lunes, 20 de marzo de 2023

los meteoritos más famosos que han caído en la Tierra

  

Puede resultar extraño, pero hasta hace algo más dos siglos los científicos apenas habían llegado a imaginar que los meteoritos fueran rocas procedentes del espacio. Bueno, puede que imaginarlo si, pero nunca a aceptarlo como un teoría con credibilidad científica. 

De hecho, la primera sugerencia seria de que los meteoritos tenían su origen en el espacio exterior fue la del físico alemán también considerado como el padre de la acústica, Ernst Florentz Fiedrich Chladni, la cual aparece recogida en su obra titulada "Sobre el origen del hierro de Pallas y otros objetos similares, y algunos fenómenos naturales asociados".

La propuesta de Chadlni fue muy discutida, en ocasiones hasta vilipendiada, ya que entonces se atribuía el origen de los meteoritos conocidos a procesos volcánicos. Con su libro, sin embargo, se convirtió también en el fundador de la investigación moderna sobre estas rocas espaciales. De Chadlni puede decirse que inició el camino que hoy en día nos ha llevado a conocer numerosos aspectos de meteoritos como los de esta selección, entre los que encontrarás algunos de los más icónicos del mundo. 

EL METEORITO HOBA

Por el ser meteorito más grande y pesado del mundo, el meteorito Hoba, también conocido como Hoba Oeste, es el primero de nuestra lista. Con un peso aproximado de 66 toneladas, este meteorito de 2,7 x 2,7 metros y 90 centímetros de altura es, además, la pieza de hierro natural más grande que se conoce en la Tierra.

Meteorito Hoba, cerca de Grootfontein, en la región de Otjozondjupa de Namibia
ISTOCK

Acabamos de resolver uno de los grandes misterios de la historia natural: de dónde demonios surgieron los burros

 Cuando pensamos en los animales que han estado acompañando a los humanos desde tiempos inmemoriales, ayudándonos en labores agrarias y cotidianas seguramente los primeros candidatos sean caballos, perros, e incluso gatos. Probablemente los burros (Equus africanus asinus) estén algo más abajo en la lista.

Hasta ahora creíamos que la domesticación del burro fue un evento que se repitió en distintos lugares y momentos de la prehistoria. Sin embargo, el mayor estudio genético de estos animales realizado hasta la fecha reveló una historia distinta: la de una sola domesticación del burro, ocurrida hace unos 7.000 años en el entorno del Cuerno de África y lo que hoy en día es Kenia.

Los parientes más cercanos del burro doméstico, los burros salvajes (Equus africanus) viven aún hoy en esta región africana. El burro común es a veces visto como una subespecie de estos burros africanos o bien como una especie independiente estrechamente vinculada a ésta (en cuyo caso su nombre “científico” sería Equus asinus).

Según el equipo, liderado por investigadores franceses, el burro fue domesticado en este contexto, para después comenzar a diseminarse por el resto de Eurasia, ya como animal doméstico hace unos 4.500 años, es decir, unos 2 milenios y medio después de ser domesticados. El estudio genético no solo ha señalado el origen único de esta especie, sino que también ha “adelantado” la fecha de domesticación en unos cuatro siglos.

La domesticación del burro habría tenido sentido en su contexto espaciotemporal. Hace unos 7.000 años el entorno del Sahara presenció un proceso de aridificación  que llevó al desierto a expandirse. Los burros tenían una ventaja sobre otros équidos, la de ser más resistentes a la falta de agua, lo que pudo hacerlos idóneos para utilizarlos como ayuda en el transporte o labores agrícolas.

Para su análisis, el equipo internacional de investigadores analizó muestras de 207 burros modernos de 31 países, así como restos de esqueletos de otros 31 burros que vivieron en los últimos 4.500 años. También utilizaron información genética de otros équidos para ampliar el estudio. El trabajo de los investigadores fue publicado en la revista Science.

La variedad y los mulos

El estudio también nos ofrece algunas curiosas historias sobre este animal. Por ejemplo, el análisis genético de restos de la época romana hallados en Francia narran la historia de una generación de burros gigantes (hasta 25 centímetros mayores que el burro moderno promedio).

Los romanos no criaban estos burros colosales para su uso directo, sino porque los mulos (los cruces entre burros macho y yeguas de caballo) les resultaban de gran utilidad. Los romanos aprovechaban un animal que combinaba parte de la robustez de los burros con la capacidad de desplazarse por largas distancias más propia de los caballos.

Tras la caída del Imperio romano los mulos volvieron a ceder protagonismo al burro puesto que las economías se habían vuelto más locales, por lo que no era necesario utilizarlos para transportar grandes cargas a lo largo de la popular red viaria romana.

El burro es quizá el gran denostado de los animales domésticos. Pese a haber desempeñado un papel clave en el desarrollo humano durante los últimos cuatro milenios, el burro es visto a menudo como sinónimo de estupidez o torpeza. Tal es el punto que el burro se ha convertido en una especie amenazada en lugares como España o México.

Para bien o para mal, el burro sigue formando parte de nuestro acervo cultural, desde el burro con el que Sancho Panza acompañaba a don Quijote al de fray Perico. Ahora gracias a la ciencia sabemos un poco más de la historia del que podría ser el menos popular de los primos de la familia de los équidos.

Acabamos de resolver uno de los grandes misterios de la historia natural: de dónde demonios surgieron los burros

Imagen | Ansgar Scheffold

Insólito experimento científico: ratones con astas de ciervo

Un insólito experimento científico están llevando a cabo varios centros de investigación chinos, ya que para trabajar el tema de la regeneración de tejidos está probando el incorporar astas de ciervo a ratones.

La idea era usar de modelo a los ciervos Sika. Los autores aislaron varias células de las astas de estos animales, cuyo hábitat se extiende desde el sur de Siberia hasta Vietnam, incluyendo Japón, Taiwán y varias islas más del Océano Pacífico cercanas a las costas de China.

Una vez aisladas las células, analizaron cuáles eran los genes implicados en la regeneración y, además, observaron qué células madre aumentaban su actividad en los días previos y posteriores a la pérdida de las astas.

Los autores de este estudio vieron que había un tipo de célula madre muy activa justo 10 días antes de que se desprendieran las astas. Sin embargo, 5 días después del desprendimiento, era otro tipo de célula madre el que se mantenía más activo. Cada uno jugaba su papel, por lo que ambas se cultivaron en el laboratorio y se implantaron en las cabezas de ratones.

Cuarenta y cinco días después de que se les implantaran las células madre de ciervo, unas pequeñas astas se podían ver ya en las cabezas de los ratones. Esto se debe a que las células madre se habían diferenciado en tejido osteocondral, que es precisamente el que interviene en la reparación de las fracturas óseas.

Todo tiene como objetivo generar estrategias de investigación para la medicina regenerativa en humanos. 

lunes, 13 de marzo de 2023

Encuentran el eslabón perdido que generó el agua en el Sistema Solar

 Un gran descubrimiento realizaron astrónomos de la Universidad de Leiden, que encontraron el eslabón perdido en el camino tomado por el agua a través de nubes de formación estelar y estrellas jóvenes hacia cometas y planetas.

Lo hicieron con la ayuda del observatorio ALMA en Chile. Los investigadores publicaron sus hallazgos el miércoles por la noche en la revista Nature.

Este hallazgo podría responder la formación de los planetas como la Tierra que contienen agua, incluso antes de la formación del sol.

Los astrónomos han encontrado agua y agua pesada en el disco alrededor de la estrella V883 Orionis, a unos 1.300 años luz de la Tierra en la constelación de Orión.

El disco del V883 Orionis es, por razones aún desconocidas, más caliente que discos similares. «Como resultado, el agua ya no es helada sino gaseosa y podemos detectarlo con telescopios», dice John J. Tobin, astrónomo del Observatorio Nacional de Radioastronomía en los Estados Unidos y autor principal.

Utilizando el Atacama Large Millimetre/submillimetre Array (ALMA), los astrónomos no solo pudieron detectar el agua, sino también determinar la proporción de agua a agua pesada y mapear su distribución dentro del disco.

La composición del agua en el disco es muy similar a la de las nubes frías de formación estelar y los cometas en nuestro propio sistema solar. «Así que la proporción de agua pesada a agua es la misma tanto al principio como al final del camino que recorre el agua», dice la coautora Margot Leemker, estudiante de doctorado en el Observatorio de Leiden. «Esto confirma la idea de que el agua ya está formada en el espacio interestelar y que terminó en cometas y planetas relativamente sin cambios. En nuestro sol y en nuestra Tierra, el agua probablemente también ha tomado esta ruta».

En el futuro, esperan utilizar el próximo Extremely Large Telescope de ESO y su instrumento de primera generación METIS. Este instrumento de infrarrojo medio podrá resolver la fase gaseosa del agua en este tipo de discos, fortaleciendo el vínculo del camino del agua desde las nubes de formación estelar hasta los sistemas solares. «Esto nos dará una visión mucho más completa del hielo y el gas en los discos de formación planetaria», concluye Leemker.

Localizan en Mallorca la larva fósil del “mosquito” más antiguo del planeta

 Madrid.- La larva fósil del grupo de los dípteros, al que pertenecen moscas y mosquitos, más antigua del planeta tiene 247 millones de años, más que los primeros dinosaurios conocidos, y fue encontrada en el puerto de Estellencs (noroeste de Mallorca).

El fósil, que fue hallado hace unos años y conserva la estructura de la cabeza, algunas partes del sistema digestivo y el sistema respiratorio, ha sido ahora estudiado con las técnicas más novedosas.

Los autores han descrito un nuevo género y especie: Protoanisolarva juarezi o Larva anisopodoidea primigenia de Juárez, nombre en honor de Josep Juárez, mallorquín que descubrió el fósil durante unos trabajos de prospección.

En la investigación que publica Papers in Palaentology han participado el Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC) y el Museu Balear de Ciències Naturals (FJBS-MBCN).

Asimismo, el Museo Nacional de Historia Natural de la Universidad de la Sorbona (Francia), así como el Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford (Gran Bretaña).

La larva completa, que es anterior incluso a los primeros dinosaurios conocidos, había dejado una tenue impronta carbonosa en las dos caras que quedaron expuestas al abrirse una roca, señala el CSIC en un comunicado.

El fósil conserva la estructura externa e interna de la cabeza y algunas partes del sistema digestivo.

Y “lo más importante, su sistema respiratorio en forma de espiráculos”, dice Enrique Peñalver del IGME-CSIC y autor principal del estudio.

Ambiente posapocalíptico 

Rafel Matamales Andreu, del Museu Balear de Ciències Naturals y otro de los autores del estudio, ha dedicado varios años a desentrañar el ambiente de esa región de Mallorca durante el Triásico.

También a escudriñar los cambios que la región experimentó durante millones de años.

“Si pudiéramos trasladarnos al inicio del Triásico, veríamos una zona de grandes ríos y llanuras de inundación bajo un clima similar al que actualmente encontramos en África tropical, alternando estaciones secas con otras lluviosas”, indica el científico.

Cuando la larva se alimentaba de la materia orgánica del suelo, no hacía muchos millones de años que se había producido una de las mayores extinciones en masa de la historia de la vida.

Esta dio lugar al final del periodo Pérmico, que acabó con más del 80 por ciento de las especies del planeta.

“De alguna manera, hemos podido observar una parte de las adaptaciones al ambiente posapocalíptico de principios del Triásico por los primeros insectos dípteros conocidos”, precisa Ricardo Pérez de la Fuente, investigador del Museo de Historia Natural de Oxford.

Entre esas adaptaciones, destaca un sistema de respiración que “todavía podemos observar en diferentes grupos de insectos actuales”, agrega el científico.

En la actualidad, el fósil está siendo acondicionado en el Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont para su custodia permanente en Mallorca. EFEciencia

Fósil de la larva del díptero más antiguo conocido (izq.), con una edad de 247 millones de años, y un dibujo técnico del ejemplar. IGME CSIC.

Fósil de la larva del díptero más antiguo conocido (izq.), con una edad de 247 millones de años, y un dibujo técnico del ejemplar. IGME/CSIC.

lunes, 6 de marzo de 2023

La Península Ibérica, refugio de cazadores-recolectores en la Edad del Hielo

 Madrid.- Los humanos modernos llegaron a Europa hace 45.000 años. Aquellos cazadores-recolectores sobrevivieron a épocas tan difíciles como el Último Máximo Glacial, el periodo más frío de la Edad de Hielo (hace entre 25.000 y 19.000 años), cuando el hielo cubría casi todo el continente.

Hasta ahora, las herramientas y objetos encontrados por los arqueólogos han ayudado a determinar las culturas que vivieron en esa época, pero la falta de fósiles humanos impedía saber más sobre sus migraciones e interactuaciones.

Hoy, sendos artículos basados en el estudio del genoma de más de 356 cazadores-recolectores de Europa occidental y central hace entre 35.000 y 5.000 años han permitido reconstruir sus movimientos y reescribir la historia genética de nuestros antepasados.

El primero, publicado en Nature y liderado por Cosimo Costh, de la Universidad de Tübingen (Alemania), revisa 30.000 años de historia genética europea, desde el Paleolítico Superior (con el desarrollo de las primeras culturas de Homo Sapiens en el continente) hasta el inicio del Neolítico (llega la agricultura), y concluye que la evolución humana fue más compleja de lo que se pensaba.

Grandes desplazamientos en centroeuropa y estabilidad en iberia

Durante el Paleolítico Superior, Europa fue habitada por cuatro culturas diferenciadas por su industria lítica: Auriñaciense, Gravetiense, Solutrense y Magdaleniense.

Hasta ahora se creía que unos grupos fueron reemplazando a otros pero el estudio concluye que hubo heterogeneidades dentro de un mismo complejo o cultura, como el Gravetiense, que contaba con dos poblaciones en Europa que compartían industria pero que eran genéticamente distintas.

Una vivió en el oeste y sur del continente (actuales Francia y península ibérica) y otra en el centro y sur de Europa (actuales República Checa e Italia).

Además, el linaje genético de las poblaciones gravetienses de Europa occidental se mantuvo durante al menos 20.000 años y sus descendientes -que evolucionaron a la cultura solutrense- permanecieron en el suroeste de Europa (península ibérica) durante el periodo más frío de la última Edad de Hielo; después volvieron a expandirse al resto de Europa diseminando la cultura Magdaleniense.

“Con estos hallazgos, podemos apoyar por primera vez la hipótesis de que durante el último máximo glaciar los humanos se refugiaron en la región climáticamente más favorable del continente, el suroeste de Europa”, sostiene Costh.

Pero la estabilidad genética encontrada en los individuos del oeste y sur del continente difiere del panorama genético en centro Europa: “El periodo más frío de la Edad de Hielo se correlaciona con grandes desplazamientos y reemplazamientos de poblaciones en Europa central, pero este no parece ser el caso de la península ibérica”, apunta a EFE la investigadora del Max Plank de Antropología Evolutiva de Leipzig y coautora del estudio, Vanessa Villalba-Mouco.

Las conclusiones de este estudio se ven reforzadas por otro artículo publicado hoy en Nature Ecology & Evolution, en el que el genetista del Instituto de Biología Evolutiva (IBE) Carles Lalueza-Fox presenta datos genómicos de otros 16 individuos del sur de España.

Uno de ellos es un varón que hace 23.000 años vivió en la Cueva del Malalmuerzo (Granada) y que está asociado a la industria solutrense, que habitó en la península ibérica y Francia durante el máximo glacial y de la que hasta ahora no había datos genómicos.

Este genoma prueba la persistencia de algunos linajes en la península ibérica y demuestra que este lugar fue “el único sitio de Europa donde las poblaciones aguantaron el máximo glacial. La Península fue su refugio”, comenta a EFE Lalueza-Fox.

Además, el estudio no ha encontrado conexiones genéticas con el norte de África a través del Estrecho de Gibraltar, que separa ambos continentes en solo 13 kilómetros de distancia.

“Pese a que durante el Último Máximo Glacial el nivel del mar llegó a bajar 160 metros en el Estrecho, no vemos que haya paso de gente del norte de África a Europa o al revés, lo que da una idea de la magnitud de la barrera geográfica que supuso el Estrecho para la evolución humana”, añade el paleogenetista.

Fin de la era glacial: los humanos recolonizan Europa

Por último, respecto al final de la era glacial, hace unos 14.000 años, el estudio explica que las condiciones climáticas empezaron a mejorar, lo que produjo un nuevo reemplazo de la población en centroeuropa, probablemente de una población procedente de los Balcanes que avanzó primero por Italia y se expandió después por el resto de Europa sustituyendo el acervo genético de los magdalenienses.

Los investigadores creen que esta sustitución genética a gran escala pudo deberse al rápido calentamiento del clima que extendió los bosques por todo el continente y permitió que muchas poblaciones regresaran al norte recolonizando Europa al final del último máximo glacial.

“Sin embargo, de nuevo, la península ibérica se ve menos influenciada por estas nuevas olas migratorias y vemos cómo sus habitantes siguen conservando unos rasgos genéticos más similares a aquellas poblaciones que alcanzaron la península Ibérica durante el Paleolítico superior”, apunta Villalba-Mouco.

Para la investigadora estos estudios demuestran “que la historia de la humanidad está llena de éxitos y fracasos evolutivos, y que muchos de ellos dependieron directamente de las condiciones climáticas del momento y la capacidad en la que los humanos se adaptaron al medio”. EFEciencia

Esto es lo que los cantos de las ballenas nos dicen sobre el fondo del mar

 El canto de Balaenoptera physalus, el rorcual común, es uno de los más potentes del océano. De hecho, los sonidos largos, altos y de baja frecuencia de estos cetáceos son, junto con los de la ballena azul, algunos de los sonidos de frecuencias más bajas producidos por un animal, y pueden detectarse incluso a cientos de kilómetros de distancia.

Cuando se trata de rorcuales, los científicos asocian estas vocalizaciones a fines puramente reproductivos, ya que son los machos los que exclusivamente exhiben estos cantos con la llegada de la época de reproducción de la especie. Sin embargo, lo que ahora acaba de descubrir un equipo de científicos de la Universidad del Estado de Oregón en Corvalis y el Instituto de Geofísica de la Academia de las Ciencias de la República Checa -IG-CAS-, es que los sonidos emitidos por estos increíbles gigantes oceánicos podrían emplearse como fuente sísmica para sondear la estructura de la corteza terrestre en el fondo marino

Una fuente sísmica es un dispositivo que genera un pulso en forma de onda y a partir del cual, al ser detectadas de vuelta las ondas emitidas, los investigadores pueden obtener información sobre las características de una porción específica del terreno.

Si bien hasta el momento los resultados obtenidos con esta nueva técnica presentan una menor resolución en comparación, por ejemplo, con las señales de pistola de aire de alta energía: una fuente sísmica empleada de forma común en estudios sísmicos en océano, los firmantes del estudio publicado en la revista Science bajo el título "Seismic crustal imaging using fin whale songs" defienden que los abundantes cantos de estos rorcuales a nivel mundial podrían complementar y mejorar sobremanera los estudios sísmicos donde no es posible emplear las técnicas convencionales desarrolladas en la actualidad.

“El estudio de la estructura de la corteza oceánica a menudo requiere poderosas ondas sísmicas” explica el investigador del IG-CAS y autor principal del artículo Václav Kuna. “Esto se logra normalmente gracias al uso de pistolas de aire instaladas en barcos que generan pulsos explosivos a altos decibelios”, continúa. “Pero si bien estas explosiones son efectivas, se trata de algunos de los sonidos más potentes producidos por el hombre en el océano y son potencialmente dañinos para la vida marina”, añade.

Las poderosas ondas sonoras de los rorcuales reverberan y refractan a través de las capas de roca proporcionando una información muy valiosa para los geólogos