sábado, 23 de noviembre de 2013

El carnívoro hombre de neanderthal.

El hombre de neanderthal era un puro carnívoro, según las investigaciones realizadas en la gruta de Marillac en la Charente (Francia). Hasta ahora se pensaba que nuestro antepasado tenía una alimentación basada en carne y vegetales, pero ahora se ha visto que el primero de estos alimentos predomina en su dieta de forma muy clara.
Los análisis se han ealizado con un ingenioso sistema, que ha consistido en estudiar el contenido en estudiar el contenido en ciertos isótopos del colágeno hallado en lso huesos. Así, la transmisión de los isótopos carbono 13 y nitrógeno 15 permite saber si el  hombre de Neanderthal comía vegetales o se alimentaba de animales hebívoros. El contenido en isótopos va aumentando conforme van pasando de las plantas a los hebívoros y de éstos a los carnívoros.
De esta forma, comparando el porcentaje de isótopos hallados en el colágeno de los huesos del hombre de Neanderthal con el porcentaje que contienen las plantas se ha podido saber que los vegetales desempeñaban un papel poco importante en la alimentación del hombre de Neandthal.

Xavier Duran
Ciencia y Tecnologia 
La Vanguardia

jueves, 21 de noviembre de 2013

El EXPERIMENTO del Vaso Insondable

Vamos a intentar meter hasta 20 monedas de 2 centimos en un vaso lleno de agua ¿el agua se desbordará?......





Nacho

El ENIGMA de los Elfos Traviesos

Santa Claus se puso de muy mal humor cuando descubrió que alguien había pegado papel de lija en los esquíes de su trineo. Dos de los elfos dijeron la verdad en la investigación que llevó a descubrir al elfo bromista:
 
Silly: Fue Puk el que lo hizo.
Stump: No, fuí yo.
Pip: No fue Puk.
Puk: Pip miente.
Roly: El culpable sólo pudo ser Stump o Jollly.
Poly: Fue Stump.
Jolly: No fuimos ni Stump ni yo.
Nick: Jolly dice la verdad y tampoco fue Puk.
 

¿Cuál de ellos le gastó tan pesada bromita a Santa Claus?

martes, 19 de noviembre de 2013

La inteligencia: ¿un debate eterno?

Si los genes determinan las capacidades intelectuales, ¿son algunas personas por naturaleza menos listas que otras? Desde hace años, esta pregunta conduce a acalorados debates. La ciencia ha superado la controversia entre herencia y ambiente.
Más de un siglo de investigación no ha logrado descubrir los factores que configuran la inteligencia humana ni calmar el debate en torno a ella en determinados ámbitos. En 2010, una ola de indignación sacudió Alemania. El político y escritor Thilo Sarrazin anunció que el país se volvía cada vez más mentecato. Su discurso señalaba como motivo principal de este fenómeno la tendencia entre los coetáneos con menor capacidad intelectual a engendrar un gran número de hijos, mientras que los ciudadanos listos dedicaban poco tiempo y esfuerzo a procurar descendencia. «Entre los científicos serios [...] hoy en día ya no existe duda alguna de que la inteligencia humana se hereda entre un 50 y 80 por ciento», describía Sarrazin en su superventas Alemania se desintegra. Con frases como esta pretendía argumentar el peligro que acecha al futuro alemán: al mismo tiempo que aumenta el número de bobos, el cociente intelectual (CI) total de la nación se hunde. Y sus consecuentes efectos económicos: los costes sociales solo subirán para la creciente clase baja, puesto que vivirán en gran medida de prestaciones sociales.
Para numerosas personas, las influencias genéticas y los factores ambientales constituyen una contradicción en relación a los factores que determinan las capacidades intelectuales.
Los estudios de genética del comportamiento explican las diferencias estadísticas entre las poblaciones, no de la inteligencia individual.
La epigenética demuestra que la herencia y el ambiente interaccionan de forma compleja.

Investigación y Ciencia

La dispersión de las semillas

Las semillas son los órganos de diseminación de los vegetales. Cada simiente contiene el embrión de la futura planta, sustancias de reserva y una o más cubiertas protectoras. Las semillas se forman después de que se produzca la fecundación en las flores y estas se transformen para dar origen a los frutos. Se denomina diáspora a la unidad funcional de diseminación, sean cuales sean las partes que la integren: una o más semillas, bien acompañadas del fruto (o de una parte de él), o bien unidas a otras estructuras de las flores o inflorescencias.
Existe una gran diversidad morfológica en lo que se refiere a las diásporas, tanto en el tamaño como en la forma y ornamentación de sus cubiertas. Las más pequeñas son las de las orquídeas, con simientes ligeras como partículas de polvo; en el otro extremo hallamos las de algunas palmeras, que pueden pesar hasta 25 kilogramos. Además, una gran variedad de complementos proporcionan ingeniosos mecanismos para desplazar las diásporas a distancias que pueden llegar a ser kilométricas. Especies no relacionadas filogenéticamente pueden presentar la misma estrategia de dispersión, por lo que estas adaptaciones se interpretan como una convergencia evolutiva.
La anemocoria consiste en aprovechar la fuerza del viento para la diseminación. Permite recorrer grandes distancias, pero el resultado es aleatorio y por el camino se pierden numerosas semillas, que caen en ambientes hostiles donde no podrán germinar. Existe una gran variedad de apéndices, como aristas, coronas de pelos y coronas membranáceas, que facilitan la suspensión en el aire y alargan así la distancia recorrida.
La dispersión facilitada por los animales, o zoocoria, es una alternativa más segura que la anterior; como consecuencia, las plantas suelen formar menos diásporas y de mayor tamaño. Los frutos carnosos constituyen la adaptación más conocida en este tipo de diseminación. Los animales los ingieren junto a las semillas, que atraviesan el tubo digestivo sin verse alteradas y son liberadas con los excrementos, lejos de las plantas progenitoras.
Por último, hay un tipo de diseminación que se produce gracias a mecanismos de la propia planta, la autocoria, en la que las semillas son proyectadas como consecuencia de fuerzas internas. El proceso suele guardar relación con las tensiones que genera la desecación de las cubiertas de los frutos y que proporcionan la energía necesaria para lanzar las semillas hacia el exterior.

Roser Guardia
Investigación y Ciencia

El primer asado

Hace casi dos millones de años, nuestros ancestros comenzaron a cocinar alimentos al calor de la lumbre. Según el antropólogo Richard Wrangham, ello nos hizo humanos.
Los humanos podemos considerarnos primates peculiares: poseemos un cerebro de gran tamaño, pero nuestros intestinos y dentadura son relativamente pequeños. El antropólogo de Harvard Richard Wrangham sostiene desde hace tiempo que estos y otros rasgos de nuestra especie se originaron cuando nuestros antepasados comenzaron a cocinar los alimentos. La cocción los ablanda y facilita la digestión, lo que permite asimilar más nutrientes y energía. A diferencia del resto de los animales, el ser humano no puede sobrevivir en estado salvaje alimentándose en exclusiva de carne cruda: «Necesitamos cocinar nuestra comida».
Tras analizar la anatomía de nuestros antepasados, Wrangham cree que Homo erectus aprendió a cocinar con fuego hace 1,8 millones de años. Sus detractores esgrimen que no hay pruebas de que la cocción mejore la digestibilidad, y que los vestigios más antiguos de uso del fuego no son en absoluto tan remotos como él sostiene. Wrangham replica que nuevos hallazgos respaldan sus ideas.

Wong, Kate
Investigación y Ciencia

El perro amistoso colea hacia la derecha

Un movimiento de la cola hacia la derecha denota una actitud positiva; hacia la izquierda, negativa. Este sería el lenguaje «secreto» que utilizan los perros para demostrar su actitud a sus análogos, según un estudio publicado en la revista Current Biology y liderado por Giorgio Vallortigara, de la Universidad de Trento.
La preferencia para un lado u el otro de algunos movimientos y de los comportamientos vinculados a ellos es un fenómeno conocido en muchas especies animales y refleja la asimetría entre los dos hemisferios de su cerebro.
En un estudio anterior, el mismo Vallortigara había demostrado que, en los perros, el coleo hacia la derecha suele estar asociado a situaciones que deberían inducir a un comportamiento de acercamiento, tal como ocurre en presencia de su amo; el movimiento hacia la izquierda, a uno de evitación. Este resultado encaja con la hipótesis de que el primer tipo de conducta está controlado por el lóbulo izquierdo del cerebro y el segundo por el derecho.
A fin de verificar si los perros son conscientes de dicha relación, Vallortigara y sus colaboradores han analizado el comportamiento en el movimiento de la cola de 43 mascotas de diferentes razas que observaban imágenes de sus análogos. El análisis de sus reacciones ha demostrado que los perros manifestaban síntomas de ansia o relajación cuando coleaban principalmente hacia la izquierda o la derecha, respectivamente. Finalmente, cuando no movían la cola, exhibían muestras de nerviosismo, debido a la inmovilidad del perro representado en la imagen.
Según los autores del estudio, es a través de este comportamiento que una mascota interpreta la actitud de otro perro. «La asimetría puede tener un valor comunicativo, pues constituye un indicio de una conducta agresiva o amistosa», afirma Vallortigara. Con todo, afirma que «esto no implica necesariamente que el movimiento de la cola represente un gesto de comunicación».
En concreto, el meneo hacia un lado más que hacia el otro podría ser un efecto secundario de la lateralización de las respuestas emocionales en el cerebro de los perros. Por esa razón, «el animal podría notar más las señales de la cola que aparecen en la región izquierda de su campo visual, por lo que, en ese caso, el observador percibiría mayoritariamente una actitud amigable», concluye el investigador.
El estudio del vínculo entre la asimetría del cerebro y el comportamiento social podría resultar muy útil tanto en la práctica veterinaria como en el adestramiento de los animales.
Más información en Current Biology.