miércoles, 11 de septiembre de 2019

La ciencia moderna y la Ilustración

“La Ilustración fue un vuelo de Ícaro de la mente que se extendió por los siglos XVII y XVIII. Una visión del saber secular al servicio de los derechos del hombre y del progreso humano fue la mayor contribución de Occidente a la civilización. Inició la era moderna para todo el mundo; todos somos sus herederos.” 
(Edward O. Wilson, Consilience, 1998).
La cita de Wilson contiene tres elementos significativos. Alude, por un lado, al saber secular, por oposición al saber que durante los siglos anteriores y hasta el XVII y XVIII se había cultivado en monasterios y en universidades, cuyos enseñantes eran clérigos o estaban vinculados, de una u otra forma, a la Iglesia. 
Era también un saber al servicio de los derechos humanos y del progreso. Los ilustrados fueron los que desarrollaron, en el terreno de la ética y el pensamiento político, las nociones sobre las que se asientan las sociedades democráticas modernas. Son principios y valores que, en lo sustancial, siguen siendo el fundamento de nuestro ordenamiento político. A eso se refiere con el tercer elemento: todos somos sus herederos.
La noción del saber al servicio de los seres humanos es importante, pues constituye, quizás, el elemento diferenciador con relación al propósito con el que se había cultivado el saber hasta entonces. 
Se suele utilizar la expresión “revolución científica” para denominar a un periodo de especial relevancia en la historia de la ciencia, tanto por los descubrimientos que se realizaron en el mismo, como por haberse producido –supuestamente– un cambio radical en forma de creación de conocimiento, de hacer ciencia. 
De acuerdo con una visión muy extendida, durante la Edad Media el conocimiento era heredero de la tradición greco-latina y se basaba, sobre todo, en el método hipotético-deductivo, tratando de hacer compatible razón y fe. 
Según esa idea, la revolución científica -que ocurrió en la primera etapa de la Ilustración o, incluso, en las décadas anteriores- se habría basado en la adopción progresiva de la observación, el experimento, y la inducción, y el rechazo a la autoridad, al método deductivo y a la teoría. 
Aunque no es este el lugar para abordar una discusión pormenorizada del particular, y resumiendo mucho, hoy se reconoce que la transición del pensamiento escolástico al empirismo y la inducción no fue un cambio tan marcado como se ha pretendido ni, mucho menos, revolucionario, puesto que ya en la Edad Media se hacían observaciones y “experimentos” y durante la Edad Moderna la teoría y el pensamiento hipotético-deductivo no dejaron de formar parte inseparable del modo en que se hacía ciencia en la realidad.

La utilidad de la ciencia

Pero hay un aspecto en el que no se suele incidir y que, sin embargo, marca con más nitidez que ningún otro la diferencia entre los dos periodos. Me refiero al propósito de la ciencia, a su utilidad. 
Francis Bacon. Jacobus Houbraken / Wikimedia Commons
Durante la Edad Media el desarrollo del conocimiento no obedecía a una intención explícita de obtener beneficio del mismo, de darle una utilidad. A partir del Renacimiento, sin embargo, el conocimiento científico empezó a ser considerado una herramienta al servicio de la nación. Es a Francis Bacon a quien se atribuye haber formulado esa idea de manera explícita: Knowledge is power. Así, según Popper, “Bacon es verdaderamente el padre espiritual de la ciencia moderna. No a causa de su filosofía de la ciencia y de su teoría de la inducción, sino porque se convirtió en el fundador y el profeta de la iglesia racionalista, una suerte de antiiglesia. Esa iglesia no se fundó sobre una roca, sino sobre la visión y la promesa de una sociedad científica e industrial, una sociedad basada en el dominio del hombre sobre la naturaleza. La promesa de Bacon es la promesa de la autoliberación de la humanidad a través del conocimiento.” 
A partir de Bacon los filósofos naturales (o científicos) trataron de desentrañar los misterios de la naturaleza con la intención de “dominarla” y obtener de ella un beneficio. Bacon puede considerarse, de hecho, el inspirador de lo que hoy denominamos “política científica” y de la creencia de los responsables políticos y del público en general de que dedicar recursos a crear conocimiento es útil desde el punto de vista económico.
Isaac Newton. Godfrey Kneller / Wikimedia Commons
Esas ideas cuadran a la perfección con la ideología burguesa que se va configurando en la transición de la Edad Media a la Edad Moderna. Según Stephen Bronner (2004) la vanguardia científica del siglo XVII formaba parte de una esfera pública burguesa que aglutinó una diversidad de tradiciones asociadas al grupo humano más amplio del mundo ilustrado, del que formaban parte el legado democrático de las ciudades libres medievales, las tendencias humanistas heredadas del Renacimiento y el entusiasmo por el desarrollo científico y, sobre todo, por Isaac Newton, su figura más sobresaliente. Newton hizo visible lo invisible y permitió adentrarse en la naturaleza con nuevas investigaciones gracias al descubrimiento de sus leyes universales, que contribuyeron a configurar la creencia laica en los derechos, también universales. 
Es significativo que la vanguardia científica desarrollase su actividad, en gran medida al menos, al margen de las universidades, en las que seguían prevaleciendo los estudios teológicos. Los primeros filósofos de la naturaleza promovieron la creación de instituciones independientes con orientación laica, como la Royal Society.

El progreso

El desarrollo de la ciencia durante los siglos XVII y XVIII formó parte de un movimiento intelectual más amplio, un movimiento que no sólo hizo avanzar las ciencias naturales, sino que trajo el progreso en otras áreas, especialmente en filosofía moral y política, y en las instituciones sociales. 
Se dice que la Ilustración constituyó una forma de rebelión frente a la autoridad en el ámbito del conocimiento. Y que ese rechazo a la autoridad resultó ser una condición necesaria para el progreso, porque en el periodo anterior había prevalecido la noción de que todas las cosas importantes que se podían llegar a conocer ya se conocían, y estaban contenidas en las obras de las autoridades del pasado. No es que fuera una idea universalmente aceptada en el mundo occidental, pero eran mayoría quienes así pensaban.
Los pensadores modernos se propusieron liberar la indagación científica de la subordinación a cualquier condición, creencia, costumbre o texto de autoridad previos. Y elaboraron todo un programa para la reforma social, intelectual y moral, que transformó en primer lugar los países en que se desarrolló, casi toda Europa más tarde y, a la postre, gran parte del mundo. 
Es obvio que los pensadores ilustrados estaban en deuda con el canon de filósofos empiristas y científicos del XVII. La apertura de horizontes que produjeron los filósofos naturales (cambios en la concepción del cosmos, leyes científicas universales, nueva concepción del organismo humano, etc.) tuvo una importante incidencia en el pensamiento moral y político que se desarrolló durante los siglos XVII y XVIII. 
Thomas Hobbes. John Michael Wright / Wikimedia Commons
Un buen ejemplo es el de Thomas Hobbes, fundador del pensamiento político británico y materialista radical; Hobbes se sentía fascinado por los descubrimientos de Galileo y por las ciencias empíricas en general, y veía en ellas el rigor que debía presidir cualquier forma de conocimiento. Y en un sentido inverso, David Hume, el gran empirista, sostuvo que todo el conocimiento, incluso las matemáticas y la filosofía natural (lo que hoy llamamos ciencias naturales), dependen en alguna medida de la ciencia del ser humano, puesto que tienen una relación, más o menos directa, con la naturaleza humana.
La Ilustración alumbró un sistema de valores distinto del que había presidido la vida intelectual occidental en los siglos anteriores. 
Esos valores, entre los que se incluyen la tolerancia (para con las ideas diferentes de las propias), la crítica (con su compañero el escepticismo), la humildad (que permite reconocer la falibilidad propia) y el optimismo (que empuja a esforzarse por ensayar nuevas posibilidades o abrir nuevos caminos) son los que propician un desarrollo científico cada vez más intenso y, a la par, también la democracia. 
Ciencia y democracia comparten, pues, un origen común porque son hijas de los valores que emergieron con fuerza en la segunda mitad del siglo XVII y ganaron presencia y aceptación durante el XVIII. 
Los defensores de la nueva política del pragmatismo, la tolerancia y el respeto a los derechos humanos, notablemente John Locke (a quien dedicaremos la próxima anotación), reconocieron de manera explícita su deuda con la ciencia por haber desterrado la brujería, la superstición y el dogma y por enseñarnos a basar el conocimiento en las pruebas y no en la autoridad. El desarrollo de la ciencia y la nueva libertad de pensamiento estaban en aquella época interrelacionados y eran interdependientes.

Adiós al gen gay: ninguna variante genética determina la orientación sexual

Hay pocos aspectos de la biología humana más complejos en sus implicaciones científicas y sociales que la orientación sexual. Un estudio masivo ha concluido que las variantes genéticas de una persona tienen poca influencia en su inclinación sexual, tras analizar datos de medio millón de individuos.
El proyecto de la asociación de genoma completo (GWAS), el más grande sobre las bases genéticas de la sexualidad hasta ahora, ha señalado que no existe un 'gen gay' porque hay miles de variantes genéticas vinculadas a la sexualidad, y cada una tiene sus efectos.
Académicos de 30 instituciones participaron en el estudio, que demostró que la probabilidad de que una persona sea homosexual esatribuible a los genes solo entre un 8% y un 25%, dependiendo al menos tres cuartas partes de influencia de otros factores, como el entorno. Los científicos compararon estas métricas con la altura, porque lo genético tiene parte de responsabilidad en el crecimiento de un individuo, pero la nutrición es un factor clave en el desarrollo de este.
Los investigadores encontraron cinco puntos en el genoma que parecen ser comunes entre las personas que han tenido al menos una experiencia homosexual. Dos de estos están vinculados a hormonas sexuales y olfativas, factores que pueden desempeñar un papel en la atracción sexual. Pero, tomados en conjunto, los cinco explicaron menos del 1% de las diferencias en la actividad de los implicados en el estudio.
Los autores argumentan que el hecho de que la homosexualidad no esté “escrita en los genes” no significa que sea una cuestión de elección o algo que pueda ser alterado. "Muchos genes están involucrados en la orientación sexual de las personas y en conjunto explican quizás una cuarta parte de esta. Esto significa que la genética no es ni la mitad de la historia. El resto es atribuible probablemente al entorno. Hay que tomar en cuenta ambas variables, biología y ambiente, que trabajan juntas de formas muy complicadas”, explicó Ben Neale, científico de Harvard, al diario británico 'Telegraph'.
"Es el final del gen gay", según Eric Vilain, un genetista del Sistema Nacional de Salud Infantil en Washington, que no participó en el estudio, basándose en la nueva teoría de que lo genético no puede demostrar por sí solo si una persona es homosexual.
Es importante tener en cuenta que toda investigación tiene limitaciones. En este caso, casi todos los participantes eran de Estados Unidos o Europa, y los individuos encuestados tienen un promedio de 51 años. Aun así, los investigadores agradecen los datos: "Mucha gente quiere entender la biología de la homosexualidad, y la ciencia se ha quedado atrás de ese interés humano", asegura William Rice a 'Scientific American'. "Ha sido un tema tabú, y ahora que estamos obteniendo información, creo que el campo va a florecer".

El cráter más grande de la Luna podría contener el remanente de un asteroide

 
La cuenca del Polo Sur-Aitken (SPA) es el cráter de impacto conservado más grande de la Luna y quizás la estructura de impacto más grande reconocida en el Sistema Solar.
Aunque indudablemente en todo nuestro vecindario ocurrieron eventos de este tipo, la mayoría se han borrado. Por lo tanto, la cuenca del SPA es un remanente importante de un proceso que dio forma a los cuerpos del Sistema Solar en sus formas actuales.

Analizando datos

Además, la cuenca del SPA es una de las estructuras más antiguas conservadas en la Luna, en consecuencia, la formación y la estructura de la cuenca del SPA contienen importantes pistas sobre la historia y la evolución de nuestro satélite natural.
Se cree que el gigantesco cráter, que tiene unos 2.500 kilómetros de ancho y varios kilómetros de profundidad, fue creado por el impacto de un gran asteroide que golpeó la superficie lunar hace unos 4.000 millones de años.
Para el descubrimiento, los investigadores combinaron datos topológicos tomados el Orbitador de Reconocimiento Lunar y los registros de la gravedad recopilados por la nave GRAIL de la NASA (en la imagen).
Aunque es increíblemente vasto, este cráter no se puede ver desde la Tierra porque está ubicado en el llamado lado oscuro de la Luna, el cual nos da la espalda en todo momento.
Utilizando datos tomados por la nave espacial GRAIL de la NASA, que orbitó la Luna entre el año 2011 a 2012, un equipo de investigadores analizó los sutiles cambios en la fuerza de gravedad alrededor de la Luna.

Laboratorio natural

Cuando los investigadores combinaron las mediciones registradas por GRAIL con los datos de topografía del Orbitador de Reconocimiento Lunar, encontraron una masa inesperadamente grande debajo de la cuenca del Polo Sur-Aitken. Para poner en contexto, la masa detectada es equivalente a una pila de metal 5 veces más grande que la isla más grande de Hawái.
Bajo el cráter más grande de la Luna, investigadores detectaron una gran masa anómala que creen puede ser el remanente del asteroide que originó el cráter.
Una de las explicaciones de esta masa adicional es que parte del metal del asteroide que formó este cráter todavía está incrustado en el manto de la Luna.
Los científicos simularon una posible colisión con un asteroide en una computadora, y encontraron que algunos tipos de metal podrían estar instalados en la capa entre la corteza y el núcleo.
De ser este el caso, la masa anómala podría permitir dar una mirada sin precedentes a los tipos de colisiones que ocurrieron en una etapa temprana del Sistema Solar. Otra posibilidad para la inexplicable masa es que podría ser un área donde se compilan óxidos densos que surgieron después de la última etapa de la solidificación del océano de magma lunar.
En cualquier caso, señalan los investigadores, la cuenca es uno de los mejores laboratorios naturales para estudiar eventos de impacto catastrófico, un proceso antiguo que dio forma a todos los planetas rocosos y lunas que vemos hoy.
Referencia: Deep Structure of the Lunar South Pole‐Aitken Basin. Geophysical Research Letters, 2019. https://doi.org/10.1029/2019GL082252

El día que se perdió el 75% de la vida del planeta (dinosaurios incluidos)

Imagen artística del impacto del asteroide. NASA/DON DAVIS.
La ciencia ficción nos recuerda continuamente en películas y novelas que nuestra vida pende de un hilo, que la tierra puede sufrir el impacto catastrófico de un meteorito que nos borre de la faz de la tierra. Una perspectiva aterradora pero que ya ocurrió. Fue cuando, hace 65 millones de años, un meteorito dejó un cráter de 200 kilómetros: hoy lo conocemos como Chicxulub y acabó con el 75% de la vida existente entonces en el planeta.
El cráter Chicxulub, que está enterrado bajo capas y capas de sedimentos, guarda en su interior la información de qué pasó cuando el meteorito impactó en la Tierra. Un grupo de investigadores liderado por el Instituto de Geofísica de la Universidad de Texas (Estados Unidos) y con la participación del Centro de Astrobiología, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha confirmado el que hasta ahora era un escenario hipotético planteado por los científicos.
Los científicos encontraron rocas fundidas y fragmentadas como areniscas, calizas y granitos, pero no minerales que contuvieran azufre, a pesar de la alta concentración rocas ricas en azufre de la zona. OCEAN DISCOVERY PROGRAM
Cuando el asteroide chocó contra la Tierra, el impacto provocó incendios forestales, desencadenó un tsunami y expulsó tanto azufre a la atmósfera que bloqueó la luz del Sol, lo que causó un enfriamiento global que condujo finalmente a la extinción de los dinosaurios.
Se han analizado muestras de rocas extraídas de la zona central del cráter y se han hallado sólidas evidencias en las decenas de metros de rocas que rellenaron el cráter en las primeras 24 horas después del impacto. “Las evidencias incluyen fragmentos de carbón vegetal, una mezcolanza de rocas arrastradas por el contraflujo del tsunami y una notoria ausencia de azufre. Todas ellas pertenecen a unas muestras de roca que ofrecen los datos más detallados hasta ahora de las secuelas de la catástrofe que terminó con la era de los dinosaurios”, señala Sean Gulick, profesor de investigación en el Instituto de Geofísica de la Universidad de Texas y autor principal del estudio.
El estudio The First Day of the Cenozoic, El primer día del Cenozóico ha sido publicado hoy en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) https://www.pnas.org/ y se basa en trabajos anteriores que permitieron describir cómo se formó el cráter y cómo la vida se recuperó relativamente rápido en el lugar del impacto.

Proceso de sedimentación

Los análisis indican que la mayor parte del material que rellenó el cráter en las horas posteriores al impacto se originó en el mismo lugar del impacto o fue arrastrado por el agua del océano que fluyó de nuevo hacia el cráter desde el Golfo de México circundante. En un solo día se depositaron alrededor de 130 metros de material, una tasa que se encuentra entre las más altas jamás encontradas en el registro geológico. Esta tasa vertiginosa de acumulación ha quedado registrada en las rocas, y ha permitido reconstruir los sucesos acaecidos en el medioambiente dentro y fuera del cráter en los minutos y horas después del impacto y hacerse una idea sobre los efectos
a largo plazo del impacto, que, según los datos, acabó con el 75% de la vida presente entonces en el planeta.
Gulick lo describe como un infierno de corta duración a nivel local, seguido de un largo período de enfriamiento global, “se achicharraron y luego se congelaron”. “Aunque no todos, muchos dinosaurios murieron ese día”, concluye.
Una porción de los núcleos perforados de las rocas que llenaron el cráter de impacto del asteroide que aniquiló a los dinosaurios OCEAN DISCOVERY PROGRAM.

Diez mil millones de bombas atómicas

Los investigadores estiman que el asteroide impactó con una potencia equivalente a la de diez mil millones de bombas atómicas como la de Hiroshima. La explosión carbonizó toda la vegetación situada a miles de kilómetros a la redonda del impacto y desencadenó un enorme tsunami que llegó hasta el interior de Norteamérica, a más de 2.000 kilómetros de distancia. Dentro del cráter, los investigadores encontraron carbón vegetal y también un biomarcador químico de la presencia de hongos del suelo dentro o justo encima de capas de arena, lo que sería signo de haber sido depositado por un reflujo de aguas. Estos hallazgos sugieren que el paisaje carbonizado fue arrastrado hacia el cráter por el retroceso de las aguas del tsunami.
Sin embargo, uno de los resultados más importantes de la investigación ha sido la ausencia de azufre en algunas de las muestras de roca. El área que rodea el cráter de impacto está llena de rocas ricas en azufre, pero no había azufre en el núcleo. ¿Dónde estaba el azufre? Este importante hallazgo apoya la teoría de que el impacto del asteroide vaporizó los minerales ricos en azufre presentes en el lugar del impacto y lo liberó a la atmósfera, que se volvió opaca a la luz solar.
Esto causó profundos cambios en el clima de la Tierra, que sufrió un enfriamiento global. Los investigadores estiman que al menos 325 mil millones de toneladas métricas habrían sido liberadas a la atmósfera por el impacto. Esa cantidad es alrededor de diez mil veces superior a todo el azufre que fue expulsado a la atmósfera durante la erupción del volcán Krakatoa (Indonesia) en 1883, que provocó un descenso promedio de 2,2 grados en la temperatura global durante cinco años.
Aunque el impacto del asteroide provocó una destrucción masiva a nivel regional, fue precisamente este cambio climático global el que causó la extinción masiva de especies en la Tierra, no solo de los dinosaurios, sino también de la mayoría de la otra vida que habitaba el planeta en ese momento. “El verdadero asesino tiene que ser atmosférico”, señala Gulick. “La única manera de conseguir una extinción masiva global como esta es un efecto atmosférico”. Para Örmo, “todo lo que se puede deducir de los sedimentos depositados en esos primeros instantes nos permite saber cómo fue el primer día del Cenozoico, el primer día de una nueva era dominada por los mamíferos y eventualmente por nuestra propia especie. Una especie que ahora, por otras causas como la contaminación masiva de los océanos y de la atmósfera, ha iniciado la sexta y última de las extinciones masivas. Tal vez todavía estamos a tiempo de aprender algo del pasado”.

Tras las huellas de nuestro origen

Ilustración de 'Yilingia spiciformis'.
Ilustración de 'Yilingia spiciformis'. ZHE CHEN
Lee en Materia las últimas noticias sobre nuestro origen. Se trata de un conjunto de huellas que dejaron unos gusanos segmentados hace 550 millones de años, en tiempos de la llamada fauna de Ediacara. En el caso más interesante, el gusano y su huella han fosilizado juntos, en lo que supone una evidencia elocuente del origen animal de esos rastros. Y la fecha de datación es importante, porque 550 millones de años atrás es claramente antes de la explosión cámbrica, que empezó hace 540 millones de años y produjo, en un singular rapto de creatividad evolutiva, casi toda la variedad exuberante de planes de diseño animal que vemos a nuestro alrededor. Incluido el nuestro, que es diseño de los cordados, precursores de los vertebrados.
¿Son auténticos precursores de los animales de la explosión cámbrica, es decir, de nosotros? ¿O fueron una especie de experimento evolutivo inicial que no tuvo continuidad?
El periodo de Ediacara (635-541 millones de años atrás) recibe el nombre de las colinas de Ediacara en el sur de Australia, donde aparecieron en 1946 los primeros fósiles del periodo, pero el mismo tipo de organismos dejaron muestras fosilizadas en otros lugares del mundo, como el depósito de China publicado ahora. La interpretación de estos fósiles, sin embargo, tiene dividida a la comunidad paleontológica. ¿Son auténticos precursores de los animales de la explosión cámbrica, es decir, de nosotros? ¿O fueron una especie de experimento evolutivo inicial que no tuvo continuidad? Aunque hay paleontólogos como Simon Conway-Morris, un especialista en la explosión cámbrica, que llevan 20 años sosteniendo lo primero, la segunda opción se apoya en las formas extrañas que revelan los fósiles de Ediacara: discos con radios o estructuras concéntricas, cosas vagamente parecidas a hojas de helechos, morfologías fractales, organismos con brazos que recuerdan a galaxias espirales y masas más bien amorfas e inclasificables. Realmente, no parecen las morfologías precursoras de los animales de la explosión cámbrica.
Pero el nuevo gusano, Yilingia spiciformis, sí que podría serlo perfectamente. Está segmentado, como nosotros, tiene simetría bilateral, como nosotros, y es obvio que era capaz de moverse por el fondo marino. Si Yilingia es realmente un precursor de los animales propiamente dichos, puede aportar un notable respiro gradualista a las aparentes brusquedades de la explosión cámbrica. Diez millones de años para que evolucionaran todos esos planes de diseño de la explosión puede parecer poco, pero la geología del planeta estaba experimentando cambios notables en la época, y tal vez un incremento relativamente rápido de la concentración de oxígeno. En esas condiciones, la evolución puede generar novedades en tiempos bastante cortos, bajo el lema “cambia o muere”. Esta es la importancia de los nuevos fósiles

Encuentran Exoplaneta con Agua

Agua, cercano y potencialmente habitable: encuentra el planeta que podría ser nuestra segunda residencia
ESA/Hubble, M. Kornmesser
Las incógnitas que aún envuelven a la Tierra (¿es única?), empujan a los investigadores a buscar planetas fuera del sistema solar (más conocidos como exoplanetas) para tratar de comprender mejor todas las dudas que todavía nos quedan por resolver. Por eso, un hallazgo como el presentado este miércoles en Nature Astronomy son tan importantes.
Investigadores de la University College London (UCL) han hallado por primera vez vapor de agua en la atmósfera de un planeta extrasolar, K2-18b, que se encuentra en la zona habitable de su estrella. Se trata del único planeta fuera del sistema solar que tiene agua y una temperatura que podrían soportar la vida. Los resultados revelaron la firma molecular no solo del vapor de agua sino también indica la presencia de hidrógeno y helio en la atmósfera del planeta. Es más, los investigadores apunta a que también podría haber metano y nitrógenos, pero para poder afirmarlo serán necesarios más estudios de K2-18b ya que con las observaciones actuales es imposible saberlo con certeza. Por otra parte, es importante señalar que este exoplaneta es una supertierra, es decir, con una masa entre la Tierra y Neptuno, en este caso ocho veces más que nuestro planeta.
"Encontrar agua en un mundo potencialmente habitable que no sea la Tierra es increíblemente emocionante. K2-18b no es la Tierra 2.0, ya que es significativamente más pesado y tiene una composición atmosférica diferente", explica en un comunicado de prensa el doctor Angelos Tsiaras, del Centro UCL para Datos de Exoquímica Espacial (CSED) y primer autor de esta investigación. Sin embargo, K2-18b nos acerca un poco más a responder a la pregunta ¿es la Tierra única?
"Con tantas nuevas supertierras que se espera encontrar en las próximas dos décadas, es probable que este sea el primer descubrimiento de muchos planetas potencialmente habitables", señala el doctor Ingo Waldmann, coautor de este estudio y también investigador de la UCL. No se debe solo a que los planetas como K2-18b sean los más comunes en nuestra galaxia sino que "las enanas rojas -estrellas más pequeñas que nuestro Sol- son las más comunes", añade.
"Este estudio contribuye a nuestra comprensión de los mundos habitables más allá de nuestro sistema solar y marca una nueva era en la investigación de exoplanetas, crucial para finalmente colocar la Tierra, nuestro único hogar, en la imagen más amplia del cosmos", dijo Tsiaras.

Zona habitable

Las agencias espaciales rastrean el cielo en busca de planetas extrasolares como este para resolver de una vez por todas si hay otros como la Tierra. Por eso, misiones como CHEOPS, que será lanzada entre el 15 de octubre y el 14 de noviembre de este mismo año, o Ariel, son tan importantes para responder a las preguntas de los investigadores.
K2-18b es un exoplaneta que se encuentra a 111 años luz de la Tierra, en la constelación de Leo, y que orbita alrededor de una estrella enana roja (K2-18) cada 33 días. Dado el alto nivel de actividad de su estrella, este exoplaneta puede ser más hostil que la Tierra y es probable que esté expuesto a más radiación que a la que nos enfrentamos nosotros. Aún así, este planeta extrasolar se encuentra en la zona habitable de su estrella, es decir, está a la distancia perfecta para que el agua se encuentre en estado líquido.
K2-18b fue descubierto en 2015 y es uno de los cientos de supertierras encontradas por la nave espacial Kepler de la NASA. Se espera que la misión TESS de la NASA detecte cientos más de este tipo de exoplanetas en los próximos años. Esta misión de la NASA ya ha empezado a funcionar, pero en los próximos años se enviarán al espacio otras nuevas.
El equipo utilizó datos de archivo de 2016 y 2017 capturados por el telescopio espacial Hubble, una misión conjunta de la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés) y la NASA, y desarrolló algoritmos de código abierto para analizar la luz estelar filtrada a través de la atmósfera de K2-18b, explican en el comunicado de prensa.

En búsqueda de exoplanetas habitables

james webb
Crédito: NASA.
La próxima generación de telescopios espaciales, incluido el telescopio espacial James Webb y la misión ARIEL, de la ESA, podrán caracterizar atmósferas con más detalle debido a que tendrán instrumentos más avanzados. Se espera que Ariel se lance en 2028, y observará 1.000 planetas en detalle para obtener una imagen verdaderamente representativa de cómo son.
“Nuestro descubrimiento hace que K2-18b sea uno de los objetivos más interesantes para futuros estudios. Se han detectado más de 4.000 exoplanetas, pero no sabemos mucho sobre su composición y naturaleza. Al observar una gran muestra de planetas, esperamos revelar secretos sobre su química, formación y evolución ", explica en el comunicado Giovanna Tinetti, coautora del estudio e investigadora principal de Ariel.