domingo, 3 de abril de 2016

¿Se ha encontrado el Planeta Nueve?

El pasado mes de enero, en un artículo publicado en The Astronomical Journal, los investigadores de Caltech Konstantin Batygin y Michael Brown propusieron la existencia de un noveno planeta en el sistema solar. En su trabajo, los autores intentan explicar las extrañas órbitas de algunos objetos situados en el cinturón transneptuniano. Tras ejecutar en un potente ordenador una serie de simulaciones, habrían conseguido reproducir las órbitas de seis de esos cuerpos al introducir en su modelo un planeta con una masa de al menos diez veces la terrestre. Ese hipotético astro, al que han llamado Planeta Nueve, se movería en una órbita muy elíptica, con un semieje mayor de unas 700 unidades astronómicas (UA), y tardaría unos 15.000 años en completar una vuelta al Sol. Si bien se trata de una hipótesis interesante, la propuesta no es nueva y deja varias preguntas abiertas.
Desde el descubrimiento del primer objeto transneptuniano (aparte de Plutón) en 1992, se han hallado casi 1500 de estos cuerpos. Muchos de ellos exhiben características peculiares. Algunos siguen órbitas muy inclinadas con respecto al plano eclíptico (el que contiene al resto de los planetas); otros presentan órbitas muy elípticas. Varios de ellos, los de mayor tamaño, tienen superficies que reflejan en grado extremo la luz solar —más que los mejores espejos—, mientras que otros muestran un aspecto muy oscuro, similar al del carbón.
El tamaño típico de los objetos transneptunianos descubiertos hasta ahora oscila entre los cientos y los miles de kilómetros. Algunos de ellos, como Plutón, Eris o Makemake, son considerados planetas enanos, ya que presentan una forma esférica mantenida por su propia gravedad. Casi todos los que se encuentran entre las 30 y las 50 UA del Sol se ven afectados por la influencia gravitatoria de Neptuno. Otros, sin embargo, escapan a ella. Así ocurre con Sedna, un objeto muy peculiar cuya órbita lo lleva a alejarse hasta 937 UA del Sol.
Órbitas de los seis objetos transneptunianos analizados por Batygin y Brown (blanco) y del hipotético Planeta Nueve (rojo). [DE: «UNSEEN PLANET MAY LURK NEAR SOLAR SYSTEM'S EDGE», A. WITZE EN NATURE, VOL. 529, PÁG. 266, 21 DE ENERO DE 2016; FUENTE: «EVIDENCE FOR A DISTANT GIANT PLANET IN THE SOLAR SYSTEM», K. BATYGIN Y M. BROWN EN THE ASTRONOMICAL JOURNAL, VOL. 151, 20 DE ENERO DE 2016.]

Pablo Santos para Investigación Y Ciencia

Fuentes naturales de hidrógeno

Hace poco más de dos años, un comunicado de prensa del antiguo Instituto Francés del Petróleo, ahora IFP Nuevas Energías, causó cierto revuelo mediático en el mundo de la divulgación científica: se había descubierto que el hidrógeno no se emite únicamente en determinadas cadenas montañosas y en el fondo de los océanos —como ya se sabía desde la década de los setenta gracias a los estudios del Instituto Francés de Investigación para la Explotación del Mar—, sino también en medio de los continentes. Además, se habían hallado yacimientos de este gas combustible de forma casual, sin haberlos buscado, por lo que la búsqueda intencionada de otros yacimientos se vislumbraba como una apuesta prometedora. De hecho, nuestras investigaciones en colaboración con un equipo ruso indican que los continentes podrían estar plagados de puntos donde el hidrógeno escapa del suelo.
¿Hidrógeno gaseoso que abunda en la Tierra sin haberlo fabricado? De ser así, podría producirse una conmoción en el sector energético. No todos los días se da a conocer una nueva fuente de energía, y un descubrimiento de esa índole pone en un aprieto a quienes toman las decisiones. Emprender grandes programas de investigación y desarrollo sobre una cuestión inexplorada, como es el caso del hidrógeno natural, conlleva un riesgo: el éxito no está asegurado (aunque, si conociéramos de antemano el resultado final de un programa de investigación antes de lanzarlo, la investigación no existiría). Por otra parte, tras casi dos siglos dependiendo de los combustibles fósiles (carbón y petróleo), considerar nuevas estructuras técnicas y sociales para integrar en ellas el hidrógeno natural supone todo un reto. Es más fácil explotar otras fuentes de energía, como la solar o la eólica, empleando la tecnología actual, como paneles fotovoltaicos y aerogeneradores.
El hidrógeno al que aquí se hace referencia es el compuesto gaseoso H2, más correctamente denominado dihidrógeno, cuyas moléculas se componen de dos átomos de hidrógeno, el elemento más abundante del universo. Con el descubrimiento de yacimientos de hidrógeno, ¿cabe esperar un mejor futuro energético para la humanidad? En el presente artículo trataremos de examinar la cuestión. Pero debe tenerse en cuenta que, si no nos comprometemos a investigar con el fin de ampliar nuestros conocimientos, el hidrógeno no gozará nunca de la oportunidad de convertirse en una fuente de energía significativa.
En primer lugar, debe señalarse que el mercado actual del hidrógeno industrial es más importante de lo que imaginamos: su facturación supera los 100.000 millones de dólares al año en todo el mundo. El volumen de hidrógeno que consumimos, principalmente en las refinerías y en la industria del amoniaco, equivale aproximadamente al 22 por ciento del consumo de «gas natural» (término con que se designa, de forma simplificada y abusiva, el metano extraído del subsuelo).

En síntesis

El hidrógeno usado en la actualidad con fines energéticos debe producirse con anterioridad a partir de hidrocarburos o por electrólisis del agua, por lo que no constituye una fuente de energía.
Durante los últimos años se han descubierto emisiones de hidrógeno natural en varias regiones continentales. Tales zonas, que presentan flujos considerables de gas, podrían abundar en el planeta.
A diferencia de las fuentes oceánicas, el hidrógeno continental podría aprovecharse con facilidad. Con todo, aún es necesario realizar más estudios para evaluar su posible explotación industrial.
Deville y Prinzhofer para Investigación & Ciencia

El poder del cerebro infantil

¿Qué suena en su reproductor de música? Si tiene más de 30 años, probablemente canciones de sus años de mocedad. La infancia y la adolescencia son los períodos más influyentes en la vida de una persona. Los primeros recuerdos y vivencias son esenciales para la forja del carácter y calan hondo en todo lo que vendrá después. Hace más de 2000 años Aristóteles ya dijo: «Los hábitos que adquirimos en la niñez no son banales; de hecho, son fundamentales».
Los últimos descubrimientos de la neurociencia dan luz nueva a ese proverbio. El trabajo de los últimos quince años ha revelado con más claridad cómo se forman los circuitos cerebrales de los niños y los bebés, y cómo manipularlos para tratar las enfermedades neurológicas y psiquiátricas más graves.
Durante intervalos de meses o incluso años de desarrollo intensivo, conocidos como períodos críticos, se establecen las conexiones correctas en el cerebro. La mayor parte ocurren durante la infancia, pero algunos suceden más tarde, en la adolescencia. Se han identificado períodos críticos para la vista, la audición, el lenguaje y varias formas de interacción social. Durante cada período, el cerebro del niño experimenta un íntimo baile con el mundo exterior. Las ondas sonoras y los fotones que le llegan sirven de señal para que la maquinaria molecular del cerebro cree y seleccione las conexiones neurales que perdurarán durante la vida adulta y la vejez.
Si un período crítico se adelanta o se demora demasiado o no concluye a su debido tiempo, las consecuencias pueden ser nefastas. El niño puede quedar parcialmente ciego o predispuesto a sufrir trastornos como el autismo. Un bebé con, digamos, una catarata hereditaria que le impide ver perderá visión en el ojo afectado porque las conexiones neurales no se establecerán debidamente durante un período crítico que comienza cuando es lactante y que se va cerrando gradualmente hasta acabar a los 8 años. Una vez concluido, el niño tiene una probabilidad ínfima de ver con normalidad algún día con ese ojo.
Esas fases formativas se descubrieron hace más de medio siglo. (Torsten N. Wiesel y el fallecido David H. Hubel recibieron el premio Nobel en 1981 por haber contribuido a su hallazgo.) Desde entonces, la creencia general sostenía que los períodos críticos eran efímeros y que, una vez finalizados, no era posible la vuelta atrás. Nuevas técnicas moleculares aplicadas a su estudio han permitido refutar muchas de esas ideas predominantes. Por medio de experimentos en animales y de algunos estudios en humanos se ha demostrado que es posible reabrir un período crítico mucho tiempo después para reparar un cerebro que no funcione bien.
Ello abre un abanico de opciones sorprendente. Quizás un día seamos capaces de modificar los interruptores químicos que restablecen intervalos cruciales, permitiendo al cerebro reorganizar sus circuitos, y así tratar trastornos neurológicos y psiquiátricos, desde la ambliopía (ojo vago) hasta la psicosis. Entender lo que sucede en el cerebro del bebé podría servir para algo más que concebir nuevos medicamentos; podría aportar a educadores, psicólogos y diseñadores de políticas un conocimiento fundamental sobre los procesos básicos del desarrollo infantil o las consecuencias de las negligencias parentales, que les ayudaría a adaptar la escolarización a las capacidades de cada niño en cada etapa del desarrollo cerebral.

En síntesis

El cerebro infantil madura la visión y otras funciones durante períodos críticos, en los que está preparado para experimentar cambios duraderos en respuesta a los estímulos sensoriales y sociales.
Los períodos críticos comienzan en momentos precisos durante el transcurso de la infancia y la adolescencia, con el fin de modificar las conexiones neurales. Tal capacidad se denomina plasticidad cerebral.
Conocer mejor las moléculas que ponen inicio y fin a los períodos críticos ha permitido adquirir cierto control del momento en que ocurren y, con ello, recuperar parte de la plasticidad en la vida adulta.
El estudio de la regulación del desarrollo temprano podría redundar en fármacos o métodos que reinicien los períodos críticos años más tarde a fin de corregir problemas surgidos en esa etapa.
Hersch Tajkao K para Investigación & Ciencia

La sabiduría colectiva de las hormigas

Hank Pym es uno de los personajes de Ant-Man, uno de los taquillazos estivales de 2015. Este científico idea un traje que reduce a un hombre al tamaño de un insecto y asegura que las hormigas son capaces de realizar hazañas increíbles, pero precisan de un líder que las dirija. Con la ayuda de un pequeño dispositivo detrás de la oreja les ordena que formen una falange de combate, con la que ayudarán a este minúsculo héroe humano a derrotar a un genio malvado.
La idea de que las hormigas tienen comandantes que imparten órdenes y dirigen sus actividades suena bien porque muchas organizaciones humanas se rigen por una jerarquía y porque es conveniente para las películas de Hollywood, donde los héroes son personas. La única pega es que resulta errónea. Las hormigas nunca marchan al paso, ni obedecen una orden al unísono. En el mundo real, la actividad aparentemente torpe y caprichosa de cada hormiga, que no parece responder a un objetivo común, se aúna con la de las demás y permite que la colonia encuentre y recolecte alimento, excave el hormiguero, abra sendas y levante puentes, proteja las plantas hospedadoras de los herbívoros y cultive huertos, todo ello sin supervisión. No necesitan un jefe, y ninguna hormiga le ordenará jamás a otra lo que ha de hacer.
Los hormigueros no son los únicos sistemas de la naturaleza que carecen de control centralizado. El comportamiento colectivo, sin órdenes superiores, existe por doquier, como la bandada de estorninos que revolotea en el cielo, la red de neuronas que le permite a usted leer esta frase o las moléculas que trabajan con los genes para sintetizar las proteínas. Tal diversidad de conductas es posible gracias a interacciones simples entre los actores, ya sean hormigas, pájaros, neuronas o moléculas.
Cuando empecé a estudiar los sistemas sin centro de control en mi doctorado, busqué uno en que las interacciones fueran fáciles de observar. Y ahí estaban las hormigas, con más de 14.000 especies repartidas por todos los hábitats terrestres del planeta. Estos insectos sociales instalan sus nidos en el suelo, en ramas huecas y hasta en bellotas, debajo de las piedras o en el follaje del dosel arbóreo de la selva. Néctar, hongos u otros insectos son una muestra de lo variado que llega a ser su alimento. Su nexo común es el comportamiento colectivo, por lo que constituyen un excelente modelo para conocer la evolución de este y su papel en la resolución de los problemas ecológicos que afrontan sus comunidades.
Deborah M , Gordon para Ivestigación & Ciencia

Los límites del método científico


Sus defensores argumentan que la teoría de cuerdas es la única conocida con potencial para convertirse en una verdadera «teoría del todo». Esa imagen cobró fuerza en los años noventa, cuando se observó que las cinco teorías de cuerdas conocidas (ramificaciones) estaban relacionadas entre sí mediante «dualidades», o equivalencias matemáticas. Hoy se cree que las distintas teorías de cuerdas no son más que casos particulares de una única teoría subyacente, conocida popularmente como teoría M. Su formulación, sin embargo, dista mucho de estar completa. [INVESTIGACIÓN Y CIENCIA]

Qué hace que una teoría sea considerada propiamente científica en lugar de mera especulación? ¿Qué criterios usan los científicos para depositar su confianza en una teoría en lugar de en otra? Aunque estas preguntas están implícitas en la evaluación de cualquier teoría científica, tradicionalmente han sido abordadas de forma explícita por la filosofía de la ciencia. Sin embargo, desde hace un tiempo han pasado al primer plano de una enquistada discusión entre físicos teóricos. Así al menos se desprende del actual debate en torno a si es legítima o no la adhesión de una parte de la comunidad a ciertas propuestas que, como la teoría de cuerdas o la hipótesis del multiverso, no pueden ser comprobadas empíricamente o, al menos, no con los medios técnicos actuales.
En su reciente libro String theory and the scientific method(Cambridge University Press, 2013), el físico y filósofo de la ciencia Richard Dawid, de la Universidad de Viena, defiende la existencia de una serie de criterios que permitirían evaluar la viabilidad de una teoría más allá de su pura confirmación empírica. Para Dawid, el empleo de tales argumentos constituye una buena práctica científica, intensificada por la naturaleza de la física de altas energías, pero legítima y —aunque en menor medida— ya usada en otros episodios de la historia de la ciencia. En el caso concreto de la teoría de cuerdas, dichos criterios legitimarían la defensa que muchos hacen ella.
Por supuesto, no todos secundan esa opinión. En un artículo muy comentado publicado en Nature en 2014, George Ellis, cosmólogo de la Universidad de Ciudad del Cabo, y Joe Silk, investigador del Instituto de Astrofísica de París, argumenta-
ban que, con la teoría de cuerdas, la física se está alejando peligrosamente de uno de sus pilares metodológicos fundamentales: el requisito de confirmación empírica. Esta valoración de Ellis y Silk, así como otras duras críticas lanzadas contra la teoría de cuerdas, son hoy compartidas por numerosos físicos y filósofos.
El debate no es nuevo, pero en fecha reciente parece haber arreciado. En parte como consecuencia del libro de Dawid y del artículo de Ellis y Silk, el pasado mes de diciembre un congreso reunió en Múnich a físicos y filósofos para tratar la cuestión. La polémica hunde sus raíces en algo tan básico como qué entendemos por ciencia. Para unos, defender teorías que no se prestan a la confirmación empírica puede llegar a poner en peligro la integridad de la ciencia en su conjunto. Para otros, la situación anuncia un cambio revolucionario: la necesidad de redefinir el método científico.
La teoría de cuerdas es una teoría científica con un altísimo grado de complejidad matemática. Pretende proporcionar una descripción unificada de todas las partículas e interacciones fundamentales a partir de ciertas entidades microscópicas extensas («cuerdas») y sus modos de vibración. Quienes se dedican a ella muestran un alto grado de confianza en su teoría; si no completa, la consideran seguramente la más ambiciosa y con mayores probabilidades de éxito de la física fundamental. Ello se debe, en gran parte, a que promete solucionar la aparente incompatibilidad de las dos teorías que dominaron la física del siglo XX: la mecánica cuántica y la relatividad general de Einstein. Con tales credenciales, puede resultar sorprendente descubrir que la teoría de cuerdas no se encuentra confirmada experimentalmente, o, más aún, que se afirme que ni siquiera hace predicciones empíricas.

En síntesis

La teoría de cuerdas y otras áreas de la física teórica moderna hacen predicciones que, al menos con los medios técnicos actuales, no pueden ponerse a prueba mediante ningún experimento.
Esa situación ha sido objeto de numerosas críticas. Para muchos físicos y filósofos, exonerar a una teoría física del requisito de verificación empírica supone abandonar el ámbito de la ciencia.
Por su parte, los partidarios de la teoría esgrimen a su favor algunas cualidades intrínsecas, como su enorme potencial explicativo o la falta de alternativas para formular una «teoría del todo».
Una nueva propuesta surgida en el ámbito de la filosofía de la ciencia ha defendido la legitimidad de esos argumentos no empíricos. Su validez implicaría la necesidad de redefinir el método científico.


Adan Sus
Investigación & CIencia

Los centinelas del sabor amargo

magínese el peor resfriado de su vida. Su nariz se halla totalmente congestionada y respira con dificultad. La presión en los senos nasales le causa dolor de cabeza. No percibe ningún olor, así que todo lo que come le sabe a cartón. Y para colmo de males, siente náuseas y un profundo malestar. Ahora, imagínese que todos esos síntomas, por bien que disminuyan al cabo de una semana, regresan una y otra vez y jamás desaparecen.
Por desgracia, esa es la cruda realidad del paciente con sinusitis crónica (técnicamente, rinosinusitis crónica), una enfermedad nasal y de las vías aéreas altas que solo en EE.UU. afecta a cerca de 35 millones de personas. Para muchas, el tratamiento suele consistir en largas tandas de antibióticos y corticoesteroides. Pero si la medicación no funciona, han de pasar por el quirófano para limpiar las cavidades infectadas del cráneo. Esa delicada operación es cada vez más habitual porque el uso excesivo de los antibióticos ha mermado su eficacia. Actualmente, en EE.UU. una de cada cinco prescripciones de tales medicamentos está destinada a tratar la rinosinusitis y la enfermedad ha entrado en un círculo vicioso que contribuye a difundir las bacterias resistentes, como Staphylococcus aureus resistente a la meticilina (SARM).
Nuestro objetivo es terminar con ese círculo vicioso. Junto con muchos otros investigadores, estamos trabajando para desentrañar los mecanismos de defensa que las células epiteliales de las vías aéreas, las que tapizan el interior de los conductos respiratorios, despliegan contra las infecciones. Una persona corriente respira más de 10.000 litros de aire cada día, gran parte por la nariz, un aire cargado de innumerables bacterias, hongos y virus. Nuestra nariz es la primera línea de defensa. Cada vez que inspiramos, las partículas en suspensión, los virus, las bacterias y las esporas quedan atrapados en ella. Asombrosamente, la mayoría respiramos sin problemas y no sufrimos infecciones respiratorias.
Al parecer, una de las razones de esa inmunidad reside en la lengua. Los receptores del sabor amargo parecen desempeñar también una función defensiva contra las bacterias. Ahora sabemos que esas proteínas receptoras, presentes también en la nariz, activan tres respuestas contra los patógenos. Primero, envían señales que estimulan el movimiento de las células ciliadas, que barren a los intrusos (los cilios son filamentos minúsculos). En segundo lugar, las proteínas del receptor incitan a las células a liberar óxido nítrico, un bactericida. Y por último, mandan señales a otras células para que liberen unas proteínas antimicrobianas llamadas defensinas.
Pero la historia no acaba ahí. Varios investigadores han descubierto que estos receptores, lejos de radicar solo en la lengua y la nariz, también están presentes en otros tramos de las vías aéreas, así como en el corazón, los pulmones, el intestino y otros órganos. Ahora, varios grupos de investigación creemos que estos receptores forman parte de un sistema inmunitario innato distinto de lo conocido hasta la fecha. Posiblemente produzca una reacción más rápida que los anticuerpos y los leucocitos que circulan por el organismo. El sistema inmunitario tarda horas o días en producir los anticuerpos específicos contra los virus y las bacterias. En cambio, la respuesta de los receptores gustativos, si bien más genérica y menos específica contra una bacteria concreta, sobreviene en minutos. Es un verdadero sistema de alerta rápida.

En síntesis

Las proteínas que detectan el sabor amargo no solo radican en la lengua, sino en otros órganos que nunca entran en contacto con alimentos.
Se ha descubierto que estas proteínas, denominadas receptores gustativos, activan mecanismos de defensa que eliminan casi en el acto a las bacterias.
Estimular tales receptores con compuestos amargos podría reforzar la respuesta inmunitaria natural y reducir nuestra dependencia de los antibióticos.
  • Cohen, Noam A.I
    nvestigación & Ciencia

La energía nuclear después de Chernóbil

Hace treinta años, en la madrugada del 26 de abril de 1986, dos explosiones volaron la tapa y el techo del reactor nuclear de la unidad 4 de la central de Chernóbil, en Ucrania, arrojando material radiactivo a la atmósfera. El escape, promovido por un violento incendio en el núcleo del reactor, se propagó en todas direcciones durante la semana siguiente. Al final, una superficie de 3110 kilómetros cuadrados quedó contaminada con niveles tan altos de cesio 137 que fue necesario evacuarla.
A primera vista, parece razonable concluir que el miedo generado por la catástrofe puso al público en contra de la energía nuclear, hasta tal punto que incluso ahora, tres décadas después, existen serias dudas de que llegue a convertirse nunca en una de las principales alternativas a los combustibles fósiles que amenazan nuestro ambiente. En los quince años anteriores al accidente entraron en funcionamiento, en promedio, unos veinte nuevos reactores nuecleares al año. Cinco años después, la media había caído a cuatro por año.
Pero la verdadera historia es más complicada. Los efectos de Chernóbil sobre las personas, aunque importantes, no fueron devastadores. Más allá de la zona evacuada, se estima que la radiación provocará decenas de miles de casos de cáncer en toda Europa a lo largo de 80 años. Pueden parecer muchos, pero en realidad suponen un incremento de la incidencia de cáncer casi indetectable. Una excepción es el cáncer de tiroides, causado por la ingestión de yoduros radiactivos: aquí sí que se han observado epidemias (solo entre un 1 y un 2 por ciento de los casos son mortales, afortunadamente) en las regiones más afectadas de Bielorrusia, Rusia y Ucrania.
Sin embargo, y a pesar de las muertes por cáncer que se prevé que causen Chernóbil y la catástrofe de la central japonesa de Fukushima Daiichi en 2011, parece que la energía nuclear sigue siendo más segura que el carbón, si hablamos en términos del número medio de fallecimientos por unidad de energía eléctrica generada. De acuerdo con un estudio realizado en 2010 por el Consejo Nacional de Investigación de EE.UU., si en 2005 se hubieran sustituido las 100 centrales nucleares de ese país por centrales de carbón, el aumento en la contaminación del aire habría provocado miles de muertes prematuras más cada año.
Pero las personas tienden a preocuparse más por el impacto a largo plazo de la radiación que por los efectos de la contaminación del aire. Un estudio sobre el bienestar psicológico de la población de Ucrania veinte años después de Chernóbil descubrió que una dosis extra de radiación equivalente a la radiación natural de fondo que recibimos durante un año se correlacionaba con una menor satisfacción personal, un aumento de los trastornos mentales diagnosticados y una menor esperanza de vida subjetiva.
Ese tipo de preocupaciones contribuyeron a la caída en el número de nuevas centrales construidas después de Chernóbil, pero hubo otras razones. Una fue que, más o menos por la misma época, el consumo de energía eléctrica en los países desarrollados se ralentizó porque el precio de la electricidad dejó de bajar. En 1974, la Comisión de Energía Atómica de EE.UU. pronosticaba que en 2016 este país precisaría el equivalente a 3000 grandes reactores nucleares. Hoy en día solo se necesitarían 500 para generar toda la electricidad que consumen, en promedio, los estadounidenses (aunque se necesitaría más potencia para hacer frente a los picos de demanda).
Otro factor es que la energía nuclear, si bien sus defensores en los años cincuenta propugnaban que iba a ser «tan barata que no harían falta contadores», resulta, por el contrario, bastante cara. Los costes de combustible son bajos, pero los de construcción son enormes, especialmente en Europa Occidental y Norteamérica: entre 5500 y 11.000 millones de euros por reactor. Esta cifra se debe, en parte, a las normas de seguridad más estrictas, pero también al hecho de que, al construirse menos centrales, hay menos trabajadores cualificados para hacerlo, lo que provoca costosos retrasos en las obras cuando hay que corregir errores. Hoy, el futuro de la energía nuclear está principalmente en manos de China. La mitad de los 50 reactores que empezaron a construirse a partir de 2008 se encuentran allí, y el sector nuclear chino está empezando a proponer proyectos en otros países. Sin embargo, el ritmo al que construye China sigue siendo muy inferior al que alcanzaron EE.UU. y Europa Occidental en la década de los setenta, y ahora el mundo consume energía eléctrica a un ritmo cuatro veces mayor que entonces. La Agencia Internacional de la Energía prevé que el porcentaje de electricidad que se genera con energía nuclear en el país asiático crecerá solo hasta el 10 por ciento de aquí a 2040.
Así pues, teniendo en cuenta la energía que necesitaríamos para desvincular nuestro consumo energético de los combustibles fósiles, podemos decir que la energía nuclear se ha convertido en una pieza útil pero con un papel menor. Chernóbil afectó negativamente a sus perspectivas de futuro, pero no es la única razón que explica el declive de esta tecnología.