búsqueda intencionada de otros yacimientos se vislumbraba como una apuesta prometedora. De hecho, nuestras investigaciones en colaboración con un equipo ruso indican que los continentes podrían estar plagados de puntos donde el hidrógeno escapa del suelo.
¿Hidrógeno gaseoso que abunda en la Tierra sin haberlo fabricado? De ser así, podría producirse una conmoción en el sector energético. No todos los días se da a conocer una nueva fuente de energía, y un descubrimiento de esa índole pone en un aprieto a quienes toman las decisiones. Emprender grandes programas de investigación y desarrollo sobre una cuestión inexplorada, como es el caso del hidrógeno natural, conlleva un riesgo: el éxito no está asegurado (aunque, si conociéramos de antemano el resultado final de un programa de investigación antes de lanzarlo, la investigación no existiría). Por otra parte, tras casi dos siglos dependiendo de los combustibles fósiles (carbón y petróleo), considerar nuevas estructuras técnicas y sociales para integrar en ellas el hidrógeno natural supone todo un reto. Es más fácil explotar otras fuentes de energía, como la solar o la eólica, empleando la tecnología actual, como paneles fotovoltaicos y aerogeneradores.
El hidrógeno al que aquí se hace referencia es el compuesto gaseoso H2, más correctamente denominado dihidrógeno, cuyas moléculas se componen de dos átomos de hidrógeno, el elemento más abundante del universo. Con el descubrimiento de yacimientos de hidrógeno, ¿cabe esperar un mejor futuro energético para la humanidad? En el presente artículo trataremos de examinar la cuestión. Pero debe tenerse en cuenta que, si no nos comprometemos a investigar con el fin de ampliar nuestros conocimientos, el hidrógeno no gozará nunca de la oportunidad de convertirse en una fuente de energía significativa.
En primer lugar, debe señalarse que el mercado actual del hidrógeno industrial es más importante de lo que imaginamos: su facturación supera los 100.000 millones de dólares al año en todo el mundo. El volumen de hidrógeno que consumimos, principalmente en las refinerías y en la industria del amoniaco, equivale aproximadamente al 22 por ciento del consumo de «gas natural» (término con que se designa, de forma simplificada y abusiva, el metano extraído del subsuelo).

En síntesis

El hidrógeno usado en la actualidad con fines energéticos debe producirse con anterioridad a partir de hidrocarburos o por electrólisis del agua, por lo que no constituye una fuente de energía.
Durante los últimos años se han descubierto emisiones de hidrógeno natural en varias regiones continentales. Tales zonas, que presentan flujos considerables de gas, podrían abundar en el planeta.
A diferencia de las fuentes oceánicas, el hidrógeno continental podría aprovecharse con facilidad. Con todo, aún es necesario realizar más estudios para evaluar su posible explotación industrial.
Deville y Prinzhofer para Investigación & Ciencia